viernes, 25 de septiembre de 2026

ABANDONADOS


Un recién nacido podía entrar en un edificio sin nombre, sin apellido y sin que nadie supiera quién lo había dejado.
Minutos después ya tenía una nueva identidad.
Durante siglos funcionaron en distintas ciudades italianas las llamadas ruedas de expósitos, instaladas en hospitales, conventos y hospicios para recibir de forma anónima a niños que sus familias no podían o no querían criar.
La rueda era, literalmente, un mecanismo construido dentro de una pared.
Normalmente consistía en un cilindro de madera que podía girar sobre un eje. Una de sus aberturas daba a la calle y la otra al interior de la institución.
Desde fuera, una madre o cualquier otra persona colocaba al bebé en el compartimento.
Después hacía girar el cilindro.
El niño desaparecía de la calle y aparecía dentro del hospicio sin que quien lo recibía pudiera ver a la persona que lo había dejado.
Junto a la rueda solía haber una campanilla.
Quien abandonaba al recién nacido podía hacerla sonar antes de marcharse. Al otro lado, una nodriza, religiosa o cuidadora acudía, abría el compartimento interior y recogía al niño.
En ocasiones aparecían junto al bebé pequeños objetos.
Una medalla partida por la mitad.
Un trozo de tela.
Una estampa religiosa.
Una nota.
La familia podía conservar la otra mitad con la esperanza de demostrar algún día que aquel era su hijo y recuperarlo.
Pero muchos nunca regresaban.
Entonces comenzaba otro problema.
Había que registrar a un niño cuyo padre y cuya madre oficialmente no existían.
Y había que darle un apellido.
Cada ciudad desarrolló sus propias costumbres.
En Nápoles, muchos niños recibidos por la Real Casa dell’Annunziata fueron inscritos como Esposito, relacionado con “esposto”: expuesto, dejado al cuidado de otros.
La procedencia podía quedar escrita para siempre en el nombre.
Florencia desarrolló otro sistema.
Allí funcionaba el Ospedale degli Innocenti, creado específicamente para recibir y criar niños abandonados.
De su nombre surgieron apellidos como Innocenti, Degli Innocenti, Nocenti y Nocentini.
Milán produjo uno de los casos más curiosos.
Allí estaba el Instituto de Santa Caterina della Ruota.
Su símbolo era una paloma.
En italiano, colomba.
Por esa razón, numerosos niños recibidos por la institución fueron registrados con apellidos como Colombo o Colombini.
El apellido no describía al niño.
Describía el símbolo del lugar que lo había recibido.
Con el paso de las generaciones ocurrió algo extraordinario.
Colombo terminó convirtiéndose en uno de los apellidos más comunes de Lombardía.
Eso no significa que toda persona llamada Colombo descienda de un niño abandonado. El apellido también puede proceder de antiguos nombres personales y otros orígenes.
Pero en Milán, una parte importante de su difusión está vinculada directamente a los expósitos de Santa Caterina della Ruota.
Otras ciudades dejaron marcas diferentes.
Roma utilizó con frecuencia Proietti.
Siena, Della Scala.
En Toscana aparecieron Innocenti y Nocentini.
Otros niños recibieron apellidos inventados, religiosos o relacionados con su condición.
El sistema terminó creando un problema evidente.
Un apellido podía convertirse en una etiqueta pública.
Bastaba escuchar “Esposito” o “Proietti” en determinados lugares y épocas para sospechar que aquella persona había nacido sin padres reconocidos.
Por eso, durante el siglo XIX algunas instituciones comenzaron a abandonar esas fórmulas y a inventar apellidos que no revelaran inmediatamente el origen del niño.
La rueda había protegido el anonimato de quien dejaba al bebé.
El apellido, durante generaciones, podía hacer exactamente lo contrario.
Aquellos niños crecieron, formaron familias y transmitieron sus nombres.
Por eso algunos apellidos italianos actuales conservan algo que ya casi nadie puede ver: la memoria de una pequeña puerta giratoria donde un recién nacido podía entrar sin identidad y comenzar una vida con un nombre elegido por desconocidos.



dp


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