Mostrando las entradas con la etiqueta BOLIVAR. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta BOLIVAR. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de marzo de 2025

LA ULTIMA NOCHE DE SAN MARTIN EN LIMA



Sensaciones de Tomás Guido ante la partida de San Martín del Perú. Tomás Guido, “El general San Martìn. Su retirada del Perù” (1864)


De regreso de su célebre entrevista con el general Bolívar en la ciudad de Guayaquil, el general San Martín me comunicó confidencialmente su intención de retirarse del Perú, considerando asegurada su independencia por los triunfos del ejército unido y por la entusiasta decisión de los peruanos; pero me reservó la época de su partida que yo creía todavía lejana.


Por este tiempo se instaló el Congreso Nacional en Lima, lo que importaba un gran paso en el sentido de la revolución. El general se presentó ante él, despojándose voluntariamente de las insignias del mando supremo que investía con el título de Protector del Perú. Sus palabras en aquella ocasión fueron dignas de tan solemne ceremonia. Al retirarse fue colmado por la multitud de vítores y aplausos. Yendo a tomar su carruaje para trasladarse a la quinta de La Magdalena en los arrabales de la capital, me pidió lo acompañase, diciéndome en el camino que deseaba descansar y pasar la noche sin visitas.


Miembro entonces del gobierno de Lima en el que desempeñaba el ministerio de guerra y marina, mi ánimo se hallaba sobrecogido por el recelo de trastornos fundamentales en el Estado, viendo caer de pronto su más fuerte columna. Subí al carruaje con el general, llegando juntos a su morada campestre. 


Nadie vino a perturbar su deseada quietud. En medio de cordial expansión, sin otra sociedad que la mía, se paseaba por la galería de la casa, radiante de contento. De repente, dando a su conversación un giro inesperado, exclamó con acento festivo: “Hoy es, mi amigo, un día de verdadera felicidad para mí; me tengo por un mortal dichoso. Están colmados todos mis anhelos; me he desembarazado de una carga que ya no podía sobrellevar, y dejo instalada la representación de los pueblos que hemos libertado. Ellos se encargarán de su propio destino, exonerándome de una responsabilidad que me consume”.


Las palabras del general revelaban ingenuidad, y su semblante un júbilo extremado; pero inopinadamente fue interrumpido por el aviso de una ordenanza, de hallarse a la puerta una comisión del Congreso que pedía hablarle. En el acto pudo traslucirse en su fisonomía el disgusto que le causaba la visita. No obstante, no hesitó en recibirla, como lo hizo, con la debida cortesía. La comisión la componían 5 diputados elegidos entre los más notables del Congreso. El ciudadano que la presidia dirigió al general a nombre de su comitente el más simpático saludo, manifestándole en lenguaje escogido el vivo aprecio que sus eminentes servicios habían merecido de la nación, y el encarecimiento con que el Congreso le pedía continuase ejerciendo el poder, revestido de amplias facultades, confiado en que se prestaría a aceptarlo. El general se mostró sorprendido por esta eminente oblación, y agradeciéndola en términos proporcionados a la magnitud de la ofrenda, declaró a los comisionados la indeclinable resolución en que estaba de negarse a volver al gobierno político del país.


Después de esta declaración, inútil fue la expresiva insistencia de la comisión, que se retiró desanimada. Terminada esta entrevista, el general recobró la alegría, y se felicitaba chistosamente de haber escapado del precipicio a que se le empujaba. Más, no bien habían corrido para él 3 horas de solaz conversando conmigo familiarmente, cuando le fue anunciada una nueva y más numerosa comisión del Congreso, que le causó muy seria inquietud, dándole asunto a picantes apóstrofes sobre la posición embarazosa en que se le colocaba. La segunda diputación del Congreso fue recibida como la primera con exquisita urbanidad. Su presidente apuró la oratoria, bajo la inspiración del más puro civismo, para persuadir al general de la cumplida confianza que la nación depositaba en él y de la conveniencia de ceder a la súplica de verle al frente de una obra que, iniciada con tan venturosos resultados, debía ser terminada por el mismo campeón a quien la Providencia y el amor de los pueblos habían encumbrado a una posición excepcional.


Entonces el general se revistió de notable firmeza, y abundando en la expresión de su gratitud a la predilección con que el Perú le honraba, contestó en tono resuelto, poco más o menos, que su deseo por la libertad del país no reconocía límites; que no habría sacrificio personal a que se excusase por consolidar su independencia; pero que su presencia en el poder político ya no sólo era inútil sino perjudicial. Dijo que la tarea de ejercerlo incumbía a ilustrados peruanos; que la suya estaba terminada desde que podía regocijarse de verlos en plena posesión de sus derechos. Manifestó asimismo que por rectas que sean las intenciones de un soldado favorecido por la victoria, cuando es elevado a la suprema autoridad al frente de un ejército se considera en la república como un peligro para la libertad. Agregó que conocía esos escollos y no quería fracasar en ellos sin provecho público; que con esta persuasión se desprendía del mando y que faltaría a la majestad del Congreso y aun a su pundonor, si su actitud ante tan respetable cuerpo no importase un desistimiento franco, y sin disfrazada ambición del distinguido puesto de que se apartaba para siempre. Terminó pidiendo a los comisionados lo asegurasen así a la representación nacional, con la efusión de su profundo reconocimiento, y en la certeza de que su partido estaba tomado irrevocablemente.


Entraba ya la noche, cuando la diputación se despidió, regresando a Lima a dar cuenta del resultado de su encargo. El general, tan preocupado de su segunda entrevista como receloso de una tercera invitación, me dijo acalorado: “Ya que no me es permitido colocar un cañón a la puerta con que defenderme de otra incursión por pacífica que ella sea, trataré de encerrarme”. Se retiró enseguida a su aposento, por sentirse ya fatigado. Allí se entretuvo en un rápido arreglo de papeles. Hasta entonces continuaba ocultándome su plan de retirada, que había preparado para esa misma noche. A las 9 me hizo llamar por su asistente, invitándome a tomar el té en su compañía.


Nos hallábamos solos. Se esmeraba el general en probarme con sus agudas ocurrencias el íntimo contento de que estaba poseído; cuando de improviso me preguntó: “¿Qué manda usted para su señora en Chile? El pasajero que conducirá encomiendas o cartas las cuidará y entregará puntualmente”. Yo dije: “¿Qué pasajero es ése y cuándo parte?”. Él respondió: “El conductor soy yo. Ya están listos mis caballos para pasar a Ancón, y esta misma noche zarparé del puerto”.

El estallido repentino de un trueno no me hubiera causado tanto efecto como este súbito anuncio. Mi imaginación me representó al momento con colores sombríos, las consecuencias de tan extraordinaria determinación. Mi antigua amistad se afectaba también ante la perspectiva de la ausencia de aquel hombre a quien consideraba indispensable, ligándome a él los vínculos más estrechos que puedan crear el respeto, la admiración y el cariño. Dejando aparte, empero, lo relativo a mis conexiones personales, recapitularé aquí tan sólo lo concerniente a la política, mis fervorosas interpelaciones al general, y las contestaciones que me dio.


Bajo la penosísima impresión que experimenté al anuncio de su inmediata partida, le pregunté agitado si había medido el alcance del paso que daba separándose del Perú precipitadamente, y el abismo a cuyo borde dejaba a sus amigos y la grandiosa causa que nos llevó a aquellas regiones.


Le pregunté también si consentía que se vulnerase su nombre exponiendo su obra a los azares de una campaña no terminada todavía, si acaso le faltó nunca un caloroso apoyo en la opinión y en las tropas, y si no recelaba que apartado de la escena sobreviniese una reacción turbulenta que hiciese bambolear el Congreso y derribase al presidente destinado a subrogarle, privado como quedaría de la más sólida garantía de su autoridad. En este caso, le dije, dueño el enemigo de la sierra, ¿no podría caer al llano como un torrente para aprovecharse del desquicio en que quedaríamos y restablecer su predominio? Interrogué al general qué contestaría a su patria y a la América, si sustrayéndose a la inmensa gloria de terminar la guerra se retirase del país, a cuando quedaba expuesto a un trastorno fundamental que malograría tantos afanes y el sacrificio de la sangre derramada por nuestra independencia; qué explicación daría a sus camaradas que le habíamos acompañado con sincera fe desde las orillas del Plata y a quienes iba a dejar en orfandad y expuestos a la más peligrosa anarquía. 


Por fin terminé mi caluroso desahogo pidiéndole encarecidamente desistiese de un viaje tan funesto y recordándole que el ejército argentino y chileno conducido por él al Perú bajo augurios felices, realizados hasta entonces conforme a nuestras esperanzas, había venido firmemente decidido a libertar al Perú del yugo colonial, y que esta noble misión quedaría incompleta si en vez de organizar a la república la abandonaba delante de sus enemigos armados.


Visiblemente conmovido, el general repuso: “Todo eso lo he meditado con detenimiento. No desconozco ni los intereses de América ni mis imperiosos deberes, y me devora el pesar de abandonar camaradas que quiero como a hijos, y a los generosos patriotas que me han ayudado en mis afanes; pero no podría demorarme un solo día sin complicar mi situación; me marcho. Nadie, amigo, me apeará de la convicción en que estoy de que mi presencia en el Perú le acarrearía peores desgracias que mi separación. Así me lo presagia el juicio que he formado de lo que pasa dentro y fuera de este país. Tenga usted por cierto que por muchos motivos no puedo ya mantenerme en mi puesto, sino bajo condiciones decididamente contrarias a mis sentimientos y a mis convicciones más firmes. Voy a decirlo: Una de ellas es la inexcusable necesidad a que me han estrechado, si he de sostener el honor del ejército y su disciplina, de fusilar a algunos jefes; y me falta el valor para hacerlo con compañeros de armas que me han seguido en los días prósperos y adversos”.


Al oír al general dominado de tal idea no pude contenerme, y valido de su amistosa deferencia le interrumpí diciéndole me permitiese oponerme a sus apreciaciones. Para convencerse de su inexactitud bastaba recordar, le dije, que los jefes a que aludía, ya que contrariasen su política o comprometiesen la moral del ejército podían en todo caso ser inmediatamente alejados, de preferencia a ocurrir a ninguna otra medida violenta, pues por más influencia que se atribuyesen a sí mismos era de todo punto incontestable que el general contaba con la adhesión de los soldados y la lealtad de bravos jefes y oficiales cuyos nombres le indiqué.


“Bien. - prosiguió el general - Aprecio los sentimientos que acaloran a usted. Pero en realidad existe una dificultad mayor, que no podría yo vencer sino a expensas de la suerte del país y de mi propio crédito y a tal cosa no me resuelvo. Lo diré a usted sin doblez: Bolívar y yo no cabemos en el Perú. He penetrado sus miras arrojadas, he comprendido su desabrimiento por la gloria que pudiera caberme en la prosecución de la campaña. Él no excusará medios, por audaces que fuesen, para penetrar a esta república seguido de sus tropas, y quizá entonces no me sería dado evitar un conflicto a que la fatalidad pudiera llevarnos, dando así al mundo un humillante escándalo. Los despojos del triunfo de cualquier lado a que se inclinase la fortuna los recogerían los maturrangos nuestros implacables enemigos, y apareceríamos convertidos en instrumentos de pasiones mezquinas. No seré yo, mi amigo, quien deje tal legado a mi patria, y preferiría perecer antes que hacer alarde de laureles recogidos a semejante precio, ¡eso no! Entre, si puede, el general Bolívar, aprovechándose de mi ausencia; si lograse afianzar en el Perú lo que hemos ganado, y algo más, me daré por satisfecho; su victoria seria de cualquier modo victoria americana”.


En vano me esforcé sin medida en borrar en el ánimo del general las impresiones que le precipitaban a una fatídica abnegación. El resistía repitiendo: “No, no será San Martín quien contribuya con su conducta a dar un día siquiera de zambra al enemigo, contribuyendo a franquearle el paso para saciar su venganza”.





Todos mis razonamientos se estrellaban pues en su inconmovible propósito. Como mi primer ímpetu fuese seguirlo a su destino, el general me pidió que no me alejase del general La Mar, a quien según sus palabras llenas de elogio hacia ese digno americano me esperaban pruebas difíciles en su futura presidencia. Resuelto con mejor consejo a quedarme, le manifesté que permanecería en la república hasta que se disparase el último cañonazo por su independencia; como en efecto lo hice, no regresando a mi patria sino a fines del año 26.


Conforme se acercaba la hora de la partida el general, sereno al principio de nuestra conversación, parecía ahora afectado de tristes emociones, hasta que avisado por su asistente de estar prontos a la puerta su caballo ensillado y su pequeña escolta, me abrazó estrechamente, impidiéndome lo acompañase, y partió al trote hacia el puerto de Ancón.


Esto pasaba entre 9 y 10 de la noche. En la mañana del siguiente día recibí la carta que copio íntegra a continuación, cuyo autógrafo conservo y que nunca leo sin enternecimiento:

“Señor general don Tomas Guido.

A bordo del ‘Belgrano’ a la vela, 21 de setiembre 1822, a las 2 de la mañana.

Mi amigo: Usted me acompañó de Buenos Aires uniendo su fortuna a la mía; hemos trabajado en este largo período en beneficio del país lo que se ha podido; me separo de usted, pero con agradecimiento, no sólo a la ayuda que me ha dado en las difíciles comisiones que le he confiado, sino que con su amistad y cariño personal ha suavizado mis amarguras y me ha hecho más llevadera mi vida pública. Gracias y gracias, y mi reconocimiento. Recomiendo a usted a mi compadre Brandsen, Raulet, y Eugenio Necochea. Abrace usted a mi tía y Merceditas. Adiós. Su San Martín”.


La lectura de esta carta que me causó la más honda conmoción, y en cuyo laconismo se refleja el carácter afectuoso y varonil de su autor, desvaneció en mí toda esperanza de que el ilustre amigo que me la escribía volviese atrás de su resolución. El adalid que ocupa el primer lugar en nuestros fustos militares, aquél cuyo nombre era nuncio de victoria para las armas argentinas, el general don José de San Martín, solo y dejando a la espalda la América que había contribuido tan poderosamente a libertar surcaba ya los mares en dirección a las remotas playas donde ha terminado su venerable existencia, lejos de la patria, pero presente a su eterno reconocimiento.


Confundiese el espíritu ante la determinación de aquel varón esclarecido, sin poder marcar el límite entre un desinterés magnánimo y el abandono de la empresa que descansaba sobre sus fuertes hombros. La historia misma vacilará antes de fallar sobre una acción que ha dado margen a apreciaciones tan diversas. Por fortuna, el general San Martín tuvo en Bolívar un digno sucesor. En honor de su fama que nos es tan cara debe presumirse que su intuición admirable le dejó claramente percibir la prodigiosa altura a que era capaz de remontarse el cóndor de Colombia. Entretanto, si los argentinos sentíamos el pesar profundo de ver disuelto el ejército como el fruto de la ausencia de su amado jefe, los restos de nuestros guerreros en quienes palpitaba todavía la inspiración del genio que atravesó los Andes llevaron a gloriosos campos de batalla el contingente de su pericia y de su antiguo valor, concurriendo así a sellar definitivamente con su sangre la independencia del Perú”.


La presente nota, publicada en Buenos Aires en 1864, ha sido incluida en su totalidad por la misma razón que las cartas a su esposa, su innegable cercanía con el Libertador. Más allá que algunos datos no concuerdan con la visión del autor del presente libro, es innegable su valor histórico.


("El cóndor herido. San Martín de Perú a Francia", de Ariel Gustavo Pérez. Para adquirir el libro, contactarse haciendo click acá: https://wa.me/3413095416)



dp




martes, 7 de enero de 2025

LA "NAVIDAD NEGRA" DE SIMON BOLIVAR



Qué fue la "Navidad negra" de Colombia y qué tuvo que ver Simón Bolívar en ella.


  • Por Boris Miranda (@ivanbor)


Puede sonar algo extraño después de dos siglos, pero en cierto momento indígenas, negros y mestizos colonizados del sur de Colombia y los llamados realistas (defensores de la monarquía española) tuvieron un enemigo común: Simón Bolívar.

Y esa confrontación terminó en una matanza que hasta el día de hoy se recuerda en la ciudad de Pasto, a pocas horas de la frontera colombiana con Ecuador.

Empezó el 24 de diciembre de 1822 y se le conoce como la "Navidad negra", cuando casi medio millar de pobladores del lugar fueron asesinados y más de 1.000 resultaron reclutados o expulsados de sus hogares y su ciudad.)

Los días de horror que vivió la población fueron obra de tropas patriotas o republicanas bajo el mando del Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, y por órdenes directas de Bolívar.

Para el historiador Felipe Arias, se trata de "un episodio de violencia que no ocurrió en ninguna otra parte de Nueva Granada (territorio que después de las independencias se convertiría en Colombia) y por eso se quedó dentro de la identidad cultural del pueblo pastuso".

"Pasto no es singular por haber sido realista, porque también lo fueron otras poblaciones. Lo que hace singular su caso es que lo sucedido hace parte muy importante de la memoria histórica de la ciudad", explica a BBC Mundo el experto, quien es parte de un equipo de investigación sobre el bicentenario colombiano.

De hecho, Arias sostiene que ese recuerdo colectivo no se ha ido perdiendo en esa región, sino que se ha reforzado a lo largo de los años.


Pasto

No era un secreto en la segunda década del siglo XIX que algunos territorios del sur del Virreinato de Nueva Granada se oponían a los esfuerzos para que prevaleciera la causa republicana e independentista.

Es más, Pasto no solo era fiel al bando realista: defendía con determinación al Rey español y a la religión católica.


Aquellas simpatías, sumada a la característica montañosa de la región, llevaron a que tropas alineadas a la corona española se parapetaran allí ante el asedio y las victorias de los patriotas en los alrededores,

Por si fuera poco, milicias de pobladores locales asestaron algunos golpes a las fuerzas republicanas durante las batallas independentistas.

Ahí es donde cobra relevancia una de las figuras locales que en Pasto todavía es recordada, el caudillo y militar hispanista Agustín Agualongo.

Pastuso de nacimiento, el hombre se enlistó en las filas realistas en 1811 y fue uno de los responsables de convertir su región en un auténtico obstáculo para las fuerzas anticolonialistas que intentaban controlar ese terreno para continuar su avance rumbo al sur.

Bolívar sabía bien que Pasto y la difícil geografía que la rodeaba era un escollo complejo para sus intenciones de llevar su campaña hacia las poblaciones debajo de la línea del Ecuador.

Agualongo, por su parte, era reconocido y respetado por negros, indígenas y mestizos locales que se sumaron a sus acciones militares.


Por qué hubo oposición a la independencia

Para el historiador Arias, la sociedad pastusa de ese momento había incorporado a indígenas con la condición de que reconocieran la autoridad colonial y las jerarquías existentes.

"En el conflicto hubo tanto comunidades indígenas realistas como independentistas, al igual que pasaba con los americanos, los criollos, los negros y los mestizos. En Pasto se sostiene una oposición a la independencia porque implicaba la desaparición de una monarquía que protegía sus propiedades colectivas frente a los abusos históricos cometidos por los terratenientes criollos que simpatizaban con la república", explica Felipe Arias.


El experto añade que lo que lleva a Pasto a episodios tan violentos como la "Navidad negra" es una acumulación de situaciones en las que tiene mucho que ver la posición geográfica de la población y las condiciones de su orografía.

"El caso de Pasto, a lo largo de toda la guerra de independencia, es un escenario de batallas durante 15 años. Por su difícil acceso, los independentistas cayeron varias veces, pero no fue la única población realista", sostiene el historiador.

Bolívar y Sucre llevan la dinámica de "guerra a muerte" a tierra pastusa entre 1821 y 1822 por las experiencias vividas en Venezuela, donde hubo batallas muy violentas.

"El levantamiento de Pasto fue tan fuerte que se dio el episodio de la 'Navidad negra', para imponer la autoridad y la fuerza con ensañamiento", concluye.




La "Navidad negra"

Bolívar había logrado la capitulación de los realistas de Pasto en la primera mitad de 1822, pero no contaba con el levantamiento de Agualongo y del coronel hispanista Benito Boves.

Su rebelión en forma de guerrillas y milicias llegó a poner en aprietos a las tropas patriotas, pero los refuerzos republicanos no tardaron en llegar.

El Mariscal de Ayacucho, quien triunfaba y se convertía en el referente de la independencia de Ecuador, fue convocado para llevar a sus tropas a la zona.

Las continuas victorias militares dirigidas por Antonio José de Sucre dejaron a Pasto casi sin defensas y a puertas de una pesadilla que empezaría en la víspera de la Navidad.

"Noche mala en vez de Nochebuena, fue para la Pasto realista la del 24 de diciembre de 1822. Casa por casa, la ciudad fue tomada por los patriotas. Los guerrilleros caían por docenas cada minuto", relata el proyecto Señal Memoria, de la red de medios públicos colombianos.

El portal, que rescató narraciones históricas sobre el episodio hechas el siglo pasado, rememora que "los pastusos comenzaban a rendirse, pero la tropa republicana no tuvo piedad. Era la guerra a muerte".

"Se vengaron implacablemente. Unos rendidos, otros heridos, todos fueron muertos. Familias enteras desaparecieron", continúa el relato de la serie "Colombia ayer, Colombia hoy", presentado en radio en 1970.

"Penetraron a caballo a la iglesia de San Francisco y ultimaron a todos los asilados, incluyendo mujeres y niños", prosigue la narración.


Bolívar llegó el 2 de enero de 1823. Las muertes y saqueos no fueron suficientes, sino que a cientos los reclutaron para las campañas libertadoras en Perú y a otros los expulsaron a los territorios de Cuenca o Quito.

Diferentes historiadores señalan que la ruptura de la capitulación de principios de 1822 fue la excusa de Bolívar para aniquilar la rebeldía pastusa.

Incluso reseñas señalan que el Libertador tomó todas decisiones como los confinamientos y reclutamientos masivos para que la "Navidad negra" no fuera recordada nunca más en Colombia.

Si ese era en realidad su deseo, no se cumplió.

"Cuando entraron los rifles" (el batallón comandado por Sucre se llamaba "Rifles") es la frase con la que se recordó durante décadas al episodio que empezó en esa Nochebuena de 1822.

Una navidad que en Pasto nunca se olvidará.


Fuente: https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-50875959



dp





domingo, 17 de diciembre de 2023

LA MALDICION DE BOLIVAR ?

 

Exhumación de los restos de Simón Bolívar, ordenada por Hugo Chávez. Foto de la autora




NUEVA YORK, Estados Unidos.- La mayoría de los venezolanos cree que el mal que llevó a la tumba a Hugo Chávez fue una Maldición de El Libertador, por haber “profanado” su tumba, el 17 de julio de 2010.

Profanación

La apertura de la urna fue decretada por Chávez con el propósito, dijo, de hacer estudios tomográficos del cráneo y otros huesos, para ver de qué había muerto Bolívar.

Sin embargo, retiraron, además, 4 piezas dentales, muestras de costillas y de otros huesos del Libertador para “realizar estudios”.


Desde un primer momento los venezolanos se sintieron inquietos con esta perturbación del sepulcro de Bolívar.

Chávez, el Babalao

En el 2010, los venezolanos hicieron hincapié en que hubo muchas acciones extrañas en la exhumación del Prócer.

Entre ellas, que había sido realizada en una noche de luna llena, de un día viernes, “situación especial para hacer brujerías”. –Aquí, en Venezuela, hay muchos que creen en Santería, y Chávez se había hecho “Santo” por los cubanos– comentó desde Caracas Marcos. 

“La maldición alcanzó a un importante grupo de asesores de Hugo Chávez y la pava lo alcanzó también a él”, señaló Marcos, mi fuente de Miraflores, quien me advirtió que “algo le estaba pasando a Chávez en una pierna…” cuando nadie, –menos aún los Hermanos Castro– soñaban que el líder pudiera enfermar.

Cuando Hugo Chávez anunció la insólita decisión en junio de 2010, de exhumar los restos de Simón Bolívar con ‘fines científicos’, un temblor estremeció todo Caracas y dobló la punta de una de las torres del Panteón Nacional, donde se ubica precisamente el cadáver del Libertador, junto con los restos de otros próceres de Venezuela.



Para millones de venezolanos la exhumación fue una profanación y no tuvo nada de científica, con ritos santeros que aseguran, costarían la vida a un gran número de colaboradores y amigos de Chávez… y al mismo Presidente.

La maldición se extiende

Una secuela de muertes de los invitados a la exhumación fue confirmando las predicciones de que quienes participaron en ese acto serían alcanzados por la maldición de Bolívar.

A pocas semanas de la exhumación murió víctima de cáncer el general Alberto Muller Rojas, uno de los asesores más íntimos del presidente.


Le siguió Luis Tascón, de cáncer al colon, diputado oficialista, y famoso por una lista que revelaba a los que habían votado en contra de Chávez.

Ambos, Muller y Tascón, fueron los principales colaboradores del mandatario y fallecieron con un día de diferencia, en la misma semana.

A la muerte de Tascón le siguió Guillermo García Ponce, director del diario izquierdista Vea, quien también murió de cáncer.

El mismo día de la muerte de García falleció el gobernador del Guárico, William Lara, ex diputado oficialista, en un extraño accidente donde su vehículo se volcó y cayó a un río.

En marzo de 2011 murió de un infarto Lina Ron, una de las más fervientes colaboradoras de Chávez. Luego fue asesinado José Ignacio Meléndez Anderson durante un intento de robo.

Más tarde falleció en La Habana Clodosbaldo Russián, el Contralor General de Venezuela, de un ataque cerebrovascular que desembocó en una insuficiencia renal.

Hugo Chávez anunciaría públicamente que padecía de cáncer, falleciendo dos años después.


–Son especulaciones y no voy a creer en ellas–, escribió Manuel Córdova desde Caracas.


Sin embargo, hay elementos en el pasado que se prestaron a este tipo de observaciones.

Ocultismo

Se habla de ocultismo en la ceremonia donde se exhumaron los restos del prócer Simón Bolívar. Los restos permanecían enterrados en el Panteón Nacional desde octubre de 1876.

La operación, donde participaron más de 50 personas, comenzó en la medianoche del jueves 15 de julio del 2010 y duró aproximadamente 19 horas. (?)

Se dijo que el objetivo de la exhumación era aclarar si Bolívar murió de tuberculosis, versión consolidada históricamente, o fue asesinado, hipótesis defendida por Chávez.

El mandatario declaró entonces: “Hemos visto los restos del gran Bolívar. Confieso que hemos llorado, hemos jurado. Les digo: tiene que ser Bolívar ese esqueleto glorioso, pues puede sentirse su llamarada (…) Cristo mío, Cristo Nuestro, ¡mientras oraba en silencio viendo aquellos huesos, pensé en ti! Y cómo hubiese querido. Cuanto quise que llegaras y ordenaras como a Lázaro: ‘levántate, Simón, que no es tiempo de morir’. ¡De inmediato recordé que Bolívar Vive!”.




Ritos de Santería

En los correos recibidos en esa fecha se me informó: Todos los que participaron lo hicieron de blanco, como suelen vestirse los babalaos. Con individuos que salían y entraban en el Panteón con máscaras blancas, como “científicos”.

Abrieron el sarcófago pasada la medianoche, en la madrugada del viernes, día y tiempo preferidos para las ceremonias de santería de encantamiento mágico.

Se cambió la bandera de siete estrellas (beneficiosa por el número 7) a una con 8 estrellas, agregando la nueva por Chávez, como Heredero de Bolívar.


La verdadera intención de la exhumación fue crear una nueva figura histórica a través de un ritual con asistencia de babalaos cubanos, que contemplaban la unión de los huesos con los restos simbólicos de la amante de Bolívar, Manuelita Sáens, para lograr la reencarnación en Hugo Chávez, convirtiéndolo así en el nuevo Prócer de la historia de Venezuela.

Sin embargo, indicó otro correo: “Dios es el único que tiene poder sobre la tierra y toda la creación y no existe fuerza alguna que doblegue ese mandato”.

Sacrilegio

En los mensajes recibidos en aquella época se plantea también lo siguiente:

1.-Si uno cree en el “más allá” y la paz y respeto a los muertos, esta ceremonia de exhumación de los restos de Bolívar fue una profanación y estas violaciones tienen, tarde o temprano, un costo.

2.-Hay que recordar “la profanación” de la tumba de Tutankamón.

El hallazgo del faraón se produjo el 4 de noviembre de 1922. Su tumba había permanecido sin tocar por más de 3 270 años. Howard Carter y otros participantes tuvieron muertes extrañas. Lord Carnarvon, el promotor de la expedición, falleció víctima de una picadura de insecto y su perro, que se encontraba en Inglaterra, también murió. También fallecieron su hermano Audrey Herbert, Arthur Mace, Sir Douglas Reid, la secretaria de Carter y su padre, y un profesor canadiense, quien concurrió a estudiar la tumba. La prensa de aquellos días atribuyó esas muertes a una supuesta Maldición de Tutankhamón.

3.-Se comenta el gran número de funcionarios chavistas fallecidos desde que se procedió a la exhumación de los restos de El Libertador.

4.- Resulta extraño que si la exhumación era un estudio científico –para tratar de investigar las causas de la muerte del Prócer– participara Hugo Chávez, quien no era experto, ni médico que ejerciera la medicina forense.

Interrogantes

¿Por qué Chávez estuvo presente sin estar calificado?

Otras preguntas que dieron origen a polémicas y especulaciones:


¿Por qué no se dijo con antelación que se iba a llevar a cabo esa exhumación? ¿Por qué de madrugada? ¿Por qué no hubo internet en Venezuela, en las 19 horas que duró toda la operación? ¿Por qué se mostró públicamente sólo la primera parte de la ceremonia? ¿Qué pasó con la bandera que cubrió durante 114 años el ataúd del Libertador? ¿Se sacó algún resto del Libertador fuera de la cripta? Si es así ¿por qué, ¿dónde está y quién lo tiene?

La Sombra

“Todas son señales, explica Luisa desde Caracas. Todos los venezolanos recordamos la sombra de la muerte, que pasó por detrás de Chávez en una de sus últimas comparecencias en televisión… Aún me hielo al recordarlo…”

El lunes 30 de abril de 2012, cuando Hugo Chávez se despedía de Venezuela para regresar nuevamente a Cuba para su tratamiento de cáncer, del cual no volvió con vida, una sombra pasó entre él y el retrato de Bolívar a su espalda…

Las explicaciones técnicas han sobrado, pero aún me envían los venezolanos este video, creyendo que lo que vieron fue la sombra de la muerte…

¿Casualidad del paso de la cámara o maldición? Yo no creo en brujas, pero…


Fuente: https://www.cubanet.org/opiniones/existe-realmente-la-maldicion-bolivar/


Autor: Angélica Mora


Angélica Mora, analista. Periodista nacida en Chile. Nacionalidad estadounidense. Trabajó como jefa de corresponsales en Radio Martí. Creó y dirigió el programa "Ventana a Cuba" en La Voz de América, VOA. Periodista en varios medios de prensa hablada y escrita en Chile y Venezuela. En Chile estudió en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, trabajó para Radio Balmaceda, agencias de prensa como Noti-Chile, Orbe y revistas. En Venezuela estuvo destacada ante el Congreso y el Palacio de Miraflores por Radio Caracas Televisión, RCTV. Fue presentadora ,en algunas ocasiones, de El Reporter Esso. Trabajó como periodista en el Diario El Nacional de Caracas. En Estados Unidos fue corresponsal para RCTV y el Diario El Nacional de Caracas. Fue periodista y locutora en Upi-Radio, Radio Martí y La Voz de América. En 1984 recibió la condecoración Andrés Bello otorgada por el gobierno de Venezuela. Tiene tres blogs: APUNTES DE UNA PERIODISTA http://angelicamorabeals.blogspot.com/ SUCEDE AHORA http://angelicamorabeals2.blogspot.com/ PUENTE INFORMATIVO http://angelicamorabeals1.blogspot.com/ Actualmente Directora de Publicación del Instituto Cubano por la Libertad de Expresión y Prensa, ICLEP. http://iclep.org/ Residenciada en Nueva York.


Nota de dp: la asombrosa sombra que se extiende detrás de Chávez: (copiar y pegar en una nueva página) https://youtu.be/DF-qqO7nOWo?si=YersirMOkD1BxJwy


dp