lunes, 10 de junio de 2019

MISTERIOSOS Y OCULTOS SIMBOLOS EN RECOLETA





VISITA GUIADA


Será el Sábado 22 de Junio  de 2019






El Sábado 22 de Junio a las 14:30 hs, realizaré una visita  al Cementerio de la Recoleta, únicamente previa inscripción vía Twitter, Facebook o correo electrónico, encontrándonos en la esquina de La Biela, debajo del gomero gigante, en Quintana y Haedo (ex Ortíz) frente a la Iglesia del Pilar.

Se suspende por lluvia o por fuerza mayor, en este caso comunicándolo con anticipación en mi blog, correo o redes sociales (consultar antes de partir).

El costo es de 300 $ por persona. Menores de 16 años gratis.

Llevar algo para beber y calzado cómodo, porque la visita dura alrededor de 2 horas y media.

Tengan a bien facilitarme un número de celular donde poder llamarlos en caso de suspensión (cosa que haré con la suficiente anticipación así no viajan en vano).

Se pueden hacer pedidos especiales en días diferentes al ofrecido, previa coordinación de agenda. 

Por grupos numerosos, consultar tarifa promocional.

Les agradecería difundir esta información entre sus contactos.

Muchas Gracias.



Escriba al e-mail o redes sociales para coordinar reservas:

danielpena1872@gmail.com

Twitter @2011dp 

Facebook Daniel Pena dp






Descripción de la propuesta


Síntesis de la historia argentina. Despliegue de lujo y arte como en pocos lugares del mundo verán concentrados.

Un paseo didáctico, entretenido, lleno de misterios, historias extrañas, mística y simbología.

Ambito donde convive el esplendor de la vida y la paz de la muerte, exhibida a simple vista, donde esta se convierte tangiblemente en el otro paso que todos damos.

Conozca los lugares donde descansan gran parte de los Presidentes argentinos, como Sarmiento, Mitre, Avellaneda, Carlos Pellegrini, Roque Sáenz Peña, Yrigoyen, Illia, Alvear o el primer Presidente de la democracia reconquistada después de la última dictadura militar, Raúl Alfonsín.

Asociarán lo aprendido en la escuela con la realidad, viendo los mausoleos del Almirante Guillermo Brown, la esposa del Gral. San Martín, Saavedra, Blanca Podestá, el Gobernador Juan Manuel de Rosas, Mariquita Sánchez de Thompson, Facundo Quiroga, Alberdi, Alsina. Viejos enemigos que hoy comparten el mismo camposanto, como Dorrego y Lavalle, Eva Perón y los generales Lonardi o Aramburu.

Romances, intrigas, curiosidades. Verán la misma competencia exhibicionista de riqueza como se desplegó también en los palacios de Buenos Aires.


Además contemplarán un verdadero templo masónico a cielo abierto, donde se muestra parte de los sabios misterios de la Orden laica más antigua e importante del mundo.


Una visita amena, de más dos horas, que les dará una explicación de la historia argentina, sus costumbres y los ayudará a entender el porqué somos como somos.



dp  





sábado, 8 de junio de 2019

LUIS MEZZADRA, EL PINTOR DE SARANDI






No tenía más de 10 años. Década del 60. Cuando regresábamos a casa con mi padre conduciendo el auto, casi siempre a primera hora de la noche de los días domingos, ya esperaba pasar por el domicilio de un pintor que siempre trabajaba mostrando su lienzo a quien pasara por el lugar. Se lo veía a través de una amplia ventana que daba a la calle  Salta, esquina con Cordero, en mi Sarandí eterno.

Me llamaba mucho la atención verlo trabajar en algo que me parecía genial, la pintura.
Alguna vez pasé caminando con mi madre y nos detuvimos en ese lugar, a espiar por esa ventana. En oportunidades una cortina impedía ver hacia adentro, otras se podía ver abiertamente y ahí aparecía el mundo del artista con sus colores y medido desorden. Eso lograba aún más acrecentar mi curiosidad y hasta admiración.

De golpe, aunque no fue así, vi como cambiaba su casa y se modernizaba. Me gustó mucho el estilo que tomó, algo parecido al Mediterráneo.

Pasaron décadas nunca supe quien era ese pintor, hasta que a finales de los 80 dejé de verlo. No lo supe, hasta muchos años después, que había fallecido. 

Recién hoy pude averiguar su nombre, porque con los pocos vecinos que conversé para tratar de saber sobre él, nadie me pudo dar el mismo, aunque todos me decían que tenía fama dentro de su arte. Se llamaba Luis Mezzadra.

Ya entro en mi séptima década de vida y puedo dar por completa esa vieja imagen que me lleva a los mejores años de mi existencia, a mi infancia.

Esto me llena de alegría, nostalgia y hasta un poco de tristeza, todo al mismo tiempo, solo por la sensación de los años transcurridos, pero necesito hacer este sencillo homenaje a ese hombre. Viendo algunas de sus obras las valoro, en verdad me gustan. A lo mejor fue el artífice de mi sentido de la labor cotidiana y la creación de belleza por propia mano.

Esto  es  mucho para mi.

Por eso necesité escribir esto. Debajo adjunto una breve biografía de Mezzadra. Por desgracia no encontré demasiado material sobre él, ni escrito y hasta pocas imágenes de sus obras.

Pero no importa. Rescato el sentido y el valor de los bellos recuerdos.




dp



Biografía


          Luis Mezzadra nació en el barrio del Dock Sud (el Doque) Avellaneda.
Luego de una penosa enfermedad murió el 3 de agosto de 1988.
Su trayectoria comienza muy temprano mientras trabajaba y aprendía a pintar con el maestro de origen ruso, profesor Amethov. Como todo muchacho le gustaba el fútbol, llegando a jugar en la primera división del club de sus amores Esportivo Dock Sud.

          En 1933 rinde examen e ingresa en la Academia de Bellas Artes de la Nación, por ese entonces surgen otras obligaciones que el joven dibujante, aspirante a pintor, debe afrontar y ellas fueron por un lado la necesidad de ayudar económicamente a su familia y la segunda para seguir alimentando a su espíritu inquieto la de proseguir paralelamente costeándose sus estudios de dibujo y pintura y a fe que lo consiguiera, no sin grandes sacrificios. Por esos años tuvo la fortuna de comenzar a ganarse el sustento de la vida en algo que a Mazzadra le agradaba sobremanera, nada mas ni nada menos que en un taller de decoraciones cinematográficas, allí llega a conocer un gran maestro del arte pictórico que dejaría una profunda huella en el manejo del color y de la forma: el Profesor de nacionalidad rusa, Don Elías Amethov.

         Con el paso de los años se independiza de este y entra a trabajar en la empresa “Eureka Publicidad” donde al cabo de varios años de trabajo llega a ocupar el cargo de director de arte de la misma.

       Estas alternativas no hacían mas que reflejar realmente, una fiel demostración de sus promisorias dotes, no solo como dibujante, sino como un experto en el dominio del arte del color, de la luz, las perspectivas, sus diversos planos y la profundidad. Todo ese gran bagaje de arte le ha servido técnica y artísticamente, para emprender con toda seguridad el futuro en los años por venir, como fuente inspiradora e inagotable de sus grandes inquietudes plásticas, las cuales de alguna manera se irían reflejando gradual y sistemáticamente, en el desarrollo armonioso de la belleza en su hermosa temática “Campo y Suburbio”.



          Corría el año 1950 cuando en su taller recibe la visita de gente que le propone la creación de una pintura “gigante” del general San Martín, en conmemoración del centenario del paso a la inmortalidad del prócer. Pintura que el artista encara con fervor y es así que una vez terminada se convierte en la primera obra realizada en el país del prócer que tenía 10 mts de alto por 7 de ancho, causando conmoción cuando fue expuesta en una esquina céntrica de Bs.As. como lo es Florida y Cangallo.

          Por su taller comenzaron a desfilar retratos de grandes actores de la época como lo fueron Luis Sandrini y Hugo del Carril cuyas figuras resaltaban en las marquesinas de los teatros donde actuaban, grandes empresas de cine lo contrataron en forma exclusiva como Argentina Sono Film, Estudios Mapol, Lumiton, Artistas Argentinos Asociados y muchos sellos mas tan prestigiosos como los nombrados.

          En el año 1965 emprende una nueva etapa de su vida artística, lo hace abrazando una línea de la escuela Figurativa, en una muy difícil, como delicada temática que domina con todo fundamento: “Campo y Suburbio”, es decir pintar los rostros recios, curtidos del gaucho, del peón de campo, del domador. En una palabra, toda la gama de la tradición criolla, por una parte, por la otra, al piberío porteño, a los célebres “cebollitas”, con sus picardías, sus ingeniosas travesuras, sus juegos... sus estudios, por lo general procedentes de los barrios suburbanos. Así es que nacen; Esperando el Pucho, La rabona, Pescando en la Salita, etc.

          Siempre sería oportuno poner de relieve la gran obra donativa que a lo largo de su vida artística ha llegado a realizar, toda la ciudad de Avellaneda a través de sus Sociedades de Fomento, colegios y demás instituciones recibieron alguna de sus obras. Otras donaciones muy importantes las realizó al Centro Maipuense, de la ciudad sureña de Maipú, en la provincia de Buenos Aires.

          Ese hermoso lugar, fue también fuente inspiradora de muchos de los paisanos pintados magistralmente por Luis Mezzadra, con ella, muchas entidades de ese gaucho rincón provinciano guardan como un real tesoro, sus hermosas donaciones, que a su vez fueron correspondidas con muchas plaquetas, pergaminos y hasta una magnífica “marca de ganado”.   En esta ciudad es nombrado socio honorario del Rotary Club de Maipú, para quien en el festejo de sus Bodas de Plata dona un cuadro de su fundador el Dr. Raúl Harris y que fue expuesto en el Club Atlético de esa localidad.

       En los años posteriores diversos intendentes municipales de la mencionada ciudad de Maipú han conocido a fondo y participaron de la gran obra cultural que Luis Mezzadra obsequiara con el corazón generoso de siempre y que lucen en las paredes de numerosas instituciones tales como los colegios; Instituto Mauro Golé (retrato gigante del sacerdote Mauro Golé), escuela Nº 10  (José Manuel Estrada), escuela Nº 1 (retrato gigante de Domingo F Sarmiento, escuela de Yamahuida,  Ateneo Popular Dr. Mario Monti, con el cariño y beneplácito de la bella ciudad de Maipú.

            Contrae matrimonio con Norma Haydee Martínez (Nenecha), su fiel compañera a lo largo de su vida, de ese matrimonio nace una hija, María Elena quién con el correr de los años se casará con Jorge Iraola dándole cuatro nietos que fueron la alegría y el buen pasar de los abuelos y sobre todo de la bisabuela, madre de Mezzadra la señora Elena Di Gerardi.
Sus obras comienzan a exponerse en las principales galerías de Sarandí, Dock Sud y Avellaneda.

          En el sesquicentenario de la Independencia Argentina, y en homenaje a esa fecha patria, se levantó con su intervención y dirección, la “Casa de Tucumán” telón impresionante de 15 mts. de ancho por 6 de alto y con ocho figuras, cuatro en cada extremo con la efigie de otros tantos próceres de 3 mts. de alto por 1,50 de ancho, mereciendo esta obra la visita de constantes delegaciones de personalidades las que quedaban impactadas ante semejante obra, tal es el caso de la Comisión Municipal de Festejos de Avellaneda quién consideró oportuno otorgar un valioso galardón a la entidad fomentista que contribuía tan patriótica como brillantemente a los citados festejos julianos.
Y así con hechos muy apretados, con toda la mayor sencillez posible, se fueron relatando episodios, de toda una larga vida dedicada por entero al arte plástico, con su temática de carácter figurativa, muy difícil de encarar, pero su gran oficio y profundidad creativa lo colocan entre los grandes de la plástica nacional, todo lo cual reviste un gran orgullo para los argentinos y en modo especial, un legítimo e idéntico orgullo localista, y sobre todas las cosas, un orgullo genuino para todos los habitantes que componen nuestra querida ciudad de Sarandí.



Tuvo chispa y creatividad, y sobre todo: bondad, generosidad y un desprendimiento tal para donar cuadros enmarcados, de su producción.


El recuerdo de sus amigos:

“...pero fueron las expresiones lo mas original de tu estatura pictórica; las expresiones de los ojos y de las manos. Ellas tuvieron el sesgo taciturno de tu propia mirada, las mismas mansedumbres de tus dedos y tus palmas.
En la mirada bonhomía, en tus dígitos la dádiva.”
                                                                           Dante Emmanuel

“..como artista siempre me impresionó la fuerza y la expresividad de su dibujo, su color tan personal, su capacidad de trabajo, su acendrada vocación artística..”
                                                                           Juan J. García Pérez

“... Luis Mezzadra elige sus temas en la vida cotidiana. Los rostros, los cuerpos, las miradas, los llantos, la humildad y la sencillez muchas veces daban testimonios de seres descubiertos en un instante original de sus vidas. La serie de chicos de la calle, del barrio o nuestra cercana cotidianeidad, era impactos emocionales para el espectador, fulminantes cañonazos a la sensibilidad del observador, y ello ponía al descubierto el arte de elaborar, solo con pincel y materia, imágenes de tal cargamento emotivo.   De igual manera sus escenas de campo, sus paisanos, sus motivos de nuestra historia gaucha, están impregnados de esa condición de revelador inquietante y preciso, sin distorsiones que dificulten la apropiación de su obra.”
                                                                          Antonio J. González

“... estuvimos unidos en el trabajo de la cultura de manera unánime, es mas con amor y humildad que él supo tenerla en grado sumo, pues si se piensa cuanto dio a la comunidad, con sus donaciones, sea en lo que concierne a su paleta pictórica, que de otras maneras. El, lo daba todo... Recuerdo cuando fuimos a su ciudad natal, Maipú (provincia de Bs.As.), ya que se cumplía un siglo de su fundación, y allí, en su iglesia, tuve la satisfacción de dirigir un concierto sinfónico coral de inolvidable emoción, donde Luisito estuvo lleno de felicidad...”
                                                                   
                                                                       José Rodríguez Faure

“... Luis Mezzadra fue realmente un maestro del retrato y del color. Su camino en el arte se identificó con la firmeza, la consecuencia en seguir siempre una misma meta, avalada por el oficio y la personalidad de una técnica. En toda su trayectoria artística se manifestó interesado componer una imagen accesible pensando primordialmente en la comunicación directa con una mayoría.
Aunque se supone que quienes han sido pródigos en la entrega parten sin mas ambición o deseo que su obra haya contribuido al bien del semejante. Recuerdo que tiempo antes... Mezzadra me había dicho:
 “Me quedé largo rato mirando mis herramientas de trabajo... y me alegró ver que el sol las iluminaba”.
Sí, seguramente en esa mirada del adiós, estaba TODA LA PAZ DEL DEBER CUMPLIDO.”
                                                                        Gioconda de Zabatta

 - - - - - - -
(Biografía y comentarios extraídos del libro escrito por Pascual Romano titulado Luis Mezzadra, con motivo del homenaje realizado en su memoria el día 24 de noviembre de 1989)


Fuente: http://bibliotecadigitaldeelamigoii.blogspot.com/2017/07/biografia-de-luis-mezzadra.html


Casa de Mezzadra, Salta y Cordero, Sarandí. Sobre la derecha, donde se un rectángulo sin terminación, en la planta baja, estaba su estudio


jueves, 6 de junio de 2019

CASA PATERNA DEL GRAL. SAN MARTIN EN ESPAÑA



Va mi especial agradecimiento a Inmaculada Malanda Fernández, Alcaldesa de Cervatos de la Cueza, por tantos años de amistad y toda la labor que realiza para preservar el solar de los padres de nuestro máximo prócer.  Ella es embajadora de la Argentina por mérito.








Juan de San Martín nació el día 3 de febrero de 1728 en Cervatos de la Cueza, Castilla la Vieja que formaba parte del Reino de España, siendo hijo de Andrés de San Martín y de Isidora Gómez, los cuales conformaban una familia hidalga de clase media cuya casa se conserva en el número 27 de la calle Las Solanas del pueblo antes citado (conocida actualmente como Casa-museo del General San Martín, destacando la sala de honor, donde se guardan recuerdos y testimonios de la amistad con la República Argentina).

Cervatos de la cueza, se levanta en la comarca de la Cueza, atravesaba una calzada romana, y cuyo nombre lo toma por el del río que la cruza. Se supone que en ese sitio debió existir una antigua fortaleza Celta, origen de la actual población.

Su casa natal en Cervatos de la Cueza es actualmente un museo. La casa luce el escudo con el lema de la casa-museo de los San Martín, en Cervatos de la Cueza: "De azores castellanos nació el cóndor que sobrevoló los Andes".

Se lo recuerda especialmente por haber sido el padre del general José de San Martín, prócer nacional de la Argentina y libertador del Perú y Chile.

La iglesia de la localidad fue construida por el gobierno argentino.

Ubicación de Cervatos de la Cueza
En 1746 ingresó en el ejército español teniendo 18 años como soldado en el Regimiento de Lisboa, con el cual intervino en cuatro campañas militares en el norte de África, permaneciendo en Melilla durante 17 años, siendo cabo, sargento (desde el 31 de octubre de 1755) y luego sargento 1°. Se conserva su primera hoja de servicios en donde se lee que era un hombre de estatura baja, cabello castaño claro y ojos garzos. Siguió luego a su regimiento de regreso a España, estando acantonado en diversos lugares. Por sus méritos en África el 20 de noviembre de 1764 se le concedió un grado de oficial (teniente), algo poco frecuente para alguien que no era de una familia noble.

Siendo gobernador del Río de la Plata Pedro de Ceballos, Juan de San Martín fue destinado a Buenos Aires en 1762, llegando en la expedición militar del gobernador y siendo designado como instructor del Batallón de Milicias de Voluntarios Españoles. Participó en el bloqueo de Colonia del Sacramento en 1765.

En 1767 llegó al país doña Gregoria Matorras que venía de Paredes de Nava (un pueblo cercano a Cervatos, dentro del casco antiguo de la localidad , en la tranquila plaza de San Juan , se levanta esta estatua en honor a doña Gregoria) donde nació el 12 de marzo de 1738, a la edad de 30 años, viajó a Buenos Aires en compañía de su primo, Jerónimo Matorras, (quien sería designado gobernador y capitán general de Tucumán), donde conoció a Juan. Se casaron en la catedral de Buenos Aires. Don Juan no pudo estar presente y fue representado por un amigo, el capitán de dragones Juan Francisco de Somalo. El matrimonio tuvo cinco hijos: María Elena, Manuel Tadeo, Juan Fermín Rafael, Justo Rufino y el menor de la familia, José Francisco de San Martín.


Dentro del casco antiguo de Paredes de Nava, en la tranquila plaza de San Juan, se levanta esta estatua en honor a doña Gregoria, madre de don José de San Martín. Natal de Paredes y bautizada en la iglesia de Santa Eulalia. Gregoria vivió en Paredes hasta los treinta años.

El pueblo palentino, en colaboración con diversas organizaciones de Buenos Aires han querido plasmar un cariñoso recuerdo a la que fuera su vecina , con esta estatua hecha en bronce , en la que aparece el busto de la mujer , sobre una solida peana de piedra y a la que acompañan diversas placas de agradecimiento.


Fuente: http://cervatosdelacueza.es/index.php/turismo/casa-museo-general-san-martin/



Videos relacionados (para verlos copiar y pegar en nueva página):


https://youtu.be/ow_xvzgC7-o?t=18


https://youtu.be/4p1myK8w64A?t=10


https://youtu.be/00o3xh6hwrA?t=5

Recomiendo este video en forma especial, porque los autores son españoles:
https://youtu.be/-bgRMu1OSyU



dp






Vista de la calle Pozo Dulce, Málaga (España), en la cual se encontraba la casa en que vivió el Gral. José de San Martín cuando era niño.
Fot.: José Armando Seco, 1950. Archivo Gral.de la Nación


martes, 14 de mayo de 2019

LOS SECRETOS DE LA TORRE AGUJA DE NOTRE DAME








El escritor Javier Serra sigue las huellas masónicas tras la 'flecha' desplomada. Y encuentra a la sociedad secreta de carpinteros que la fabricó en una placa también devorada por el fuego.


Todo parecía perdido. Eran casi las ocho de la tarde del lunes cuando las llamas que una hora antes se habían dejado ver sobre el tejado de Notre Dame de París rompieron por dentro la aguja de la catedral, hundiéndola contra un suelo situado 96 metros más abajo. La imagen se distribuyó a tiempo real por televisiones y teléfonos móviles confirmando el peor de los presagios: el templo más icónico de Francia estaba desmoronándose.

Tras el sobresalto inicial y el buen hacer de los bomberos, la flèche se convirtió en el símbolo de la tragedia. Al día siguiente, los principales periódicos del mundo la llevaron a sus portadas. También éste. Y la imagen se unió en el acto a nuestra particular memoria gráfica junto a los fotogramas del asesinato de Kennedy, el derrumbe de las Torres Gemelas o la huella dejada por Neil Armstrong en la Luna. «Es un símbolo», se repite ahora sin parar. El más codiciado en las tiendas de recuerdos del Sena en estos días.

Pero un símbolo es algo mucho más serio. Para uno de los padres de la moderna psicología, el médico suizo Carl Gustav Jung, «una palabra o una imagen es simbólica cuando representa algo más que su significado inmediato y obvio». Cuando, añade, «representa algo vago, desconocido u oculto para nosotros».
La cuestión es, ¿ocultaba algo la aguja de Notre Dame?

La respuesta es sí. Lo sabe bien José Luis Corral, catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Zaragoza y uno de nuestros mejores novelistas históricos. En 2006, en compañía de la profesora Madelaine Lazard de la Sorbona, Corral ascendió hasta las cubiertas de Notre Dame con un permiso especial. Quería ver la aguja. Por aquel entonces estaba haciendo acopio de información para su obra Fulcanelli, el dueño del secreto. El escritor, como tantos antes que él, había caído bajo el hechizo de un polémico ensayo de 1926 en el que se interpretaba la iconografía de la catedral parisina en clave alquímica. El misterio de las catedrales. En él se afirmaba que cada gárgola, estatua, relieve, vitral o detalle arquitectónico era susceptible de ser leído como un mutus liber capaz de transmutar la materia prima (plomo, pecados, ignorancia) en oro (sabiduría, riquezas, bondad). Y Fulcanelli -pseudónimo de su autor, de atribución incierta aún hoy- confería a ese elemento particular el poder de concentrar un arte y una ciencia solo para iniciados.

Tras gatear entre las vigas alabeadas de la estructura, la sorpresa de Corral al alcanzar su objetivo fue mayúscula. Clavada a la base (machón) de la impresionante flèche de 750 toneladas de madera revestida de plomo, halló una placa de 50 x 20 centímetros adornada con simbología masónica e inscrita con una curiosa leyenda:



La mención a un Devoir de Liberté le pondría tras una pista que, finalmente, decidió no incluir en su novela pero que ahora, después de lo ocurrido en París, no ha dudado en confiarme. «Es un misterio de los tuyos», me dijo esta semana. Según sus primeras averiguaciones, ese nombre oculta una sociedad secreta de la que formaban parte en el siglo XIX profesionales liberales, en especial del gremio de la construcción. A Corral incluso le fue posible rastrearla hasta los compagnonnages medievales -una especie de predecesores de los sindicatos, pero imbuidos en una filosofía cuasi religiosa que florecería después con la francmasonería-. «En el fondo, no es algo tan raro», admite. «Desde la época de las catedrales se ponía mucho celo en cómo se transmitía el conocimiento de una disciplina práctica como la de los albañiles. Todo se rodeaba de secreto para que el saber siguiera en manos de unos pocos, y se accedía a ella solo por iniciación. De aprendiz a maestro».

La placa -devorada por el fuego- demostraba que los hombres que restauraron Notre Dame en el siglo XIX fueron iniciados. De Eugène Viollet-le-Duc (1814-1879) se sospechaba desde hacía tiempo. Aunque nunca se ha probado su vínculo con ningún colectivo de ese tipo, se admite que tuvo familiares que fueron masones. Lo fue sin duda su socio en las tareas de rehabilitación, el arquitecto Jean-Baptiste Lassus (1807-1857). Y tras unas sencillas pesquisas fue fácil identificar al «Georges» de la placa con Henri Georges (1818-1887), un habilidoso carpintero que en los años anteriores al trabajo de levantar la aguja de Notre Dame levantó también las de la Santa Capilla de París, el monasterio de Mont Saint-Michel, la basílica de Vézelay y la catedral de Orléans, 21 metros más alta que la que acaba de colapsar. Su nombre masónico era Angevino, el Hijo del Genio. «Ballu», por último, se reveló como una empresa de carpintería de prestigio, sita en la rue des Récolets e integrada por hermanos de la misma sociedad.
«Los Carpinteros del Deber se identificaban entre sí por unos pequeños bastones de metal que llevaban prendidos de las solapas», me precisa Corral. «Era un símbolo que remitía a su método de aprendizaje: los neófitos renunciaban a su vida normal durante un periodo de cuatro a siete años en los que iban de ciudad en ciudad haciendo lo que llamaban el Tour de France. En cada urbe eran acogidos e iniciados secretamente en aspectos de su oficio».

Georges y Viollet-le-Duc trabajaron juntos durante las más de dos décadas que duró la reconstrucción de Notre Dame. Cuando empezaron sus trabajos en 1844 la aguja no existía. La original había sido demolida en tiempos de la Revolución Francesa. Sólo la inmensa fama adquirida por la novela de Víctor Hugo Nuestra Señora de París (1831) convenció a las autoridades a destinar dos millones y medio de francos a su rescate. El asunto tiene su gracia porque sobre Hugo siempre planeó la sospecha de su filiación masónica. Sus obras rezuman alusiones a conceptos caros a esta obediencia(como los ideales de iluminación, libertad, igualdad y fraternidad), y aunque no se ha encontrado prueba alguna de su vínculo con las logias, sí las hay respecto a su padre.
«Tampoco debe extrañarnos», argumenta Corral. «El vínculo entre masones y catedrales viene de lejos. De hecho, en su mitología se explica que los primeros masones fueron los obreros que levantaron templos como Notre Dame en la Edad Media. La palabra que los designa procede de la palabra maçon, que significa albañil. Según dicen, fueron los depositarios de los secretos constructivos que les transmitió Hiram, el arquitecto del Templo de Salomón en Jerusalén».

Curiosamente, no resulta difícil encontrar otros rastros de esa simbología en la propia flèche. El más obvio es el gallo que la coronaba. El martes, cuando los rescoldos de la techumbre aún humeaban, un miembro del Grupo de Empresas de Restauración de Monumentos Históricos de París tuvo la intuición genial de saber en qué montón de escombros escarbar. Dio con el pesado tótem de cobre verde, abollado e incapaz de abrirse para mostrar las reliquias ocultas de su interior. Y es que, siguiendo una antigua tradición, en ese gran pináculo se había sellado una espina extraída de la supuesta corona de Cristo que Luis IX se trajo de las cruzadas, y dos huesecillos de los cuerpos de san Denis y santa Genoveva, patrones de París.

La mención a un Devoir de Liberté le pondría tras una pista que, finalmente, decidió no incluir en su novela pero que ahora, después de lo ocurrido en París, no ha dudado en confiarme. «Es un misterio de los tuyos», me dijo esta semana. Según sus primeras averiguaciones, ese nombre oculta una sociedad secreta de la que formaban parte en el siglo XIX profesionales liberales, en especial del gremio de la construcción. A Corral incluso le fue posible rastrearla hasta los compagnonnages medievales -una especie de predecesores de los sindicatos, pero imbuidos en una filosofía cuasi religiosa que florecería después con la francmasonería-. «En el fondo, no es algo tan raro», admite. «Desde la época de las catedrales se ponía mucho celo en cómo se transmitía el conocimiento de una disciplina práctica como la de los albañiles. Todo se rodeaba de secreto para que el saber siguiera en manos de unos pocos, y se accedía a ella solo por iniciación. De aprendiz a maestro».

La placa -devorada por el fuego- demostraba que los hombres que restauraron Notre Dame en el siglo XIX fueron iniciados. De Eugène Viollet-le-Duc (1814-1879) se sospechaba desde hacía tiempo. Aunque nunca se ha probado su vínculo con ningún colectivo de ese tipo, se admite que tuvo familiares que fueron masones. Lo fue sin duda su socio en las tareas de rehabilitación, el arquitecto Jean-Baptiste Lassus (1807-1857). Y tras unas sencillas pesquisas fue fácil identificar al «Georges» de la placa con Henri Georges (1818-1887), un habilidoso carpintero que en los años anteriores al trabajo de levantar la aguja de Notre Dame levantó también las de la Santa Capilla de París, el monasterio de Mont Saint-Michel, la basílica de Vézelay y la catedral de Orléans, 21 metros más alta que la que acaba de colapsar. Su nombre masónico era Angevino, el Hijo del Genio. «Ballu», por último, se reveló como una empresa de carpintería de prestigio, sita en la rue des Récolets e integrada por hermanos de la misma sociedad.
«Los Carpinteros del Deber se identificaban entre sí por unos pequeños bastones de metal que llevaban prendidos de las solapas», me precisa Corral. «Era un símbolo que remitía a su método de aprendizaje: los neófitos renunciaban a su vida normal durante un periodo de cuatro a siete años en los que iban de ciudad en ciudad haciendo lo que llamaban el Tour de France. En cada urbe eran acogidos e iniciados secretamente en aspectos de su oficio».

Georges y Viollet-le-Duc trabajaron juntos durante las más de dos décadas que duró la reconstrucción de Notre Dame. Cuando empezaron sus trabajos en 1844 la aguja no existía. La original había sido demolida en tiempos de la Revolución Francesa. Sólo la inmensa fama adquirida por la novela de Víctor Hugo Nuestra Señora de París (1831) convenció a las autoridades a destinar dos millones y medio de francos a su rescate. El asunto tiene su gracia porque sobre Hugo siempre planeó la sospecha de su filiación masónica. Sus obras rezuman alusiones a conceptos caros a esta obediencia(como los ideales de iluminación, libertad, igualdad y fraternidad), y aunque no se ha encontrado prueba alguna de su vínculo con las logias, sí las hay respecto a su padre.
«Tampoco debe extrañarnos», argumenta Corral. «El vínculo entre masones y catedrales viene de lejos. De hecho, en su mitología se explica que los primeros masones fueron los obreros que levantaron templos como Notre Dame en la Edad Media. La palabra que los designa procede de la palabra maçon, que significa albañil. Según dicen, fueron los depositarios de los secretos constructivos que les transmitió Hiram, el arquitecto del Templo de Salomón en Jerusalén».

Curiosamente, no resulta difícil encontrar otros rastros de esa simbología en la propia flèche. El más obvio es el gallo que la coronaba. El martes, cuando los rescoldos de la techumbre aún humeaban, un miembro del Grupo de Empresas de Restauración de Monumentos Históricos de París tuvo la intuición genial de saber en qué montón de escombros escarbar. Dio con el pesado tótem de cobre verde, abollado e incapaz de abrirse para mostrar las reliquias ocultas de su interior. Y es que, siguiendo una antigua tradición, en ese gran pináculo se había sellado una espina extraída de la supuesta corona de Cristo que Luis IX se trajo de las cruzadas, y dos huesecillos de los cuerpos de san Denis y santa Genoveva, patrones de París.

La mención a un Devoir de Liberté le pondría tras una pista que, finalmente, decidió no incluir en su novela pero que ahora, después de lo ocurrido en París, no ha dudado en confiarme. «Es un misterio de los tuyos», me dijo esta semana. Según sus primeras averiguaciones, ese nombre oculta una sociedad secreta de la que formaban parte en el siglo XIX profesionales liberales, en especial del gremio de la construcción. A Corral incluso le fue posible rastrearla hasta los compagnonnages medievales -una especie de predecesores de los sindicatos, pero imbuidos en una filosofía cuasi religiosa que florecería después con la francmasonería-. «En el fondo, no es algo tan raro», admite. «Desde la época de las catedrales se ponía mucho celo en cómo se transmitía el conocimiento de una disciplina práctica como la de los albañiles. Todo se rodeaba de secreto para que el saber siguiera en manos de unos pocos, y se accedía a ella solo por iniciación. De aprendiz a maestro».

La placa -devorada por el fuego- demostraba que los hombres que restauraron Notre Dame en el siglo XIX fueron iniciados. De Eugène Viollet-le-Duc (1814-1879) se sospechaba desde hacía tiempo. Aunque nunca se ha probado su vínculo con ningún colectivo de ese tipo, se admite que tuvo familiares que fueron masones. Lo fue sin duda su socio en las tareas de rehabilitación, el arquitecto Jean-Baptiste Lassus (1807-1857). Y tras unas sencillas pesquisas fue fácil identificar al «Georges» de la placa con Henri Georges (1818-1887), un habilidoso carpintero que en los años anteriores al trabajo de levantar la aguja de Notre Dame levantó también las de la Santa Capilla de París, el monasterio de Mont Saint-Michel, la basílica de Vézelay y la catedral de Orléans, 21 metros más alta que la que acaba de colapsar. Su nombre masónico era Angevino, el Hijo del Genio. «Ballu», por último, se reveló como una empresa de carpintería de prestigio, sita en la rue des Récolets e integrada por hermanos de la misma sociedad.
«Los Carpinteros del Deber se identificaban entre sí por unos pequeños bastones de metal que llevaban prendidos de las solapas», me precisa Corral. «Era un símbolo que remitía a su método de aprendizaje: los neófitos renunciaban a su vida normal durante un periodo de cuatro a siete años en los que iban de ciudad en ciudad haciendo lo que llamaban el Tour de France. En cada urbe eran acogidos e iniciados secretamente en aspectos de su oficio».

 Eugène Viollet-le-Duc, autor de la 'aguja' de Notre Dame.
Georges y Viollet-le-Duc trabajaron juntos durante las más de dos décadas que duró la reconstrucción de Notre Dame. Cuando empezaron sus trabajos en 1844 la aguja no existía. La original había sido demolida en tiempos de la Revolución Francesa. Sólo la inmensa fama adquirida por la novela de Víctor Hugo Nuestra Señora de París (1831) convenció a las autoridades a destinar dos millones y medio de francos a su rescate. El asunto tiene su gracia porque sobre Hugo siempre planeó la sospecha de su filiación masónica. Sus obras rezuman alusiones a conceptos caros a esta obediencia(como los ideales de iluminación, libertad, igualdad y fraternidad), y aunque no se ha encontrado prueba alguna de su vínculo con las logias, sí las hay respecto a su padre.

«Tampoco debe extrañarnos», argumenta Corral. «El vínculo entre masones y catedrales viene de lejos. De hecho, en su mitología se explica que los primeros masones fueron los obreros que levantaron templos como Notre Dame en la Edad Media. La palabra que los designa procede de la palabra maçon, que significa albañil. Según dicen, fueron los depositarios de los secretos constructivos que les transmitió Hiram, el arquitecto del Templo de Salomón en Jerusalén».

Curiosamente, no resulta difícil encontrar otros rastros de esa simbología en la propia flèche. El más obvio es el gallo que la coronaba. El martes, cuando los rescoldos de la techumbre aún humeaban, un miembro del Grupo de Empresas de Restauración de Monumentos Históricos de París tuvo la intuición genial de saber en qué montón de escombros escarbar. Dio con el pesado tótem de cobre verde, abollado e incapaz de abrirse para mostrar las reliquias ocultas de su interior. Y es que, siguiendo una antigua tradición, en ese gran pináculo se había sellado una espina extraída de la supuesta corona de Cristo que Luis IX se trajo de las cruzadas, y dos huesecillos de los cuerpos de san Denis y santa Genoveva, patrones de París.

«El culto a las reliquias y la fe que se tenía en su poder protector justificaba actos como ese», aclara José Luis Corral al tiempo que me recuerda la existencia de otra colección de reliquias ocultas en las bolas metálicas que coronan las torres del monasterio de El Escorial, en Madrid. «Los poderosos necesitaban de esa clase de talismanes para protegerse».Y aprovecha la conversación para recordarme que el hombre que lo colocó en la cúspide en 1860 resbaló tras la operación y se mató contra la cubierta hoy calcinada. «Se llamaba Remy y era de Charentes. Dos días después, quinientas personas se reunieron para formar un círculo alrededor de Notre Dame, dándose las manos. Resulta difícil no ver en ello alguna clase de ritual».

No menos llamativo resulta que la flèche albergara un autorretrato de Viollet-le-Duc. El arquitecto prestó su rostro a la estatua de santo Tomás, el único de los doce apóstoles de metal encaramados a la estructura de la aguja que no miraba a París sino al gallo. El conjunto se salvó del fuego porque fue descendido la semana pasada para su limpieza. Quiero creer que Viollet-le-Duc se retrató para señalarnos otro misterio. Tal vez la función secreta de su espectacular obra. Y es que, como gran admirador del arquitecto medieval Villard de Honnecourt, creía que una catedral era un edificio cuyas proporciones estaban ligadas al cuerpo humano. La nave ocupaba siempre el lugar del tronco. El transepto, el de los brazos. En la cabeza, el coro. Visto desde esa óptica, la aguja marcaba sobre el crucero no solo el lugar del altar -donde, por cierto, se guardaba la corona completa de Cristo y que milagrosamente ha sobrevivido a la caída de la bóveda-, sino sobre todo el lugar del corazón.

He ahí otro símbolo. Quizá el símbolo. El que explicaría por qué cuando vimos caer la flèche su imagen se nos clavó en el alma, cortándonos la respiración.

  • Autor: Javier Sierra. Escritor, Premio Planeta y autor de Las puertas templarias, novela en la que Notre Dame es protagonista.

Fuente: https://www.elmundo.es/cronica/2019/04/21/5cb899a9fc6c8320268b4692.html


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