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viernes, 18 de julio de 2025

LA ULTIMA CARGA DE CABALLERIA

 




EL MITO: CABALLERÍA POLACA CONTRA LOS PANZER GERMANOS



Todos los que hemos leído acerca de la campaña alemana contra Polonia durante la Segunda Guerra Mundial en algún momento nos hemos topado con un capítulo ampliamente difundido y que tiene tintes de leyenda. 


La imagen de cientos de soldados de caballería polaca, los ulanos, atacando directamente a los tanques alemanes se ha vuelto un clásico en el internet y en las redes sociales de temática histórica y de curiosidades.


¿Pero esto ocurrió?


Todo comenzó el mismo día que se inició la invasión alemana cerca del poblado de Krojanty en horas de la tarde. El “Corredor Polaco” era uno de los principales objetivos de la Wehrmacht, ya que les permitiría comunicación directa con la Prusia oriental, y eso lo sabía el Alto Mando polaco. Razón por la cual habían colocado ahí a varias divisiones de infantería así como a la Brigada de Caballería “Pomorska”. Dada su ubicación, teniendo a los alemanes a ambos lados, era obvio que la posición era insostenible, pero habían sido colocados ahí con la finalidad de retrasar el mayor tiempo posible al enemigo.


Para cubrir la más que segura retirada, se encontraba el 18° Regimiento de Lanceros Ulanos "Pomorskich", dirigidos por el coronel Kazimierz Mastalerz, además de algunos regimientos de infantería que contaban con tanquetas TK.


Hasta el mediodía del 1 de septiembre, las tropas polacas, consiguieron contener a las fuerzas del general Heinz Guderian, pero poco a poco comenzaron a retroceder, superados en número por los atacantes. Mastarlerz ordenó que se rechazara a los alemanes a toda costa, para cubrir a las tropas que se retiraban. Las tanquetas con que contaban los polacos eran viejas, así que fueron dejadas para que sostuvieran las posiciones. Al mismo tiempo, dos escuadrones de lanceros, unos 250 hombres, montaron en sus caballos y empezaron a rodear el flanco alemán para intentar un ataque por la retaguardia.


No pasó mucho tiempo para que encontraran la oportunidad que buscaban, en un claro del bosque de Tuchola, un batallón de infantería motorizada alemán avanzaba despreocupado. Los polacos vieron que era factible efectuar una carga y sin pérdida de tiempo se lanzaron sobre la infantería enemiga, a la que lograron dispersar causándole unas 20 bajas, sin que los polacos tuvieran apenas pérdidas. Pero cuando Mastarlerz ordenaba reagrupar a sus hombres, aparecieron unos vehículos blindados ligeros alemanes, quizás llamados por la infantería, armados con cañones automáticos de 20 mm y ametralladoras, y abrieron fuego de inmediato sobre los jinetes polacos, que totalmente expuestos, empezaron a galopar intentando llegar al abrigo de una colina cercana. El propio coronel Mastarlerz y cerca de 20 de sus hombres fueron muertos y otros 60 heridos. Sin embargo, gracias a su decidida acción los ulanos consiguieron ganar tiempo para la retirada de dos batallones polacos que estaban siendo atacados en la cercana Batalla de Chojnice.





Al día siguiente, unos corresponsales de guerra italianos en la zona, vieron los restos de la caballería polaca. Al consultar acerca de lo que había pasado los soldados alemanes dijeron que aquello era consecuencia de que los jinetes polacos habían cargado contra los carros de combate. Probablemente los alemanes intentaron con esto presentar al ejército polaco como obsoleto frente a sus modernas fuerzas mecanizadas. Los italianos de inmediato transmitieron la información y el resto es historia conocida.


Lo que no dijeron los alemanes fue que los polacos con su ataque valientemente habían retrasado su avance “por una intensa presión de caballería", forzando a Guderian a enviar sus fuerzas blindadas para evitar más contratiempos.


Al llegar la noticia al bando polaco, estos también aceptaron la mentira pues ensalzaba el valor de su caballería.


En realidad, los enfrentamientos entre la caballería polaca y los panzer sí se produjeron pero con los jinetes polacos luchando como infantería, y utilizando sólo sus caballos para desplazarse rápidamente a otros lugares del frente, y consiguiendo éxitos como el de la Batalla de Mokra.


Fue así como nació la leyenda que, si bien ya fue develada por varios historiadores, estamos seguros continuará circulando tanto en los libros como en el internet.


Fuente: @Historia Universal PND



dp




miércoles, 28 de mayo de 2025

DE JERARCA NAZI A CONCEJAL EN ARGENTINA






De jerarca nazi a concejal de la UCR: fue la mano derecha de Himmler y general de las SS, pero en Córdoba vivió como un vecino respetado.


Ludolf von Alvensleben fue uno de los jerarcas nazis más influyentes del Tercer Reich; tras la guerra, se refugió en la Argentina y terminó sus días en un pequeño pueblo de Córdoba





Desde muy chica, Elisa Pardo (62) escuchaba a los adultos del pueblo hablar de “el nazi”. Así le decían a un hombre que había sido vecino en Santa Rosa de Calamuchita, Córdoba. Él había muerto cuando ella tenía apenas siete años, pero su nombre seguía apareciendo en las conversaciones. Nadie contaba demasiado, pero todos parecían saber quién era. Esa curiosidad infantil, que comenzó como una simple pregunta, fue creciendo con los años hasta convertirse en una obsesión: ¿quién había sido Ludolf von Alvensleben?

Durante ocho años, Elisa se dedicó investigar. Y lo que descubrió la estremeció. No solo se trataba de un alto jerarca nazi, sino que ese hombre con un pasado tan oscuro como inquietante, se había refugiado en el país y vivido a la vista de todos. Fue presidente de un club deportivo, concejal por la Unión Cívica Radical y hasta se atrevería a decir “un vecino respetado del pueblo”. En su libro La búsqueda de Hubertus: tras las huellas del alto jerarca nazi Ludolf von Alvensleben, Pardo reconstruye la vida de quien logró esconder su historia entre la rutina y el olvido.

-Para quienes no lo conocen, ¿quién fue Ludolf von Alvensleben y qué lugar ocupó en el régimen nazi?

–Su nombre completo era Ludolf Hermann Emmanuel Georg Kurt Werner von Alvensleben. Nació en Halle, en Sajonia, Alemania, y provenía de una familia aristocrática con tradición militar: su padre y su abuelo también habían sido militares. Fue miembro de las SS con el rango de Gruppenführer y llegó a ser teniente general de la policía y las Waffen SS (el cuerpo paramilitar de los nazi). Ocupó un lugar importante, fue la mano derecha de Heinrich Himmler, uno de los líderes más influyentes del nazismo, el creador de los campos de concentración y el principal ideólogo de la mística que envolvía a las SS. Himmler promovía una visión casi religiosa del nazismo, cargada de simbolismo pagano, cultos a los dioses nórdicos y una exaltación de la “pureza aria”. Von Alvensleben respondía directamente a Himmler, quien a su vez, respondía solo a Adolf Hitler. Su caso es particular porque el nazismo no había logrado atraer a ciertos sectores sociales, como los aristócratas, los anarquistas o los marxistas. Su base de apoyo era, principalmente, la clase media empobrecida. Por eso sorprende que alguien como von Alvensleben, que pertenecía a la nobleza, se haya entregado con tanto fervor al Partido Nacional Socialista.

–¿Y por qué cree que lo hizo?

–Creo que hay pasiones oscuras que muchas veces ya vienen con el ser humano. Él ejerció un poder ilimitado en los campos de concentración que tuvo a su cargo, entre el 1938 y 1941.

-¿De cuántas muertes se lo acusó?

-Los números varían según las fuentes, pero se estima que estuvo involucrado en la muerte de unas 5000 personas, en su mayoría polacos. En los campos de concentración en los que estuvo, no usaban cámaras de gas. Allí actuaban los Einsatzgruppen, que significa “grupos móviles de exterminio”. Mataban a sus víctimas con un disparo en la nuca. Hombres, mujeres y niños… todos enterrados en fosas comunes, muchas veces cavadas por los mismos prisioneros antes de ser asesinados. Los cuerpos se apilaban porque iban cayendo uno sobre otro. Es algo escalofriante. Cuesta imaginar tanta crueldad. Hasta algunos miembros de las SS llegaron a admitir que esa forma de matar los perturbaba profundamente. Pero, al parecer, a Ludolf von Alvensleben no.

-¿Cómo logró escapar y llegar a Argentina?

-Después de la guerra fue capturado por los británicos, pero logró escapar del campo de prisioneros de Neuengamme. Llegó a Italia, donde ya lo esperaba un pasaporte falso, gestionado con ayuda de la Cruz Roja y el aval del Vaticano, y un pasaje en barco para llegar a Sudamérica, uno de los destinos preferidos de los nazis que huían. En su caso, no hay certezas sobre cómo llegó al país: algunos piensan que podría haber llegado en los submarinos conocidos “los lobos grises” que desembarcaron en la Patagonia. Lo cierto es que llegó a la Argentina en 1948, con el nombre de Carlos Lücke.

-¿Cómo fueron sus primeros tiempos en el país?

-Se instaló primero en la ciudad de Buenos Aires, en un departamento ubicado en la calle Belgrano 553. Era un edificio antiguo, pero aún en buen estado. Durante ese tiempo estuvo muy vinculado a la comunidad alemana que vivía en la ciudad. Hizo algunos trabajos esporádicos, nada muy estable, y supongo que acá aprendió el idioma. Hablaba muy bien el castellano. Hasta que en 1952 se mudó a Villa María, en Córdoba, donde finalmente se reunió con su familia. Pero su estadía en Villa General Belgrano fue breve, enseguida se mudó a Santa Rosa de Calamuchita.

Ludolf von Alvensleben estaba casado con Melitta Sophie Julie Mila Carola von Guaita. Juntos, tuvieron cuatro hijos: Ludovica, Constantino, Busso y Erica. “Hace poco descubrí que también tuvo un hijo extramatrimonial nacido en un Lebensborn”, dice Elisa.

“Los Lebensborn [que significa “fuente de vida” en alemán] eran hogares especiales creados por el régimen nazi, donde mujeres arias eran alentadas a tener hijos con miembros de las SS, con el objetivo de ‘aumentar la población pura’, según la ideología nazi. Y fue en uno de esos lugares donde Alvensleben tuvo a ese otro hijo”, explica.


Aquí aparece parado detrás del mismísimo Himmler

-Villa General Belgrano es conocida por su gran comunidad alemana. ¿Por qué decidió mudarse a Santa Rosa de Calamuchita?

-A él no le gustaba que los alemanes de Villa General Belgrano se mantuvieran tan cerrados, sin mezclarse con la gente del lugar. Era una persona muy volcada a la vida comunitaria, le gustaba participar e integrarse. En Santa Rosa de Calamuchita incluso dejó de usar su nombre falso y le decían “Bubi”, que quiere decir niño. No hablaba abiertamente de su pasado, pero tampoco lo negaba: admitía que había estado en la guerra. Tenía una casa muy modesta y era muy austero. No tenía lujos pero no le faltaba nada, hasta le alcanzaba para enviarle algo de dinero a Erica, su hija, que estaba en Alemania. Su esposa era ama de casa. Se lo solía ver manejando un jeep, pero hay vecinos que recuerdan que, cuando recién llegó, tenía un Maserati, algo que llamaba mucho la atención en un pueblo tan chico.

-¿En Calamuchita, a qué se dedicó?

-Él era agrónomo, se había graduado en Alemania allá por 1920. Así que, cuando se instaló acá, empezó criando ovejas. Más adelante se convirtió en corredor inmobiliario, hasta que lo nombraron inspector de caza y pesca. Y ahí viene una parte bastante insólita… Como inspector de caza y pesca, dependiente del gobierno provincial, se tomaba el cargo muy en serio. A veces demasiado. Si alguien pescaba sin permiso o con el carnet vencido, los corría… ¡a los tiros! Hay una anécdota increíble: una vez persiguió en su auto a dos pescadores y les disparó. El auto terminó volcado y todos los pejerreyes que habían pescado quedaron desparramados por el camino. Era un hombre de armas tomar, literalmente. Siempre andaba armado por el pueblo. Yo creo que, en parte, lo hacía porque sabía que lo estaban buscando. Simón Wiesenthal, el famoso cazador de nazis, seguía sus pasos y ya tenía varios pedidos de captura.

–Mencionó que dejó Villa General Belgrano porque buscaba integrarse más en la comunidad. ¿Qué vínculo tuvo con la gente del pueblo?

-Tuvo una participación muy activa. Fue vicepresidente segundo de la cooperadora policial de Santa Rosa de Calamuchita, director técnico y luego presidente del Club Unión de fútbol. También fue elegido concejal por la Unión Cívica Radical en 1963.

–¿Cómo se explica que alguien con ese pasado haya ingresado al país, se haya establecido y llegado a ocupar un cargo público sin mayores inconvenientes?

–Ese justamente fue uno de los aspectos que más me interesó explorar en el libro. No solo reconstruí su historia, también quise entender cómo una persona así pudo insertarse tan fácilmente en una comunidad. Desde un punto de vista psicológico y sociológico, es muy revelador. A nivel social, él era visto como un hombre correcto, muy respetuoso, con buenos modales y una vida ordenada. Él se brindaba, los chicos que jugaban al fútbol iban a comer asados a su casa... Todo eso generaba cierta admiración, al punto de que muchos dejaban de lado, o preferían no ver, su pasado. Es como si su comportamiento presente sirviera para disculpar lo anterior. Eso es lo que más llama la atención: cómo se naturalizó su presencia y hasta se lo valoró.

Además, en aquella época, en nuestro país había un fuerte sentimiento pro germánico. En 1938, cuando Alemania anexó Austria, acá en la Argentina se realizó un acto masivo en el Luna Park organizado por la comunidad alemana. Fue, de hecho, el acto más grande de apoyo al régimen nazi fuera de Alemania. También existía un marcado sentimiento filonazi dentro de sectores del Ejército argentino. Los jerarcas nazis que lograron ingresar al país a través de lo que se conoció como “la ruta de las ratas”, lo hicieron con la venia de Perón.

Entre los testimonios y anécdotas que más llamaron la atención durante su investigación, Pardo recuerda uno en particular: una mujer le contó una experiencia que había vivido su padre con Alvensleben. En una conversación, él se refirió a Don Rubinich, un almacenero del pueblo, con un insulto antisemita: “judío de mierda”. El padre de la testigo no se lo dejó pasar. Le reprochó: “No, mi amigo… acá no. Esas cosas no se las vamos a permitir”. Fue un gesto simple, pero significativo.

-¿Hubo alguna intención de enjuiciarlo o de extraditarlo?

-Sí, hubo varios pedidos de captura en su contra, pero nunca llegaron a concretarse. Para ese entonces, Adolf Eichmann ya había sido capturado en Argentina, juzgado en Israel y condenado a muerte, lo que puso en alerta a muchos prófugos nazis. En el caso de Alvensleben, incluso hubo un pedido formal de extradición que el presidente Arturo Illia no autorizó. Él sabía que lo estaban buscando y que estaban cada vez más cerca. Pero no llegaron a tiempo: en 1970 murió de cáncer de pulmón. Después de su muerte, su esposa se mudó a Villa General Belgrano y los hijos se fueron del pueblo. Algunos regresaron a Alemania y otros se instalaron en Buenos Aires.

Entre los muchos enigmas que rodean la historia de von Alvensleben, uno de los más curiosos es su tumba. “Una de las primeras cosas que hice fue ir al cementerio a ver dónde estaba enterrado. Y lo que más me llamó la atención es que su tumba nunca está descuidada. Siempre tiene flores, siempre está bien arreglada. ¿Quién las lleva? Nadie lo sabe”. Pero hay más: la lápida, que ya no está, tenía un epitafio escrito en un alemán muy antiguo, difícil de traducir. Se menciona un castillo, probablemente el que perteneció a su familia en Alemania y que fue expropiado en 1945. Hoy ese castillo es, irónicamente, un spa de sanación. El mensaje, sin embargo, sigue siendo confuso... como si también guardara un secreto", dice Pardo.

-El libro se llama “La búsqueda de Hubertus”. ¿Quién fue Hubertus?

-Hubertus es el nombre de un nieto de von Alvensleben que decidió investigar la vida de su abuelo, algo que el resto de la familia, al parecer prefería no hacer. Con todo lo que descubrió, hizo un documental titulado Back Home to the Reich with Bubi. Le puse ese nombre porque como Hubertus, yo hice mi propia búsqueda. Hubertus leyó mi libro y le gustó mucho.

–Para cerrar, ¿qué revela esta historia sobre la Argentina y su vínculo con los refugiados nazis?

–Muestra una fuerte tolerancia —o incluso adhesión— a los totalitarismos y lo que Hannah Arendt llamaba “la banalidad del mal”. Personas con un pasado gravísimo pudieron empezar de cero con total facilidad: compraron propiedades, participaron de la vida pública, ocuparon cargos... cosas que hoy nos parecerían imposibles. A mí todavía me sorprende. Y creo que eso es lo que más impacta a quienes leen el libro: cómo una sociedad pudo abrirle la puerta, sin demasiadas preguntas, a personajes con un pasado tan oscuro.


Por Constanza Bengochea




Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/de-jerarca-nazi-a-concejal-de-la-ucr-fue-la-mano-derecha-de-himmler-y-general-de-las-ss-pero-en-nid20052025/



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miércoles, 2 de abril de 2025

LOS FALSIFICADORES DE HITLER




La descomunal falsificación de libras con la que los nazis buscaron quebrar la economía británica


Para LA NACION. Por Germán Wille




La Operación Bernhard fue el nombre que se le dio a la falsificación de dinero extranjero más importante de la historia de la humanidad. Ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial y tenía un artífice y un objetivo: la Alemania nazi tenía la intención de hacer colapsar la economía británica mediante la elaboración y posterior incorporación en el mercado de millones de libras esterlinas falsas. El objetivo de esta emisión apócrifa era impulsar la inflación de la economía inglesa y provocar la desconfianza internacional respecto del valor de su moneda.

Lo singular es que para llevar adelante este plan, diseñado por la cabeza de la temible Gestapo, con la supervisión de la SS y aprobado por el mismísimo Adolf Hitler, los alemanes del Tercer Reich recurrieron a los servicios de un grupo de prisioneros judíos que padecían los horrores del nazismo en diferentes campos de concentración. Así, se reclutaron internos con oficios relacionados con la confección de billetes y fueron trasladados para trabajar al campo de concentración de Sachsenhausen, próximo a Berlín, la capital alemana.

Los 144 prisioneros que fueron forzados a la falsificación hicieron -obligados- un trabajo perfecto. Fabricaron billetes de 5, 10, 20 y 50 libras por un total de 134 millones. En medio del infierno que imperaba en el campo de concentración, ellos vivían una situación "privilegiada". Pero, por supuesto, su vida dependía de la calidad de su trabajo.

Estos falsificadores por obligación estaban convencidos de que al terminar su labor serían ultimados por sus carceleros nazis. Pero cuando los aliados ocuparon Alemania los hombres del Reich apenas tuvieron tiempo para huir y para ocultar la evidencia arrojando cajas con miles y miles de billetes falsos al fondo del lago Toplitz, ubicado en Austria. Años después, un periodista alemán encontraría el botín en lo profundo de las aguas. Las libras halladas serían la prueba tangible de uno de los timos más monumentales y elaborados de la historia.

Arranca la Operación Bernhard


La idea de falsificar libras esterlinas surgió del líder de la Gestapo, la policía secreta del régimen nazi, Reinhard Heydrich. La sugerencia de minar la economía británica a través de una emisión paralela le encantó al jefe de las SS, Heinrich Himmler y recibió el visto bueno de Hitler. Diversas reconstrucciones de esta historia señalan que, en realidad, el plan surgió como represalia de una maniobra que habían realizado antes los ingleses, con bastante éxito, al arrojar sobre Alemania vales de nafta falsos.

Pero los alemanes no pensaban tirar las libras desde los aviones, sino introducirlas sutilmente y sin pausa en el mercado internacional de divisas. La operación requería la producción de copias perfectas y, por supuesto, que todo se mantuviera en el más hermético de los secretos.

Al comienzo, se instalaron las maquinarias para la emisión en Berlín, y el proyecto estuvo a cargo del oficial de las SS Alfred Naujocks. Pero como no había avances para mediados de 1942, este militar fue expulsado de su puesto. Además, el ideólogo de esta empresa, Heydrich, fue asesinado en Praga para esa misma época, por lo que el programa debía tomar sí o sí un segundo aire.

Fue entonces cuando Himmler designó para liderar la falsificación al Mayor de las SS, Bernhard Krüger, el oficial que tuvo la idea de montar un equipo de trabajo con prisioneros judíos. Los nazis buscaron en prontuarios policiales personas con antecedentes de falsificación de documentos o billetes, y fueron por diversos campos de concentración a reclutarlos, junto a trabajadores con oficios relativos al mundo de la imprenta, la fotografía, el grabado, la linotipia, la artesanía o el dibujo.

Se ponía en marcha, de este modo, la Operación Bernhard, nombre que hacía alusión, por supuesto, al oficial que lideraría la que fuera la mayor estafa monetaria conocida hasta el día de hoy.


Una reproducción meticulosa y exacta

Algunos de los reclutados habían trabajado en la falsificación de certificados de bautismo católico o de pasaportes para poder salvar a los judíos de la persecución implacable de los nazis. Todos venían de vivir un infierno personal en su etapa en los campos de exterminio y debían enfocar su arte en la ejecución del plan de sus carceleros. Era la única manera de mantenerse con vida.

Los 144 hombres llegaron al campo de concentración de Sachsenhausen con la protectora etiqueta de ser "trabajadores esenciales". Se alojaron en los barracones 18 y 19, donde estaban los elementos de impresión y también sus lugares de residencia. A diferencia del resto de los prisioneros, ellos tenían camas confortables, buena comida, se bañaban una vez por semana y hasta podían organizar encuentros con música y canciones cada 15 días.

"Estábamos como de vacaciones, pero sabíamos que éramos hombres muertos", dijo en un documental sobre la Operación Bernhard realizado por History Channel en el año 2008Adolf Burger, uno de los impresores que protagonizaron esta singular aventura. Fuera de estos barracones, nadie sabía lo que ocurría allí. Ni siquiera muchos nazis, que tenían instrucciones de disparar a cualquiera que intentara asomarse a ellos.

La labor de los falsificadores fue ardua pero fructífera. Por ejemplo, estuvieron casi dos años hasta encontrar la textura y el espesor perfecto del papel moneda. Tenía que ver con un lino singular que usaban los ingleses para producir sus billetes que, -los prisioneros lo descubrieron mucho tiempo después- provenía de trapos. Las placas habían llegado desde Berlín y por supuesto los reclusos contaban con libras verdaderas para desarrollar mejor sus reproducciones.

Habían encontrado también la progresión exacta de los números de serie para no ser delatados por ello aun realizando una copia perfecta. Además, una vez producidos los billetes tenían que aplastarse, arrugarse e incluso sutilmente mancharse para que pareciera que ya habían estado un tiempo en circulación. Y después, cada billete pasaba un control de calidad antes de ser aprobado.

El trabajo, meticuloso y artesanal, superó la gran prueba de fuego cuando un agente alemán llevó un fajo de billetes a depositar en un banco suizo. Tras una escrupulosa examinación de los banqueros -un alemán con libras esterlinas levantaba sospechas-, los billetes fueron considerados absolutamente auténticos. Ahora sí, estaba todo dado para inundar de papel moneda, falso pero perfecto, el sistema monetario británico.

Cinco niveles de libras


De acuerdo con la calidad de la falsificación, había cinco categorías de billetes emitidos en Sachsenhausen. La primera era la mejor, y se trataba de libras que estaban listas para ser ingresadas al mercado, algo que se hizo a través de depósitos en bancos de lugares neutrales, como Suiza y Liechtenstein, y también a través de valijas diplomáticas de los agregados económicos en los países ocupados. Ese dinero circularía por Europa y llegaría en algún momento a Inglaterra. También se realizaron envíos de libras falsas a Asia, África y Sudamérica.

Las libras de segunda categoría iban para el pago a los espías alemanes en el mundo. De hecho, uno de los espías más importante del régimen, conocido como Cicero, recibió 300.000 libras en este tipo de billetes, pero cuando acabó la guerra y quiso utilizarlos, la historia de la falsificación ya era conocida y no pudo hacerlo. Entonces le hizo juicio al estado alemán, expediente que nunca prosperó.

Los billetes de categoría tres se usaron para pagar misiones en África, los de grado cuatro fueron insertados entre la población inglesa y los de la categoría cinco se desecharon.

Los hombres de Sachsenhausen hicieron un trabajo tan pormenorizado que hasta percibieron que los billetes originales tenían pequeñas perforaciones casi imperceptibles. Como los ingleses no utilizaban billeteras, solían mantener las libras unidas mediante alfileres. Hasta ese mínimo detalle reprodujeron, pinchando el papel moneda en el lugar particular donde se encontraba la imagen femenina de Britania, en el ángulo superior izquierdo del billete.


Siguiente paso, falsificar dólares

Desde fines de 1943, de acuerdo con lo que informa la Jewish Virtual Library, se imprimían en los barracones 18 y 19 un millón de billetes por mes. Según la información de este sitio, los ingleses descubrieron la falsedad de la moneda pocos meses después de las primeras emisiones, gracias a la repetición del número de serie de una de las libras falsificadas con respecto a una libra auténtica que había sido dada de baja en un banco de Tánger, en Marruecos, en el noroeste de África.

Entonces, expertos británicos en papel moneda declararon la falsificación como "la más peligrosa jamás vista", pero las autoridades de Inglaterra decidieron que la verdad no saliera a la luz. Estaban seguros de que eso provocaría pánico en la población y la desconfianza de los mercados financieros internacionales, en un contexto en que, además, los ingleses tenían una inmensa deuda con los Estados Unidos. De este modo, las libras falsas habían superado una nueva prueba.

Para fines de 1944, la Operación Bernhard buscó el comienzo de una segunda etapa (sin abandonar la elaboración de libras): la falsificación de dólares. Se trajo todo el equipamiento necesario para duplicar la moneda estadounidense y se destinó a este objetivo a los mejores hombres. Pero los prisioneros encargados de esta tarea realizaron sutiles sabotajes a la producción para demorar lo más posible la obtención de las réplicas.

Los hombres estiraron la hechura de los billetes más que nada para prolongar sus propias vidas. Finalmente, y bajo amenaza de un impaciente Krüger, para el 22 de febrero ya habían fabricado las primeras copias fieles de billetes de 100 dólares. Pero los aliados ya estaban asediando Berlín, y poco tiempo después la Oficina de Seguridad del Reich ordenó detener las operaciones, desmantelar las prensas, y evacuar el campo de concentración de Sachsenhausen.

Huida y salvación


Los 144 hombres y las maquinarias fueron instaladas nuevamente en SchlierRedi-Zipf, en los Alpes austríacos. Se suponía que allí seguirían imprimiendo, pero el final de la guerra para los alemanes estaba próximo. A comienzos de mayo, los prisioneros fueron trasladados en camiones al campo de concentración de Ebensee. Y al llegar allí, los soldados alemanes estaban evacuando la zona porque los norteamericanos ya se acercaban al lugar.

Una vez en la puerta de Ebensee, a los falsificadores les costó que los prisioneros les creyeran que ellos también eran víctimas de los nazis. Como no tenían el deterioro físico de otros reclusos ni estaban rapados, no los querían dejar entrar al campo de concentración que, paradójicamente, en ese momento era el lugar más seguro ante la llegada de los aliados. Para lograr el acceso, procedieron a arremangarse para mostrar los números que les habían tatuado en Auschwitz y en los demás campos de exterminio en los que habían estado antes de Sachsenhausen. Solo entonces los dejaron ingresar. De ese modo, todos ellos pudieron salvar sus vidas.

Lo último que hicieron los nazis bajo el mando de Krüger -que huyó, fue atrapado en 1945 y liberado en 1948- fue embalar las libras esterlinas falsificadas que habían quedado, ponerlas en cajas, y arrojarlas en un lago de la región, el Toplitz. Con los años, la leyenda de que en las profundidades de ese lago había tesoros nazis fue tomando fuerza, hasta que en 1959 una expedición organizada por el periodista de la revista alemana Stern, Wolfgang Löhde, sacó del fondo de las aguas varias cajas con los billetes falsificados.

La búsqueda de tesoros en el fondo del Toplitz llegó a su fin en 1963, cuando, tras una serie de accidentes que culminaron con la muerte de un buzo norteamericano, el gobierno de Austria decidió prohibir las expediciones de buceo en esa zona. Allí quedaban, en su sepulcro submarino, las pruebas de un operativo temerario y novedoso que podría haber hecho colapsar a la economía británica si los alemanes continuaban en la guerra un año más. Eso aseguran varios especialistas en el citado documental de History Channel, en el que consignan que la cantidad de dinero falsificado hasta el fin de la Operación Bernhard era cuatro veces las reservas del Banco de Inglaterra.

En 1983, el impresor y sobreviviente de esta peculiar operación de falsificación internacional, Adolf Burger, escribió un libro en el que narra su experiencia en la Operación Bernhard. The Devil's Workshop (El taller del diablo) fue el nombre de este volumen, que tuvo su versión cinematográfica con el filme Los Falsificadores, ganadora del Oscar a la mejor película extranjera en el año 2008, un galardón bien merecido para esta increíble historia de guerra, estafas y supervivencia.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/la-descomunal-falsificacion-libras-nazis-buscaron-quebrar-nid2514896/



Nota de dp: Se cree que muchos billetes falsos siguieron circulando hasta varios años después de terminada la guerra, porque era indetectable la falsificación. En años posteriores se cambio el diseño, pero antes se sacaron de circulación los billetes antiguos.




dp