viernes, 26 de abril de 2024

EL ARGENTINO QUE HIZO LLOVER


 Era argentino, inventó una máquina para hacer llover y lo logró.

La historia de Juan Pedro Baigorri Velar un ingeniero entrerriano que a mediados del siglo XX promocionó un invento cuya veracidad de éxito fue tan dudosa como polémica.


Por Gustavo Capone






“Baigorri Velar: lluvias a domicilio. Atendido por su propio dueño”; podría haber sido el hipotético slogan del inventor argentino promoviendo la creación de su máquina generadora de precipitaciones a mediados del siglo XX. Y aunque parezca una broma fue absolutamente real. Así pues, Juan Pedro Baigorri Velar oriundo de Concepción del Uruguay, Entre Ríos, ingeniero especializado en Geofísica recibido en la Universidad de Milán (Italia) y nacido en 1891 se convirtió por unos años en el idolatrado genio mundial que inventó la máquina de hacer llover.

Los máximos organismos internacionales referidos a los temas ambientales y climáticos del planeta giraron su atención sobre el nuevo invento argentino y hasta el mismo prestigioso Sistema Meteorológico Nacional (otra creación de Sarmiento en 1873) se vio subestimado y ridiculizado ante los pronosticados chaparrones de Baigorri Velar que por mérito científico de su creación o por casual acción de la diosa fortuna supo acertar.


Todos pedían por los servicios de Baigorri Velar y su máquina: gobiernos internacionales, provinciales y hasta humildes chacareros desesperados ante la sequía hacían colectas para recaudar fondos que servirían para contratar al inventor. Rifas escolares, donaciones, campañas solidarias todo por que lloviera.  

Por un tiempo los gloriosos inventos argentinos de la época también pasarían a un segundo plano. El dulce de leche, el colectivo, la jeringa descartable, la tapa a rosca, la lapicera birome, los bastones para ciegos, las caricaturas, las huellas dactilares, el fotoliptófono, el semáforo, el rayo láser del astrofísico rivadaviense Gaviola, la milanesa napolitana, el alfajor, nada podría haber competido con la máquina argentina de hacer llover. Que además tenía dos intensidades: lluvia común y otra de ciclones y tornados. Baigorri Velar pensó en todo.


¡Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva!

Baigorri Velar, hijo de un militar amigo de Roca, trabajó en compañías internacionales involucradas a la extracción de petróleo en África, Asia y Europa, pero también creó su propio invento para detectar metales. En 1929 desempeñándose en el extranjero fue convocado por Enrique Mosconi para formar parte de la recientemente creada YPF y así fue como entonces Baigorri viajó desde los Estados Unidos para quedarse definitivamente en Argentina.

Un día se presentó en el Ferrocarril Central Argentino y dijo: “He inventado la máquina que hace llover”. El gerente de la empresa Donald McRae se sonrió; lo tomó en solfa, y desafiándolo le planteó que hiciera llover en Santiago del Estero donde una sequía de tres años devastaba la zona. Hasta allá se fue Baigorri Velar junto a un veedor de la empresa: Hugo Mitello. Se instaló en la localidad de Pinto (ex estación “Mitre”) a 245 kilómetros de la capital santiagueña. Era mediados de noviembre de 1938 y “la seca” había hecho estragos. Apenas encendida la máquina, el viento cambió de dirección y a las 12 horas cayó una llovizna.

La fama del inventor se multiplicó. La repercusión mediática fue descomunal a tal punto que la gobernación santiagueña lo volvió a convocar. El 22 de diciembre de 1938 regresó a la provincia norteña y tras dos días de encendida la máquina un gran aguacero se desató sobre “la Madre de Ciudades”.

“Un milagro navideño producido por Baigorri Velar”, sostuvieron muchos. Su fama se extendió mundialmente. “The Times” (Londres) lo tuvo entre sus páginas. Los noticieros radiales de Splendid, El Mundo, Belgrano, Rivadavia, El Pueblo no paraban de nombrarlo. Los diarios nacionales lo inmortalizarán como “El mago de Villa Luro” por la zona cercana a la cancha del Club Vélez Sarsfield donde tenía su casa, oficina y laboratorio con un altillo y terraza desde donde enfocaba sus antenas extensibles.

La máquina era una especie de televisor de madera compuesto por una batería, metales radiactivos y variadas sustancias químicas que según el propio creador “generaba una irradiación en la atmosfera que estimulaba una congestión electromagnética”. De la caja sobresalían dos antenas, una negativa y otra positiva, que enviaban al cielo la irradiación necesaria para la concentración de las nubes y la posterior lluvia. Una exclusiva salvedad caracterizaba el invento y era que solo él podía manejar la máquina. No había planos ni patentamientos, todo estaba guardado en su cerebro (se vanagloriaba) a tal punto que capitales norteamericanos quisieron comprar la patente del invento y se negó a venderlo sosteniendo: “Esto es un invento argentino”.



El duelo de Baigorri Velar contra el SMN

Toda esta historia había empezado en 1926 cuando trabajando Baigorri Velar en Bolivia ocupado en la búsqueda de minerales y utilizando otro inventó propio captador de metales percibió que paralelamente al conectarlo se nublaba repentinamente y llovía. Eso hizo que desde ahí empezara nuevos ensayos ahora direccionados a la gestación de nubes y enfocado expresamente en “la máquina llovedora”. 

Lo cierto fue que aquella ya citada lluvia torrencial de Santiago del Estero había extendido la fama de Baigorri Velar, pero también las dudas y las sospechas de que se trataba de un aventurero con suerte. Así fue como Alfredo Galmarini, la máxima autoridad del Servicio Meteorológico expresó públicamente que Baigorri era un “farsante”, que todo era una fantasía y que no creía en la seriedad del invento, agregando además que su repartición nacional ya había establecido que habría lluvias en el norte argentino.

La reacción de Baigorri Velar no se hizo esperar. En un extenso reportaje al diario “Crítica” (27 de diciembre de 1938) sostuvo de modo burlón y desafiante: “Como respuesta a las censuras a mi procedimiento, regalaré una lluvia a Buenos Aires para el 3 de enero de 1939”, y redoblando la apuesta compró un paraguas enviándoselo a Galmarini sosteniendo irónicamente que prendería su “máquina llovedora” después de pasadas las fiestas de año nuevo para no perjudicar los festejos. En Buenos Aires ese fin de año del ’38 no se hacía otra cosa más que conversar del caso acaparando la atención de todos, hasta eclipsando los temas políticos que hablaban del fraude patriótico en tiempos de Marcelino Ortíz, el suicidio de Alfonsina Storni y la reciente consagración de Independiente de Avellaneda con De La Mata, Erico y Sastre como figuras. 

Y como “cosa e’ mandinga” o por obra científica de la máquina de Baigorri, la madrugada del 3 de enero la lluvia inundó Buenos Aires. La multitud como en “cantando bajo la lluvia” de Gene Kelly vitoreaba a Baigorri Velar apodado el “Júpiter moderno” quien consiguió lo que ni una mágica cumbre de divinidades como Zeus el dueño de las nubes griegas, Tlaloc dios de la lluvia azteca, Illapa la celebridad inca director de todos los truenos del Tahuantinsuyo y San Isidro el santo cristiano de los chubascos al son de una danza de lluvia Sioux pudieron haber hecho jamás con tanta precisión.

“Gotas de lluvia sobre mi cabeza”

Tras ese “batacazo” las gotas de lluvias siguieron cayendo. Carhué será su inmediata próxima estación y una especie de diluvio volvió a llenar el Lago Epecuén. ¿Fortuna?; ¿el Servicio Meteorológico lo había anunciado? Renacerán las dudas. Contradictorio, huraño, enigmático, sin querer nunca mostrar su mecanismo y sin evidencias científicas, poco a poco el invento se fue desinflando. 

Pero tendrá otra oportunidad. Será contratado durante el segundo gobierno de Perón en 1951 y en reportajes posteriores sostendrá que provocó lluvias en Caucete tras una sequía de años, en Córdoba y en La Pampa. Su última carta la jugó en Río Negro (Uruguay) en 1970. Falló; no le pagaron y la causa terminó en un juicio.




“La máquina de hacer humo”

La cosa fue que paulatinamente “la máquina de hacer llover” se irá convirtiendo en una “máquina de hacer humo” como dirían los burlescos. En “Sábados Circulares” de Pipo Mancera expresó “haber destruido todo porque si otros intentaban hacer un pluviógeno por su cuenta corrían el riesgo de provocar una catástrofe por las tempestades que desatarían las sustancias radiactivas que decía usar”.

“De hecho, que pasaran horas, días e incluso semanas desde que la máquina se encendía hasta que llovía significaba que la causalidad que se le atribuía no tenía por qué ser tal sino fruto del azar o simplemente de una revisión previa del pronóstico del tiempo. De hecho, ya vimos que en varios casos la lluvia estaba anunciada por el servicio meteorológico y en otros fracasó; en estas situaciones se suele dar lo que se llama falacia de evidencia incompleta (reseñar de forma selectiva solo lo que interesa descartando lo adverso) donde por eso únicamente se recuerdan los éxitos del ingeniero (el sesgo de la confirmación donde adherimos exclusivamente a lo creemos). Como mucho, habrá quienes conceden que quizás las ondas electromagnéticas funcionaban como un radar que avisaba la posibilidad de lluvia, pero no podría haber hecho llover”.  (Jorge Álvarez. 2018).

Muchos creyeron que Baigorri Velar fue un “chanta”, otros pudieron sostener que se adelantó a tecnologías actuales de manipulación climática (geoingeniería). Lo cierto es que Baigorri Valer tiene un bien ganado lugar en la anecdótica galería histórica de la “célebre” viveza criolla argentina interminable fabricante desde lluvia hasta leyendas increíbles.


Fuente: https://www.mdzol.com/sociedad/2022/10/26/era-argentino-invento-una-maquina-para-hacer-llover-lo-logro-285967.html


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sábado, 20 de abril de 2024

SUBLIME ARTE EN UNA TUMBA

 


Esta es la tumba de Rudolph Nureyev, el gran bailarín ruso. 

La tumba fue diseñada para parecer una alfombra, pero está hecha completamente de bronce y vidrio.

Rudolf Xämät ul ı Nuriev o Rudolf Nuréyev fue un importante bailarín soviético, considerado, de hecho, uno de los mejores bailarines del siglo XX.

No es un lienzo, no es un manto, no es una alfombra... es un espectacular mosaico de colores que quiere parecerse a kilim (alfombras hechas a mano).

El realismo logrado en su forma, pliegues, color y textura lo convierten en una de las principales atracciones turísticas del cementerio. Dibujado por su amigo Ezio Frigerio, a quien conoció después de una de sus actuaciones de ballet Romeo y Julieta.

Ubicada en el cementerio ruso de Sainte-Geneviève-des-Bois es parte del Cimetière de Liers y se llama cementerio ortodoxo ruso, cerca de París, Francia.






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miércoles, 17 de abril de 2024

REESTRENO DE LEI IT BE: THE BEATLES





El documental, dirigido por Michael Lindsay-Hogg, estará disponible para verlo por primera vez en 50 años. La película sigue a los Beatles mientras graban 'Let It Be' y mientras actúan en lo que sería su última vez como grupo. Everett


Disney+ está ampliando su biblioteca de documentales musicales, trayendo a su lista un documental de los Beatles perdido hace mucho tiempo.


El servicio de transmisión agregará la película de 1970 Let It Be a su plataforma a partir del 8 de mayo de 2024. Será la primera vez que la película, dirigida por Michael Lindsay-Hogg, estará disponible para ver en 50 años.


Park Road Post Production de Peter Jackson restauró la película, con el apoyo de Lindsay-Hogg, lo que permitió su reestreno. Jackson, por supuesto, dirigió el documental de 2021 para Disney+ The Beatles: Get Back.


Let It Be sigue a los Beatles mientras graban el álbum antes mencionado y mientras actúan en lo que sería su última vez como grupo.


Disney dice que los antecedentes y la historia proporcionados por Get Back permiten que la película se aprecie más plenamente, y Jackson y Lindsay-Hogg ahora expresan su apoyo para que la gente vea ambos proyectos en un contexto más completo.


“Let It Be estaba listo para publicarse en octubre/noviembre de 1969, pero no salió hasta abril de 1970. Un mes antes de su lanzamiento, The Beatles se disolvió oficialmente. Y entonces la gente fue a ver Let It Be con tristeza en el corazón, pensando: "Nunca volveré a ver a los Beatles juntos". Nunca volveré a tener esa alegría’ y oscureció mucho la percepción de la película”, dijo Lindsay-Hogg en un comunicado.


El director añadió: “Pero, de hecho, ¿con qué frecuencia ves a artistas de esta talla trabajando juntos para convertir en canciones lo que escuchan en sus cabezas? Y luego llegas al techo y ves su entusiasmo, camaradería y pura alegría al tocar juntos nuevamente como grupo y sabes, como lo sabemos ahora, que era la última vez, y lo vemos con plena comprensión de quiénes eran y siguen siendo y un poco de conmoción. Me quedé estupefacto por lo que Peter pudo hacer con Get Back, utilizando todo el metraje que había filmado 50 años antes”.


Fuente: Alex Weprin/hollywoodreporter.com


Publicado en Fb Beatles Radio https://www.beatlesradio.com/the-beatles-let-it-be-film...



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martes, 16 de abril de 2024

SUSANITA, LA AVIADORA



Por Germán Tinti


El comandante Eduardo Valentini era, en 1986, uno de los pilotos de la flota presidencial. En ese carácter lo destinaron a buscar al Primer Mandatario a la ciudad de Mendoza. Horas antes de comenzar el viaje se dirigió a un geriátrico vecino a la base militar de El Palomar. Una vez allí habló con el dueño del lugar, un expiloto amigo suyo.

La idea de Valentini era llevar «de paseo» a una veintena de ancianos, invitarlos a un almuerzo en Mendoza y regresar acompañando a Raúl Alfonsín. Pocas horas después, el Tango 03 carreteaba por la pista de la 1ª Brigada Aérea con destino a la ciudad cuyana. Los pasajeros estaban tan felices por el inesperado viaje que parecían adolescentes en viaje de estudios.

Una vez en Mendoza, el piloto y su copiloto, Leonardo Sosa, llevaron a la delegación a una bodega cercana a la ciudad para que compartieran el almuerzo. Los anfitriones coincidieron en atacar una cazuela de mariscos. Como estaban en funciones debieron resignar acompañar el majar con algún buen vino blanco y debieron conformarse con bebidas sin alcohol.

En eso estaban cuando Valentini recibió la información de que el Presidente había decidido regresar a la Capital en auto, aprovechando el recorrido para visitar algunos pueblos en el camino. Así, el regreso previsto para las 8 de la noche, se adelantó dos horas.


Y… ¿dónde está el piloto?

En el regreso, Valentini decidió dejar la puerta de la cabina abierta para poder tener contacto directo con los pasajeros. Pero cuando parecía que el alegre recreo que habían disfrutado los ancianos se encaminaba hacia un tranquilo final, sucedió lo inesperado.

Cuando el avión había alcanzado los diez mil metros de altitud y se dirigía de regreso hacia El Palomar, Valentini comenzó a sentirse mal, y cada vez peor. Fiebre y vómitos reiterados lo obligaron a ceder el mando a Sosa. Pero lo cierto es que su segundo no estaba mucho mejor. La conclusión era obvia: esos mariscos de la cazuela no eran precisamente frescos (entre nosotros, ¿quién va a Mendoza y pide cazuela de mariscos?).

La situación era gravísima. Sosa informó a la torre de control de El Palomar de la situación, advirtiendo que, atento a su estado de salud, no sabía si podría afrontar el aterrizaje, lo que dejaba la puerta abierta a una verdadera tragedia. Las azafatas informaron a los pasajeros de la situación y los instruyeron con respecto a la posición de impacto que deberían adoptar durante el aterrizaje forzoso.

«Andá vos»

Fue entonces cuando, desde el fondo del avión, se escuchó a uno de los ancianos decir: «Susanita, andá vos». Entonces, una de las ancianas se levantó de su asiento y encaró a una de las azafatas: «¿El primer oficial puede todavía realizar sus funciones como copiloto?». Ante los balbuceo de las sobrecargo, Susanita se dirigió a la cabina y, una vez allí, se hizo cargo de la situación. La dama le pidió las coordenadas a Sosa y acto seguido activó el radio y se comunicó con la torre. El diálogo que se dio a continuación forma parte de la historia de la aviación argentina:


Tango 03: «Informo unidad en problemas técnicos. Inicio viraje por izquierda rumbo dos-siete-cero, autorizar 150km ILS pista dos-cuatro Palomar, mantengo dos mil quinientos pies hasta establecido. Fokker Tango 03. Cambio».




Torre de control: «Aquí torre de control, Palomar. Autorizado 150 km ILS pista dos-cuatro. Solícito informe T03 nombre comandante a cargo. Cambio».

Tango 03: «Hola chicos. Soy Susanita Ferrari. Bueno, hace 23 años que no vuelo y no sé si me acuerdo del protocolo. Acá les estoy dando una mano a los muchachos, cualquier cosa en que me puedan ayudar, les voy a agradecer».

Torre de control: «……….»

Tango 03: «¿Chicos? ¿Torre de control Palomar, están ahí?»

Torre de control: «Señora, informados del inconveniente técnico a bordo, desplegamos en pista los sistemas de contingencia según protocolo. ¿Ud. será la señora Susana Ferrari de Billinghurst? Cambio».

Tango 03: «Así es chicos. Me sorprende que alguien se acuerde del nombre de esta vieja jajajaja. Cambio».

Torre de control: «Sí, señora, ¡cómo no vamos a recordarla! Comandante, la unidad y el personal a bordo queda enteramente a su cargo hasta los 150 km ILS. Esperamos sus órdenes para tomar el control final y conducirla a pista dos-cuatro Palomar. De parte de la torre Palomar, Ezeiza y Don Torcuato, es un honor que esté usted ahí. Cambio y fuera».

Pionera

En el interín, Valentini tuvo tiempo de recomponerse y, en un acto de respeto, le solicitó a Susanita permiso para volver a hacerse cargo de la nave. Hubiera podido aterrizar el  Tango 03 sin ningún problema, pero consideró que estando el comandante en condiciones, no hacía falta.


Susana Ferrari Billinghurst era, desde hacía mucho, una verdadera leyenda de la aviación comercial en nuestro país. Nacida en 1914 en la ciudad de Buenos Aires, era hija del militar condecorado Alfredo Ferrari, sobrina del aviador Lisandro Billinghurst y nieta del empresario Mariano Billinghurst, quien introdujo el tranvía inglés en Buenos Aires.

En 1937 se convirtió en la primera mujer piloto aerocomercial de Argentina. Para ello debió acreditar cuatro mil horas de vuelo, el doble de lo que se le exigía a los pilotos varones. En su foja de servicio se destacaba el vuelo realizado desde Panamá a Buenos Aires en el anfibio Sikorsky, realizó el primer vuelo nocturno sobre la Cordillera de los Andes, lo que inauguró una banda horaria hasta entonces inédita en la aviación mundial. También inauguró el tramo Buenos Aires – Montevideo.

Eduardo Valentini se encargó personalmente de que a Susanita se le acreditara oficialmente el tiempo que estuvo a cargo del Tango 03. Por eso, su historial consigna un total de 8.117 horas de vuelo y 38 minutos. Falleció en 1999, poco después de cumplir 85 años.


Fuente: https://www.altagracianoticias.com/susanita-la-aviadora/


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lunes, 15 de abril de 2024

SUSAN BARRANTES: UNA ARISTOCRATA INGLESA EN NUESTRAS PAMPAS




Susan Barrantes. La madre de Sarah Ferguson, una aristócrata que se separó de sus hijas por un amor argentino.

Se enamoró del polista Héctor Barrantes y dejó todo para construir una nueva vida junto a él en las pampas. Aun hoy, la duquesa de York señala aquel abandono materno como la raíz de los traumas que la atormentan. Quién fue y cómo vivió Susie, la dama del polo

29 de agosto de 2021






Durante años luchó contra el dolor, pero nunca logró arrancarlo de raíz. Para Sarah Ferguson (61), el abandono de su madre cuando era una adolescente se volvió un trauma difícil de superar. Tanto que necesitó de un paciente trabajo de introspección y mucha terapia para salir adelante. “Cuando crecí y tuve a mis hijas, cada vez que las miraba, de los 12 a los 18 años, pensaba: ‘¿Cómo pudo haberme dejado mi madre?’. Y fue así como se instaló la podredumbre de sentir que no era lo suficientemente buena. Sin embargo, creo que ellas son muy fuertes gracias a que yo pude romper el patrón”, dijo Sarah en una reciente entrevista de tapa en ¡HOLA!, y en la que la duquesa de York –ex mujer del príncipe Andrés– abrió su corazón y mostró aquella vieja herida.



La madre de Sarah, la mujer a la que nunca dejó de amar y logró perdonar después de mucho tiempo, era Susan Mary Wright, una pelirroja apasionada, descendiente de una familia de hacendados y banqueros con títulos nobiliarios. Cuando conoció en 1955 al teniente Ronald Ferguson en un baile de debutantes y se casó con él un año después, estrechó aún más los lazos que la vinculaban con la realeza. Ferguson, ascendido a comandante, jugaba al polo con el príncipe Felipe de Edimburgo (murió el 9 de abril de este año, con 99) y, gracias a esa relación, se convirtió en el manager del joven príncipe Carlos en ese deporte. Ronald y Susan tuvieron dos hijas, Jane Louisa y Sarah Margaret, y durante un largo tiempo fueron, a la vista de todos, una familia inglesa ideal. Sin embargo, Susan contaría tiempo después que era profundamente infeliz porque su marido le era infiel y que la había engañado con otras mujeres, incluso, mientras ella lloraba la pérdida de un embarazo.


De amarillo, en el balcón de Buckingham el día de la boda de Sarah y el príncipe Andrés, el 23 de julio de 1986. A su derecha, Ronald Ferguson, su ex marido.



Finalmente, el matrimonio se rompió: Susan se enamoró locamente de Héctor Barrantes, un polista argentino de 35 años, temperamental y seductor. Se habían conocido en 1967 durante un torneo de polo, en Sussex, y volvieron a coincidir en 1971 en otro campeonato, en Deauville, para el que los Ferguson se alojaron en el mismo hotel que Barrantes y su entonces mujer, Luisa James. El día en que Héctor y Susan se reencontraron, en 1974, él ya era viudo y ella estaba lista para dejar a su marido. Lo que no imaginó entonces fue que también debería separarse de sus hijas.



No podía traerlas con ella a la lejana Argentina y tampoco deseaba renunciar al amor. Jane y Sarah permanecieron con Ferguson en una casa de campo en Hampshire, mientras Susan iniciaba su vida en las pampas junto a Héctor, con quien se casaría al año siguiente en una ceremonia civil. Susie, como la conocían los polistas, adoptó el apellido de su segundo marido, tal vez en señal de que ella y el “Gordo” (así le decían cariñosamente por su robustez física) Barrantes realmente funcionaban como una unidad. Formaron una de las parejas favoritas del ambiente y siguieron siéndolo cuando Héctor dejó de jugar profesionalmente y se dedicó a la venta de petisos. Alternaban sus días entre un departamento en la elegante calle Posadas, en la capital, y la estancia El Pucará, un campo bonaersense de 1200 hectáreas en Salliqueló, a 550 kilómetros al oeste de la ciudad, que poseía su propia cancha de polo.


El casco de la estancia no se parecía en nada a los castillos ingleses que Susan conocía bien. Era una buena propiedad, de arquitectura simple y sin lujos, aunque cómoda y decorada con buen gusto. Tico Medina, un periodista de ¡HOLA! que la visitó, reveló que en la sala se lucían unas acuarelas pintadas por el príncipe Carlos, que él mismo le había regalado a Susan.


Jane y Sarah se hicieron adultas lejos de su madre. Susie mantenía con ellas un vínculo telefónico y las visitaba cada tanto, especialmente cuando los torneos de polo la llevaban con Héctor a Reino Unido y le permitían no sólo reencontrarse con sus hijas, sino también con potenciales compradores de caballos y con sus amigos royals. Era común verla conversar junto a los palenques con el príncipe Carlos, la princesa Diana o la mismísima reina Isabel, de quien terminó siendo familia política cuando los hijos de ambas, Sarah y Andrés, se casaron el 23de julio de 1986. Las fotos muestran a Susan feliz, vestida de amarillo en el balcón del Palacio de Buckingham, a la derecha de los novios y a la izquierda de su ex, Ronald.


Susan provenía de una familia aristocrática, pero fue el polo lo que más la acercó a la familia real. Con el príncipe Carlos después de un partido, en 1986. El heredero de la corona también tenía una excelente relación con Héctor Barrantes.



Junta a Diana, en un torneo de polo en Windsor, en 1987. 


Estuvo junto a sus hijas en todo cuanto pudo, también cuando Sarah enfrentó un escándalo por su infidelidad y tuvo que separarse de Andrés, en 1992. Para entonces, Susan vivía su propio duelo porque había perdido a su gran amor. En 1990, Héctor Barrantes murió de cáncer y con él se fueron los quince años que ella siempre recordó como los más felices de su vida.


Además de sobrellevar la tristeza, Susan debió hacerse cargo de los negocios. Él había proyectado un emprendimiento de cría y exportación de caballos para el que pidió un crédito millonario con la estancia El Pucará como garantía. Héctor murió antes de que el negocio pudiera dar ganancias y a Susan se le hizo imposible enfrentar las deudas. El banco le reclamaba las tierras, incluso las del campo de polo donde estaba enterrado Barrantes. Para pagar, le vendió 900 hectáreas al patrón de polo australiano Kerry Packer y conservó el resto. “No me iré de aquí hasta después de muerta y, aun así, dejaré escrito que me dejen donde está Héctor, el amor más grande de mi vida”, le dijo Susan a ¡HOLA!

En busca de nuevos ingresos, Susie creó una productora de documentales llamada SB, sus iniciales, con la que realizó videos sobre el mundo del polo. No era un gran negocio, pero ayudaba a pagar sus cuentas. También editó un libro titulado Polo, ilustrado con fotos espectaculares de jinetes y caballos en movimiento, que fue presentado en Buenos Aires y en Londres, con el prólogo firmado por un autor de lujo, Carlos de Gales: “Lo menos que puedo hacer es escribir este prólogo para el libro de Susie como un tributo personal a Héctor”, escribió el príncipe. Susan ya pensaba en nuevos proyectos cuando murió de forma trágica. La noche del 19 de septiembre de 1998, volvía a El Pucará después de visitar a la administradora de su campo junto a su sobrino Rafael Barrantes, y chocó de frente con una camioneta en la ruta 23, en la localidad de Tres Lomas. Su sobrino sobrevivió, pero ella fue decapitada por las chapas de su Rover 420 color verde, que quedó irreconocible por el impacto. La muerte de Susie, la mujer que a los 61 años tenía un espíritu joven y podía alternar entre reyes y peones, lucir alta costura o montar a caballo con bombachas y alpargatas, conmovió a quienes la conocían a ambos lados del Atlántico. El vocero de la Corona comunicó la “tristeza” que embargaba a la pareja real, Isabel y Felipe. Y lo mismo hizo el presidente argentino, Carlos Menem, que envió flores.


Sarah en la tumba de su madre y su padrastro, en El Pucará.Maria Teresa De Jesus

La noticia sorprendió a Sarah en Italia y a Jane en Australia. Las dos volaron a Argentina de inmediato para hacerse cargo de los preparativos del entierro de su madre y asegurarse de que se cumpliera su última voluntad: ser enterrada junto a Héctor, en El Pucará. Y así se hizo. Al costado del campo de polo hay dos tumbas tan juntas que parecen una sola, con cruces rústicas y una placa de madera grabada que dice en inglés: “Héctor y Susie Barrantes, juntos en paz”.

Texto: María José Grillo


El casco de la estancia (en 2002 fue escenario de la boda de Pampita con Martín Barrantes, sobrino de Héctor y Susan).




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