jueves, 3 de enero de 2008

LA METAMORFOSIS DE FRANCISCO SOLANO LOPEZ


Crónica de la larga operación histórica que transformó a un individuo nefasto para su pueblo en el prócer paradigmático de la nación.

Por Florencia Pagni y Fernando Cesaretti

Un minuto de silencio para López que está muerto

Eran las 11.30 horas del domingo 1 de marzo de 1970 cuando a lo largo y ancho de la geografía guaraní miles de paraguayos detuvieron sus actividades y guardaron un minuto de silencio en homenaje a la memoria de Francisco Solano López, muerto exactamente un siglo atrás. Tras el colectivo y gregario silencio se escuchó por la red de radio y televisión la voz del general Alfredo Stroessner, autoritario presidente del país desde 1954, quien expresó que “[...] acallados los últimos disparos de la guerra que libró la Triple Alianza contra el Paraguay, se amontonó la ignominia, la calumnia y el ultraje contra nuestra Patria, porque fueron los vencedores los que escribieron la historia a su manera pero, en el fondo del alma popular siempre se mantuvo intacta la memoria del héroe, descubriendo con certero instinto la intención secreta de una confabulación internacional, cuya trama está siendo esclarecida hasta lo más recóndito de un revisionismo histórico [...] el General Bernardino Caballero [...] recogió el legado inmortal del mariscal Solano López, de quien fue su amigo leal y valiente colaborador [...] y que en la paz tuvo a su cargo la honrosa misión de fundar la gloriosa Asociación Nacional Republicana, [o] Partido Colorado, fuente inmarcesible del nacionalismo paraguayo”.
Este discurso expresaba en el presente de 1970 la utilización del pasado como fuente de legitimación de la ideología del gobernante Partido Colorado. Una fuente tal vez no tan “inmarcesible” como el coloradismo según el gusto de Stroessner, pero con suficiente eficacia discursiva para poder presentar a su autocrático régimen como continuador de una línea histórica determinada. Un esquema muy sintético de esa operación puede ser enunciado de esta manera: “la guerra de 1864-70 fue el fruto de una conspiración internacional contra el Paraguay cuya consecuencia fue la destrucción de uno de los países más avanzados de América. Los extranjeros vencedores y sus cómplices paraguayos declararon tirano al mariscal Solano López, pero el revisionismo histórico ha reparado esa injusticia histórica. Algunos ex colaboradores del mariscal López, como el general Caballero, recuperaron la tradición patriótica del mariscal. El Partido Colorado, fundado por Caballero en 1887, es el continuador y defensor en 1970 a través de la figura de Alfredo Stroessner de esa tradición”.
Culminaba así un proceso vindicador de la figura del mariscal López que ciertamente habría sorprendido a la exigua clase dirigente paraguaya sobreviviente a la guerra que en la década de 1870 se apoyaba alternativamente en argentinos y brasileños, tratando de ganar estrechos espacios de actuación al moverse alternativamente a favor y en contra de los contradictorios intereses de los vencedores para que estos no hicieran desaparecer a su patria de la órbita de las naciones independientes de la tierra.
En ese tiempo de angustias nadie ponía en duda en Paraguay que el gran culpable de la desastrosa situación en que se hallaba el país era Francisco Solano López, dictador que con sus manejos discrecionales había arrastrado por apetencia personal a la nación a una guerra imprudente contra vecinos más poderosos.
La derrota había dejado al Paraguay a merced de estos, especialmente de una triunfal y expansiva Argentina que esperaba hacerse con los despojos territoriales del vencido para transformarlos en un apéndice administrativo similar a los espacios que con voraz apetito obtendría a principios de la siguiente década en la Patagonia a consecuencia de medir con eficacia geopolítica la circunstancial debilidad de su contrincante chileno, el que enredado en una guerra contra Bolivia y Perú en el Pacífico, no estaba en condiciones de aceptar el reto de un segundo frente en su oriente trasandino.
Solo una oportuna reacción del gabinete de Río de Janeiro impidió que Buenos Aires terminara convirtiendo a Asunción en subalterna cabecera de uno de sus flamantes territorios nacionales, con idéntico status político al del Chubut o la Tierra del Fuego.
Haber caído entonces tan bajo tras la guerra de 1870 potenció en los paraguayos sobrevivientes, junto al sentimiento de humillación por la derrota, un odio visceral a la figura de Solano López. Se lo consideraba (junto a su padre Carlos Antonio y a Gaspar Rodríguez de Francia) copartícipe necesario de una tradición de despotismo agresivo que solo había redundado en pobreza y destrucción. Ese odio llegaba a tal punto que al igual que en los países vecinos, se tendía a encontrar en la personalidad y conducta de López las causas de la guerra, dejando para un análisis meramente accesorio el contexto histórico que hizo posible el conflicto.
Como muestra de esta conversación general omnipresente en la menguada élite paraguaya del último tercio del siglo XIX, están los ineluctables testimonios que el fundador del coloradismo, Caballero, emitió (pese a la tergiversación interesada de Stroessner) sobre su ex jefe en 1871: “[...] el Paraguay desde la aparición de su primer tirano, José Gaspar de Francia, desapareció del catálogo de las demás naciones, olvidado y perdido por muchos años [...]. Posteriormente [...] el nuevo Nerón americano [López] le arrancó su existencia, su porvenir entero, sacrificando a sus pasiones brutales tantas víctimas ilustres”
En 1873 Caballero vuelve a la carga de manera admonitoria sobre el tríptico de gobernantes despóticos del siglo XIX, reivindicados hasta la exaltación por los colorados del siglo XX: “Sesenta años de encierro, de oscuridad y tiranía deben ser más que suficientes para que las tristes lecciones de esos tiempos no vuelvan jamás a repetirse en los hoy despoblados bosques de nuestra querida patria. [...] Nuestro aislamiento, nuestro encierro, la falta de espíritu público entre nosotros, entregaron los destinos del país a tres tiranos, de los cuales dos [el doctor Francia y el mariscal López] no tienen paralelo en la historia de los siglos”
Había sin dudas en estas definiciones reprobatorias sobre López y lo que este había significado para el Paraguay, una dosis de medroso oportunismo (el territorio guaraní estaba ocupado militarmente por Brasil para evitar el zarpazo final argentino), pero existía también la convicción generalizada de que el país debía superar su tradición de mandones discrecionales de idéntica conducta política a la del biliático dictador porteño Juan Manuel de Rosas, y gobernarse (como lo estaba haciendo la Argentina una vez liberada del yugo rosista) según principios liberales.
La participación de Caballero y de otros ex jerarcas del régimen lopizta en un gobierno de posguerra se sustentó en el hecho de que frente al peligro de anexión total a la Argentina, los brasileños aceptaron la inclusión de aquellos lopiztas que consideraban recuperables; en especial de quienes demostraron capacidad de adaptación a los cambios de poder.
Buena parte de esos dirigentes habían acompañado la demencial aventura del presidente vitalicio casi hasta el fin. Y en el caso de Caballero literalmente hasta el fin. En marzo de 1870 al frente de una corta fuerza procuraba en la frontera con el Mato Grosso tomar por asalto a las fazendas para así obtener ganado con el que cual poder alimentar a las famélicas tropas que seguían aún al despótico y, ya a esa alturas totalmente desquiciado, Solano López. Una vez capturado, Caballero fue conducido en calidad de prisionero de guerra a Río de Janeiro. Retornó prontamente a su patria en virtud del cálculo político del gabinete imperial que precisaba en Asunción de actores vernáculos dispuestos a contrapesar la influencia de sus compatriotas “argentinistas” que desde el comienzo de la guerra, por un error estratégico del gobierno brasileño, se habían agrupado en la Legión Paraguaya prohijada por el presidente argentino Bartolomé Mitre.
A Bernardino Caballero y a los restantes actores de la clase dirigente paraguaya (más allá de que fueran por mero cálculo de supervivencia, probrasileños o proargentinos) al ver el estado calamitoso en que quedó su país tras la derrota, no les quedó dudas sobre quién era el gran culpable.
En la década de 1880, terminada la ocupación brasileña y aventada definitivamente la amenaza de absorción argentina, el partido colorado con su creador en la presidencia de la República, reafirmó la condena de la figura de López. Así el acta de fundación de esta agrupación política en 1887 reza textualmente: “Estamos aquí congregados al cabo de diez y siete años de nuestra regeneración política tan penosamente alcanzada y en la que hubo de abatirse a un despotismo terrible”. Ninguno de los presentes en ese acto inaugural cuestionó que la regeneración hubiera comenzado con la muerte de López; ni el vaticinio de que los tiempos “en que en la República podía disponerse impunemente de la vida y hacienda de sus habitantes han quedado definitivamente atrás y ya nadie será tan falto de vergüenza como para erigirse en defensor de los déspotas del pasado”; ni que los “principios liberales” fueran los del Partido Colorado.
Esta agrupación al igual que su funcional contrincante, el Partido Liberal, tenía como máximo enemigo simbólico y discursivo a ese mariscal muerto en los septentrionales deslindes serranos del territorio guaraní.
Sin embargo esta unanimidad reprobatoria de la figura de López irá desgajando de a poco en un proceso que hallará origen en intereses económicos antes que en principios ideológicos, siendo estos en todo caso consecuencia de aquellos.

La puta y el mariscal



En 1885 retornó al Paraguay Enrique Solano López, hijo del mariscal y de Elisa Lynch, con el objeto de reclamar las posesiones a las que su madre aducía tener derecho de propiedad.
Enrique Solano llegaba con los debidos poderes y transferencias otorgados por la Lynch en Buenos Aires, luego de que ella desistiera de trasladarse a Asunción, motivada sin dudas en esta decisión por el recuerdo de la hostilidad con la que había sido recibida en la capital paraguaya por las mujeres de la élite local en su anterior retorno una década atrás.
Una aventurera existencia fue la que le cupo en suerte a la irlandesa Elisa Alicia Lynch. Nacida en 1835, adolescente aún su madre la casó con un oficial subalterno del ejército francés, Javier de Quatrefages, junto al cual marchó a Argelia donde mitigó el aburrimiento de una cotidianeidad pasada en el ámbito de los regimientos coloniales con múltiples infidelidades. Finalmente repudiada por el engañado marido, se trasladó a París. En la capital francesa, en la cúspide de su juventud y belleza se convirtió en prostituta de lujo, especializada en el “mercado latinoamericano”. En esos menesteres la conoció en 1854 el primogénito del presidente paraguayo Carlos Antonio López, enviado a Europa por su padre como ministro plenipotenciario facultado para comprar armamentos y establecer acuerdos comerciales. El joven Francisco Solano, dudoso y engreído primogénito del mandatario guaraní, provisto por este de abundantes recursos financieros, aprovechó su estadía parisina para relacionarse con el demi monde de la Ciudad Luz, poblado de mujeres indiferentes al discurso moral corriente, cortesanas refinadas capaces de agradar a los hombres no solo por sus habilidades de alcoba sino también por su trato y conversación. Seguramente todos estos atractivos estaban presentes en Elisa Lynch, por lo menos a los ojos del impetuoso y pedante paraguayo, al punto que este retornó al Paraguay en su compañía.
Ya en tierra guaraní, si bien en un principio guardaron prudentemente las formas, pronto sinceraron una relación que duró tres lustros hasta la muerte de López. Allí también finó el hijo mayor de los varios que tuvo la pareja, Juan Francisco Panchito López, un adolescente ungido por su alucinado padre como coronel en jefe del Estado Mayor de su espectral ejército. Panchito murió defendiendo a su madre de los atacantes brasileños que solo cesaron en sus intentos cuando desesperada aquella pronunció la frase salvadora: “-¡Cuidado, soy inglesa!”. Si bien López y Elisa nunca se casaron (posiblemente porque la Lynch hubiera incurrido en bigamia al no estar divorciada legalmente del oficial francés), la irlandesa obtuvo una respetabilidad tal vez forzada, pero respetabilidad al fin. La proletaria irlandesa devenida por fuerza de las circunstancias puta de lujo en el París burgués y cosmopolita del Segundo Imperio, se había transformado convenientemente a tiempo en el módico ambiente provinciano asunceño en la honorable y afrancesada madame Lynch.
La misma madame Lynch, ya rolliza y madura matrona, que en el Buenos Aires de 1885 traspasa dudosas legalidades a su hijo. La considerable fortuna en metálico que oportunamente había hecho retirar del Paraguay en 1869 por medio de la valija diplomática del jefe de la legación yanqui en Asunción, transfiriéndola a la banca londinense haciendo valer su condición de “ciudadana británica”, la fue dilapidando a lo largo de esa década de 1870 en viajes por Oriente Medio, amantes y un tren de vida fastuoso que se llevaba de bruces con sus desmanejos financieros. El agotamiento de los recursos económicos motivó su fugaz venida a la ciudad del Plata. Luego de delegar en su hijo la defensa de sus intereses retornó a Europa en donde cerrando la parábola de su vida, falleció el año siguiente en París en similar pobreza a la que conoció en su infancia en Irlanda.

En busca del patrimonio perdido

¿Qué es lo que reclama Enrique Solano López? Simplemente un patrimonio formidable. El mismo se había formado por las transferencias, donaciones y “ventas” que su padre hizo a su madre.
Debemos tener en cuenta un hecho fundamental. Esto es la confusión interesada que los López (Carlos Antonio y su sucesor Francisco Solano) tenían sobre bienes privados y bienes públicos. Como bien señaló un diplomático inglés destacado en Asunción en esos años: “de hecho, el país es una gran estancia de la que actúa como propietario el primer magistrado”. Esa gran estancia tomó una dimensión extraordinaria en 1846, cuando el gobierno se declaró propietario de todos los bosques. Estos eran explotados por una mano de obra servil o directamente esclava, a quien se castigaba con la pena de muerte si abandonaba los obrajes, aún en el caso de que lo hiciera para ponerse a salvo de ataques de tribus hostiles. En 1848 el gobierno confiscó los bienes que las comunidades indígenas habían conservado desde los tiempos coloniales. Asimismo los mayores comerciantes en yerba eran siempre personas allegadas al gobierno. Hasta los apologistas del mariscal López reconocen que no había diferencia entre los bienes del Estado y los bienes de la familia López.
Un ejemplo de aquella confusión es justamente el caso de Elisa Lynch. En 1871 ante un tribunal inglés declaró que, en el Paraguay, ella había comprado inmuebles por valor de 20.000 libras esterlinas; que desde el Paraguay había enviado al extranjero 50.000 libras durante la guerra; que en joyas y otros valores tenía unas 10.000 libras más; en total, unas 80.000 libras, una suma considerable para la época, al punto que superaba al presupuesto paraguayo de ese año: 70.000 libras que el empobrecido país vencido no tenía y esperaba cubrir con la llegada de un empréstito inglés. En 1867, cuando la destrucción de la guerra no había alcanzado aún los extremos posteriores, el inventario del mes de agosto mostró que en las arcas fiscales había sólo el equivalente a 10.000 libras.
La exposición de estas cifras nos permite comparar la desproporción entre la riqueza del país y la de Elisa Lynch, cuya fortuna era aún mayor. En un folleto que en esos años da a publicidad, presenta una lista de 32 inmuebles rurales y urbanos, casi todos comprados durante la guerra por valor de 34.967 libras, y no de 20.000 como había declarado en el tribunal inglés. Su fortuna declarada ascendía a casi 95.000 libras, con la salvedad —ella lo dice— de que los precios de los inmuebles estaban deprimidos a causa de la guerra. Esta es una explicación insuficiente, pues sus inmuebles rurales en el Paraguay cubrían 3.105 leguas cuadradas (5.412.000 hectáreas), y el precio de la legua de campo (antes de la guerra) se estimaba entre 1.800 y 3.100 pesos; tomando el precio más bajo, el valor del inmueble llega a 5.589.000 pesos, o 1.117.800 libras esterlinas. Las 3.105 leguas, sin embargo, se compraron por 90.000 pesos, unos 29 pesos por legua, que no son precio deprimido sino irrisorio. La mencionada lista de 32 inmuebles no incluía otras propiedades suyas: 3.317.500 hectáreas en el actual estado brasileño de Mato Grosso do Sul y más de un millón de hectáreas en la actual provincia argentina de Formosa.
Tan irrisorios eran los valores de venta de tierras del Estado a un particular, que el propio López -en un desacostumbrado acto de realismo y decoro político- para que estos negociados mantuviesen un mínimo viso de legalidad, hizo firmar las ventas al dócil y decrépito vicepresidente Francisco Sánchez, cuando lo habitual era que homologara tales transacciones la rúbrica presidencial.
El enriquecimiento inmobiliario de madame Lynch solo fue posible entonces, porque el Estado paraguayo se había transformado en un feudo particular de la familia López.
Esta transferencia de tierras públicas no encuentra su razón única en una supuesta preocupación de López por el futuro de su familia. López y Lynch no estaban casados legalmente. De acuerdo a las normativas vigentes (que no era otra que la antigua legislación colonial española), la muerte del dictador no implicaría la sucesión automática de sus bienes a sus hijos. Antes bien, sus ambiciosos hermanos podrían reclamar la herencia. Tal vez allí se encuentre la causa profunda del fusilamiento de Benigno y Venancio López, que el autócrata ordenó en los últimos meses de la guerra, acusándolos de traición y conspiración.
Otra hipótesis no excluyente ni incompatible con la anterior, es la que sostiene el convencimiento que López habría tenido ante la inminencia de la derrota final, de que el Paraguay dejaría de ser un país independiente, dividiéndose su territorio los vencedores. Entonces el acceso a las tierras como propiedad privada de la ciudadana británica Elisa Lynch le permitiría a esta acudir en ayuda del gobierno inglés en el caso de que los países ocupantes cuestionaran la validez de sus títulos. Pese a los temores del dictador, la independencia formal del Paraguay fue respetada. Aún así los descendientes intentaron legalizar el asalto a la propiedad pública que el padre había enajenado a favor de la madre en los tiempos en que aquel manejaba de modo discrecional (y literal) el destino de vidas y haciendas en el atribulado Estado guaraní.

Derrotas judiciales

Pero ese atribulado Estado guaraní surgido de la derrota y azarosamente superviviente a partir de hacer jugar a su favor las contradictorias apetencias de los vencedores, opuso sus endebles instituciones a las pretensiones de Lynch y sus hijos.
En 1885 la Procuración General dictaminó que el pedido de reconocimiento de posesión de las propiedades era “improcedente frente a las leyes y la razón”. Tres años después el Supremo Tribunal de Justicia opinó con fuerza de ley que las ventas de tierras a la “ciudadana británica Lynch” habían sido solo una simulación y un descarado abuso de poder por parte del entonces dictador paraguayo. El Tribunal expedía su dictamen cuando no habían pasado dos décadas del fin de la guerra en el convencimiento de que no habría quien se atreviera a defender la supuesta legitimidad de dichas ventas “como mínimo por respeto a la verdad, si no a las desgracias de un pueblo”.
Estas negativas a los reclamos de Enrique Solano López tenían un respaldo legal basado en tres decretos. Resoluciones todas ellas emitidas por los endebles gobiernos provisorios paraguayos impuestos por los vencedores una vez ocupada Asunción (el primero redactado mientras López aún vivía y seguía combatiendo en el interior) que ponían a este fuera de la ley declarándolo “traidor a la patria y forajido”, embargaban sus bienes y los de su compañera “bastarda e ilegítima”, transfiriéndolos al Estado. El último decreto imponía incluso que Elisa Lynch debía ser sometida a juicio para dar cuenta de su enriquecimiento. Aprobados por la Legislatura, aún por congresistas que habían sido fieles sostenedores del régimen del mariscal López y evidenciaban su acomodamiento a las nuevas circunstancias políticas, lo cierto es que constituían una eficaz contención legal a las pretensiones de los herederos del déspota.
Ante el complicado panorama que se le presentaba en el Paraguay, Enrique Solano López intentó entonces hacer valer la transferencia que su madre le efectuara en Buenos Aires de los títulos de las tierras que habían quedado bajo jurisdicción argentina y brasileña.
En la Argentina alcanzaban a más de 11.000 km2 situados entre los ríos Bermejo y Pilcomayo. La opinión general en los ámbitos políticos y judiciales fue decididamente hostil a la restitución. Así en el mismo momento del reclamo en 1885 el jurista Estanislao Zeballos opinó que no solo no había legalidad en la posesión de ese territorio por Elisa Lynch sino que por ende era igualmente jurídicamente nulo el acto de transferencia que esta efectuara a favor de su hijo. Comenzaba para este un largo derrotero burocrático adverso a sus intereses que culminaría en 1920 cuando el presidente Hipólito Yrigoyen avaló la decisión judicial de que tales tierras pertenecían al patrimonio público, destinándolas a un proyecto de colonización como parte de un plan general de fomento del entonces Territorio Nacional de Formosa.
En el Brasil el panorama era aún más desalentador. Las tierras reclamadas, unos 33.000 km2, eran explotadas en concesión estatal por la poderosa compañía yerbatera Matte Larangeira. La demanda de restitución alcanzó entidad en 1892 cuando un representante de Enrique Solano López registró en una escribanía de Corumbá la escritura de compraventa labrada en Buenos Aires entre este y su madre. Para este tiempo el hijo del mariscal López había ya establecido algunos contactos en el débil entramado estatal paraguayo. De esa manera se entiende que a fines del siglo XIX los representantes diplomáticos guaraníes destacados en Río de Janeiro abogaran por su causa. Otra de sus estrategias fue la de asociarse con ciudadanos brasileños con el evidente fin de “desnacionalizar” su reclamo. Todo fue en vano. En 1900 la justicia estadual de Mato Grosso juzgó que su demanda era improcedente, fallo que fue ratificado dos años después por el Supremo Tribunal brasileño. En ambos considerandos se sostenía que en ningún momento el demandante había tenido posesión de las tierras en disputa, ya que las mismas siempre habían pertenecido al estado de Mato Grosso. Solo el poder discrecional y autoritario del ex dictador paraguayo posibilitó violentamente la venta o cesión a su concubina de predios situados en territorios ocupados militarmente por su ejército. Por lo tanto tal operación inmobiliaria pactada en esas circunstancias carecía de todo viso de legalidad.
Así a lo largo del tiempo, tanto en Paraguay como en Argentina y Brasil, Enrique Solano López fue sufriendo rudos golpes a sus pretensiones.

En el nombre del padre

Sin embargo tales adversidades no iban a menguar su espíritu ni su pasión puesta en el declarado objetivo de recuperación de un patrimonio perdido. Era un hombre inteligente y joven. Nacido en 1859, los recuerdos que tenía de su todopoderoso progenitor eran vagos y contradictorios. Tal vez las imágenes que quedaron fijadas con mayor nitidez en su memoria infantil fueron las correspondientes a la postrer y desastrosa campaña de la Cordillera. Recordaría su paso por las aldeas convertidas brevemente en “capital provisional de la República”. Un dudoso honor que perdían cuando ese rango era transferido al siguiente rancherío a donde se dirigían en esa huída a ninguna parte de las fuerzas imperiales. Estas cumplieron fácilmente su objetivo de perseguir, hostilizar y destruir ese ejército de espectros en el que él con apenas diez años de edad ostentó el grado de “teniente”, un capricho más nacido de la locura creciente de su padre. Sin dudas estaría nítida la visión de la masacre final a orillas del arroyo Aquidabán donde aquel (y también su hermano mayor Panchito) pasaron en su violento final a ser un perturbador y persistente recuerdo. Como poco antes lo habían sido sus tíos, desaparecidos de sus ojos de niño tras una atroz agonía ordenada por su padre, quién los acusó de traición al igual que a su abuela y sus tías, a las que condenó a la flagelación. Tal vez Enrique Solano se habrá preguntado íntimamente en más de una ocasión si alguien que hace torturar a su propia madre puede ser a su vez un buen padre. .Más allá de sus pensamientos íntimos sobre el particular, decidió que si quería recuperar –aunque sea en parte- el patrimonio familiar perdido, debía comenzar por instituir en la restringida opinión pública paraguaya una imagen favorable de López. Solo así se podrían revocar los decretos admonitorios de su figura. Conseguido lo cual y con un consecuente ambiente político favorable, podría obtener la devolución de los bienes interdictos.
Así, por una cuestión de intereses meramente económicos y personales, Enrique Solano López dará inicio a una operación histórica elaborada por una corriente intelectual heterogénea en un principio y que irá decantando hasta conformar el llamado “revisionismo lopizta”. Los resultados de esta operación tendrán hondas consecuencias ideológicas no solo en el Paraguay del siglo XX, sino también en determinada comprensión del pasado por parte de millones de latinoamericanos que en las décadas del sesenta y setenta de ese siglo, desde una posición de izquierda progresista y bajo la consigna “Liberación o Dependencia”, harán suyo el discurso revisionista ungiendo a López como héroe antiimperialista.
Exponemos a continuación los hechos y circunstancias que fueron consolidando esa estrategia vindicatoria.

El dolor paraguayo

“El hogar paraguayo es una ruina que sangra; es un hogar sin padre. La guerra se llevó a los padres y no los ha devuelto aún”. Ese aún corresponde a 1907, año en que Rafael Barrett, un aristócrata hispano británico desavenido con su clase, escribe en un semanario de Asunción la frase que da cabeza a este parágrafo, como parte de un artículo periodístico, el que sumado a muchos otros dará lugar a la constitución de un clásico de la literatura de denuncia social: El dolor paraguayo.
Para entonces casi cuatro décadas han transcurrido desde el fin del conflicto y el “aún” de la frase confirma un ominoso presente. El país al que llega Barrett muestra en apariencia cierto lento resurgimiento, cierta estabilización institucional más allá de las recurrentes convulsiones faccionales. Pero son signos falsos: lejos de haber una recuperación de los recursos humanos y económicos, estos se encuentran cada vez más desestructurados. Las prerrogativas otorgadas al capitalismo extranjero –especialmente argentino y en menor medida inglés y brasileño-hicieron que este, en convivencia con la oligarquía local, terminara adueñándose de las mejores tierras y de casi todos los medios de producción.
A principios del siglo XX Paraguay “es” dos zonas de explotación económica: la del tanino en el Chaco Occidental en manos de capitalistas argentinos asociados a accionistas europeos, cuyo ejemplo paradigmático es el del polifacético empresario Carlos Casado, fundador de colonias agrícolas y constructor de líneas férreas en la provincia argentina de Santa Fe, donde se enriqueció por la especulación inmobiliaria rural y por sus contactos con la élite gobernante local que le permitieron un uso espurio del crédito bancario del que redundó un excedente que a su vez multiplicó en la despiadada explotación de los obrajes madereros guaraníes.
La otra zona la constituye el área de explotación de la yerba mate, situada a lo largo de la ribera oriental del río Paraguay. Un largo recorrido que iba desde su desembocadura en el sur hasta el Mato Grosso. Precisamente en ese estado brasileño se ubicada la todopoderosa “Matte Larangeira”, en tierras que como vimos en la primera parte de este trabajo, eran reivindicadas como propias por la familia López.
El obraje maderero y el yerbatero fueron exponentes de una economía basada en el monocultivo y la extracción de materias primas con una estructura feudal de explotación de la mano de obra, en condiciones que llegaban a una apenas encubierta esclavitud. Barrett, periodista con ideales libertarios, intentó concientizar con sus escritos, a sabiendas de los peligros que ello entrañaba. No esperaba justicia de parte de un Estado que había legalizado por decreto tal situación de esclavitud al dictar una legislación laboral que eliminaba la libertad de trabajo y de movimiento para el peón e institucionalizaba la prisión por deudas. Denunció entonces con énfasis ante la opinión pública los modos perversos de esa esclavitud. El mecanismo era simple: el adelanto irrisorio transformado en una deuda colosal que el peón debía saldar con su fuerza de trabajo en el yerbal. Fuerza que se iría minando en las pésimas condiciones laborales a la que se le sometería. Todo esto con la complicidad de jueces y jefes políticos, comprados por las compañías yerbateras que a cambio de un sobresueldo encontraban en la venalidad de estos funcionarios la imprescindible colaboración para conjuran rebeliones o fugas de los campesinos esclavizados.
Todo esto lo denunció Barrett con nombres, cifras, lugares. Veía sin embargo más allá: entendía que esta explotación solo era posible porque el cuerpo del país estaba herido en su organismo básico: el hogar individual, la familia como núcleo social. Y no solo la más humilde. Conjeturaba que la élite se comportaba de manera tan vergonzosamente cómplice de las condiciones que favorecían la explotación de los sectores más humildes, porque también ella había sido víctima de un cataclismo. Especialmente las mujeres, “esas nobles mujeres contagiadas de muda desesperación que López arrastró descalzas en pos de las carretas y que al sobrevivir se entregaron a los machos errantes para repoblar el desolado desierto de la patria”.
El hijo de una de esas mujeres, criticaría acerbamente a Barrett, afirmando que sus artículos antes que mostrar realidades, constituían “exageraciones sombrías de su pesimismo, los desahogos de su melancolía”. Ese hijo no era otro que Juan Emiliano O´Leary, un personaje que como a continuación veremos, fue fundamental en la reformulación de la figura de Francisco Solano López.




El Reivindicador

Nonagenario moría en 1969, plena era de Stroessner, Juan Emiliano O'Leary, periodista, historiador, político, diplomático, poeta y ensayista paraguayo. Nacido en Asunción en 1879, era hijo del segundo matrimonio de Dolores Urdapilleta Caríssimo. El primer marido de su madre fue un juez que el dictador López remitió a prisión (donde murió), disgustado con alguna de sus decisiones. Dolores a su vez fue acusada de traición, en virtud de lo cual fue condenada al destierro interno, a ser al igual que miles de mujeres, una destinada . Junto a sus pequeños hijos fue obligada a realizar marchas forzadas en penosas condiciones, acompañando al ejército de López en retirada. En esa marcha los niños murieron de hambre. O´Leary evocaría estos horrores que se llevaron a sus hermanos a los que nunca conoció, escribiendo: “Para tus verdugos y para los verdugos de nuestra patria –perdóname, madre mía- mi odio es eterno. Madre, tu martirio es infinito. Día tras día, a cada momento, aparecen ante sus ojos las sombras de sus hijos, mis hermanos, muertos de hambre en la soledad de su peregrinación. Tú los viste morir.
Tú presenciaste aquella agonía indescriptible y, después que murieron, tuviste que dejar sus pequeños cuerpos fríos bajo una capa de tierra y una alfombra de flores.
¡Pobres mis hermanos! Yo también los veo en mis sueños, envueltos en nítidas mortajas, flotando en el espacio como blancos angelitos. Ni siquiera ustedes escaparon de la furia de los tiranos y de los Caínes.
¡Algún día, cuando mi canto sea digno de ustedes, enterraré su memoria en la cristalina sepultura de mis versos!
Tú perdonaste al tirano, que tan brutalmente te maltrató. Yo no lo perdono. Lo olvido. Y en este día, uno mis lágrimas a las tuyas y con mi alma abrazo a esos pobres mártires, mis hermanitos, muertos de hambre en la soledad del destierro”.
O´Leary era un joven talentoso cuando escribió esta prosa expresaba desde el dolor de su particular drama familiar una clara toma de posición respecto a la figura del mariscal López.
Sin embargo pronto olvidó ese compromiso filial con las vicisitudes sufridas por su madre. Tal vez nada resuma mejor ese cambio que este escrito también suyo, en el que muchos años después el “tirano que tan brutalmente te maltrató” y a quien prometió no perdonar, se ha transformado en “Esa figura (que) es como el nudo de nuestra historia, principio y fin de nuestra epopeya, clave de nuestro pasado, cumbre y cima, aurora y ocaso, resplandor de luz meridiana, [...] encarnación de todas nuestras grandezas morales y símbolo vivo de todos nuestros dolores. [...] Montaña de patriotismo, en sus entrañas brama el fuego de su amor desmesurado a nuestra tierra y en su alta frente pensativa parece que bullen todos los anhelos de nuestra raza [...] Se habla de sus errores y hasta de sus crímenes. Se dice que fue cruel. Su gran error fue no haber vencido. Su crimen, haber amado demasiado a su patria. [...] Los que hurgan en las intimidades de nuestra historia para encontrar motivos de desaliento [...] para empequeñecer o anular los méritos de nuestros grandes hombres, para disminuir ese patrimonio moral que es nuestro único título al respeto y a la admiración del mundo, más que nuestro odio, deben merecer nuestra compasión. [...] úlceras aún no cicatrizadas, abiertas por la guerra, quieren hacernos creer que no somos sino carne putrefacta; idiotez irremediable que quiere confundirnos con su propio cretinismo, aislémosles en el leprocomio de nuestro desprecio, mientras seguimos cantando el himno de nuestras glorias, seguros de que en los días que vendrán han de ser también para nosotros esa reparación que nos debe Dios en los designios de su justicia inmanente”
La exaltación patriótica, el ditirambo laudatorio hasta el paroxismo, muestra el cambio copernicano producido en O´Leary respecto a la evaluación de la figura de López. Este ha cometido solo un crimen: “haber amado demasiado a su patria”. Una interesada amnesia ha borrado en O´Leary los crímenes concretos del dictador. En particular uno que alguna vez le afectó profundamente: la muerte por inanición de sus hermanos mayores, esas criaturas a quienes pese a sus promesas de juventud, hacía tiempo ya que había enterrado en el olvido. Olvido forzosamente necesario para poder convertirse en el intelectual impulsor del nacimiento del revisionismo histórico para “recuperar” la memoria del fallecido dictador, retratándolo como héroe. O'Leary fue tan exitoso en esa tarea de que le apodaron El Reivindicador. Obtuvo entonces un prestigio que lo colocó en un lugar destacado dentro del grupo intelectual al que pertenecía, el llamado novecentismo.

El novecentismo: literatura, política y legitimación social

Hemos visto ya el estado de dependencia feudal y miseria material en que se encontraban las clases populares guaraníes a principios del siglo XX. Para el restringido número de intelectuales guaraníes el panorama era igualmente desolador. Paraguay era paupérrimo, falto de autoestima y carente de héroes paradigmáticos. Había triunfado la ideología liberal, cuyos seguidores despreciaban el pasado despótico y a los antiguos gobernantes. En aquel entonces empezó a sobresalir en la medianía general del acotado ambiente guaraní, una generación de estudiantes universitarios y bachilleres. Era un grupo pequeño y concentrado en Asunción, que anhelaba la construcción de una sociedad mejor, aunque no disponía de un pensamiento capaz de recuperar la autoestima nacional y a la vez encontrar la solución para una realidad miserable. Esos jóvenes buscaban héroes que encarnaran los valores, supuestos o verdaderos, de la nacionalidad paraguaya. La educación liberal no les ofrecía sino la denuncia de los «antihéroes» que gobernaron el país como dictadores hasta 1870. Componían cenáculos naturalmente reducidos, pequeñas islas que destacaban en el mar de analfabetismo en que se hallaba la inmensa mayoría de la población.
Maestro de los novecentistas fue Cecilio Báez, jurista erudito, autor de obras históricas y sociológicas, rector de la flamante Universidad Nacional de Asunción y diplomático. Otros exponentes de ese movimiento fueron: Arsenio López Decoud, autor del monumental Álbum Gráfico de la República del Paraguay, Manuel Domínguez, destacado catedrático, periodista y político; Manuel Gondra, profesor y político; Fulgencio R. Moreno, escritor, político y catedrático; Blas Garay, primer historiador paraguayo que acude a las fuentes de los Archivos de Indias para sus estudios sobre el Paraguay; Ignacio A. Pane, escritor, catedrático y sociólogo; Eloy Fariña Núñez, poeta; y unos pocos extranjeros como nuestro conocido Rafael Barrett, Guido Boggiani, Viriato Díaz Pérez, José Rodríguez Alcalá.
Más allá de estos nombres interesan dos que pertenecen también al grupo de los novecentistas. Son los que corresponden a Enrique Solano López y Juan O´Leary. El hijo del mariscal tras su desafortunado paso por tribunales paraguayos, brasileños y argentinos, tratando de recuperar la fortuna territorial que su padre otorgara en muy dudosas condiciones de legalidad a su madre, cambia de estrategia. O mejor, reformula la misma sumando al reclamo judicial, la construcción de una operación consistente en blanquear la memoria de su padre, con el objetivo de iniciar una campaña para derogar los decretos confiscatorios de 1869. Ese es la primera meta: conseguir un ambiente político y social favorable al rol histórico cumplido por el mariscal López, para obtener en segunda instancia la devolución de las propiedades y bienes interdictos.
Enrique Solano López funda en 1900 el periódico La Patria, desde cuyas páginas inicia su prédica vindicatoria. La misma tomará enjundia cuando se sume a ella en 1902 Juan O´Leary. Este se lanzó con todo el poder de su indiscutible capacidad intelectual a la campaña que daría origen al lopizmo, simplemente por una cuestión económica. Fue en este sentido un empleado generosamente rentado por Enrique Solano López. Y permaneció en esta empresa y le dio nuevo impulso cuando comprendió que aparte de las ventajas materiales, iba obteniendo prestigio y consideración pública.
En un principio el tándem Enrique S. López/O´Leary no consiguió muchos adeptos dado que era todavía difícil, en virtud de la proximidad temporal del conflicto, manipular la historia. Una parte de la población, que ha vivido los acontecimientos directamente, tenía su propia visión de la guerra.
En ese sentido no se equivocaba Cecilio Báez, el más importante miembro de los novecentistas, cuando en la década de 1920, mientras crecía en el país la ideología lopizta, expresó que la recuperación favorable de la imagen de López, era “simplemente una empresa mercantil, de lucro, en cuyo éxito creyeron los hijos de la Lynch adulando a los poderosos”.
Luego del fallecimiento en 1917 de Enrique Solano López la tarea de construcción del héroe quedó a cargo casi exclusivamente de O´Leary, aunque nuevas corrientes iban aportando lo suyo.
O´Leary fue simplemente un mercenario con una sólida formación cultural que creó a cambio de ventajas económicas, un héroe, en principio hecho a la medida de lo que su empleador pretendía, y luego constantemente reformulado de acuerdo a la evolución coyuntural de la política paraguaya en general y del Partido Colorado en particular, del que O´Leary fue miembro privilegiado y prebendario a lo largo de su dilatada existencia terrenal.

Un héroe “antiliberal” a la medida del nacionalismo autoritario

Poco a poco el machacar constante de O´Leary va dando sus frutos. Hacia la tercera década del siglo XX el lopizmo no es solo una corriente ideológica que avanza rápidamente dentro de ciertos círculos políticos e ideológicos, sino también un valor en alza en la conversación general de la población. Es muy común en esa época que en los establecimientos educacionales algunos alumnos pregunten desafiantes a sus condiscípulos si son lopiztas o no, y en caso de recibir una contestación negativa, desafían a pelear al interrogado. Más allá del rango aparentemente menor de estas anécdotas, las bravuconadas de esos estudiantes expresan un creciente sentimiento patriótico, convenientemente incentivado por el nacionalismo, donde los relatos épicos de la “Guerra Grande” van constituyendo una historiografía idealista del conflicto y de su principal protagonista. Es un relato ambiguo que mezcla la ficcionalización de la historia con la historificación de la ficción.
Hacia 1930 la creciente ideología lopizta no solamente defendía el rol histórico de Francisco Solano López, sino también de los gobernantes autocráticos que le antecedieron: José Gaspar Rodríguez de Francia y Carlos Antonio López. Esa ideología se oponía a los valores defendidos por el partido liberal, el cual se resistía a aceptar los valores tradicionales de la sociedad paraguaya y tenía los ojos puestos en el cosmopolitismo de Buenos Aires. La modernidad de los liberales se oponía al perfil rural del Partido Colorado, cuyo líder principal, el general Caballero, había sido hombre de confianza de López a lo largo de toda la Guerra, en rigor de verdad uno de los pocos oficiales que había salvado su vida de los arranques de demencial paranoia persecutoria del mariscal en las postrimerías del conflicto. Los colorados, olvidando la reconversión del propio Caballero como pieza clave de la política brasileña en la posguerra, se creían nacionalistas y acusaban a los liberales de reflejar valores extranjeros. Para los colorados, los liberales eran “legionarios”, es decir, miembros de la Legión Paraguaya, la pequeña fuerza militar de exiliados paraguayos que habían peleado a las órdenes del liberal argentino Bartolomé Mitre contra el régimen de López.

Una guerra ganada, resignifica una guerra perdida

La reelaboración de la memoria histórica en Paraguay activada por los lopiztas, contribuyó a que esa sociedad comenzara a exhibir un renacimiento del sentimiento nacional. La adhesión que manifestaba un sector mayoritario de la población hacia la recreación nacionalista del pasado centrada en la guerra, fue percibida por el gobierno paraguayo como una herramienta de eficaz operatividad en el contexto de creciente conflictividad con Bolivia por el litigio del Chaco.
Estallada la guerra en 1932 y durante los tres años que esta duró hasta la victoria militar paraguaya de 1935, era habitual en publicaciones dirigidas tanto a los soldados guaraníes como a la población en general, encontrar este tipo de analogías entre Francisco Solano López y los mandos del conflicto chaqueño: “el Mariscal fue la personificación fascinante de las virtudes excelsas de su raza, como lo son ahora tantos jefes que en el Chaco, con su voluntad irreductible, están encadenando la victoria. En ellos y en su ejército revive el Mariscal, el espíritu de ese profesor de heroísmo que brindó al Universo una emoción de epopeya y le enseñó cómo [...] se muere por la Patria”.
La guerra del Chaco significó para el Paraguay la reivindicación de su sentido de nacionalismo y su orgullo y confianza como nación. Esto tuvo su catalizador, en lo interno, en un amplio movimiento político liderado por los héroes militares de la guerra y sustentado en las estructuras partidarias del coloradismo. El 17 de febrero de 1936 esos golpistas derrocaron al presidente Eusebio Ayala (terminando con treinta y dos años de mandato continuo del partido liberal) y lo reemplazaron por el jefe más activo del Ejército, el coronel Rafael Franco.
Los llamados febreristas, triunfantes en su alzamiento oficializaron la reivindicación de la figura del mariscal con la promulgación de un decreto el 1 de marzo de 1936, aniversario de Cerro Corá, por el que se declaró "héroe nacional a López, inmolado en representación del idealismo paraguayo". En setiembre del mismo año fueron igualmente declarados por decreto, próceres beneméritos José Gaspar Rodríguez de Francia y Carlos Antonio López. La implícita xenofobia del régimen militar encuentra también justificación en la exaltación de la figura del Supremo. El ostracismo que el doctor Francia expresaba en las barreras impuestas a la extranjería de porteños, correntinos y brasileños que intentaban avasallar al Paraguay, encuentra correlato en un nuevo tipo de extranjero: aquel de “ideas foráneas” que pretende subvertir un orden tradicional. En ese marco no es extraño que el principal crítico a la labor política, periodística y cultural desarrollada dos décadas atrás en Paraguay por Rafael Barrett (doblemente extranjero: por su nacionalidad y por su ideología anarquista) fuera Juan O´Leary. El nacionalismo dogmático y estatista de este, se hallaba en armonía con la dictadura de Rafael Franco. El culto que se rendía desde el gobierno febrerista a López mostraba una concepción de Estado claramente favorable a los regímenes de fuerza, explicitado en el discurso vindicador de la figura del mariscal, donde el rol del ejército era trascendental: “... no son las instituciones, sino las gestas militares, las que dan cuerpo a la nación. Guiado por un jefe heroico, el ejército encarna naturalmente los intereses del país y es al mismo tiempo el encargado de luchar contra el enemigo interior y exterior”.
El lopizmo, movimiento inicialmente nacido para dar cierta legitimidad política al origen de los bienes materiales reclamados por los descendientes del dictador ya por entonces se ha desprendido totalmente de ese supuesto inicial. Despojado entonces de su “pecado original”, se irá consolidando ideológica y políticamente en los años posteriores, dando exitosa batalla en el campo historiográfico.

“Solamente los que andan de a pie no se caen del caballo”

La consulta en un diccionario biográfico nos dará de Juan Natalicio González una acotada información sobre su paso por este mundo: “Político y escritor paraguayo (Villarrica, 1897-México, 1966). Dirigente del Partido Colorado y presidente de la República (1948), fue derrocado por un golpe de estado (1949). Escribió varios estudios históricos y libros de poesía en guaraní y en castellano.”
Estos breves datos no alcanzan a dar cuenta de un hecho fundamental en esta historia: Natalicio González fue quien tomó la posta de Juan O´Leary en la construcción del lopizmo en la década de 1930 y en cierta forma es el que da definitiva estructura a una ideología autoritaria y antiliberal que servirá de sostén a la futura dictadura de Alfredo Stroessner.
En 1935 González escribe El Paraguay Eterno, obra en la que intenta demostrar que el liberalismo era un pensamiento exótico en el país y que existía una sola «esencia nacional», resultante de la tríada «tierra, raza e historia». Para González, militante del Partido Colorado, el liberalismo era una doctrina contraria a la naturaleza de la sociedad paraguaya y tenía por objeto arruinar el país. El Paraguay debía “estrangular el liberalismo”, hacer tabla rasa con el sistema político que, mal que mal, transitaba desde 1870 para volver a un autoritarismo similar al imperante en los gobiernos del Doctor Francia y de ambos López. “La doctrina liberal es el veneno que emponzoña el alma de la patria y le impide tornar a ser la nación grande y fuerte que fundó la civilización en el Río de la Plata.”
Curiosamente, esta xenofobia provenía en González de la influencia recibida de pensadores de extrema derecha europeos. Tal el caso del francés Charles Maurras, que le reforzó su antiliberalismo y le aportó el antisemitismo racionalizado intelectualmente. González llegó al extremo de atacar al liberal presidente Eusebio Ayala, quien fuera derrocado por los febreristas, bajo la acusación de “profesar la concepción judaica de la patria”.
Esta manifiesta xenofobia no debe impedirnos reconocer en Natalicio González a un sólido intelectual. Paradójicamente su repulsa a la extranjería no fue un obstáculo para que durante muchos años de residencia en la cosmopolita capital argentina, prestigiara con su inteligencia y erudición la brillante redacción del popularísimo (y amarillista) vespertino porteño Crítica. Allí compartió tertulias memorables con personalidades situadas por derecha e izquierda en las antípodas de su pensamiento, como el liberal Jorge Luis Borges o el comunista Raúl González Tuñón. Cuando tras ejercer por apenas cinco meses la Presidencia del Paraguay, fue defenestrado por una asonada interna, sus antiguos compañeros del diario fundado por Natalio Botana, preocupados por su suerte gestionaron que el presidente argentino Perón exigiera a su flamante y faccioso par paraguayo seguridades para su persona. Poco después una comunicación telefónica llevó a la redacción de Crítica en Buenos Aires la voz de Natalicio González que desde el puerto de Asunción donde iniciaba un exilio que sería definitivo, explicaba las peripecias de su paso por la convulsionada política guaraní y culminaba su exposición con gracejo e ironía al sintetizar las causas de su derrocamiento explicando que “solamente los que andan de a pie no se caen del caballo”.
González lejos estuvo de ser, al contrario de su predecesor Juan O´Leary, un acomodaticio o un escriba de una causa por motivos económicos. Si bien es cierto que su presencia en el poder fue efímera, la influencia de este sobre el nacionalismo paraguayo fortaleció en el Partido Colorado tendencias y prácticas favorables al régimen político autoritario y al rechazo a las formas institucionales democráticas. Una praxis que al rechazar recurrentemente las concepciones liberales, fue preparando el terreno tras una década de inestabilidad y módicas guerras faccionales para la llegada de una larga autocracia.
Stroessner, dictador colorado entre 1954 y 1989, heredó esa ideología y la adaptó al contexto internacional y regional de la guerra fría, donde su cerril anticomunismo encubrió simples apetencias de poder personal.
La mezcla de nacionalismo y lopizmo se hizo entonces doctrina omnipresente e indiscutible, apoyada por el Estado. Como vimos en la primera parte de este trabajo, el régimen strossnista impulsó una continuidad con el pasado sintetizada en la “línea histórica”: López-Caballero-Stroessner . Al último de esta triada no le interesaba la apología de héroes civiles y de la eficiencia del Estado liberal; antes bien deseaba promover la ideología autoritaria y militarista.
Como señala el historiador Francisco Doratioto, respaldado por las instituciones estatales de un régimen policial, fue que el nacionalismo lopizta se impuso por la propaganda sistemática, por la persecución al pensamiento crítico en la universidad, por la restricción de la libertad de prensa y por la inhibición a la investigación histórica con base metodológica científica. A esto hay que agregar que la corporación de historiadores prohijados por Stroessner llevó a cabo una política de destrucción sistemática de los documentos que la contradecían. A consecuencia de esos actos, hasta casi la década de 1990 la sociedad paraguaya tuvo un conocimiento distorsionado del proceso histórico del país. Había una percepción irreal de sus relaciones internacionales en el pasado así como de su rol en el contexto regional. Se inculcaba la idea de que cabría a caudillos de personalidad fuerte la conducción del Paraguay.
En este contexto no es un hecho menor que en la década de 1960 el ya nonagenario y siempre acomodaticio O’Leary declarara heredero del mariscal López al general Stroessner. Poco después El Reinvidicador bajó a la tumba e inmediatamente Stroessner ordenó levantar un monumento a O’Leary que todavía sigue en pie en la plaza O’Leary de Asunción, que aún se llama así.

Un líder antiimperialista




Hemos ido avanzando en este trabajo sobre la evolución del lopizmo, desde su original propuesta acotada a dar legitimidad a los dudosos derechos sobre bienes inmobiliarios de los descendientes de López, hasta el proceso que en las tercera y cuarta décadas del siglo XX transforma a su figura, de dictador y responsable de una guerra desastrosa para su país, en héroe, víctima de la agresión de la Triple Alianza y paradigma del patriotismo paraguayo. En ese estadio, en la segunda mitad del siglo XX la interpretación de la guerra se construirá -de manera predominante en Paraguay pero con notable acogida entre intelectuales de los países vecinos- sobre la base de tres variaciones del enfoque imperialista y de los postulados que ofrecería la influyente Teoría de la Dependencia.
Compartimos lo postulado en una excelente investigación por la historiadora rosarina Liliana Brezzo, en el sentido que en esencia la teoría imperialista sobre el origen de la guerra exhibió durante esos años tres versiones:
La primera establecía que la guerra fue provocada por Gran Bretaña para abrir en el Paraguay un campo de rentables inversiones y un mercado para las exportaciones británicas.
Una segunda teoría se basada en la crisis del algodón de mediados del siglo XIX, que sostenía que la guerra civil en los Estados Unidos había creado tan grave alteración del mercado que los británicos consideraron al Paraguay como un proveedor que compensaría la declinante oferta de los estados confederados enfrentados entonces bélicamente al norte industrial yanqui.
La tercera teoría argumentaba que la incompatibilidad política del gobierno liberal al estilo europeo y el capitalismo estatal al estilo paraguayo habría conducido a Gran Bretaña a financiar una guerra encubierta mediante préstamos a los gobiernos brasileño y argentino.
En la década de 1980-90 esta taxonomía comenzó a ser revisada en Paraguay en el contexto abierto por la recuperación de las libertades. El año 1989 propició una renovación fundamental de la historiografía paraguaya que ahora tenía gracias a los saludables aires pos strossnistas, generalizado acceso a fuentes, a los archivos, a modernas metodologías historiográficas y nuevos campos temáticos. A esa situación específicamente paraguaya se agregó el proceso de integración regional que ha contribuido -sostiene Brezzo- a una entronización de la alteridad y a una reflexión acerca de las posibilidades y condiciones mismas de la mirada desde afuera.
Investigadores paraguayos y de otras nacionalidades al indagar conjuntamente sobre el origen y las causas de la guerra demostraron de manera convincente que cualquiera sea la versión de la explicación imperialista que se aplique, la evidencia disponible hasta el momento presta sorprendentemente poco apoyo empírico a la misma.
Estos trabajos ofrecen, entre otras pruebas, la dimensión diminuta que presentaba el mercado consumidor paraguayo por la falta de poder adquisitivo de la población como para despertar en Gran Bretaña un verdadero interés en su apertura. De haber existido -consideran- una vez removido el obstáculo para su apertura (la dictadura de López) los británicos habrían invertido grandes sumas, aumentando de manera significativa el comercio. Pero esto no ocurrió: la evidencia presentada descubre que hacia 1880, por ejemplo, el Paraguay ocupaba uno de los últimos puestos en el ranking de inversiones británicas en América Latina.
En cuanto a la teoría de la crisis del algodón hay que comenzar por recordar que la Guerra del Paraguay se inició cuando la lucha norteamericana terminara y que, durante los cuatro años de ese conflicto Gran Bretaña había ubicado otras fuentes alternativas, particularmente en Egipto y en Brasil; por otra parte el algodón constituía un renglón muy pequeño de la exportación paraguaya, incapaz de atender las demandas que los británicos buscaban. Finalmente, la más firme desmentida de este argumento se basa en los propios esfuerzos que López desplegó entre 1862 y 1865 para encontrar mercados a los productos paraguayos, yerba y especialmente algodón; por lo tanto no puede afirmarque López habría impedido que el Paraguay exportase tanto algodón como le fuera posible.
¿Por qué tuvieron tanta atracción estas interpretaciones en la segunda mitad del siglo XX? Hay que admitir que culpar a Gran Bretaña por el inicio del conflicto satisfacía en las décadas de 1960 a 1980 a distintos intereses políticos: para algunos se trataba de mostrar la posibilidad de construir en América Latina un modelo de desenvolvimiento económico no dependiente. Modélicamente apuntaban como un precedente el estado paraguayo que fuera regido de manera despótica y autárquica (se aceptaba lo primero en aras de lo segundo) por el doctor Francia y los López. Acabarán, por lo tanto, por negar esa posibilidad en la medida en que presentaran a la potencia central -Gran Bretaña- como omnipotente, capaz de imponer y disponer de los países periféricos, de manera de destruir cualquier tentativa de no-dependencia.
Por su parte, la visión maniqueísta y mistificadora de López no solo interesaba como al régimen dictatorial de Stroessner. También les convenía a sus enemigos políticos e ideológicos. En esa visión López era expuesto en condición de víctima de una conspiración internacional que prefirió morir a ceder a presiones externas. Por otra parte, estos presupuestos y conclusiones sufrirán una fuerte influencia del contexto histórico en que fueron escritos. Las décadas de 1960-70 se caracterizarán en América del Sur por gobiernos militares. Una forma de luchar contra el autoritarismo que asolaba el continente era minar sus bases ideológicas. Los regímenes de fuerza estaban encabezados por militares golpistas que hacían -de la boca para afuera- de su liberalismo un credo similar al de su anticomunismo. Y que no tuvieron el menor prurito en echar abajo en sus respectivos países de actuación, la democracia y las instituciones, so pretexto de defenderlas. La Doctrina de la Seguridad Nacional a la que estos pretores adscribían los convertían de modo explícito en monigotes funcionales al imperialismo yanqui.
En ese contexto hacer del imperialismo inglés el responsable máximo y casi excluyente de la Guerra contra el Paraguay dio a ese conflicto un carácter ideológico y permitió que se retratara a López como héroe antiimperialista. Ese carácter viabilizó la aceptación del nacionalismo lopizta por parte de la intelectualidad latinoamericana de izquierda. Por esta causa el nacionalismo lopizta antiimperialista fue tan exitoso entre los intelectuales al atacar el liberalismo que arropaba en la Guerra Fría a los militares facciosos latinoamericanos.
Al fin y al cabo, Bartolomé Mitre, presidente de Argentina que luchó contra López y mantuvo una lealtad inconmovible a su aliado brasileño pese a las dificultades casi insolubles surgidas en el frente interno, fue la más destacada figura del liberalismo porteño y el fundador de un diario, La Nación, el cual se asumió como el vocero prestigioso de la burguesía liberal argentina que se benefició con los recurrentes golpes militares ocurridos a partir de 1930. En Brasil, donde los militares ocuparon el poder entre 1964 y 1985, Caxias y Tamandaré, jefes de las fuerzas brasileñas en la guerra, fueron convertidos en próceres modélicos del ejército y de la marina, respectivamente
He ahí, la razón en gran parte, de la acogida vergonzosamente acrítica y el consiguiente éxito en los medios intelectuales de la versión del revisionismo lopizta sobre la Guerra del Paraguay, versión aceptada por atacar el pensamiento liberal, por denunciar la acción imperialista o por criticar el desempeño de los jefes militares aliados. En estas interpretaciones, subyace muy a flor de tierra la construcción de un paralelismo entre la Cuba socialista, aislada del continente americano y hostilizada por Estados Unidos y la presentación de un Paraguay de dictaduras progresistas y víctima de la potencia entonces más poderosa del planeta, Gran Bretaña.
En este comienzo del tercer milenio, junto a la caída de la otrora popular Teoría de la Dependencia y al consiguiente deshielo del mito imperialista sobre el origen de la Guerra del Paraguay, estamos en presencia de investigadores que han contribuido al esclarecimiento de una serie de cuestiones que aparecían inviolables hasta hace poco tiempo.
Pero si hay un descrédito notorio en el mito de López como líder antiimperialista, persiste en la conversación general de vastos sectores un halo romántico sobre su figura.

La proeza de un matón, sangrienta

Al igual que el hombre del casino provinciano retratado por Antonio Machado en “El pasado Efímero”, varias generaciones de latinoamericanos formados en determinado sentido común histórico por las corrientes revisionistas que en las décadas del 60 y 70 asolaron las historiografías regionales, solo se animan en relación a hechos del pasado si alguien cuenta la hazaña de un gallardo bandolero, o la proeza de un matón, sangrienta.
Esa sedimentación de valores incorporados a lo largo de décadas explican determinadas persistencias conceptuales y discursivas. Esto nos permite entender el porque el revisionismo histórico que creó la ideología lopizta, pervive y se reproduce en la conversación general de amplias capas de la población. No bastó con la caída del régimen dictatorial de Stroessner y el comienzo -por primera vez en su existencia autónoma desde 1811- de una sociedad paraguaya con valores democráticos (con las dificultades y retrocesos naturales a todo proceso de esta índole), para que desapareciera la ideología autoritaria centrada en la figura de López.
Aún personajes claramente comprometidos con la nueva institucionalidad guaraní que sufrieron la persecución de la dictadura strossnista, hicieron suyo respecto a la visión de esa figura, un discurso similar al del caído autoritarismo colorado.
Así en 1982 Augusto Roa Bastos, uno de los más grandes escritores latinoamericanos, autor de textos esenciales de la literatura contemporánea de habla española como Hijo de Hombre y Yo, el Supremo, afirmó que Paraguay hacia mediados del siglo XIX, había alcanzado “una efectiva independencia y su autonomía económica”. Según Roa Bastos, el país fue arrastrado por la Triple Alianza a la guerra tramada y financiada por la “política de dominación del imperio británico”.
En idéntica sintonía, para Domingo Laíno, presidente del Partido Liberal, todos los males del país comenzaron en 1870 con la muerte del mariscal López. En esto coincide plenamente con el presidente del Partido Comunista, Oscar Creydt, que como informó un periódico asunceño fue uno de los “integrantes del Frente Patriótico Paraguayo (que) rindieron ayer un homenaje al ex presidente y héroe máximo del país, el Mariscal López. [...] Los asistentes valoraron el patriotismo y nacionalismo de López y esperan que las generaciones siguientes] partidos Revolucionario Febrerista, Demócrata Cristiano, Comunista Paraguayo, Frente Amplio, Humanista y Convergencia Popular Doctor Francia”.
La dirigencia política suele no comer vidrio. Este tipo de declaraciones encuentran sin duda favorable acogida en las bases de las distintas agrupaciones firmantes. Y en aquellos sectores no tan minoritarios que aún añoran los “buenos tiempos del alemán (Stroessner)” y defienden la construcción del pasado formulada por ese régimen, con agresiva intemperancia.
Así se entienden las amenazas físicas y verbales que sufriera por parte de indignados lopiztas el escritor Guido Rodríguez Alcalá, autor de una novela que cuestiona no solo al personaje principal que aparece en sus páginas sino a toda la “línea histórica”: López-Caballero-Stroessner construida por el coloradismo en la que ese personaje opera como nexo entre el pasado lejano y el cercano. Caballero, tal el título de su novela publicada en 1986, es el paradigma de una desmitificación irónica muy acorde con las técnicas de la “nueva novela histórica hispanoamericana”. Rodríguez Alcalá acomete una iconoclasta tarea narrativa retratando a Francisco Solano López como un cobarde paranoico obsesionado por hipotéticas conspiraciones; a Bernardino Caballero (fundador del Partido Colorado, y considerado por el revisionismo, el sucesor de López) como un pícaro servil y aprovechado; y a los aliados como unos ineptos más interesados en beneficiarse de la guerra que en ganarla. Así, la contienda que los revisionistas habían convertido casi en un mito fundacional queda desdibujada y degradada. Cosa que no podía ser aceptado por quienes creían firmemente en ese mito. Y que respondían con el ataque a quienes como este escritor, perturbaban la convicción acerca de un pasado que ellos consideraban inmutable e inmodificable.



No es fácil destruir un mito, aunque la lógica de las evidencias, las fuentes y los documentos señalen claramente los pies de barro que lo mantienen erguido. Aún hoy los textos escolares paraguayos siguen proponiendo como modelos a seguir por las nuevas generaciones, a los niños que perecieron en agosto de 1869 en la batalla de Acosta Ñú, permitiendo con su holocausto que el dictador se pusiera a salvo de sus perseguidores. Es habitual que los padres ofrezcan a los adolescentes la lectura de obras sobre el tema. Escritas por lo general por autores populistas, destacan el coraje de esos chicos, pretendiendo avivar la indignación del lector contra los aliados argentinos-brasileños-uruguayos porque estos lucharon contra un enemigo más débil, al que exterminaron pese a su corta edad. Sin negar la creciente brutalidad en la etapa final de la guerra de las fuerzas brasileñas (en especial luego de retirarse del comando de las mismas el marques de Caxias y ser reemplazado por un yerno del emperador, el conde D’Eu), y de los argentinos que al mando del general Emilio Mitre se habían convertido casi en una asociación ilícita que secuestraba menores para pedir rescate, hay en ese razonamiento una indudable inversión de pruebas. Hasta la Decembrada -esa serie de combates que a fines de 1868 abrió el camino para que Asunción fuera ocupada por los aliados-, López podía esgrimir la necesidad de impedir el avance del enemigo con la esperanza de llegar a algún final favorable (o al menos una salida decorosa) para el Paraguay, incluyendo una intervención de países neutrales o el cansancio de guerra que empezaba a afectar el frente interno de Argentina y en menor medida de Brasil. Pero luego de la batalla de Lomas Valentinas quedó claro que la guerra estaba definitivamente perdida. No había ya ninguna justificación militar para que el autócrata paraguayo pusiera a luchar a niños casi desarmados contra soldados profesionales. Sin embargo eso fue lo que hizo. Y en su creciente y demencial criminalidad llegó al voluntarismo de intentar cambiar las leyes de la biología: por un decreto del 14 de febrero de 1869 declaró adultos a los varones de doce años. Esta conducta indefendible del dictador que llevó al innecesario sacrificio de miles de jóvenes víctimas, sigue siendo meritada por una parte considerable de la opinión pública paraguaya como admirable, demostrativa de la voluntad de resistencia de López, quien era acompañado “voluntariamente” por todo el pueblo guaraní en su obstinación, al punto que las madres habrían entregado sus hijos inflamadas de fe patriótica y estos habrían acudido con entusiasmo a la inmolación.
No solo los paraguayos idealizan a los actores del pasado alimentando un espejismo que transforma al victimario en víctima. Los latinoamericanos en general y los argentinos en particular, suelen ser afectos a construir héroes románticos, con virtudes inventadas o convertidas subjetivamente en tales desde el defecto inicial. A ese héroe todo se le acepta, aún aquello que se reprueba en el resto de los mortales.
Un ejemplo de esta proclividad la encontramos aún en vida de López. En julio de 1868, tras la toma de Humaitá por los aliados y el consiguiente dominio del río Paraguay por parte de la poderosa escuadra brasileña, López ordenó que cientos de sus hombres intentaran, en canoas y con armas blancas, tomar por asalto los acorazados blindados imperiales. La operación terminó en lógico desastre para los soldados paraguayos que fueron ametrallados desde las cubiertas de los navíos brasileños.
Ante la irracionalidad militar de ese ataque y la sangría de vidas unilaterales que el mismo supuso, el presidente Mitre escribió lo siguiente: “Si nosotros, argentinos, hubiéramos cometido tal absurdo, se hubiera dicho que sacrificábamos la sangre de nuestros soldados o que éramos unos burros, y que nuestros soldados eran como bueyes que se dejaban llevar al matadero. Pero como lo hicieron los paraguayos, siguiendo órdenes de López, los argentinos no tienen palabras para demostrar admiración por el heroísmo de los paraguayos y por la energía de López”.
Este análisis que supera a la coyuntura del hecho comentado, explica en buena medida la persistencia actual del lopizmo no ya como ideología específica al servicio de procesos políticos determinados, sino como andamiaje sostenedor de la figura de López, devenido en paradigmático personaje romántico de un pasado ficcionalizado ex profeso para poder escapar de los problemas o la medianía del presente.


Florencia Pagni y Fernando Cesaretti. Escuela de Historia. Universidad Nacional de Rosario.
grupo_efefe@yahoo.com.ar http://grupoefefe.blogspot.com


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BREZZO, Liliana. La Guerra de la Triple Alianza en los límites de la ortodoxia: mitos y tabúes. Ed. De la Universidad de Talca, 2007.
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DORATIOTO, Francisco. Maldita Guerra. Ed. Emecé. Bs. As., 2004.
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RODRIGUEZ ALCALA, Guido. Imágenes de la guerra y del sistema. Revue Nuevos Mundos. París, 2006.


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Y UN DIA EL PARAGUAY ATACÓ A LA ARGENTINA. 



Por Eduardo Javier Mundani Osuna 



Surtos en el puerto de la Ciudad Capital de la Provincia de Corrientes, se hallan dos buques argentinos, el "25 de Mayo" y el "Gualeguay".


Ambos vapores se encuentran en el puerto para realizar reparaciones. Están desarmados, y con sus tripulaciones disminuidas, o con permiso de tierra.

Es el Jueves de la Semana Santa de 1865.


La mañana del 13 de abril de ese año 65, cerca de las seis, cinco vapores paraguayos se aparecen frente a las costas de la Ciudad de Corrientes, navegando el Paraná. Pronto tuercen el rumbo y toman posiciones, atacando a los indefensos navíos argentinos, en una acción de guerra sin ningún tipo de provocación.

Los marinos argentinos , superados en número y sorprendidos inicialmente, intentan una resistencia heroica, pero pronto son sometidos y tomados prisioneros.


 Trescientos marineros paraguayos capturan a cerca de ochenta marinos argentinos, varios de los cuales, ya rendidos, son degollados inmediatamente por los guaraníes y sus cadáveres arrojados al río. Pronto las cubiertas de los navíos nacionales, se tiñen de rojo.


Los paraguayos arrían el Pabellón Nacional, arrojando la celeste y blanca al suelo, pisoteándola, gritando vivas por el Mariscal Francisco Solano López. Algunos marineros argentinos que intentan evitar la captura, se arrojan al agua, y son baleados, muriendo todos ellos.


En tanto, 2.500 hombres del ejército paraguayo desembarcan en la Ciudad de Corrientes, ocupando la Ciudad Capital de la Provincia homónima. Otras columnas paraguayas invaden por distintos pasos la Provincia Mesopotámica, sumando un total de 27.000 hombres de una fuerza de ocupación, que violan el territorio nacional. Dividirán sus fuerzas en dos columnas, bajando por los ríos Paraná y Uruguay. 


Los marinos sobrevivientes, pasaran el resto de la guerra en cautiverio en condiciones infrahumanas.


La ocupación paraguaya de la Ciudad de Corrientes será muy dura y cruel. Habrá secuestros, violaciones, destrucción de propiedades argentinas, y fusilamientos sumarios. Incluso, se secuestrará a varias mujeres, con sus hijos, y se las llevará prisioneras al Paraguay.


El Gobernador legítimo correntino, Manuel Lagraña, huye con algunos soldados al interior de la provincia con intención de reunir hombres, para repeler la invasión paraguaya.


Los invasores, a su vez, imponen un gobierno títere, sujeto a las decisiones de Asunción.


Casi un año demoró la expulsión de los invasores paraguayos del territorio argentino de Corrientes. Habrá batallas muy crueles y sangrientas, como Yatay o Pehuajó.

El ataque paraguayo, provocará la entrada en la guerra de la República Argentina.

El país agresor en la Guerra de la Triple Alianza fue el Paraguay.


El primer tiro fue paraguayo.


Es fáctico. 



Fotografía del Vapor "25 de Mayo" y su tripulación en 1861. Muchos de ellos morirán con la captura del vapor por parte de fuerzas paraguayas. Otros, viviran años de penoso cautiverio. El vapor apresado, servirá bajo bandera paraguaya durante varios años de la guerra.



Publicado por Miguel Angel Martínez






Carta de Lectores publicada en el Diario La Nación, de Buenos Aires, el 15 de Diciembre de 2007

Señor Director:

"Me llamaron la atención las declaraciones de la Presidenta argentina, en las que concluye que la Guerra de la Triple Alianza debería llamarse la de la «Triple Traición».

"Como senador paraguayo, conocedor de la historia desde la visión de la democracia liberal, no puedo admitir que la Presidenta de esa gran nación, por motivos políticos, llame traidores a los héroes argentinos que combatieron por largos cinco años al mayor tirano sudamericano, quien, como si fuera el rey y dueño de la nación paraguaya, obligó a una guerra suicida contra tres naciones.

"Me cuesta reivindicar a quienes primero, defendiéndose de la agresión de López, pasaron a invadir nuestra tierra, pero esta agresión no justifica la barbarie de ese tirano que, incluso, encarceló a su madre y fusiló a sus hermanos.

"Para los liberales paraguayos, los argentinos siempre fueron amigos que ayudaron a nuestra gente, miles de compatriotas exiliados por culpa de los dictadores Francia, Carlos Antonio López, Francisco Solano López, Morinigo y Stroessner.

"¿Cómo ha podido la Presidenta llamar traidores a héroes como Bartolomé Mitre o Domingo Sarmiento o a los miles de argentinos que murieron en esa guerra que jamás se hubiera dispuesto si al Paraguay lo hubiera gobernado un presidente democrático."

Senador Alfredo Luis Jaeggli
Partido Liberal. Presidente de la Fundación Libertad.
Mariscal López 2323. Asunción (Paraguay)

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/Archivo/nota.asp?nota_id=971168

 _________________     



Una comparación entre Brasil y Paraguay en Vísperas de la Guerra de la Triple Alianza


En 1864 las diferencias entre el Brasil Imperio y Paraguay eran grandes, tanto en el ámbito económico como en la situación política y cultural
En 1860, el comercio exterior de Paraguay (560.392 libras esterlinas) era 42 veces menor que el brasileño (23.739.898 libras esterLinas). También se constata una situación similar en relación con la capacidad de recaudación de impuestos. Respecto a este elemento la economía paraguaya en el año 1864 (314.420 de libras esterlinas) era 14 veces menor que la brasileña. (4.392.226 libras esterlinas)
La falta de inversiones en infraestructura interna terminó generando un país atrasado, que en 1870 apenas tenía carreteras y tenía pocos núcleos urbanos, que estaban rodeados de vegetación cerrada. Los aportes de la economía Paraguaya se revertieron básicamente en un proyecto de modernización militar, mediante la importación de armamentos, bienes de capital y técnicos, en su mayoría ingleses.
El Gobierno controlaba los medios de prensa, constituidos por el periódico oficial (el Semanario) y la única "alternativa" (el Eco del Paraguay). Los extranjeros tenían prohibido comprar tierras en el país y nadie estaba autorizado a entrar en Paraguay con libros, revistas o periódicos procedentes del extranjero.
El Estado Paraguayo era propietario de alrededor del 90% del territorio, y aproximadamente el 80% de la economía y no había ninguna posibilidad de actuación de la iniciativa privada, ya sea por la falta de capital o incluso por la ausencia de una clase social para tal fin. Así, el Estado, bajo un nuevo sesgo, asumió el protagonismo en la economía.
Brasil Imperio, aunque su economía también es esencialmente agraria y dependiente del trabajo esclavo, jamás hizo imposible la libre iniciativa o la empresa, con 112 industrias y 870 periódicos independientes en 1864. La Carretera de Ferro (ferrocarril) Dom Pedro II en Río de Janeiro era la más grande de América Latina en 1864 (450 kilómetros)
La hegemonía de Brasil en el Plata era evidente. Los intereses de brasileños presentes allí representados por el Banco Mauá que defendía los intereses de los charqueados gauchos, que poseían más del 30% de las tierras uruguayas.
Inglaterra, en el período inmediatamente anterior a la guerra, fue el país que más se benefició de la movilización militar paraguaya, al recibir gran parte del capital oriundo del Paraguay, dado que el material y los técnicos importados eran, en su mayoría, ingleses. Esta situación cambió desde el principio del conflicto en la región, visto que el bloqueo del río Paraná aisló a Paraguay, interrumpiendo cualquier posibilidad de comercio.
A pesar de las aparentes disparidades con su vecino, Francisco Solano López sabía de la debilidad Militar de Brasil (que en 1864 tenía un contingente de solo 10 mil hombres, frente a 120 mil de Paraguay) en Mato Grosso y jamás imaginó que Don Pedro II estaría dispuesto a movilizar todo su Imperio en Una Guerra contra la Invasión Paraguaya. Fue realmente su mayor error estratégico.


Fuente: Guerra del Paraguay: un análisis de la decisión paraguaya de estallar el conflicto basado en la evaluación del Poder Nacional de ese país en aquel momento. Cel Inf LUIZ DUARTE DE HIGUERO NIETO




EL PARAGUAY DECLARA LA GUERRA A LA ARGENTINA. "NO AL REVÉS".


La declaración de guerra del Paraguay al gobierno argentino fue el 18 de marzo de 1865.

López convocó al Congreso Nacional paraguayo a partir del 15 de febrero. Este cuerpo aprobó las medidas de López adoptadas contra Brasil, otorgó al presidente el grado de Mariscal de los Ejércitos Patrios y confirmó la creación de la Orden del Mérito.
El 18 de marzo el Congreso aprobó y autorizó por ley al presidente López a declarar la guerra "al actual gobierno de la República Argentina". López promulgó la declaración y ésta fue publicada en El Semanario el 23 de marzo. Finalmente, los motivos alegados por el presidente López en su nota del 29 de marzo para declarar la guerra contra el gobierno Argentino bajo la presidencia de Mitre fueron los siguientes:
1º La negativa del gobierno de Buenos Aires a conceder el tránsito inocente por su territorio de las tropas paraguayas que llevaban la guerra al Brasil.
2º La protección prestada por el mismo gobierno a la revolución del general Flores en el Estado Oriental, para derrocar á su gobierno legítimo.
3º Connivencia del gobierno argentino con el Imperio del Brasil para que éste se apoderara del Estado Oriental, hecho que perturbaba el equilibrio político del Río de la Plata.
4º Tolerancia del presidente Mitre para la formación de una legión paraguaya en Buenos Aires, destinada a unirse al ejército brasileño.
5º "Empero el gobierno de V.E. (de Mitre) no juzgó todavía suficiente este proceder hostil e ilegal para realizar los fines de su política con el Paraguay: la calumnia y los insultos a la nación y gobierno paraguayo no le detuvieron, y los órganos oficiales de la prensa porteña abundan en producciones tan soeces é insultantes que en ningún tiempo la más desenfrenada licencia y abuso en ningún país supo producir".
6º El pedido de explicaciones hecho al gobierno de Asunción acerca de la reunión de fuerzas nacionales en la orilla izquierda del Paraná.
7º Los insultos y las calumnias de la prensa oficial porteña al Paraguay y su gobierno.
Por lo que se desprende del texto de declaración de guerra al gobierno argentino emitido el 29 de marzo de 1865, al gobierno de López le afectaban sustantivamente las opiniones de los periódicos de Buenos Aires acerca de su régimen. Muchos de los puntos pueden ser cuestionados por ser decisiones internas y sujetas a la soberanía argentina. López en su idea de fragmentar la sociedad argentina, dividió la opinión pública entre porteños y el interior.

Fuente: Historia General de las relaciones exteriores de la República de Argentina.



Otra opinión:


¿Acaso era evitable la guerra del Paraguay o en algún momento Paraguay de por sí entraría en guerra con los 3 países o solo con uno de ellos sea Argentina o Brasil?


La guerra del Paraguay era absolutamente evitable. Argentina recién había terminado unos años antes, en 1862, con un ciclo larguísimo de guerras internacionales y civiles que había comenzado con la independencia. Mitre no tenía ningún interés en embarcarse en una nueva guerra. Tampoco Brasil buscaba una guerra con Paraguay.

Es cierto que ambos, Argentina y Brasil, querían condicionar la política interior de Uruguay, como había sido tradición desde que Uruguay obtuvo su independencia. Brasil intervino abiertamente para apoyar una revuelta contra el gobierno uruguayo; Argentina lo hizo de manera más disimulada y sin enviar tropas sobre el terreno. En esto no hay nada nuevo: lo que hizo Mitre fue esencialmente lo mismo que hicieron Rosas y Urquiza antes que él: asegurarse que en Montevideo hubiera un gobierno amigo.

La guerra estalló porque la quiso un dictador megalómano y gravemente perturbado, Francisco Solano López. Su ambición era convertir a Paraguay en una potencia regional, pero como suele ocurrir en estos casos, sobreestimó sus propias fuerzas y se lanzó a una aventura disparatada que solamente podía terminar como terminó.

Si Solano quería convertir a Paraguay en una potencia regional - ambición que en sí misma era legítima - debería haber aprovechado alguna de las muchas desavenencias entre Brasil y Argentina y tomar partido por uno y contra el otro. Declarar la guerra a dos potencias mayores, primero a Brasil y después a Argentina, contravino todas las reglas de la estrategia y de la diplomacia. Fue tan delirante como si Polonia le declarara la guerra a Alemania y a Rusia: no había manera de que el asunto terminara bien.

La única explicación que encuentro para una política tan errática es psicológica: Solano López no era un ejemplo de sensatez y equilibrio mental. La conducta de Solano es propia de un paranoico: avanzada la guerra, hizo fusilar a cientos de paraguayos bajo la sospecha de conspirar contra su gobierno, incluyendo al obispo de Asunción y a su propio hermano. Incluso su madre y sus hermanas fueron apresadas por orden suya.

También hay otras explicaciones, como la leyenda rosa de los revisionistas argentinos. Explican que Paraguay tenía un nivel de desarrollo industrial superlativo y que Inglaterra conspiró para destruirlo, porque sus exportaciones industriales le hacían competencia y para evitar que los demás países de América Latina siguieran un camino propio de desarrollo. Una versión alternativa explica que Inglaterra - siempre los ingleses tienen que ser los agentes del Mal - quiso asegurarse un suministro propio de algodón, para compensar la interrupción del abastecimiento de este producto como consecuencia de la Guerra de Secesión.

Estas explicaciones son falsas en muchos niveles. En primer lugar, es difícil de explicar cómo hicieron los británicos para provocar la guerra, cuando ésta comenzó con dos actos de agresión por parte de Paraguay. La guerra contra Brasil comenzó con el apresamiento del vapor brasileño Marqués de Olinda en noviembre de 1864 y la invasión paraguaya del estado de Matto Grosso el mes siguiente. Las hostilidades contra Argentina comenzaron exactamente igual, con el ataque por sorpresa a dos buques de la armada anclados frente a Corrientes y la captura de esa ciudad inmediatamente después. Salvo que los ingleses controlaran al estado mayor paraguayo, no se entiende cómo podrían haber provocado la guerra.

Otra falsedad evidente es la que se refiere al nivel de desarrollo de Paraguay. En 1865, los países verdaderamente industrializados en el mundo se podían contar con los dedos de una mano: el Reino Unido, Bélgica, Francia, el Norte de Estados Unidos y algunos de los estados que muy poco después conformarían Alemania. Punto. Había un incipiente desarrollo industrial en algunas otras regiones, como Bohemia y Lombardía, pero eso era todo. Incluso países que más tarde se convertirían en potencias industriales, como Japón o Rusia, no habían comenzado todavía a transitar ese camino. En América Latina, no había un solo país que estuviera cerca de un desarrollo industrial, y menos Paraguay, que era uno de los países más atrasados y sin duda el más aislado. Para alcanzar el desarrollo industrial en el siglo XIX, hacían falta un mercado interno importante, inserción en los mercados mundiales, una mano de obra calificada, infraestructura adecuada y un sistema legal moderno. Cada uno de los países que mencioné más arriba cumplía con todos esos requisitos: Paraguay, con ninguno. El Paraguay de 1865 era un país rural con una población abrumadoramente analfabeta. Sus únicos productos de exportación eran yerba mate y madera. No tenía ninguna fábrica de bienes de consumo. Tampoco tenía universidades para formar los cuadros necesarios para una revolución industrial (la Universidad del Paraguay fue creada después de la guerra). Lo que nuestros revisionistas llaman "industrialización" se reducía a una fundición de cañones (tecnología del siglo XVII), un par de astilleros que construían buques en madera (similares a los que existían en Corrientes, Argentina, o en Salto, Uruguay) algunos talleres de maestranza destinados a abastecer al ejército y una pequeña línea férrea que iba de Asunción a Areguá (unos 20 Km.) inaugurada pocos años antes de la guerra. Que Inglaterra se sintiera amenazada por el poderío industrial de Paraguay es francamente ridículo.

Por otra parte, si los ingleses hubieran querido intervenir militarmente en Paraguay, podrían haberlo hecho sin ningún inconveniente. En 1858, un conflicto muy menor entre Paraguay y Estados Unidos se saldó con el envío de una escuadrilla naval estadounidense, que obligó al gobierno de Carlos Antonio López a negociar y pagar reparaciones. Las fuerzas navales británicas eran incomparablemente superiores a las de Estados Unidos: habría bastado con el envío de dos cañoneras para ordenarle las prioridades al gobierno paraguayo. Si no lo hicieron es porque la importancia estratégica de Paraguay para el Imperio Británico era nula.

En cuanto a la explicación relativa a las importaciones de algodón, hay que recordar que el comienzo de la Guerra de Secesión y la interrupción del suministro a las fábricas textiles europeas habían ocurrido varios años antes, en 1861. Si bien eso provocó una breve crisis en las textiles de los Midlands, los británicos reemplazaron esas importaciones con otras provenientes de su imperio formal (la India) e informal (Egipto). Teniendo algodón de primera calidad en Egipto, bastante cerca de los centros de consumo, no se entiende por qué los ingleses habrían de buscar el desarrollo de la producción algodonera en el medio de América del Sur, en un país que no producía más que cantidades mínimas de ese cultivo. Y sobre todo, no se entiende por qué habrían provocado la entrada de Argentina en la guerra, en mayo de 1865, cuando la Guerra de Secesión había terminado el mes anterior, con la rendición del General Lee en Appomattox Court House. El final de la guerra tuvo como consecuencia la inmediata reapertura de las exportaciones de algodón de Estados Unidos.

La historia demuestra que los dictadores paranoicos y agresivos terminan mal, y sus pueblos pagan un precio desproporcionado: Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial, Irak en 1990 y Paraguay bajo Solano López.


Por Rogelio López Lage.




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lunes, 24 de diciembre de 2007

EL MINISTRO ARGENTINO DE HITLER

Tres hombres marcaron el pensamiento nazi que hizo estragos en el mundo: Alfred Rosemberg, Walter Darré y el propio Adolf Hitler.


De izquierda a derecha: Josef Goebbels, Adolf Hitler, Ernst Röhm, Hermann Göring, Walther Darré y Heinrich Himmler, 30 enero 1933, del libro '¿Quién era Goebbels?', Wilfred von Oven, Editorial Revisión, Buenos Aires, 1988.

La creación de la “raza superior”, con la cual el Tercer Reich deseaba poblar el mundo, fue una tarea confiada por Adolf Hitler a Walther Darré, un argentino nacido en una apacible calle del barrio de Belgrano que pasó la primer parte de su vida en Buenos Aires. Fiel al suelo en que nació, Darré estudió agronomía. Peleó como oficial alemán en la Primera Guerra. Tras adherir al nazismo, encandiló a Hitler con sus aberrantes teorías raciales para el “imperio alemán de los alemanes”, fue ministro de Agricultura de casi todo el Tercer Reich, logró el fervoroso apoyo del campesinado germano y fue sentenciado por los aliados en Nuremberg, todo sin perder su particular acento castellano.

Sus dos obras más importantes, el Campesino como fuente de vida de la raza nórdica (1928) y Nueva nobleza de sangre y de suelo (1930), fundaron una doctrina agraria basada en los lazos de "la sangre y el suelo" (Blut und Boden). Walter Darré quiso demostrar que la raza nórdica, debido a que era campesina, era heroica, colonizadora y guerrera. Todo ello le parecía ligado al hecho de que los nórdicos no fueron nunca nómadas; cuando se desplazaron lo hicieron para colonizar. El campesino nórdico "es la primera forma de oficial prusiano".

Sangre y suelo

A los catorce años Darré se trasladó a Alemania, y luego de la Primera Guerra Mundial se recibió de ingeniero agrónomo y administró algunos campos en Alemania hasta 1922, cuando ingresó a la Universidad de Halle y se recibió de biólogo. La tarea de crear una “raza pura” de alemanes fue confiada por Hitler a Darré en reconocimiento a las teorías que venía pergeñando el germano-argentino sobre la “desigualdad hereditaria entre los hombres”.

En la primavera de 1930 el ingeniero agrónomo se recluyó en la casa de la familia Schultze-Naumburg en Saaleck para escribir su libro Sangre y suelo, un texto iniciático en el que Darré afirma que los alemanes no son en realidad una raza. “Sería el vocablo especie el que nos convendría”, afirma.

Las máximas de Sangre y suelo son citadas incansablemente, todavía hoy, en las páginas neonazis o “skinhead” de la Internet. Entre los historiadores “revisionistas” -niegan los campos de concentración o reducen el Holocausto a una desviación del jefe de las SS Heinrich Himmler- Darré es considerado un ecologista precoz, un defensor de los campesinos que alertaba contra los efectos dañinos de la aglomeración en las ciudades y añoraba el retorno a la tierra.

Este libro llegó a manos de Himmler, el cual se hizo amigo de Darré y al poco tiempo lo incluyó en las SS, para que siguiera con sus estudios y sus investigaciones.

La realidad es que en sus libros Darré decía que las leyes de la naturaleza “no aceptan ningún degenerado, ningún subhombre”, y propiciaba “restringir” al menos “la proliferación de seres inferiores” a través de la esterilización masiva de mujeres. Apenas Hitler llegó al poder, en 1933, Darré redactó y pasó una ley que prohibía a los judíos ser dueños de tierra en Alemania, un primer paso hacía el Holocausto.

Son las ideas expuestas en Sangre y suelo las que Darré puso en práctica desde 1933 cuando es nombrado jefe de la Oficina Central para la Raza y el Reasentamiento, mejor conocida bajo su sigla RuSHA (Rasse und SiedlungsHauptAmt)

El lugar de nacimiento, siempre que la sangre fuera germana, era un dato mínimo para la Alemania hitleriana. Un asistente de Josef Goebbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich, recuerda que el gabinete de Hitler estaba perfectamente enterado de la procedencia de Darré. “Era argentino y esto se conocía”, dice Wilfred von Oven, quien murió octogenario en la localidad de Bella Vista, en la Provincia de Buenos Aires, luego de haber acompañado a Goebbels hasta poco antes que éste se suicidara en el búnker de Berlín junto con Hitler, en abril de 1945. “En el gobierno había bastantes personalidades que nacieron en el exterior”, agrega von Oven. “Rudolf Hess nació en Egipto. Yo nací en Bolivia. Pero eso no tenía ninguna importancia en el Reich.”


Ministro de Agricultura

El primer puesto de Darré dentro del Reich fue el de ministro de Agricultura, cargo al que accedió a mediados de 1933 luego de haber acompañado a Hitler durante los años de lucha por el poder.

El 29 de setiembre de 1933 Darré inició una revolución agrícola con una ley que le valió una gran popularidad a Hitler entre los agricultores

La ley creaba la figura del Bauer (campesino) cuyo Erbhof (bien hereditario) era indivisible, inajenable, heredable solamente por el hijo primogénito, inembargable, no hipotecable y estaba exento de impuestos. Como ministro de Agricultura, Darré se convirtió en el Reichsbauernführer (Führer de los Campesinos del Reich).

En 1942 Darré fue destituido de su puesto, ingresando en su lugar un allegado a Goering. En abril de 1945, al finalizar la guerra, fue apresado por las tropas estadounidenses.

Luego del Juicio de Nüremberg se sucedieron otros juicios contra industriales y comerciantes, y años mas tarde contra civiles. En el juicio Wilhelmstrasse Darré enfrentó varios cargos. El 11 de abril de 1949, cuando el juicio llegó a su fin, se lo absolvió de conspirar para emprender una guerra agresiva y de los cargos de crímenes contra la humanidad. Se lo declaró culpable, sin embargo, de ser miembro de las SS y de robar alimentos de áreas ocupadas para entregarlos al consumo alemán. Fue sentenciado a siete años de cárcel, pero se lo excarceló en 1950, pocos años antes de su muerte.

Murió de cáncer en 1953 en la ciudad de Munich.

Walther Darré fue uno de los jerarcas nazis que después de la guerra negaron haber sido antisemitas. Es verdad que en los años de la "desnazificación" muchos alemanes que habían tenido compromisos políticos con el Reich construyeron historias que los colocaban afuera del horror, como meros servidores del régimen encerrados en un compartimiento. Pero a Darré no debió ayudarlo mucho su documentado paso por la RUSHA, la Oficina Central de la Raza y el Reasentamiento, ni sus textos ni su pertenencia al círculo de Hitler hasta 1943: en Nüremberg -y después- sus excusas deben haber sonado a sarcasmo.

Fuente: Abel Cortese
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dp

sábado, 15 de diciembre de 2007

DE AVELLANEDA AL ESPACIO



En la Argentina, localidad de Sarandí, Partido de Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, un lejano 2 de agosto de 1963, un pequeño núcleo de jóvenes técnicos y estudiantes fundan el Instituto Civil de Tecnología Espacial. Tienen como primera sede un galpón de apenas 40 m2 construidos en los fondos de una vieja casa.
La naciente organización creada por doce adolescentes se convertiría en los años siguientes en el grupo más avanzado y desarrollado de América Latina, con 32 miembros activos y 120 alumnos en dos cursos. En casi una década de actividades diseñarían y experimentarían diversos tipos de vehículos autopropulsados, propergoles sólidos, sistemas de lanzamiento, seguimiento y recuperación.
El ICTE fijó como uno de sus objetivos despertar una conciencia aeroespacial en la comunidad y sólidas vocaciones en la juventud. Su lema siguiendo el pensamiento de los pioneros de la astronáutica era "La tierra es la cuna de la humanidad, pero no es posible pasar la vida en la cuna". El Intituto tenía cuatro Departamentos: Ciencias, Tecnología, Desarrollo Industrial y Educación.
Estos departamentos se integraban por diversas Divisiones como la de Investigaciones Químicas, Propulsión de Cohetes, Experimentaciones Electrónicas y Construcciones Técnicas. "Programa Felino" fue el nombre de un plan de realizaciones en el terreno de la propulsión a cohete. En los primeros cinco años de ininterrumpida labor el ICTE realizó 137 lanzamientos.
El 1 de febrero de 1970 como producto de una segunda etapa de trabajo sus jóvenes técnicos ensayaron el vuelo 150, un vehículo de 3,10 m de longitud y un peso de 110 kg , que transportó diversos instrumentos y un pequeño mono hembra de 1300 gr , con un peso total de 10 kg de carga útil.

Han pasado 40 años del inicio de una gran aventura juvenil. Del sueño de ciencia y tecnología de argentinos para los argentinos y la humanidad. Fue la manifestación de un ideal patriótico: No fue posible continuarlo, vendrían luego en el país "los tiempos de las destrucciones". Hoy algunos ya no están en la existencia, otros son hombres maduros que quieren legar a las nuevas generaciones el entusiasmo por las disciplinas aeroespaciales.
Por eso el ICTE renace. Algunos de esos adolescentes pioneros del ayer hoy se han vuelto a encontrar en su madurez y han decidido contribuir nuevamente al futuro. A partir de ahora el Instituto convoca a todos los interesados a sumarse a este nuevo proyecto. Anticipamos que está en diseño un vehículo portador de una etapa, de propulsante sólido, con materiales de construcción de producción nacional y destinado a servir como elemento de aprendizaje y capacitación para los nuevos grupos experimentales juveniles y en especial para escuelas técnicas y grupos universitarios. El proyecto ya tiene nombre: "Vector educativo 2003". El mismo se integra con estabilización aerodinámica, motor impulsor, sistema de tiempo, separación de la cápsula de carga útil y recuperación por paracaídas. El instrumental básico incluye una baliza lumínica y una radial para facilitar la recuperación, un acelerómetro y un altímetro. Se estima lograr un costo mínimo y la máxima seguridad operativa. La carga útil y experimentos a realizar estarán a cargo del grupo que lo utilice.

Fuentes: www.icte.com.ar
icte@icte.com.ar

Nota:
A partir de 1976, una vez instalado el último gobierno dictatorial militar, este comenzó a desarrollar presiones sobre el ICTE a fin de la suspensión de los trabajos que venía haciendo, temerosos que los mismos caigan en manos de grupos sediciosos o potencias extranjeras enemigas.
Una vez más, la arbitrariadad de los poderosos pudo más que la investigación y el trabajo genuino de los argentinos.
Recién bien entrado el Siglo XXI el ICTE pudo retomar sus actividades.

dp

LA QUIMERA ATOMICA DE PERON


Por Guillermo Giménez de Castro
(del Centro de Rádio Astronomia e Astrofísica Mackenzie. Universidade Presbiteriana Mackenzie, São Paulo, Brasil. Artículo publicado en revista EXACTAmente, 2004)

El lago Nahuel Huapí fue el mudo testigo de una de las historias más caricaturescas de la ciencia y política argentinas. De sus aguas esmeraldas surge la isla Huemul donde, en el mayor sigilo, un austríaco y un centenar de obreros y militares trabajaron por años para presentar al público la revelación científica más fantástica del gobierno de Juan Perón: Argentina había logrado el dominio de la energía atómica. En las próximas líneas me propongo contar la historia del mayor fraude científico producido en nuestras tierras y como éste fue origen involuntario de uno de los programas de investigación y desarrollo más importantes del país.
La mañana otoñal del sábado 24 de marzo de 1951, el presidente Juan Perón junto a Evita y un grupo de colaboradores de segundo rango, entre los que se destacaba un alemán desconocido, anunció solemnemente que la Argentina había conseguido realizar exitosamente reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica. Los rumores que ya circulaban por la prensa no le quitaron espectacularidad al anuncio. Desde un punto de vista geopolítico no podía llegar en mejor momento. Argentina entraba al selecto Club Nuclear, constituido apenas por la URSS, los EEUU y Gran Bretaña, reafirmando su independencia.

La Energía Nuclear

La combustión nuclear es la forma conocida más eficiente de generar energía. Su base teórica es la centenaria relación einsteniana: E=mc2. Existen dos tipos de reacciones que ocurren espontáneamente en el núcleo de un átomo: su división en partes menores o fisión y su unión con otros núcleos o fusión.
La diferencia entre ambas formas es más que retórica. La fisión ocurre espontáneamente a temperatura y presión ambientes cuando un núcleo es bombardeado con neutrones. Algunos núcleos atómicos tienen mayor probabilidad de fisionar que otros, por ejemplo el uranio 235 (235U). La propia fisión libera partículas que ayudan a crear nuevas fisiones. .Surge entonces el concepto de la reacción en cadena que puede mantener el proceso sostenidamente.
La fusión también es espontánea, ¡pero a temperaturas de decenas de millones de grados! Debido a este hecho es que la reacción es también llamada termonuclear. La formidable energía de las estrellas es producida en los hornos infernales alojados en su núcleo más central. La enorme ventaja de la fusión es que su materia prima es el hidrógeno, el elemento más abundante del Universo. Además, su alta tasa de conversión de materia a energía la convertiría en una fuente casi inagotable de recursos.
La utilización de la energía atómica con fines pacíficos comenzó en la década del 50. La URSS fue el primer país a tener un reactor nuclear de fisión de generación eléctrica comercial. Por el contrario la energía eléctrica a través de la fusión aún no ha salido de los laboratorios de investigación. Programas de miles de millones de dólares en los últimos 40 años no han logrado concluir nunca en un proyecto comercialmente viable. Y aún más, ni siquiera preveen cuando lo harán.


Un alemán desconocido

Ronald Richter nació en 1909 en la ciudad de Falkenau, en aquella época perteneciente a Austria y hoy en día parte de la República Checa. Estudió física en la ciudad de Praga donde se graduó en 1935. Posteriormente vagabundeó por Europa, trabajando en Alemania, Inglaterra y Francia. Estando en Londres, después de la Segunda Guerra Mundial, conoció al diseñador de aviones de caza de la Foke-Wulf, Kurt Tank. Este tuvo una actuación importante en la creación de la Fuerza Aérea Argentina y construyó el primer jet caza nacional: el IAe - Pulki. El contacto de Tank con Richter fue determinante, y así el ingeniero de aviación lo recomendó efusivamente ante Perón. Richter tenía planes de construcción de reactores nucleares de fusión. Quien poseyese esta tecnología estaría adelantado por décadas a los demás países. Perón gustó de la idea, hizo traer a Richter y después de una charla con él, sin mayores asesores que otros militares, decidió que el proyecto era viable y contaría con todo su respaldo, más un presupuesto generoso de la Nación.
Así nacía en 1948 el proyecto de construcción de un reactor a fusión en nuestro país. Su primera ubicación fue en Villa del Lago en las sierras cordobesas. Pero un incendio, que Richter atribuyó a un sabotaje, llevó a buscar un lugar más escondido. Sobrevolando el país, llegaron hasta el idílico lago entre Río Negro y Neuquén. Richter quedó alucinado con su belleza. Y allí, en el esplendor de pinos y arrayanes, buscó el lugar más escondido: una isla. Para aquel proyecto todo era aceptado, Richter era un niño mimado del presidente de la Nación que llegó a redactar una resolución (de dudosa legalidad) declarándolo mi único representante en la isla Huemul, donde ejercerá por delegación mi misma autoridad.
Richter tenía todas las características que esperamos de un genio. Sumido en largos silencios se sometía posteriormente a tempestades de actividad. Era de origen alemán lo que le daba un aura aún más científica, en Alemania había nacido A. Einstein, el paradigma de todos los científicos del siglo XX. Hablaba con convicción y hasta con claridad para el lego. A quien escuchaba su historia le explicaba pacientemente que crearía un Sol en miniatura. Utilizaba también argumentos económicos: la construcción de un reactor nuclear basado en 235U costaría varios miles de millones de dólares. Según él, su reactor a fusión sería muy barato. Y así en marzo de 1952 se hizo el pomposo anuncio que cubrió los titulares de los diarios locales. Mientras el oficialista Democracia anunciaba a cinco columnas: Sensacional Anuncio de Perón: la Argentina ha logrado el dominio de la Energía Atómica, el conservador La Nación estoicamente decía: El presidente de la Nación expuso los trabajos sobre la energía atómica.

Una fusión demasiado lejana

¿Cuál era el sustento teórico de Ronald Richter? Él creía que podría lograr la fusión a temperaturas muy inferiores a los 40 millones de grados. Pero nunca explicó el por qué de sus ideas ya que jamás publicó un trabajo científico. La realidad es que la temperatura de fusión es de 150 millones de grados, pero si conseguimos calentar un gas a 40 millones, nos aseguramos que un 1% de las partículas estarán a temperatura de fusión y así el proceso podrá autosustentarse[2].
Si bien nunca lo escribió, la técnica de calentamiento que usaba Richter (descargas eléctricas y un bombeo sónico) no conseguiría calentar un gas a más que 100.000 grados. La proporción de núcleos con energía suficiente para fusionar sería tan pequeña que jamás acontecería. Ese número, aproximadamente, sería del orden de 1/101000 . Digamos brevemente que no deben existir suficientes átomos en el Universo para que, si este estuviera a una temperatura uniforme de 100.000 grados, uno de ellos tuviera energía suficiente para quebrar la barrera repulsiva y fusionar contra otro.
Sin embargo el extravagante sabio austríaco que dilapidaba fortunas en equipos de última generación, concluyó de alguna forma que había logrado la fusión. Su evidencia eran unos contadores de partículas radiactivas Geiger que comenzaban a chillar en cuanto las descargas eléctricas eran producidas en el gas. Su segunda evidencia fue un espectro del gas ionizado. Ambas, veremos, eran falsas.

El fin de la Mentira

Aquel 24 de marzo de 1951 Perón, sin saberlo, estaba anunciando al mundo una falacia nunca confirmada, gestada en el mayor sigilo y con gran dispendio por un charlatán. La comunidad científica argentina, mientras tanto, permanecía completamente afuera de todos estos hechos. Argentina no era novata en la ciencias, baste decir que en 1947 Bernardo Houssay había recibido el Premio Nobel de Mdicina. La tradición de investigación en física tenía décadas también. Pero la Academia era mayoritariamente contrera. Por eso Perón tomó las decisiones en total aislamiento. Mientras tanto el gobierno había creado la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y en ella estaban siendo contratados científicos argentinos jóvenes, impulsivos y, principalmente, de sólida formación académica.
Los dislates de Richter comenzaron a exasperar al gobierno. Además de manías persecutorias, ordenaba destruir costosísimas construcciones por encontrar mínimos defectos. Ahora comenzaba a insinuar que el local no era adecuado y quería mudarlo al desierto. El propio Perón, que había puesto su mayor entusiasmo, tuvo que aceptar la situación y poco más de un año después del grandioso anuncio, formó una comisión asesora de 5 científicos y 20 legisladores que el 5 de septiembre de 1952 realizó la inspección a la isla. Entre otras cosas la comisión constató que los detectores Geiger estaban mal instalados y respondían a las ondas de radio generadas por los chispazos utilizados para calentar al gas. Los miembros llevaron sus propios instrumentos y estos no detectaron radiactividad alguna. Otro aspecto importante es que el mecanismo de contralor de la reacción ideado por Richter, la resonancia magnética del núcleo de Li7, no podría ocurrir a la presión ambiente en que las reacciones eran producidas según demostró en su informe[2] el Dr. Balseiro. La comisión constató por otra parte que el equipo para generar un campo magnético variable , imprescindible para lograr la resonancia , estaba desconectado.
Por otra parte, Richter, en un experimento realizado en febrero de 1951, erróneamente había interpretado que un corrimiento de las líneas espectrales era debido a un aumento de temperatura. La teoría física enseña que si la temperatura aumenta, las líneas deben ensancharse, no correrse. Un error tan trivial descalificaría hasta a un alumno de física. Aún peor, muy probablemente el corrimiento fue originado por la traba de la base que desplazaba al film fotográfico que debía registrar el espectro.
El informe lapidario de esta comisión fue respondido por Richter. Pero la comisión continuó hallando que no había elementos nuevos. Richter tuvo una chance más: una segunda comisión fue constituida, formada por otros dos científicos destacados, leyó todos los dictámenes y posteriormente se entrevistó con el genio. Su informe dio el veredicto final: Richter era un papanatas. El estado había invertido millones y había dado un apoyo político único a una quimera. A fines de noviembre de 1952, Richter era dimitido. El proyecto Huemul había concluido.



Por suerte no todo fue tirado a la basura. Los carísimos equipos de última tecnología sirvieron para equipar al Instituto de Física de Bariloche creado por el Dr. José Balseiro, y que hoy recibe su nombre. La propia existencia de la CNEA, uno de los centros de excelencia en investigación y desarrollo, se debe a este singular episodio. El programa norteamericano de fusión nuclear pacífica fue alentado también por el espectacular anuncio argentino de 1951[1].
Richter, después de tentar suerte en otros países, retornó a la Argentina. Falleció el 25 de septiembre de 1991. La singularidad del personaje motivó la creación de una ópera, Richter, de Esteban Buch y Mario Lorenzo estrenada en 2003.
Los reactores de fusión nuclear controlada son aún una promesa.

Bibliografía

[1] Mariscotti, M., 1985, El secreto Atómico de Huemul, Ed. Sudamericana-Planeta, Buenos Aires.
[2] Balseiro, J.A., 1952, Informe del Dr. José Antonio Balseiro referente a la inspección realizada en la isla Huemul en Setiembre de 1952.

dp

miércoles, 12 de diciembre de 2007

¿QUE ES LA NANOTECNOLOGIA?



La palabra "nanotecnología" es usada extensivamente para definir las ciencias y técnicas que se aplican al un nivel de nanoescala, esto es, unas medidas extremadamente pequeñas denominadas "nanos" que permiten trabajar y manipular las estructuras moleculares y sus átomos. En síntesis nos llevaría a la posibilidad de fabricar materiales y máquinas a partir del reordenamiento de átomos y moléculas. El desarrollo de esta disciplina se produce a partir de las propuestas de Richard Feynman.

La mejor definición de Nanotecnología que hemos encontrado es esta: La nanotecnologia es el estudio, diseño, creación, síntesis, manipulación y aplicación de materiales, aparatos y sistemas funcionales a través del control de la materia a nano escala, y la explotación de fenómenos y propiedades de esa nueva materia.

Cuando se manipula la materia a la escala tan minúscula de átomos y moléculas, demuestra fenómenos y propiedades totalmente nuevas. Por lo tanto, científicos utilizan la nanotecnología para crear materiales, aparatos y sistemas novedosos y poco costosos con propiedades únicas

Nos interesa, más que su concepto, lo que representa potencialmente dentro del conjunto de investigaciones y aplicaciones actuales cuyo propósito es crear nuevas estructuras y productos que tendrían un gran impacto en la industria, medicina, etc.

Esta nuevas estructuras con precisión atómica, tales como nanotubos de carbón, o pequeños instrumentos para el interior del cuerpo humano pueden introducirnos en una nueva era, tal como señala Charles Vest (ex-presidente del MIT). Los avances nanotecnológicos protagonizarían de esta forma la sociedad del conocimiento con multitud de desarrollos con una gran repercusión en su instrumentación empresarial y social.

La nanociencia está unida en gran medida desde la década de los 80 con Drexler y sus aportaciones a la "nanotecnología molecular", esto es, la construcción de nanomáquinas hechas de átomos y que son capaces de construir ellas mismas otros componentes moleculares. Desde entonces Eric Drexler, se le considera uno de los mayores visionarios sobre este tema. Ya en 1986, en su libro "Engines of creation" introdujo las promesas y peligros de la manipulación molecular. Actualmente preside el Foresight Institute.

El padre de la "nanociencia", es considerado Richard Feynman, premio Nóbel de Física, quién en 1959 propuso fabricar productos en base a un reordenamiento de átomos y moléculas. En 1959, el gran físico escribió un artículo que analizaba cómo los ordenadores trabajando con átomos individuales podrían consumir poquísima energía y conseguir velocidades asombrosas.

Existe un gran consenso en que la nanotecnología nos llevará a una segunda revolución industrial en el siglo XXI tal como anunció hace unos años Charles Vest.

Supondrá numerosos avances para muchas industrias y nuevos materiales con propiedades extraordinarias (desarrollar materiales más fuertes que el acero pero con solamente diez por ciento de su peso), nuevas aplicaciones informáticas con componentes increíblemente más rápidos o sensores moleculares capaces de detectar y destruir células cancerígenas en las partes más dedicadas del cuerpo humano como el cerebro, entre otras muchas aplicaciones.

Podemos decir que muchos progresos de la nanociencia estarán entre los grandes avances tecnológicos que cambiarán el mundo.

Fuente: http://www.euroresidentes.com/futuro/nanotecnologia

dp

CHORNÓBYL: el último genocidio del sistema comunista


Artículo escrito en el 2006. Se reenvía con motivo de recordarse en Ucrania la memoria de los “liquidadores”, todos los fallecidos a causa de las labores de extinción y salvataje.

El pasado mes de febrero fue presentado en Kyiv el libro de Mykola Karpan “Chornóbyl. La venganza del átomo pacífico”, producto de años de investigación del autor. La responsabilidad del personal de la planta atómica en el cuarto bloque, el 26 de abril de 1986 es uno de los “mitos” según afirma Mykola Karpan en la ocasión. Con Chornóbyl se asocian también mitos sobre la seguridad en reactores del tipo similares, sobre la verdad del juicio que se siguió a los directores de la planta y sobre las causas de la explosión del reactor. A la desmitificación de cada uno de esos mitos están dedicados los distintos capítulos de la obra.

M. Karpan es ingeniero en física, trabajó en Siberia en complejos nucleares defensivos; en Chornóbyl (hasta la explosión, en la sección de seguridad nuclear, luego como segundo del ingeniero principal de tecnología y seguridad); fue luego segundo del director del centro tecnológico-científico nuclear de la URSS; experto en la comisión parlamentaria creada a raíz de la catástrofe de Chornóbyl. En las primeras horas luego de la explosión del reactor, fue iniciador y ejecutor directo del análisis del estado del bloque energético destruido, imprescindible para la adopción de decisiones para la liquidación de los efectos de la explosión y la proyección de la evolución futura de la situación. Luego de la explosión del cuarto reactor y vinculado a su participación en la verificación de los otros tres reactores, junto a otros colegas siguió viviendo en la ciudad de Prypiat hasta el 4 de mayo, ubicada a dos kilómetros de la planta (el personal operativo de la misma fue evacuado el 29 de abril dos días después de evacuada la población).

De acuerdo a la investigación publicada recientemente y difundida por la agencia noticiosa UNIAN, las verdaderas causas y los verdaderos culpables de la catástrofe de Chornóbyl eran conocidos ya en julio de 1986.

En el libro se publica el protocolo de la reunión del buró político del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética del 3 de julio de ese año, caratulado “secreto total”, donde consta que los partícipes de la misma, presidida por el entonces secretario general del CC del PCUS, Mykhail Gorbachov y en base al resultado de declaraciones de científicos y funcionarios, concluyeron que la causa principal de la catástrofe se debió a fallas del reactor, en particular su propensión a la “aceleración”, que según puntualizó el entonces presidente de la Academia de Ciencias de la URSS, O. Aleksandrov, “es un error del responsable científico y constructor del reactor”. Los participantes de la reunión puntualizaron que los operadores no fueron informados de todas las consecuencias que podrían derivarse ante la manifestación de la característica ya apuntada.

Asimismo, se acordó que el reactor no respondía a los actuales parámetros de seguridad, sus sistemas de protección resultaron “ineficientes” y que “la seguridad del reactor debe asegurarla la física y no las medidas operativas”.

Constan las palabras de M. Gorbachov: “fue puesto en marcha un reactor sin terminar”, y a la vez, “tuvo lugar un infundado abandono del análisis teórico en lo que atañe a la seguridad del reactor”. El por entonces primer ministro de la URSS Mykola Ryzhkov expresó en la reunión, que “la avería fue una consecuencia inevitable de la suma de fallas de la política nacional en el manejo de la energía atómica”.

A pesar de estas conclusiones, el 20 de julio de 1986 fue difundido un comunicado del Politburó del CC PCUS, en el que toda la responsabilidad de lo acontecido fue puesta en el personal de la planta, a quienes acusaron de infringir normas operativas de funcionamiento del reactor.

El personal de la planta continúa bajo la presión de la injusticia. En 1986 los operadores tenían a su cargo un reactor sin los elementos técnicos de control necesarios, por cuanto los proyectistas no les proveyeron ni siquiera de los controles de reserva radioactiva, parámetro que es un elemento fundamental para la seguridad.

Hasta hoy se mantienen y difunden otros mitos conexos, vinculados al aprovechamiento de la energía atómica, que se explicitan en otros capítulos del libro, particularmente sobre la supuesta normalidad en la planta de Chornóbyl y en toda la energética atómica en general.

El 26 de abril se cumplieron 20 años de la catástrofe de la central atómica de Chornóbyl. Desde un principio, a la par de elementales acciones de seguridad y extinción de los incendios, las autoridades tendieron un telón de seguridad y silencio, muy de acuerdo a los cánones soviéticos. De no ser que los vientos llevaron la nube radioactiva, a países de Occidente pasando por Belarus, recién entonces se activó la alarma internacional.

La jerarquía partidaria, habiendo puesto a buen recaudo sus familias, no hesitó en silenciar la gravedad del hecho a la población y con el grave peligro de la lluvia radioactiva, en particular sobre la población infantil, desarrolló con toda pompa el tradicional desfile del 1° de mayo en las principales ciudades y en la misma Kyiv, a 100 kilómetros del epicentro de la explosión.

A partir de allí todas las acciones terminaron siendo bastante conocidas en razón de la tremenda trascendencia del hecho, pero de cualquier manera, la verdad fue manipulada o ajustada a la conveniencia del régimen.

Así como lo manifiesta Karpan en su libro, también en occidente, los centros dirigentes de la diáspora Ucrania, a través de distintos trascendidos, ya disponían de una visión muy cercana a la certeza que se ocultó durante años en la cúpula del CC del PC de la Unión Soviética. Con el fin de encontrar culpables se instruyó un juicio a varios directivos de la planta de Chornóbyl, el principal responsable de la construcción Victor Briukhanov fue sentenciado a diez años de cárcel. En noviembre de 1989 el “Washington Times” logró entrevistarlo en su lugar de detención y la síntesis de su exposición concluyó en que la burocracia soviética era la única responsable de la tragedia. Como apoyo a esa afirmación indicó que distintos elementos considerados muy importantes para los sistemas de seguridad no fueron provistos y se le dio a entender en su momento, que si reiteraba los reclamos, peligraba su estabilidad laboral: “Una persona no puede hacer variar el sistema laboral instaurado en la URSS y no se puede culpar a quienes pasamos a ser esclavos del sistema”.

Condenados los “culpables”, el sistema se ocupó a su vez en todos los ámbitos de relativizar la gravedad de los efectos de la radiación. Por caso, el mencionado Aleksandrov con la autoridad que le confería su alto cargo calificaba de “sicosis” y “radiofobia” las informaciones sobre los efectos que iban surgiendo en todos los seres vivos afectados o al menos las trataba de “somatizaciones”.

La diversidad de versiones “fidedignas” se fueron fundiendo entre si y se concluye en que la causa central, la responsabilidad primigenia, deriva en una entelequia donde se presentan como válidos los argumentos prefabricadas por el régimen. Lo dramático del tema es que a su vez, aún desde sectores y organismos oficiales ucranios sean avaladas versiones imbuidas de la terminología y espíritu creados por el sistema que condujo a la mayor tragedia nuclear de la humanidad.

La verdad afecta a muchos intereses encubiertos, internos y externos, pero no difíciles de identificar: mayormente son los mismos que también relativizan lo que significó el genocidio del Holodomor (el hambre artificial) en los años 1932-33, con la tremenda cifra de entre siete a diez millones de víctimas inocentes.

Trabajos documentados, como el realizado por el ing. Karpan presentan el tema en su justo término: está ante todo, la atención a los miles de víctimas que siguen padeciendo las tremendas consecuencias; dar solución definitiva en lo que hace a la seguridad del reactor averiado; y a su vez, ponen en verdadera dimensión la responsabilidad criminal de quienes condujeron al desastre.

Irónicamente, la cúpula dirigente del partido Comunista de la URSS, únicos responsables de la tragedia y del sistema que prohijó la misma, siguen con vida y gozando de respeto y predicamento en el mundo democrático.

Autor: Alejandro Cham

dp

jueves, 6 de diciembre de 2007

JULIO POPPER


Historias de crueldades humanas

Julio Popper nació en 1857 en Bucarest, Rumania, hijo de Naftalí Popper - rector de un colegio judío- y Peppi (Perla), también judía. Su familia procedía de Polonia. A los 17 años dejó la casa paterna para estudiar en París, en la Universidad Politécnica, en la Escuela Nacional de Puentes y Rutas, donde se graduó como Ingeniero en Minas. Manejó varios idiomas: rumano, griego, yidish, francés, alemán, latín y un perfecto castellano.
Una parte de su historia la cuenta la película chilena Tierra del Fuego protagonizada por el actor cubano Jorge Perugorría, en la que se le presenta como ortodoxo rumano y no como judío con el nombre de Julius Popper, enviado de la Reina de Rumania.
Popper no era un aventurero, en el sentido llano de la palabra: era un hombre de amplia cultura, que seducía con sus conocimientos; que creía en los grandes proyectos, aunque se hartara rápidamente de ellos; sabía manejar el poder.

Emigración hacia América del Sur

En 1885 llegó a la Argentina, producto de una fiebre de oro que se produjo en la provincia de Tierra del Fuego. Durante su viaje se encargó de poner nombres (topónimos) a los lugares, ríos, y accidentes geográficos que iba encontrando, y registrándolos en sus mapas (un ejemplo que aún hoy tiene vigencia es el de Mar Argentino).
Con apenas 28 años se trasladó al sur, y después de constatar la existencia de oro en la zona, obtuvo la concesión para su explotación de un paraje, llamado El Páramo. Con los primeros éxitos, formo una población, construyo caminos y hasta creo un ejército particular.
Popper tenía la visión de crear un pueblo, cerca de donde hoy se encuentra la ciudad de Río Grande. Este poblado iba a constituir el puerto de entrada hacia la Antártida en 1890, con todos los servicios que debía tener un puerto. De este proyecto Popper escribió y editó seis ejemplares, numerados y firmados por él, de los cuales el Museo del Fin del Mundo de Tierra del fuego posee el número dos.
La primera excursión de reconocimiento realizada por Popper, tuvo lugar entre marzo y mayo de 1886. Recorrió el trayecto que va desde Cabo Vírgenes hasta Punta Arenas. En octubre de 1886, pisó por primera vez Tierra del Fuego.
Lo que Popper vio en estos viajes estaba muy lejos de ser “El Dorado” o “La Ciudad de los Césares” del mito. Sólo en las playas de Punta Arenas encontró, en muy escasa cantidad, algo de arenas auríferas.
Sin embargo, de regreso en Buenos Aires, en 1887, dio una conferencia que entusiasmó tanto a los presentes que de ella salió como resultado la fundación de la Compañía Anónima Lavaderos de Oro del Sur y, en la primavera de 1887, Julio Popper regresa a Tierra del Fuego con los papeles que lo habilitaban para explotar los yacimientos de arenas auríferas que pudiera encontrar.

Genocidio Ona

Julio Popper llevó a cabo la más brutal cacería de onas de la historia. Se entretenía en cazar Onas, pueblo originario, con escopetas y fusiles, fotografiándose con las "piezas cobradas". Capataces y peones ingleses, escoceses, irlandeses e italianos, fueron los `cazadores de indios´ que como Mac Lennan o `chancho colorado´, pusieron el precio de una libra por testículos y senos, y media libra por cada oreja de niño. Después Menéndez Behety, estanciero patagónico, utilizó el mismo sistema de exterminio con los tehuelches.
Otro testimonio referido a los aborígenes que ahogaron entre la marea y los fusiles en Cabo Peña dice: "Esos los hizo matar Chancho Colorado, Mc Lennan el verdadero nombre, administrador de los Menéndez". Otros de "los matadores los voy a nombrar: uno era José Díaz, algo de portugués por ahí. Otro se llamaba Kovasich, yugoeslavo. Alberto Niword, era otro, son tres, Sam Ishlop y Stewart, algo de malvinero por ahí. Que yo sé, que más o menos que los conozco por mi mamá que los nombró a todos... y hay varios más que yo no me acuerdo" (Federico Echelaite o Echeline, de madre Ona y padre noruego, falleció en 1980 a la edad de 75 años; transcrito de la película "Los Onas, vida y muerte en Tierra del Fuego", A. Montes, A. Chapman y J. Prelorán).
De los 4.000 onas de 1880 apenas quedaban 500 hacia 1905. Para entonces el genocidio casi había cesado. Los pocos que quedaron luego sucumbieron por las enfermedades introducidas. Nunca la justicia presentó cargos contra Popper.



Monedas y Estampillas Popper

Para mantener su organización acuñó monedas de oro de un gramo y 5 gramos. En un principio, esta acuñación fue realizada en sus propios talleres, de manera casi artesanal. Pero debido a sus contactos, consiguió que la Casa de Moneda de la Nación acuñase 200 piezas de 5 gramos y 1000 piezas de 1 gramo, lo que en cierto modo legalizaba su circulación. La situación fue insólita, ya que en la Argentina, en esa época, en todo el territorio, regía el Peso Moneda Nacional, pero en Tierra del Fuego, el "Popper". Algunos explican esta emisión por las dificultades que se originaban en la gran distancia e incomunicación que tenía la Isla, lo que creaba la necesidad de un circulante.
Además de las monedas, emitió estampillas de 0,10 centavos, lo que le causó un juicio por parte del Estado.
En 1891, Popper patenta en la Argentina y varios países del mundo, su "cosechadora de oro", que según él, podía lavar 75 toneladas de arena por día, extrayendo 99,6 del oro que contiene.
Julio Popper murió en 1893, en Buenos Aires, con tan solo 36 años, en circunstancias más que misteriosas.
Hoy en día, las monedas "popper" tienen un gran valor numismático.

Fuente: Wikipedia

dp

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Naufragio del cazatorpedero “Rosales”




“Las presiones políticas lograron acallar los hechos debido a que el comandante Funes era sobrino de la esposa del presidente Julio Argentino Roca.”

El 7 de julio de 1892 zarparon del río de la Plata los cruceros argentinos “Almirante Brown” y “25 de mayo” y el cazatorpedero “Rosales”, invitados por el gobierno español al puerto de Palos para la conmemoración de los cuatrocientos años de su llegada a América.
El cazatorpedero era una pequeña nave de apenas 550 toneladas de desplazamiento, diseñado para navegación fluvial o costera. Poco antes del viaje había sufrido una colisión con una nave mercante y la reparación no había sido aún concluida cuando zarpó al viejo mundo.
Navegaba al mando del capitán de fragata Leopoldo Funes y la tripulación la formaban ochenta hombres, en su mayoría inmigrantes italianos y campesinos reclutados que carecían de experiencia, hasta el punto que algunos, por primera vez, veían el mar.
Al día siguiente de abandonar Buenos Aires se desató un viento huracanado y una fuerte tormenta que levantó olas que alcanzaban a los nueve metros de altura y barrían la cubierta del pequeño buque y las fuertes sacudidas le abrieron una brecha en el casco, desprendiendo varias planchas a causa del trabajo aún inconcluso.
Los dos cruceros que le acompañaban se habían perdido en el horizonte y se encontrarían luchando con el temporal, mientras el “Rosales” había quedado solitario, librado a su propia suerte y sin posibilidad de pedir auxilio.
El comodoro de la formación, al no recibir respuesta de las señales luminosas transmitidas, dio por sentado que el cazatorpedero había buscado refugio en la costa y continuó viaje.

Insuficiente cantidad de botes

El naufragio era inminente, las bombas de achique era incapaces de expulsar el agua que lo inundaba, por lo que el comandante tomó la decisión de abandonar el buque.
Los botes salvavidas con que contaba el “Rosales” eran insuficientes para salvar a toda la tripulación; más aún, no tenían capacidad para rescatar ni a la mitad.
El comandante ordenó embarcar a los contramaestres y a los suboficiales en los botes disponibles y en su lancha acomodó a los oficiales, a los ingenieros, a dos marineros y él mismo, veinticuatro náufragos en total.
El resto quedó librado a su suerte. De los contramaestres y suboficiales no se supo más, pues solamente llegó a la costa uruguaya la lancha del comandante.
Al acercarse esta a un lugar donde avistaron un faro, chocó violentamente contra las rocas y se volcó, logrando sobrevivir solamente diecinueve. Entre los muertos estaba el alférez Miguel Giralt.
La situación vivida comenzó a crear muchas dudas en la opinión pública, pues no parecía lógico que se hubiesen salvado todos los oficiales y la tripulación quedara abandonada a su suerte, pero inicialmente las presiones políticas lograron acallar los hechos debido a que el comandante Funes era sobrino de la esposa del Presidente de la República Julio Argentino Roca, el segundo comandante era hijo de un diputado y sobrino del ministro de Guerra y Marina y otro de los oficiales sobrevivientes era hijo del jefe de la policía.

Confesión de Batagglia

Los rumores y una protesta de la embajada de Italia obligaron a la detención de los sobrevivientes y el fogonero, Francesco Batagglia, destapó la olla.
De acuerdo a su versión, antes de abandonar la nave, un contramaestre había sido designado para encerrar al resto de la tripulación en una bodega, la cual clamaba desesperadamente sobre la cubierta para que no los dejaran abandonados, mientras eran rechazados por los oficiales, revólver en mano. Una vez cumplida la macabra misión, el contramaestre fue asesinado de un balazo por un oficial.
En la lancha en que se había salvado Batagglia estaba también el alférez Giralt, quien tuvo una violenta discusión con el comandante por su actitud, amenazándolo con declarar la verdad, por lo que al tocar tierra habría recibido un balazo del jefe, acallándolo así.
Fue nombrado fiscal para investigar los hechos el contralmirante Antonio Pérez, quien sufrió toda clase de presiones de parte de los poderosos apoderados de los inculpados y cuando se aprestaba a dictar sentencia contra el comandante del “Rosales” al día siguiente, sobreseyendo al resto de los oficiales, repentinamente renunció “por razones de salud”.
Fue reemplazado por el capitán de navío Jorge Lowry, que gozaba de fama de incorruptible y recto, quien pidió la pena de muerte para el comandante del buque por pérdida de su buque y culpabilidad criminal por abandono voluntario y criminal de su tripulación, diez años de prisión para el segundo comandante, diez años para otro oficial, seis para el resto de los náufragos y una menor para Batagglia por haber contribuido al esclarecimiento de los hechos, terminando su dictamen con la sospecha que Funes había asesinado al alférez Giralt al llegar a tierra.
A pesar de las evidencias, el tribunal militar optó por desechar la pena de muerte para el comandante y la prisión y degradación para el resto de los oficiales, quedando como único castigo recibido por el primero el de inhabilitación por un año “por impericia en la navegación”.

Autor: Germán Bravo V. Historiador
Publicado en: http://www.elsur.cl/edicion_hoy/secciones

La película

En 1984 se filma la película "La Rosales", del director Daniel Lipszic y con la actuación de Héctor Alterio, Ricardo Darín, Ulises Dumont, Alicia Bruzzo y Oscar Martínez. Duración: 77 minutos. Argentina.
En este artículo publicamos el afiche de esta filmación.

dp


domingo, 25 de noviembre de 2007

LA HISTORICA NEUTRALIDAD ARGENTINA

Durante los cuatro años que duró la Primera Guerra Mundial, la Argentina mantuvo su postura neutral al conflicto. Yrigoyen tuvo que soportar presiones internas y externas -fundamentalmente de los Estados Unidos-para revertir esta decisión de gobierno. Esta actitud de no participar tampoco se modificó cuando Alemania hundió dos buques argentinos. En esa oportunidad, exigió el desagravio de la bandera argentina y un resarcimiento económico.



La Primera Guerra Mundial se desarrolló entre 1914 y 1918. De un lado se ubicaron los imperios centrales alemán y austro-húngaro. Y, del otro, los aliados integrados por Francia, Inglaterra y Rusia. En 1915, Italia se sumó a este bando.

Dos años después, los imperios centrales recibieron el apoyo de Bulgaria y Turquía, mientras que los aliados sufrieron la baja de Rusia a raíz de la Revolución Comunista. Rumania tuvo a su cargo la defensa del frente oriental de los aliados.

La Gran Guerra había estallado el mismo año en que murió el presidente argentino Roque Saénz Peña. Su sucesor, el vicepresidente Victorino de la Plaza mantuvo la neutralidad. Dos años después, cuando fue elegido como presidente, Hipólito Yrigoyen,Alemania ya había comenzado la guerra submarina que provocó el ingreso de Estados Unidos en los enfrentamientos. Fundamentalmente por una razón: en el hundimiento de algunos barcos habían muerto ciudadanos estadounidenses. Yrigoyen tuvo que soportar fuertes presiones internas para mantener la neutralidad. Tanto la Cámara de Senadores como la de Diputados se expidieron en favor de la ruptura contra los imperios centrales. Esa misma postura adoptaron, el presidente del Comité Nacional de la UCR,Rogelio Araya, el embajador en Washington, Rómulo Naón, y el ministro argentino en París, Marcelo T. de Alvear. Incluso Naón presentó su renuncia indeclinable a fines de 1918 en desacuerdo con la decisión de no intervenir.

A esto debe sumarse la presión de los gobiernos aliados de Gran Bretaña y Francia para que el gobierno argentino abandonara su postura. Tambien el presidente norteamericano Woodrow Wilson en una circular dirigida a los países neutrales americanos, reclama la declaración conjunta de guerra al imperio alemán.

Según algunos periódicos, como método de persuasión, a esta nota se le sumaba la amenaza de negar créditos a quienes no manifestaran su adhesión a la política exterior norteamericana. Aunque esos rumores circulaban,fue Argentina la que concedió a Francia, a comienzos de 1918, un préstamo por 100 millones de pesos oro para que pudiese adquirir productos argentinos.

Por los mismos días en que Estados Unidos declaró la guerra, dos buques argentinos fueron hundidos por las fuerzas alemanas. Frente al ataque, Yrigoyen decidió mantener la neutralidad. Pero el gobierno argentino expresó formalmente sus protestas a Alemania: exigió el desagravio del pabellón nacional y una reparación económica por el hundimiento del buque "Monte Protegido" que trasladaba lino a Rotterdam. La misma actitud adoptó con el hundimiento de "Foro" que transportaba lanas, carnes, grasas y cueros a Génova.

El gobierno imperial aceptó los reclamos argentinos por el hundimiento del "Monte Protegido". Sin embargo, se negó a seguir el mismo procedimiento con el caso del "Foro" por considerar que los productos transportados eran "contrabando de guerra". Yrigoyen insistió. Y destacó que los productos alimenticios eran un rubro fundamental del comercio exterior argentino, y que no podían ser considerados "contrabando de guerra" aunque se vendieran a países beligerantes.

Alemania aceptó las exigencias. Y, ya concluida la guerra, en 1921, en el acorazado alemán "Hannover" se realizó el desagravio a la bandera argentina en presencia del secretario de Estado germano von Simons, y del ministro argentino en ese país, Luis Molina.

Las presiones alemanas sobre el gobierno argentino para acelerar la declaración de guerra y así impedir el abastecimiento de productos primarios a los aliados, quedaron evidenciadas en los telegramas del representante alemán en Buenos Aires, el conde Karlo von Luxburg.

En 1917, cuando fueron interceptados por la diplomacia inglesa, se supo que Luxburg le sugería al Imperio, el hundimiento de los barcos argentinos sin dejar rastros.rigoyen decidió expulsar al embajador solicitando que se entregaran los pasaportes al conde Luxburg y así lo comunicó a Berlín. El gobierno imperial alemán desautorizó a su representante. Y, asegurando que tenía las facultades mentales alteradas, fue internado en el Hospital Alemán. Luego volvió a su país en secreto.

La actitud pacífica del gobierno argentino se convirtió en un símbolo que el mismo Yrigoyen resaltó en el decreto del 13 de noviembre de 1918. Ese día fue declarado feriado nacional para dar la bienvenida a la paz mundial. Terminaba la Gran Guerra.

El presidente argentino no sólo sobrellevó las presiones norteamericanas y mantuvo la neutralidad. En 1919, ya finalizados los enfrentamientos, siguió pronunciándose contra el imperialismo estadounidense. En esa oportunidad, invitó a saludar la bandera dominicana. Lo que ocurría es que, desde 1907, los Estados Unidos controlaban a la República Dominicana, con la presencia de sus tropas en Santo Domingo.

Incluso, cuando murió en Montevideo el poeta mexicano Amado Nervo -por entonces representante diplomático ante los gobiernos de Argentina y Uruguay-, Yrigoyen reforzó su gesto de solidaridad con el país centroamericano. Ordenó al comandante del barco de guerra argentino "9 de Julio" -escolta de los restos del escritor hasta Veracruz- que homenajeara la soberanía dominicana en el puerto de Santo Domingo.

La neutralidad argentina nunca había sido pasiva. Un dato que lo evidencia es que, cuando Estados Unidos declaró la guerra a los alemanes, Yrigoyen intentó reunir un Congreso jurídico de Neutrales. Pero la convocatoria no tuvo éxito porque sólo México respondió favorablemente.

La postura del primer mandatario no sólo era pacifista. Consideraba inmoral que los países latinoamericanos se involucraran en una guerra cuando necesitaban los recursos para construir caminos y escuelas. A su vez, entendía que, si estas naciones se involucraban en el conflicto mundial sólo por acceder a un capricho norteamericano, en adelante carecerían de soberanía. En su opinión, las potencias decidirían por ellos sin consultarlos como lo hacían con los pueblos africanos.

La firmeza de Yrigoyen sobre el mantenimiento de la neutralidad fue registrada por el propio embajador norteamericano Frederic Stimson. Según uno de sus escritos, Yrigoyen le expresó lo siguiente: "Han llegado ustedes al término de un camino que mi país tan sólo está iniciando. Han visto como Alemania echaba a pique sus barcos, uno tras otro; como destruía a centenares de vidas norteamericanas. Argentinos, ni una.

También protestó contra Stimson en 1917 porque una escuadra norteamericana pretendía ingresar por la fuerza en el Río de la Plata. Frente a esto, el gobierno de Washington solicitó que sus barcos de guerra pudieran ingresar como visita de cortesía. El Presidente envió la solicitud al Senado que, finalmente, dio su consentimiento.

Los Estados Unidos no se pronunciaron ante la actitud del "9 de Julio" en Santo Domingo en 1919. Incluso, el presidente Wilson envió a comienzos de 1921 a Buenos Aires al secretario de Relaciones Exteriores Colby con una instrucción: invitar a Yrigoyen para que visitara Norteamérica. Esto nunca se concretó. Con esa actitud, el gobierno norteamericano pretendía demostrar que las relaciones con Argentina eran cordiales a pesar de la neutralidad.

Fuente: http://www.clarin.com/diario/especiales/yrigoyen/guerra/neutral.htm
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dp