martes, 3 de febrero de 2026

EL NOMBRE DE LOS NUMEROS

 


La razón por la que los números 11 al 15 tienen nombres únicos y no siguen el patrón de los siguientes es puramente histórica y lingüística: provienen de una evolución fonética directa del latín, mientras que del 16 en adelante el español adoptó un sistema de combinación más moderno. 


1.⁠ ⁠El origen en el latín (11 al 15) 

En el latín clásico, los números del 11 al 15 se formaban sumando la unidad al diez (unidad + decem). Estas palabras eran una sola unidad léxica que evolucionó con el tiempo hasta perder la forma clara de "diez" en el sufijo: 

11: Undecim (unus + decem) Once.

12: Duodecim (duo + decem) Doce.

13: Tredecim (tres + decem) Trece.

14: Quattuordecim (quattuor + decem) Catorce.

15: Quindecim (quinque + decem) Quince. 


2.⁠ ⁠El cambio de patrón (16 al 19)

A partir del 16, la historia cambia por dos razones principales:

Inestabilidad en el latín: Aunque existían formas como sedecim (16) y septendecim (17), los números 18 (duodeviginti) y 19 (undeviginti) se expresaban en latín como una resta: "dos para veinte" y "uno para veinte".

Regularización romance: Al nacer las lenguas romances (como el español), el cerebro humano prefirió la analogía para simplificar el habla. En lugar de mantener formas irregulares o restas complejas, se optó por un sistema compuesto de decena + unidad (diez y seis), que terminó unificándose en la grafía dieciséis. 


3.⁠ ⁠¿Por qué no cambió el 11 al 15?

Simplemente por frecuencia de uso y tradición. Los números más bajos se usan tanto que sus formas originales se "congelaron" en el idioma antes de que el sistema regular de combinación pudiera reemplazarlos. En otros idiomas como el rumano, sí se regularizó todo el sistema, pero en español y francés se mantuvo la herencia latina hasta el 15 y 16 respectivamente.






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miércoles, 28 de enero de 2026

EL REGRESO DE LOS GRANADEROS DE SAN MARTIN




El 19 de febrero de 1826 los vecinos de la ciudad de Buenos Aires contemplaron con algo de asombro y un cierto toque de indiferencia a una caravana de carretas precedida por hombres de a caballo, que ingresaba a la ciudad de Buenos Aires. 


No era una tropa de reseros, no eran gauchos venidos desde alguna estancia, no eran comerciantes o proveedores de la pulpería. Había en ellos, a pesar de las ropas gastadas y polvorientas, a pesar de las barbas crecidas y el visible deterioro físico de algunos, una gallardía, una dignidad íntima, una cierta altivez en la mirada que provocaba inquietud y desconcierto. Pronto un rumor empezó a circular entre los vendedores ambulantes, los troperos de la plaza, algunos parroquianos de los bares de la zona, las chinas que marchaban con los atados de ropa para lavar en la costa.


Esos hombres de mirada hosca, mal entrazados, eran, nada más y nada menos, los granaderos de San Martín que regresaban a su ciudad luego de catorce años de ausencia.


En efecto, mil hombres del flamante cuerpo de granaderos marcharon en su momento a Mendoza para incorporarse al Ejército de los Andes. Desde ese momento el regimiento estuvo en todas y no faltó a ninguna. Peleó en Chile, Perú, Ecuador, Colombia y Bolivia. Ganaron y perdieron batallas, pelearon bajo los rayos del sol y en medio de tormentas y borrascas; no dieron ni pidieron cuartel. Mataron y murieron sin otra causa que la de la patria.


De sus filas salieron generales, oficiales y soldados valientes. Bolívar, Sucre y Santander ponderaron su disciplina, su coraje, ese orgullo íntimo que exhibían por ser granaderos.


San Martín, tan ajeno a los elogios fáciles, dijo de ellos: “De lo que mis granaderos son capaces de hacer, sólo yo lo sé; habrá quien los iguale, quien los supere, no”. Don José sabía de lo que hablaba.


Pero regresemos al lunes 19 de febrero de 1826. Hacía calor en Buenos Aires, y cerca del mediodía no era mucha la gente que se paseaba por la zona de la Recova y la Plaza Mayor. A los rigores de la temperatura, se sumaban los avatares de la política.


Bernardino de Rivadavia acababa de asumir la presidencia, un mandato otorgado por un Congreso que ya empezaba a ser impugnado por buenas y malas razones. Desde hacía unos meses, Brasil nos había declarado la guerra y, para escándalo de los ganaderos federales, el Congreso había iniciado el debate para capitalizar la ciudad de Buenos Aires. No, no eran buenos aires los que soplaban en el Río de la Plata en esa calurosa mañana. Los vientos de la guerra soplaban amenazantes. La guerra contra Brasil, pero también las guerras civiles.


 Ni el gobierno ni los opositores tenían ganas de recibir visitas inoportunas, visitas que recordaran tiempos viejos y al nombre de San Martín; un nombre incómodo para una ciudad que no le perdonaba no haber movilizado a las tropas en Chile para defender a Buenos Aires del ataque de las montoneras federales de López y Ramírez.


La caravana llegó hasta la Plaza Mayor, los hombres ataron los fletes en los palenques y se protegieron de los rayos del sol bajo la sombra de la Recova. Nadie salió a recibirlos; no hubo ni ceremonias oficiales ni privadas.


Nadie los esperaba y nadie parecía tener muchas ganas de hablar con ellos. Ellos tampoco se quejaron o levantaron la voz.


Estaban acostumbrados a las ingratitudes. Repuestos del viaje, el “trompa” Miguel Chepoya hace sonar su trompeta -la misma que vibró en San Lorenzo- frente a la Pirámide de Mayo. Algunos vecinos miran con desconcierto y algo de temor a estos “rotosos” que se comportan de un modo algo extravagante.


¿A quién se le ocurre hacer sonar una corneta ridícula un lunes a la siesta? Es verdad,


¿a quién se le puede ocurrir semejante cosa en el Buenos Aires de 1826?


Después, en rigurosa formación, marchan hacia el Parque de Retiro donde dejan sus arreos. Sólo algunos curiosos los acompañan. Ni formación especial ni comitivas oficiales.


Una semana después, la Gaceta Mercantil les dedica algunos renglones. Nada más. Tampoco ellos piden más.





El único orgullo que se permiten estos hombres es ser soldados de San Martín y pertenecer al regimiento que para el Libertador era, como se decía entonces, la niña de sus ojos.


La mayoría de ellos no conoce los entremeses de la política criolla. Seguramente no sabe quién es Rivadavia o Rosas; les basta con saber que conocieron a San Martín y que fueron sus soldados. Motivos tenían para estar orgullosos.


Su destino militar en los últimos años estuvo unido a las guerras de la independencia.


No faltaron a ninguna cita. Combatieron en Vilcapugio, Ayohuma, Sipe Sipe; desfilaron orgullosos por las calles de Montevideo; estuvieron en San Lorenzo, Chacabuco, Maipú y Cancha Rayada. Después se lucieron en Río Bamba. Pichincha, Junín y Ayacucho.


El balance es elocuente: ciento diez batallas en las costillas.


 Luego iniciaron el regreso a Buenos Aires. El 10 de julio de 1825 llegaron a Valparaíso bajo las órdenes del coronel Félix Bogado. Nada les resultó fácil. Ni en Valparaíso ni en Santiago los esperaban.


Les habían prometido pagarles los sueldos atrasados y no lo hicieron; les habían prometido trasladarlos con las comodidades del caso, y tampoco lo hicieron.


El coronel Bogado discutió con políticos chilenos y diplomáticos argentinos. El reclamo era más que modesto: caballos y carretas para regresar a Buenos Aires.


Recién en Mendoza, un señor llamado Toribio Barrionuevo, sacó de sus bolsillos unos pesos para financiar el regreso.


El 13 de enero de 1826 salieron de Mendoza en una caravana de veintitrés carretas. Antes de partir, Bogado ordenó un recuento de armas y pertenencias: 86 sables, 55 lanzas, 84 morriones y 102 monturas. Setenta y ocho hombres son los que llegaron a Buenos Aires.


De ellos, siete estuvieron desde el principio. Importa recordar los nombres de estos muchachos: Félix Bogado, Paulino Rojas, Francisco Olmos, Segundo Patricio Gómez, Dámaso Rosales, Francisco Vargas y Miguel Chepoya. Dos meses después, Rivadavia se acuerda de ellos y los designa escolta presidencial.


Pero las desconfianzas y recelos persisten. Finalmente se corta por lo sano y los disuelven. Veamos el destino de estos sobrevivientes: Félix Bogado, paraguayo y lanchero, se inició como soldado raso en San Lorenzo y concluyó su carrera militar con el grado de coronel.


Cada ascenso lo logró en el campo de batalla. San Martín lo hizo teniente coronel y Bolívar, coronel.


Murió en mayo de 1829 en San Nicolás. Estaba pobre y tuberculoso. Hoy un pueblo y numerosas calles lo recuerdan, pero en su momento nadie se acordó de él. El “trompa” Miguel Chepoya, iniciado en San Lorenzo, se dio el lujo de hacer sonar su trompeta en Ituzaingó.


Es la última vez que lo hizo. Murió en su ley. Peleando contra un enemigo extranjero.


José Paulino Rojas era cordobés. También estuvo en todas y en todas fue respetado por su coraje. Ninguna de esas virtudes alcanzaron para salvarle la vida. Rojas, enredado en las guerras civiles, murió fusilado en 1835.


De los otros, es decir de Vargas, Rosales, Olmos y Gómez no se disponen de datos.


Es probable que mucho no haya. Por lo general, las grandes biografías no se escriben con las peripecias de estos hombres, cuyo exclusivo patrimonio son las cicatrices ganadas en los campos de batalla.


Después, mucho después, llegarán los reconocimientos y los honores. Bartolomé Mitre dirá del Regimiento de Granaderos: “Concurrió a todas las grandes batallas de la independencia.


Dio a América diecinueve generales y más de doscientos jefes y oficiales en el transcurso de la Revolución. Y después de entregar su sangre y sembrar sus huesos desde el Plata hasta Pichincha, se paró sobre su esqueleto y los soldados regresaron a sus hogares trayendo su viejo estandarte bajo el mando de uno de sus últimos soldados ascendidos en el espacio de trece años de campaña”.


Buenas y bellas palabras, para hombres que aquel lunes de febrero de 1826 ni siquiera recibieron el saludo de los perros que entonces vagaban libres y salvajes por las calles de Buenos Aires.



Autor Rogelio Alaniz Diario “El Litoral”, 2013.- Fuente Pagina de Granaderos en Facebook. #Efemerides #Historia


(Extraído del muro de Facebook efemérides políticas, históricas, sociales y culturales)

Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 21/2/2024


https://laciudadrevista.com/el-regreso-de-los-granaderos-de-san-martin/



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lunes, 26 de enero de 2026

EL ULTIMO REY DE AMERICA


La monarquía afroboliviana busca trascender a pesar del tiempo


En la zona subtropical de los Yungas de Bolivia, la monarquía afroboliviana del rey Julio Pinedo busca pervivir para las nuevas generaciones y revalorizar la tradición de su linaje real que se remonta a 1820, cuando un príncipe de una tribu africana fue traído a estas tierras como esclavo desde Senegal para trabajar en las haciendas de los españoles durante la colonia.



Por Javier Aliaga




Según la historia, el príncipe Uchicho, de origen kikongo, fue reconocido como tal por otros esclavos que se ofrecieron a trabajar por él ante los hacendados españoles. En 1832 fue coronado formalmente por los afrodescendientes bolivianos, lo que dio inicio a una dinastía que incluyó a los reyes Bonifaz, José, Bonifacio y Julio Pinedo, hoy de 81 años.

Como era costumbre en esa época, el apellido Pinedo de los esclavos fue adoptado del nombre del hacendado, en este caso el Marqués de Pinedo, de la localidad de Mururata, en Yungas, a 110 kilómetros al noreste de La Paz.

En la Pascua reciente, Julio Pinedo cumplió 29 años como el monarca que simboliza la historia y la cultura del pueblo afrodescendiente, si bien en la práctica su vida como agricultor y dueño de una pequeña tienda de abarrotes es sencilla al no tener privilegio alguno. 

Julio Pinedo y su esposa, Angélica Larrea, de 79 años, han instalado una oficina donde exhiben la documentación con sus reconocimientos nacionales e internacionales, datos históricos, fotografías de su coronación en 1992, y su escudo real con el lema Ductus sum Marioribus, que significa “mis ancestros me guían”.



El rey de los afrobolivianos Julio Pinedo y su esposa Angélica Larrea en el pueblo de Mururata, en la zona de Yungas de La Paz, Bolivia. © Javier Aliaga / France 24


Pinedo rememora que sus ancestros fueron traídos por los españoles primero a las minas de Potosí y luego a las haciendas de la zona cocalera de Yungas. También cuenta que hace unos años visitó África con unos documentalistas y, según dijo, pudo comprobar que en efecto sus antiguos orígenes estaban en Senegal y en el Congo.

Su nieto y heredero, Rolando Pinedo, visitó la hacienda que originalmente pertenecía al Marqués Pinedo y el lugar donde está enterrado el Rey Bonifacio. Allí se llevó la ingrata sorpresa de ver destruida la tumba que se había restaurado.

“Estamos ante la tumba del rey Bonifacio Pinedo. Está, como pueden ver, un poco descuidada gracias a los vándalos de aquí del pueblo y del sector. La teníamos bien restaurada, había su cruz, estaba todo bien hecho, pero, a veces, la gente del mismo pueblo no sabe valorar la cultura, las tradiciones”, lamentó Pinedo, un joven de 26 años que pronto se graduará de abogado.

"El pueblo que no sabe su historia (...) es como una persona sin memoria"

Una de las personas comprometidas con la recuperación de la memoria es Alejandro Barra, que impulsa programas educativos para que los jóvenes afrodescendientes no sólo conozcan la historia, sino que ayuden a valorar las tradiciones del pueblo.

“El pueblo que no sabe su historia, ni su cultura, es como una persona sin memoria. Ellos tienen que saber para identificarnos. Muchos dicen que somos todos iguales, pero cada pueblo tiene su historia, su cultura, y su conocimiento”, subrayó Barra. 

Según las últimas estadísticas, actualmente hay alrededor de 35.000 afrodescendientes distribuidos en toda Bolivia, la mayoría en Mururata y en el pueblo aledaño de Tocaña, centro de un reconocido movimiento afro que tiene a la danza de la saya como un emblema cultural.


Fuente: https://www.france24.com/es/américa-latina/20210421-julio-pinedo-rey-monarquía-afrodescendientes-bolivia



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