MAS DE DECIR SOLO RESTA ESPERAR QUE SE HAGA JUSTICIA.
MIENTRAS TANTO QUEREMOS EL BANQUILLO DE LOS ACUSADOS REPLETO DE JUZGADOS Y TERMINAR CON LA HIPOCRESIA DE LAS RELACIONES DIPLOMATICAS Y DE NEGOCIOS CON LOS IRANIES.
ARGENTINO. LIBREPENSADOR. CRONISTA. COMENTARISTA. BLOGUERO. INVESTIGADOR HISTORICO. GUIADAS CULTURALES: RECORRIDOS POR BUENOS AIRES ESPECIALIZADOS EN INTERPRETACION DE SIMBOLOS, HISTORIA Y SOCIEDADES INICIATICAS. E-mails: danielpena1872@gmail.com o daniel_pena1872@yahoo.com.ar
MAS DE DECIR SOLO RESTA ESPERAR QUE SE HAGA JUSTICIA.
MIENTRAS TANTO QUEREMOS EL BANQUILLO DE LOS ACUSADOS REPLETO DE JUZGADOS Y TERMINAR CON LA HIPOCRESIA DE LAS RELACIONES DIPLOMATICAS Y DE NEGOCIOS CON LOS IRANIES.
Despidiéndose en el muro, 23 de agosto de 1961, Berlín. Obra de Horst Siegmann.
Detrás de esta fotografía se ocultó una extraordinaria historia que no se destapó hasta casi 6 décadas más tarde.
Las muchachas de la foto son Rosmarie y Kriemhild, dos amigas del colegio. Todos los días Rosmarie, que vivía en el sector este de Berlín, iba al colegio de Neukölln en el sector oeste donde vivía su amiga Kriemhild. En agosto comienza a levantarse el muro de Berln que separa el barrio de las dos amigas.
Desde el 13 de agosto no se habían podido ver. La ciudad estaba dividida. Entonces Kreimhild, desde el lado oeste del muro, aparece en la calle, Rosmarie la ve y se acerca. En el muro un guardia observa como las dos amigas se aproximan pero no hace nada por detenerlas. Se coloca cerca de ellas para evitar que la chica salte el muro.
Mientras las dos muchachas se dicen adios, aparece el fotógrafo Horst Siegmann y les saca una foto. Esta imagen se vuelve un icono y se cuelga en el museo de Treptow, el museo del barrio de Rosemarie. Allí, 57 años más tarde alguien que trabajaba en el museo la vio y se preguntó ¿quiénes son estas chicas? ¿qué fue de ellas? Con el visto bueno de sus superiores lanza su pregunta en un periódico "¿Quién son estas mujeres que se encontraron en la calle Harzer el 23 de agosto de 1961?"
Un antiguo compañero de Rosemarie ve el titular y contacta con ella.
- En Berlín te están buscando para que hables de la foto de despedida con Kriemhild.
Aquello no fue una despedida.
El 13 de agosto de 1961 comienza a construirse el muro de Berlín, y el padre de Rosemarie que trabajaba en el lado oeste decide quedarse en ese lado. Pero no renuncia a su familia, así que traza un plan para sacarla. Tenía que contactar con su mujer y su hija para contarles el plan pero ¿cómo hacerlo? En casa no había teléfono, mandar una carta era peligroso,… El contacto fue Kriemhild, la amiga de su hija.
Kriemhild quedó con Rosemarie para despedirse y como se ve en la imagen ampliada le pasa el plan de fuga que había ideado su padre.
A los pocos días del encuentro, Rosemarie y su madre tomaron las pocas pertenencias que tenían y salieron por la ventana trasera. Atravesaron patios y casas, hasta llegar a una ventana que daba al lado oeste. En la calle les esperaba una camioneta de la policía de Berlín occidental. Corrieron hacia ella. Un guardia del este las vio pero ya era tarde. Habían conseguido entrar en la camioneta, estaban salvadas.
Fuente: @Datos que no sabias
Nota de dp: siempre las huidas eran desde el sector oriental al occidental. Del comunismo a la libertad de occidente. Nunca fue al revés.
Los números de la osadìa: 239 muertos en el intento, 260 personas heridas, 3.221 personas apresadas
dp
A 38 años del juicio a las juntas, ¿cómo se gestó el hito que tuvo trascendencia mundial?
Fue un hito global en la historia de los derechos humanos. La democracia daba sus primeros pasos, llevaba un año, cuatro meses y doce complejos días de vida.
Periodista
Fue un lunes, comienzo de semana en el segundo mes del otoño de 1985, ese 22 de abril se celebraba la obtención del campeonato sudamericano sub 16, con el plantel donde "la descosían" (frase que caracterizaba a los jugadores de fútbol habilidosos) Lorenzo Frutos, Huguito Maradona, Fernando Redondo y Pedrito Salaberry. La final frente a Brasil bajo la lluvia en un estadio de Vélez repleto con entrada libre y gratuita enamoró a todos.
La película La historia oficial llevaba 19 días en cartel y centenares de miles la habían visto conmovidos por el guión de Luis Puenzo y Aida Bortnik, que tenía los protagónicos de Norma Aleandro y Héctor Alterio. La tragedia de la dictadura en carne viva y los casos de los niños secuestrados eran materia de debate en los cafés y bares urbanos.
Finalmente, ese lunes también comenzaron las audiencias orales del juicio a las tres primeras juntas militares en la planta baja del Palacio de Tribunales porteño, de espaldas a la calle Uruguay. 50.000 personas respaldaron su realización en una movilización que colmó la plaza Lavalle.
La comparecencia del expresidente provisional, Ítalo Argentino Luder, fue el puntapié inicial de una jornada que marcó un hito global en la historia de los derechos humanos. La democracia daba sus primeros pasos, llevaba un año, cuatro meses y doce complejos días de vida.
Por su parte, los radicales tenían una batalla interna desatada entre quienes celebraban su realización, y los que tenían viejos vasos comunicantes con las Fuerzas Armadas. El presidente Raúl Alfonsín había resuelto el pleito cuando firmó el decreto que ordenó el juicio en su primera semana de gestión.
Las balas picaban cerca, la dictadura estaba a la vuelta de la esquina y, sin embargo, cumplió con la palabra empeñada en su campaña. Ese mismo día, ordenó la creación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP).
Vivimos un nuevo aniversario, 38 años, pero ya no es uno más ni el mismo. El juicio se resignificó a partir del fenómeno de Argentina,1985 que más allá del innegable éxito comercial y de su galardonado peregrinar por los festivales cinematográficos, es un valiente quiebre cultural frente a la matriz que intentó pergeñar el peronismo en su etapa kirchnerista, principalmente desde La Cámpora.
Una negación de los 80, propia de una mirada conservadora o negacionista frente a una epopeya colectiva que tuvo su momento cumbre en las multitudinarias movilizaciones que salieron a defender la democracia en la semana santa de 1987.
El propio Luder, Antonio Cafiero, José Luis Manzano y Vicente Saadi al lado del presidente Alfonsín en el balcón de la Rosada cerraron el camino a cualquier intentona golpista y bendijeron desde la clase dirigente ese hecho iniciático de esta democracia próxima a cumplir cuarenta maduros años.
Guillermo Ledesma y Jorge Torlasco habían planteado la nulidad de la ley en septiembre de 1983, en una causa iniciada por la desaparición de Ricardo, el hijo del entrañable Marcos Zucker, también aceptaron el desafío. Un hombre de consulta del peronismo, León Arslanián, y Jorge Valerga Araoz, completaron el tándem.
Los seis se entrevistaron personalmente con los integrantes del Consejo Superior de las Fuerzas Armadas y comprendieron que el juicio sumarísimo entre colegas era una quimera que no resistía análisis. Los seis comprendieron que venía la causa más importante de sus vidas y de la historia jurídica argentina.
Los fiscales Julio César Strassera y Luis Moreno Ocampo presentaron, en tiempo récord, 670 casos para fundamentar la acusación. Al inicio del juicio, había 1086 causas iniciadas. A ellas deben sumarse los casi 9000 casos denunciados de desapariciones forzadas documentados ante la Conadep, a la que por esos días, algunos llamaban Comisión Sábato.
En el juicio declararon 833 personas; 287 de ellas, mujeres. Testimoniaron 64 militares, 15 periodistas, 14 sacerdotes y 13 de nacionalidad extranjera. Fueron acreditados 672 periodistas que llegaron de los lugares más distantes. El mundo siguió de cerca su día a día. La sentencia contestó alrededor de 22.000 preguntas, y la causa se calcula que pesó más de tres toneladas. Las denuncias que se sustanciaron fuera del país, se calcula que pesaron alrededor de 700 kilos.
Por disposición de los propios camaristas, solo se emitieron imágenes sin sonido mientras se desarrolló el juicio. Argentina Televisora Color grabó todas las jornadas, aunque recién el 9 de diciembre de 1985, día en que Arslanián leyó la sentencia pudo verse en vivo y en directo por todos los canales.
Si bien el delito de desaparición de persona no se juzgó porque no existía en la legislación vigente, Jorge R. Videla y Emilio E. Massera fueron condenados a prisión perpetua; Roberto E. Viola condenado a 17 años; Armando Lambruschini condenado a 8 años; y Orlando R. Agosti, años y 6 meses de prisión.
Las audiencias duraron 900 horas y fueron grabadas en 147 casetes. Tras las rebeliones carapintadas fueron trasladados a la ciudad de Oslo, por los propios jueces junto a algunos familiares con el mayor de los sigilos. Allí están en resguardo en una sala blindada en el sótano del parlamento noruego.
Ese mismo año, Brasil y Uruguay volvieron a la democracia. José Sarney y Julio Sanguinetti emularon el proceso político que aquí inició Alfonsín. Mientras tanto, por primera vez, el aprismo llegó al poder en Perú con un joven de 36 años, Alan García. Y Daniel Ortega junto a Sergio Ramírez, doblaron la curva democrática en el -por entonces- mimado proceso sandinista nicaragüense.
En noviembre, la UCR ganó las primeras elecciones de renovación parlamentaria en todo el país, salvo en Corrientes, Formosa, La Rioja y Tierra del Fuego. Así, consolidó su mayoría en Diputados. Mientras, Alfonsín debió superar tres alzamientos militares y las constantes presiones castrenses en favor de una amnistía que se negó a firmar.
En 1989 y 1990, el primer presidente peronista de la democracia recuperada firmó una seguidilla de indultos que ordenaron la libertad de centenares de procesados y condenados, tanto de la represión ilegal como de los levantamientos carapintadas.
Publicado en: https://www.cronista.com/columnistas/a-38-anos-del-juicio-a-las-juntas-como-se-gesto-el-hito-que-tuvo-trascendencia-mundial/
dp
A 38 años de la CONADEP: cómo se gestó el informe y se acuñó el término "Nunca Más".
Hace 38 años, el informe final elaborado por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) fue leído por Ernesto Sábato en la Casa de Gobierno, tras 280 días de trabajo. Cómo fue la historia y quién es el autor de la frase "Nunca más".
Por Rodrigo Estévez Andrade
Periodista
Después de un prudente cambio de anteojos, el reconocido escritor arrancó su discurso, de espaldas a los periodistas acreditados, y ante un salón enmudecido. "En nombre de la seguridad nacional, miles y miles de seres humanos, generalmente jóvenes y hasta adolescentes, pasaron a integrar una lista tétrica y fantasmal la de los desaparecidos", acá hizo un brevísima pausa y volvió a arremeter con su tono pausado frente a los cuatro micrófonos dispuestos especialmente.
“Palabra, triste privilegio argentino, que hoy se escribe en castellano en toda la prensa del mundo", completó Ernesto Sábato mientras sostenía tembloroso un par de hojas garabateadas a mano. A su izquierda, el presidente Raúl Alfonsín, asentía con gesto adusto.
Hace 38 años, Sábato leyó el informe en Casa Rosada, con Raúl Alfonsín a su lado
Un día como ayer, hace 38 años, el informe final elaborado por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) llegó a la Casa de Gobierno, tras 280 días de trabajo. Sus integrantes se sentaron alrededor de la amplia mesa oval y llevaron consigo 8960 denuncias por desapariciones de personas, secuestros de bebés y niños y el entierro de víctimas sin identificación en fosas comunes (NN). Además, registraron la existencia de 340 centros clandestinos de detención. Previamente, el presidente estrechó la diestra de cada uno, y se detuvo para saludar, con especial consideración, a las dos mujeres que integraban la comitiva.
Gran parte de la tarea la habían llevado adelante en las instalaciones que fueron cedidas por el Centro Cultural General San Martín, una dependencia -por aquellos años, municipal- del área de Cultura que está ubicada en pleno centro porteño.
"Después de la verdad, ahora la justicia", fue la consigna que convocó a alrededor de ochenta mil personas ese jueves por la noche que acompañaron a pie al escritor y el resto de sus integrantes hasta la plaza de Mayo. Las columnas estudiantiles y de las juventudes políticas fueron las protagonistas que se hicieron escuchar durante todo el trayecto. "Paredón, paredón, a todos los milicos que vendieron la nación", había sido hit en el final de la dictadura, y era ahora la canción prohibida en la columna mayoritaria conformada por las distintas vertientes del radicalismo.
Aquel informe trasladado en voluminosas cajas constó de cincuenta mil fojas que con el correr de los años se resignificaron en lo que hoy conocemos como Nunca Más. Un texto que tiene cientos de miles de ejemplares vendidos, que fue traducido a varios idiomas, y que sigue siendo uno de los libros más pedidos, año a año, en el stand de EUDEBA en la Feria del Libro.
El término Nunca Más fue acuñado por el único extranjero de sus miembros, el rabino estadounidense, Marshall Meyer, quien nos enseñó que su origen remitía "al grito del ghetto de Varsovia". Por estos días, la proyección de la película “Argentina, 1985” pondrá al actor Ricardo Darín en el papel del fiscal Julio César Strassera, quien un año más tarde, reconocerá que renunciaba "expresamente a toda pretensión de originalidad". El Nunca Más ya se había transformado en bandera.
La mayoría de los denunciados en el informe de la Comisión Sábato (como eligieron llamarla los medios por esos días) aún integraban las Fuerzas Armadas y de Seguridad. Tenían poder de fuego, mando de tropa y aceitadas relaciones con los factores de poder. El gobierno había celebrado los cien días de democracia con una gran movilización, y el conteo era de a uno. Costaba creer en la continuidad de una democracia que no tenía miedo de correr el velo de la represión ilegal y que enjuiciaba a sus responsables.
Los organismos de Derechos Humanos se opusieron a integrarla y reclamaron la creación de una comisión parlamentaria. Alfonsín dudaba de los tiempos, conocía el mundo legislativo, había sido concejal, diputado provincial y nacional. En paralelo, el peronismo tenía en su bloque, miembros que estaban enlodados con la represión ilegal. El caso del -por entonces- diputado nacional, Rodolfo "Fito" Ponce y su rol como jefe de la Triple A en el sur de la provincia de Buenos Aires, basta como ejemplo.
Finalmente, la organización que había fundado un puñado de valientes en el final del aquelarre isabelino, fue la única que dio el sí. La Asamblea Permanente por los Derechos Humanos sumó al obispo católico, Jaime de Nevares; al obispo metodista, Carlos Gattinoni; y al propio Marshall Meyer.
El peronismo no sólo se opuso a su creación, sino que además eligió no sumar ningún integrante, ni brindar colaboración alguna. El Senado, con mayoría del PJ, decidió no enviar absolutamente a nadie. Sus tres miembros jamás se incorporaron, tal como lo lees. Mientras que Diputados, con mayoría oficialista, sumó a tres radicales de previo compromiso con la causa de los derechos humanos y paladar alfonsinista puro, Horacio Huarte (PBA), Santiago "Chiche" López (Chubut), y Hugo Piucill (Río Negro).
Madres de Plaza de Mayo fue la que llamó públicamente a no concurrir, no declarar y no ratificar denuncias. Es más, ese mismo día convocaron a una movilización en el Parque Lezama, donde su titular, Hebe de Bonafini, criticó que el documento contenía los nombres de los desaparecidos, pero no los de los asesinos.
La tarea de aquellas gentes fue titánica, visitaron centros clandestinos, cuarteles, comisarías, recorrieron todo el país, y además, tomaron denuncias en el extranjero con los colectivos de exiliados. Tiempos de apuntes en cuadernos y máquinas de escribir portátiles. Todo lo hicieron ad-honorem.
Alfonsín debió sobreponerse a una enorme frustración personal, porque la ideó con un nombre en su cabeza. Desde el principio pensó en el Premio Nobel de La Paz, Adolfo Pérez Esquivel, para que fuera su titular y el frontman de algo que -sabía íntimamente- marcaría un hito en la historia global. Cuando supo del rechazo, no dudó en llamar a sus compañeros de la APDH y pedirles que volvieran a la carga. La historia ya la conocemos.
Junto a Sábato, fueron designados el exintegrante de la Corte, Ricardo Colombres; el exrector de la Universidad de Buenos Aires, Hilario Fernández Long; el epistemólogo, Gregorio Klimovsky; el abogado, Eduardo Rabossi; y la periodista, Magdalena Ruíz Guiñazú, quien falleció días atrás.
Párrafo aparte merece el cardiocirujano, René Favaloro, quien renunció a poco de iniciar su tarea. La comisión contó con un secretariado, donde se destacó la figura de Graciela Fernández Meijide, que también venía de un largo compromiso militante en la APDH.
dp
General Cubano Arnaldo Ochoa, aniversario de un héroe incómodo
Publicado por: Juan Restrepo en Actualidad. 18 julio, 2014
Se han cumplido en sordina veinticinco años del fusilamiento del general cubano Arnaldo Ochoa, acusado de narcotráfico y traición a la patria por el régimen de los hermanos Fidel y Raúl Castro. Nadie se ha ocupado de recordar su muerte en Cuba por razones obvias, ni en el exilio por haber pertenecido Ochoa a la estructura de poder en la Isla que tanto detestan los cubanos de fuera. Arnaldo Ochoa fue, sin embargo, un personaje interesante y su muerte el producto de unas circunstancias que es bueno recordar. Sobre todo en estos tiempos en los que Fidel acaricia uno de sus sueños más queridos como es influir de manera determinante en toda Latinoamérica mediante el petróleo de Venezuela.
Cuba siempre ha sido demasiado poco para Castro como se encargó precisamente Arnaldo Ochoa de contribuir a demostrar con una brillante campaña militar en África que luego le costaría la vida. A mediados de 1989, cuando fue fusilado, no había en el continente americano un solo militar vivo que hubiese ganado con más méritos que Ochoa sus galones de general en tantos campos de batalla. Uno de esos combates de infantería en el desierto africano del Ogadén se estudia aún hoy en muchas academias militares como una verdadera joya de concepción estratégica. Murió como un vulgar narcotraficante pero la realidad es que el general Arnaldo Ochoa fue un héroe demasiado incómodo.
El contacto entre la Revolución cubana y el narcotráfico comenzó en las montañas de Colombia y los primeros testimonios fidedignos de este maridaje se remontan a comienzos de la década de los años 1980. Hoy en día hay quien los conoce bien: algunos supervivientes del Cartel de Medellín, por ejemplo, que purgaron cárcel pero que prefieren guardar un bajo perfil. Quien sí habla sin rodeos cuando se le tira de la lengua es el antiguo jefe de sicarios de Pablo Escobar, John Jairo Velásquez, Popeye. Siendo corresponsal de Televisión Española, entrevisté a Popeye quien me habló abiertamente de los contactos del cartel de Medellín con oficiales cubanos pero la entrevista no se emitió en el informativo de mayor audiencia porque, según el editor de turno en Madrid, aquello “era una ofensa a un gobierno amigo de España”, además “cómo dar crédito a las palabras de un delincuente”. Un ejemplo de la visión beatífica de la Revolución cubana que siempre ha tenido la izquierda española. Eran los tiempos, además, de gobierno del inefable Rodríguez Zapatero.
La cosa es que en un momento determinado de aquellos años, la guerrilla necesitaba armas y los cubanos dinero. Dentro del Ministerio del Interior de Cuba se había creado un organismo llamado departamento de Moneda Convertible, MC, destinado a burlar el embargo norteamericano. Se trataba de una estructura secreta que incluía docenas de compañías fantasmas situadas en diversas partes del mundo, pero especialmente en el Panamá de Torrijos y Noriega. El coronel Antonio de la Guardia, “Tony”, era el jefe de ese departamento. De la Guardia era un hombre poderoso, muy cercano a Fidel Castro, por cuyas manos pasaba la mayor parte de las operaciones clandestinas más delicadas mediante el departamento de Moneda Convertible. Así que de la Guardia, que se servía del MC para sus contactos con la izquierda en toda América, no tardó en comenzar a hacer negocios con la guerrilla colombiana. El dinero de la guerrilla ya había empezado a proceder de las cocaína mediante el llamado cobro del “gramaje” a los narcos que acudían a comprar la pasta base a la selva, de manera que surgió lo que en el lenguaje empresarial contemporáneo se denomina una sinergia. Ambas partes, narcos y cubanos, se unieron de una manera casi natural para maximizar sus beneficios. Primero los cubanos cobraban mil dólares por cada kilo de cocaína que los aviones lanzaban sobre sus aguas. Unas lanchas recogían luego los paquetes y los llevaban a Estados Unidos. Más tarde los narcotraficantes utilizaban las pistas militares para aterrizaje y las relaciones fueron cada vez más estrechas. Hasta que explotó el bombazo en forma de noticia.
Poco después de la visita de Mijail Gorbachov a Cuba en abril de 1989, la prensa cubana sorprendió a propios extraños con una información según la cual habían sido arrestados los generales Arnaldo Ochoa y Patricio de la Guardia -jefe este último de las Tropas Especiales, especie de “rangers” cubanos-, el ex general y ministro de Transporte Diocles Torralba y el coronel Antonio “Tony” de la Guardia, hermano gemelo de Patricio y, como se ha dicho, hombre poderosísimo de la nomenclatura cubana. Junto a ellos también fueron apresados otros oficiales menos conocidos del Ministerio del Interior.
Al principio las noticias fueron muy confusas. Los cubanos enseguida advirtieron que las dos figuras clave eran Arnaldo Ochoa y Tony de la Guardia, pero no resultaba sencillo meter a estos dos personajes dentro del mismo saco. Aunque se conocían y mantenían cierta amistad, Ochoa era un militar que se movía en el ámbito de las Fuerzas Armadas y había pasado gran parte de su vida en misiones en el exterior y de la Guardia, era una especie de James Bond de los servicios cubanos de inteligencia. Tony, hombre audaz, inteligente, pintor aficionado, y con cierto refinamiento intelectual, era capaz de llevar a cabo las misiones más arriesgadas de un hombre de acción. El general Ochoa por su parte, era el oficial de mayor prestigio del ejército cubano, responsable entre otras cosas del éxito de la tropas cubanas en la batalla de Cuito Cuanavale, en Angola, que marcó el comienzo del fin del apartheid en Sudáfrica.
Tras los iniciales momentos de titubeo, rápidamente las autoridades cubanas formularon una acusación concreta: estos militares estaban dedicados al narcotráfico. Se les sometió a un juicio en el que actuó como fiscal el general Juan Escalona, un hombre de confianza de Raúl Castro, ministro de Defensa. Tras un proceso digno de la Unión Soviética estalinista a casi todos se les condenó a muerte con la notable excepción de Patricio de la Guardia. La sentencia del Tribunal Militar, siguiendo la vieja tradición de los clanes mafiosos –todos tienen que mancharse las manos–, fue ratificada por el Consejo de Estado y por numerosos generales que luego fueron llevados a manifestar su conformidad con la ejecución y su desprecio por los acusados. Quienes no se prestaron, o quienes lo hicieron sin demasiada convicción, fueron separados de sus cargos, como le sucedió al general Raúl M. Tomassevich, un cubano de origen eslavo que sentía un genuino afecto por su compañero de armas el general Ochoa.
¿Qué había ocurrido? ¿Habían sido descubiertos unos delincuentes dentro de las estructuras de mando de la honesta e irreprochable revolución cubana y se les castigaba por su felonía? Nada de eso. El delito sí, había sido descubierto, pero no por los servicios de inteligencia cubana, sino por el Drug Enforcement Administration, la DEA norteamericana que persigue el narcotráfico internacional. Sencillamente, el Gobierno cubano había sido cogido con las manos en la masa. La DEA tenía las pruebas de la complicidad con el narcotráfico de la Marina, la Fuerza Aérea, el Ministerio del Interior y hasta del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba. Los agentes norteamericanos habían infiltrado en la operación a un piloto taiwanés, Hu Chang, que el 8 de mayo de 1987 aterrizó en una de las más secretas instalaciones del Gobierno cubano, en un vuelo procedente de Colombia cargado de cocaína.
Reynaldo Ruiz y su hijo Rubén, dos cubanoamericanos familiares de un alto oficial de los servicios de inteligencia de la isla, Miguel Ruiz Poo, fueron obligados a colaborar con la DEA para reducir las acusaciones que se les formularían por narcotráfico y habían dado al Gobierno norteamericano las pruebas necesarias para que Castro pudiera ser vinculado con el tráfico de cocaína y lavado de dinero. No obstante, decidido a presentar el caso de manera totalmente irrefutable, el Gobierno norteamericano quiso tenderle una trampa nada más y nada menos que al ministro del Interior, el general José Abrantes, y para ello sacó de la cárcel a un narcotraficante cubano llamado Gustavo Fernández, que en el pasado había colaborado con la CIA, y le propuso una sustancial rebaja de su pena si se prestaba a montar la celada. El plan incluía el apresamiento en aguas internacionales de Abrantes y su posterior presentación a los tribunales y a la prensa. Gustavo Fernández, naturalmente, aceptó, pero en un descuido de quienes lo vigilan escapó a La Habana y contó todo lo que sabía: iba a estallar un gran escándalo y Castro, vinculado al tráfico de cocaína quedaría al mismo nivel del panameño Manuel Antonio Noriega, figura absolutamente desacreditada por aquellas mismas fechas.
Esto ocurrió entre abril y mayo de 1989. Fidel tenía por qué preocuparse. Sabía que esta vez los norteamericanos podían destruir su imagen. Montó en cólera y culpó a Tony de la Guardia. Tony había puesto en peligro a la Revolución al actuar con una mezcla de audacia e irresponsabilidad. Ahora Estados Unidos tenía un pretexto para invadir a Cuba, como hizo en la Panamá de Noriega. A sus ojos, el delito de Tony no era el narcotráfico, algo de lo que Castro estaba perfectamente enterado, pues era una práctica frecuente desde años atrás. Vender droga en Estados Unidos era también una forma de “debilitar al imperialismo yanqui”, como reveló a la prensa Juan Antonio Rodríguez Menier, mayor de los servicios de inteligencia que desertó a Estados Unidos, en una entrevista concedida a El Nuevo Herald poco antes del escándalo. Ése no era el problema. El delito de Tony era la imprudencia. Y la imprudencia, en este gravísimo caso, era traición a la patria. Pero para Castro había otro elemento tan inquietante como las pruebas del narcotráfico que tenía la DEA: los servicios de contrainteligencia del Gobierno cubano, dirigidos por el general Colomé Ibarra, le habían puesto sobre su mesa las comprometedoras grabaciones de varias conversaciones entre los gemelos Tony y Patricio de la Guardia, Diocles Torralba y Arnaldo Ochoa. Se burlaban de él y de su hermano Raúl. Hacían chistes sobre los delirios de Castro para que sus científicos diseñasen una “minivaca” casera que diese cuatro litros de leche a cada hogar cubano, opinaban positivamente de Gorbachov y de la perestroika y se quejaban de la ortodoxia estalinista del Gobierno.
Se reían de Castro y por tanto no le temían. Ya no eran unos revolucionarios leales. Se habían convertido en unos desafectos cercanos a la conspiración. Algo realmente peligroso porque Ochoa estaba a punto de hacerse cargo de la dirección del Ejército de Occidente –que incluía La Habana–, mientras Patricio de la Guardia acantonaba allí mismo sus tropas especiales. Aunque en ese momento no había una conspiración en marcha, potencialmente podría haberla, porque se había relajado un principio de autoridad fundado en el respeto ciego al caudillo. Peor aún, después de regresar de su brillante campaña en Angola y ser designado para ocupar la jefatura del Ejército de Occidente, la más poderosa rama de las fuerzas armadas del país, Ochoa solicitó que se le subordinasen la Marina, la Aviación y las fuerzas Antiaéreas, hecho que despertó la suspicacia de los hermanos Castro como ellos mismos confesaron.
Ante esa situación, Fidel decidió cortar por lo sano. Tomó una decisión drástica. Hizo arrestar a Ochoa, a los gemelos de la Guardia y a otros oficiales menores –una forma de implicar a toda la cadena de mando– a los que juzgaría públicamente. Lograba, por encima de todo, defender su propia imagen. Dado que negarlo era inútil, admitió que, efectivamente, existía tráfico de cocaína, pero que todo había ocurrido a sus espaldas. Fusilando a su general de mayor prestigio y al espía más aguerrido creyó presentar la mayor prueba de su inocencia. Pero, además, daba así un escarmiento en el Ministerio del Interior y entre los funcionarios del “aparato”. Todo aquel que manifieste veleidades de glasnost o perestroika tan de moda con la llegada Gorbachov a la URRS, sabía ya lo qué le esperaba.
Con las eficaces “técnicas de ablandamiento” de los servicios de seguridad los acusados terminaron admitiendo el “riesgo en que habían puesto a la patria” y decidieron cooperar esperando ser perdonados. A veces se salían del guión, había que detener el juicio, repasar las declaraciones y volver a empezar. Pero, al final los condenan a muerte. El ministro del Interior, José Abrantes, no estuvo de acuerdo y se atrevió a decírselo a Fidel Castro: “Tú sabías perfectamente lo que ellos hacían; y ni siquiera todos, pues Ochoa jamás tuvo nada que ver con esas operaciones”, le reclamó Abrantes. Castro lo hizo detener y encarcelar. Poco después murió en la cárcel de un sospechoso infarto. Tenía unos cincuenta años y procuraba mantenerse en forma con ejercicios diarios. Sus compañeros de celda y sus familiares estuvieron convencidos de que lo mataron. La palabras de Abrantes, conocidas luego de su encarcelamiento, “tú sabías lo que hacían” y “Ochoa jamás tuvo que ver con esas operaciones”, son un fardo que pesará en la historia de la Cuba contemporánea.
¿Quién era Ochoa y por qué dijo Abrantes que el general no tuvo que ver con esas operaciones? A finales de la década de los sesenta, Arnaldo Ochoa fue un personaje clave en el surgimiento de focos revolucionarios en América Latina. Luego se desplazó a África donde reorganizó los restos de la guerrilla que el Che Guevara había llevado al Congo. Comenzó la preparación de combatientes de Namibia, Zimbabwe, Mozambique, los comandos sudafricanos del Congreso Nacional Africano, los combatientes del PAIGC de la Guinea Portuguesa y del MPLA, la guerrilla marxista angoleña.
Fue el alumno no soviético más brillante de la prestigiosa academia militar Frunze del Ejército Rojo; fue asesor del general norvietnamita Nguyen Giap, artífice del asalto final a Saigón, y conformó la fuerza de comandos del presidente de Sierra Leona Siaka Stevens.
En la guerra de Yon Kippur entre Israel y los países árabes en 1973, se puso al frente de una brigada de tanques que emplazó en los altos del Golán y logró lo que antes y después nunca se conseguiría en los conflictos militares árabe-israelíes: detener el asalto del legendario primer Ejército de Tanques de Israel.
Tras la crisis de Etiopía que acabó con la caída del emperador Haile Selassie, el triunfador de la revuelta militar, Mengistu Haile Mariam, acudió a los cubanos en 1975, para que le sacasen las castañas del fuego en Eritrea y en el Ogadén y fue el general Ochoa quien llegó a ponerse allí al mando de treinta generales del bloque oriental, incluyendo soviéticos, cubanos, alemanes orientales y polacos. Tal era el grado de confianza que tenían en Ochoa los propios soviéticos.
Ochoa fue el principal asesor militar cubano de los sandinistas de Nicaragua, pero la joya de la corona del general Ochoa fue Cuito Cuanavale entre finales de 1987 y comienzos de 1988 durante la guerra civil angoleña. En la frontera con Namibia, en una localidad estratégica que el propio Castro daba por perdida a manos de las fuerzas sudafricanas, Ochoa revirtió la situación actuando con criterio diferente a Raúl y Fidel Castro con quienes ya había una clara rivalidad. La batalla de Cuito Cuanavale fue el comienzo del fin del apartheid en Sudáfrica y el primer paso para un acuerdo entre las grandes potencias que obligarían a una retirada de las tropas cubanas. La detente dejó “desocupado” al ejército cubano. Fidel, como en 1962 cuando la crisis de los misiles, volvió a ser sujeto de las decisiones de las grandes potencias. El más brillante de sus generales estaba contribuyendo a un resultado que ya Fidel había rechazado y descalificado. Ochoa habría de pagar por ello.
Según el Tribunal de Honor y el Tribunal Militar Especial, en el curso de la campaña de Cuito Cuanavale, que duró varios meses, Ochoa estuvo coordinando operaciones de narcotráfico en La Habana, cosa que resultaba francamente difícil. En el análisis de los acontecimientos que hazo Raúl Castro, antes de señalar los delitos por los que se le acusaba, volcó sobre Ochoa una andanada de adjetivos denigrantes de índole personal, con lo que abonaba el terreno para lanzar luego los cargos más graves. Dijo de él que era presuntuoso, arrogante, charlatán, inmoral, ambicioso, demente y aventurero. Si Ochoa, antes de su arresto, mostró los defectos que Raúl le señalaba y que a la postre lo llevaron a cometer los delitos que se le atribuían, cabe preguntarse por qué sus superiores no lo destituyeron oportunamente de sus cargos para evitar que incurriera en la conducta delictiva que se le atribuyó. Y no sólo eso: ¿por qué lo colmaron de honores militares y estuvieron a punto de conferirle el mando del Ejército de Occidente? Como el principal inculpado de semejante omisión obviamente sería el propio ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, para justificarse Raúl Castro adujo que antes de su detención sólo tenía indicios de las faltas morales de su subordinado, y ninguna prueba que lo hubiera llevado a tomar en su momento la determinación de separarlo de sus cargos.
En la madrugada del 13 de julio fue aplicada la pena de muerte a Arnaldo Ochoa y a otros tres acusados. No los fusilaron en los fosos de la antigua fortaleza de La Cabaña, donde suelen llevarse a cabo las ejecuciones, ya sea antes del amanecer o, para amortiguar el estruendo de la descarga de la fusilería, a las nueve en punto de la noche, al tiempo que se dispara el cañonazo del Morro en recuerdo de la práctica colonial con la que se anunciaba el encadenamiento de la bahía. Los fusilaron en un potrero aledaño a la base aérea de Baracoa, al este de La Habana, poco antes de que dieran las dos de la mañana de aquel 13 de julio de 1989.
Fuente: https://www.verbienmagazin.com/general-cubano-arnaldo-ochoa-aniversario-de-un-heroe-incomodo%E2%80%8F/
dp