Raúl, dijo: — Qué bárbara la yapa que nos diste.
Pablo comprendió perfectamente bien lo que Raúl quiso decir. Y al mismo tiempo evocó aquella yapa de su niñez.
Se vio yendo a comprar un atado de cigarrillos Chesterfield, sin filtro al kiosco de Juan, para su madre, en la esquina de la casa, y de paso comprar una barra de chocolate Águila. Juan, aparte del vuelto, le dio cinco caramelos Sugus de yapa. Era tan frecuente la yapa que Pablo gustaba especialmente de ir al kiosco de Juan.
Pasaron los años y la yapa de sus recuerdos fue haciéndose algo inhabitual. Sin embargo, la palabra quechua que significaba un agregado de algo y que se hizo frecuente en las transacciones comerciales en el altiplano, se extendió al uso y costumbre de otorgar algo sin cargo. Pablo lo incorporó a su acervo, y toda vez que se sentía cómodo en el ámbito en el que estuviera, se extendía más allá de lo que estuviera haciendo e incorporaba una yapa a su accionar. Descubrió que el ejercicio de la yapa sembraba tan buena onda que los receptores se veían satisfechos.
Es por eso que hoy escribo esto “de yapa”.
Autor: Pablo Luis Palacios Wolf
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