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viernes, 9 de agosto de 2024

SI EL VINO VIENE, VIENE LA VIDA




La increíble historia de por qué las botellas de vino contienen 750 ml y no 1 litro.




Las leyendas urbanas sobre la capacidad de las botellas de vino son variadas. Una dice que era la máxima capacidad pulmonar con la que antiguamente un soplador fabricaba una botella. Otros dicen que de 1 kilo de uva se obtienen 750 ml de vino y por eso se usó ese tamaño de botella.



Otras versiones indicaban que 750 ml era la cantidad exacta de vino para servir 6 vasos (125 ml cada uno), la cantidad ideal para consumir entre dos personas según el estándar habitual de las osterias italianas (antiguas tabernas aún vigentes).


Otros dicen que esa norma se estableció en la Francia napoleónica del siglo XVIII, al considerarse "la cantidad adecuada que un hombre debe beber durante la cena".



Otros que era la mejor capacidad para conservar el vino en perfectas condiciones. Todas mentiras.




La verdad de los 750 ml.


La medida viene de la Europa medieval. En aquellos tiempos la medida básica utilizada para el comercio internacional era el galón inglés y se estableció que la quinta parte era ideal para el transporte de botellas, es decir 750 ml.

En una caja estándar caben 6 o 12 botellas lo que significan dos galones ingleses.



Desde aquella época y hasta nuestros días surgieron nuevos formatos: mágnum (1,5 litros), jeroboam (3 litros), rehoboam (4,5 litros), matusalem (6 litros), salmanazar (9 litros), baltazar (12 litros) y melchor (18 litros).


Se comprobó que la mejor es la mágnum, la botella de 1,5 litros que conserva óptimamente el vino, ya que le produce menor oxidación y tiene la misma cantidad de oxígeno, lo que provocará que el líquido se conserve más tiempo.



Actualmente existen al menos 14 tamaños diferentes de botellas de vino que van desde los 187 ml hasta los 30 litros, pero el vino de consumo masivo y el que se encuentra en todos los súper es de 750 ml.



Y las regulaciones internacionales aceptaron esa medida. En 1975 la legislación europea sobre envases declaró que el vino sólo podía venderse envasado en el formato de 750 ml y Estados Unidos, siguiendo la legislación europea, adoptó la medida en 1979.


En síntesis, el vino viene en botellas de 750 ml por cuestiones matemáticas y burocráticas. Lo demás son leyendas urbanas.



Fuente: https://www.clarin.com/viste/increible-historia-botellas-vino-contienen-750-ml-1-litro_0_AzcNlG2EnZ.html





PARA QUE SIRVE LA BASE HUNDIDA DE LAS BOTELLAS DE VINO.


La base hundida de las botellas de vino tiene varias explicaciones:
El fondo cóncavo comenzó a usarse desde la Edad Media, cuando los sopladores de vidrio elaboraban las botellas de esta manera para asegurarse de que la botella se sostuviera bien de pie. Con el paso del tiempo, las técnicas de la elaboración de botellas se volvieron menos artesanales y ya no era necesario que tuvieran esta forma, pero se había vuelto una especie de tradición. Sin embargo, sí tiene ventajas para el vino...
El hueco permite que los residuos presentes en el vino no salgan sino hasta que se termina la botella. Si el fondo estuviera plano, esto no sería posible.
En las botellas de vino espumoso, el fondo cóncavo ayuda a distribuir uniformemente la presión interior, garantizando así la mejor conservación del vino.
Un dato curioso: el zar Alejandro II de Rusia era particularmente aficionado al champán francés Roederer, pero tenía mucho miedo de que en el fondo cóncavo de la botella ocultaran una bomba para asesinarlo. Así que pidió que la botella fuera transparente y con el fondo plano.
Para darle gusto comenzaron a usarse botellas de cristal, de donde viene el nombre de uno de los champanes más conocidos y prestigiosos: el Cristal.





dp

viernes, 4 de junio de 2021

COSTA DE SARANDI/DOMINICO. VINO ARTESANAL

 





Fuimos en busca del vino de la costa (y encontramos una tierra detenida en el tiempo)


Por Brian Gray 



10.1.19

Publicado en: https://www.vice.com/es/article/59vxez/fuimos-en-busca-del-vino-de-la-costa-y-encontramos-una-tierra-detenida-en-el-tiempo?utm_campaign=sharebutton&fbclid=IwAR100dszhOAOAR2rb4ox6Dh1awyiGsA7AXoUT_-F8vc4jU3dvCoFySbQorw




Esta historia comienza en Google Maps, errando virtualmente por el área sur de Buenos Aires, sobrevolando hitos que invitan a ser explorados; por ejemplo la cancha del Club Atlético Victoriano Arenas en el extrañísimo Meandro de Brian, o el puerto de Dock Sud, donde se supone que aún se encuentran vestigios de un balneario llamado Puerto Piojo. Medio a la deriva, sin objetivo claro, di con unas imágenes que llamaron mi atención. Hice zoom a la altura de Sarandí y desde ahí “me fui acercando” a un territorio verde y costero llamado Villa Domínico. Un largo camino bordea el arroyo Santo Domingo y termina en la inmensidad del río; unos 600 metros antes un puente conecta dicho camino con la otra orilla del arroyo, donde se emplaza una planta de CEAMSE. En la dirección opuesta un largo callejón de tierra conduce a un sector selvático que linda con la reserva ecológica municipal. Allí se aprecian uno predios con surcos regulares de un verde distinto al del entorno, signos de presencia humana, seguramente campos de labranza; pero, ¿serán pequeños viñedos? Al menos eso indica la etiqueta que un usuario ha instalado sobre el mapa. Qué ganas de “bajar hasta ahí” con la opción street view, pero lamentablemente no está disponible.

Fue así como me enteré de que existía el vino de la costa, bebida espirituosa cuya historia se remonta al arribo de los primeros genoveses que pisaron la orilla sur del Río de la Plata allá por 1860. En las gacetas dedicadas a la reconstrucción histórica de Buenos Aires y Avellaneda, se describe a Villa Domínico como tierra de pioneros que a pura pala y rastrillo construyeron acequias y canales navegables, levantaron casas de madera y chapa, trazaron caminos y delimitaron lo que antes no era más que matorral y bosque de ceibos; luego crecerían los sauces, las hortensias y magnolias que hoy son tan comunes por esa zona, pero que, al igual que las viñas, corresponden a especies introducidas por los tanos, esquejes que se trajeron en barco atornillados en papas para que no se secaran en el camino.

En una de esas páginas dedicada a la Costa de Domínico encuentro el teléfono de Osvaldo Paissan, quintero bisnieto de italianos que aún cultiva la tierra en esos lares que cada dos por tres se inundan cuando hay Sudestada. Se dice que Paissan es el último en Avellaneda en producir vino con esa uva roja muy oscura, casi negra, conocida vulgarmente como uva chinche o Isabella Americana perteneciente a la variedad Vitis Labrusca; una vid a la que en Mendoza le hacen la cruz, por no decir que la desprecian abiertamente. De todo esto y más me enteré cuando pasé desde la visión vertical de mi computadora a la realidad horizontal de esa tierra olvidada; ahora sí con el firme objetivo de probar el vino de costa y de volver a casa con un par de botellas de ese producto tan exótico.



Paissan accede a conversar para hacer la nota de VICE. Le ha pedido a su amigo Enrique Simoncini (otro quintero nativo) que me vaya a buscar en camioneta a la estación del tren. No existe otra manera de llegar si no es en vehículo particular, pues al Domínico profundo no van los remises y para caminar es bastante.

El barrio contiguo a la estación es 100 por ciento urbano. Son solo tres estaciones viniendo desde Constitución, sin embargo desde que uno toma la calle Juan B. Justo en dirección al río el paisaje cambia diametralmente. Simoncini conduce a través de un camino estropeado, me cuenta que décadas atrás la gente pescaba en el Santo Domingo, lo que ahora es imposible a causa de la polución que proviene del Polo Petroquímico y de las cloacas que ahí desaguan. Primero vamos hasta la ribera para sacar algunas fotos al paisaje.

Cuando está por estacionar se nos cruza por delante un reptil grandote que al vernos acelera la marcha y se esconde en la maleza.“Un lagarto overo”, me dice Simoncini. La visión de ese animal me deja pasmado, no han pasado ni cinco minutos desde que dejamos atrás el cemento, el murmullo del Gran Buenos Aires, y ya estamos en otra dimensión: nos hemos transportado al nicho ecológico ribereño, técnicamente conocido como selva marginal costera del Paraná; pero también hemos ingresado en otra época, la de los quinteros que vivían interpretando el comportamiento del Río de la Plata, ese al que ahora se le da la espalda.

La combi de Simoncini ha entrado en el callejón de tierra que ya había identificado en mi pantalla. A lado y lado antiguas casas de chapa se vislumbran en medio de la espesura; una de estas construcciones vetustas parece abandonada. “Es la vieja escuela”, aclara mi guía, “ahora tenemos una nueva, aunque no hay muchos niños que asistan; la mayoría de los que viven por acá son gente grande”.

En la entrada de la quinta de Paissan está estacionada una máquina retroexcavadora que no tiene pinta de funcionar. Simoncini toca la bocina y salen los perros a recibirnos; tras ellos aparece Paissan, un señor alto, de pelo blanco como el algodón. Antes de saludarnos me indica cuál de los perros es el malo porque a ese no hay que tocarlo. De ahí pasamos sin más preámbulos al galpón en el que guarda unas cinco cubas de madera y sus herramientas. No es como me lo imaginaba, salvo los artefactos, el lugar no parece tener muchos años.

En rayado rojo la ubicación

“Pasa que este galpón lo construí a principios de los 90, mi quinta original estaba del otro lado del arroyo; ahí nos expropiaron para instalar el Cinturón Ecológico y yo me traje todas las cosas para acá, instalé las cubas, las cintas transportadoras y planté los viñedos. Por esos años vino el intendente a supervisar las obras del acceso a la planta de tratamiento, no estaba abierto ese camino por el que llegaron ustedes, vinieron atravesando el monte. Ahí el director de obras públicas me vio trabajando con las uvas y dijo “Paissan usted está loco”. Yo le respondí “mirá, los cuerdos hablan, los locos hacen”.”

El terreno en el que estaban las casas de Paissan y de otros quinteros le pertenece al Gobierno de la Provincia y al de la Ciudad Autónoma, que son los que administran CEAMSE. Del otro lado, hacia el norte, Paissan tiene de vecina a la Eco Área, una reserva que depende del Partido de Avellaneda. El predio que ocupa este parque recién inaugurado tiene 140 hectáreas que hasta 1930 era un área de quintas, por lo que no se trata de un territorio virgen de fauna nativa como algunos creen. Es más, en esta reserva fácilmente se podría hacer arqueología, pues sin duda en esa jungla impenetrable están sepultados las marcas que dejaron los genoveses. “Acá están las quintas abandonadas, nosotros navegábamos en velero o en canoa por los canales de esta zona”, comenta Simoncini, refiriéndose a una red fluvial artificial diseñada por los tanos y que otrora conectaba a la costa de Domínico con el Riachuelo, ya que en esas tierras se producían las frutas y hortalizas que abastecían a la ciudad; lo mismo que el vino: mucho antes de que el flujo de camiones entre Mendoza y Buenos Aires fuera tan regular como hoy, los porteños brindaban y se embriagaban con el vino de la costa.

Buenos Aires desde la Costa de Sarandí

“Los mendocinos decían que esta uva no la podía usar para hacer vino porque resulta un producto de baja calidad. Cuando a nosotros nos expropiaron en el 92 el Instituto de Vitivinicultura aprovechó para sacar una resolución en la que se prohibía hacer vino con la variedad Vitis Labrusca. Ahí yo escribí una carta que se la pasé a la presidenta; ella intercedió con el instituto para que nos dejaran producir y además para poder etiquetarlo como vino de la costa.”

Paissan habla en plural porque en la costa de Berisso también se fabrica el vino de uva chinche. Con todo, en Avellaneda él viene a ser el último de un linaje sin descendencia, puesto que sus hijos no continuaron con la tradición. A todo esto, yo ya iba en el segundo vaso de vino. Primero tomé uno con aroma a roble, fuerte, un sabor indescriptible y completamente nuevo al paladar; después me sirvieron uno dulce con reminiscencias de jerez y de oporto, riquísimo, muy rápido a la hora de subirse a la cabeza.

Antes de partir le pido a Paissan que me venda dos botellas, una de cada una (después me iba a arrepentir por no llevar más). Esa misma tarde, al llegar a casa, abrí la de sabor fuerte y bebí hasta la mitad. Ahora que escribo estas líneas estoy por servir lo que resta; ni bien le quito el corcho el buqué a roble me transporta a Villa Domínico y me imagino navegando en canoa por esos canales que ya no existen, en una noche estrellada y sin luna, guiado solo por los faroles que los tanos han encendido en sus quintas a lo lejos.


dp 




miércoles, 6 de mayo de 2020

CATA CON LA HISTORIA...EVENTO CANCELADO




CANCELADA POR CAUSAS DE FUERZAS MAYOR. MIS DISCULPAS





LUNES 25 DE MAYO



Los invitamos a la tertulia virtual temática en ZOOM a las 22hs para hablar de Vinos y sus Maridajes sumado a la Historia de la Revolución de Mayo.

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dp