domingo, 7 de octubre de 2007

EL LARGO CAMINO DEL SABLE DE SAN MARTIN


El 12 de agosto de 1963 era robado el sable corvo del general San Martín.

1845. Al enterarse del bravo combate de la vuelta de Obligado, el 20 de noviembre, cuando las tropas criollas enfrentaron la escuadra anglo-francesa, San Martín escribió a Juan Manuel de Rosas expresándole sus respetos y felicitaciones: “Ahora los gringos sabrán que los criollos no somos empanadas que se comen así nomás sin ningún trabajo.”

Quizás por este hecho el general dispuso en su testamento que el sable que lo acompaño en todas sus campañas le sea entregado a Don Juan Manuel de Rosas, por la satisfacción que tuvo “como argentino, por la firmeza con que aquel general sostuvo el honor de la república contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla.”

San Martín para ese entonces sufría asma, reuma y úlceras, y estaba casi ciego. Su estado de salud se fue agravando hasta que falleció el 17 de agosto de 1850. En su testamento pedía que su sable fuera entregado a Rosas “por la firmeza con que sostuvo el honor de la república contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla.”; y que su corazón descansara en Buenos Aires.
Esta última voluntad se cumplió recién 30 años después, en 1880, precisamente el 28 de mayo, cuando el presidente Avellaneda recibió los restos del Libertador, llegados al país en el vapor “Villarino”. Se desembarca un ataúd, mientras truenan los cañones, doblan todas las campanas de la ciudad encresponada y habla nada menos que Sarmiento.

El sable, sin embargo, solo regresaría al país 17 años después, el 4 de marzo de 1897. La caja conteniendo el sable corvo fue embarcada en el “Danube” desde el puerto de Southampton. La donación la había efectuado Manuelita Rosas de Terrero, pues el Restaurador había ordenado en su testamento que el sable, a su muerte, debía ser legado a su amigo Juan Nepomuceno Terrero y a su vez al morir éste, debía seguir en manos de sus herederos legítimos, que al momento de la donación, la tenencia correspondía a Máximo Terrero y a su esposa Manuelita Rosas.

El entonces Presidente Uriburu utilizó un bajo perfil para recibir el sable. Con mezquindad más que con prudencia, no concurrió al puerto, ni tampoco lo hizo el máximo jefe del ejército. Todo ello causado por el origen de quienes habían hecho la donación: los descendientes de Juan Manuel de Rosas.

El largo camino

Antes de embarcarse para América y luego de dejar España para siempre, el entonces teniente coronel de caballería José Francisco de San Martín, adquiere en 1811 en Londres, usado, un sable corvo de origen oriental (los expertos en armas dicen que su origen es persa) que lo acompañaría toda su campaña en tierra americana. Es un sable que se destaca por su robustez y sencillez, carente de adornos, arabescos o incrustaciones de piedras preciosas.

El largo total es de 0,95 mts y el de la hoja 0,82 mts. El peso de la vaina es de casi 700 grs. y el del sable de unos 900 gr. No tiene inscripción alguna excepto un trébol. La empuñadura es de ébano, a la usanza turca. Se estima que la hoja es unos 100 años más antigua que la empuñadura. En un estudio efectuado por el gabinete scopométrico de la Policía Federal Argentina se han encontrado, detallado y descripto centenares de rayas y aplastamientos por golpes que denotan un uso activo en batalla por parte del Libertador.



La Comisión Nacional de Energía Atómica de la República Argentina ha efectuado el estudio métalográfico del sable, concluyendo que fue construido con acero damasquinado (procedimiento empleado por los árabes que partían de un lingote de alta aleación de carbono) siendo su origen, muy posiblemente, Persia.

Esa opinión es compartida asimismo por un especialista británico en espadas, apoyándose además en que la curva irregular de la hoja se ve únicamente en sables proveniente de esa parte del mundo (Medio Oriente, Persia); todos los sable europeos tienen una curva regular. Esa curva irregular requiere de una vaina ranurada, pues de otra forma el sable no puede desenvainarse, ello constituyó una moda en Medio Oriente.

Los sables podían usarse para asestar un pinchazo con la punta, un tajo con el filo, o para detener un golpe. Normalmente se prefería aplicar con fuerza un golpe con el revés de la hoja, para lo cual no se les exigían conocer los muchos y diferentes golpes y paradas. En el entrevero de la lucha contra la caballería enemiga muchas veces no se tenía tiempo para tomar una decisión razonada, sino para reaccionar instintivamente, de allí que en la carga predominaba el golpe de plano que prodigaban los granaderos.

Fuente: Daniel Silvano Ponce - www.fullaventura.com.ar

El robo de 1963

El sable corvo del general San Martín no era, aquel 12 de agosto de 1963, tan sólo una reliquia que se veneraba como su prenda más emblemática. Ni tampoco, diría Borges, "una cosa más entre las cosas/que olvida la vitrina de un museo/un símbolo, y un humo y una forma/ curva y cruel que ya nadie mira".

Por el contrario. Esa espada de origen morisco, de hoja alfanjada, que acompañó al Libertador en toda la guerra de la independencia de América del Sur y que Napoleón Bonaparte impuso a sus generales tras la campaña de Egipto -según Ernesto Quesada y Jorge Ramallo- fue, desde siempre, objeto de honra por parte de los argentinos.

Se lo conservaba por entonces en el Recinto San Martín, sobre el ala derecha del Museo Histórico Nacional, de la calle Defensa, lindero al parque Lezama, Barrio de San Telmo, Buenos Aires.

Presidía la República en esa fecha José María Guido y un mes antes, en los comicios celebrados el 7 de julio de 1963, se había impuesto la fórmula presidencial Arturo Illia-Carlos Perette tras la impugnación de la presentada por el Frente Nacional y Popular, encabezada por Vicente Solano Lima, que generó la posterior orden de Juan Domingo Perón de votar en blanco.

Esa limitación al ejercicio del sufragio generó en algunos miembros de la Juventud Peronista la necesidad de dar un "golpe" de protesta apelando a ciertos símbolos muy fuertes y caros al sentir de la gente. De allí la idea de robar el sable, ya que el peronismo exalta la trilogía San Martín-Rosas-Perón y menciona expresamente al Libertador en una de las frases de la marcha partidaria.

Cuarenta años después, uno de los partícipes del hurto, Osvaldo "Cacho" Agosto, de antiguo cuño revisionista y a quien le fue reservada la parte operativa del hecho, nos evoca algunos detalles del suceso, que causó indignación y enorme revuelo en la opinión del país.

Previo a consumar el hecho, recuerda, se reunieron los complotados en la confitería Los Dos Chinos de la calle Brasil y marcharon hacia el museo cuando caía la tarde y ya oscurecía. Golpearon la puerta y le dijeron al sereno que eran estudiantes tucumanos que venían a visitar al director, Simón Irigoyen Iriondo, tras lo cual lo redujeron sin violencia y accedieron al ámbito poblado de cuadros de prohombres donde se velaba el arma.

Rompieron la vitrina por uno de sus costados, envolvieron el sable en una bandera nacional y se lo llevaron. Luego dieron a conocer un comunicado. Hecho esto, Agosto se trasladó hasta una feria de la calle Corrientes y Serrano y, acodado en un puestito de frutas y hortalizas, entregó la espada a quienes a partir de ese momento se convertirían en sus depositarios, los hermanos Aníbal y Gualberto Demarco.

Antes de llegar al destino final donde fue escondida -un campo en el camino a Mar del Plata donde otros jóvenes le juraron lealtad-, la reliquia deambuló por las calles porteñas.

Guardado en el baúl del coche de Demarco, que lo estacionaba en Plaza de Mayo, éste le dijo a un policía al bajar: "Cuídemelo, que tengo el sable", a lo que respondió el agente: "Descuide, no habrá problemas".

Inmediatamente tomó intervención en el hecho el juez federal Angel Bregazzi, cuyo secretario, el doctor Miguel Angel Almeyra (años más tarde abogado defensor del ex. Presidente de la República Fernando de la Rúa), adoptó las medidas procesales de rigor y ordenó la detención, entre otros, de Agosto, al que encontraron escondido en la casona familiar de Núñez.

Ya en el juzgado se careó a Agosto con los serenos del museo, que no lo reconocieron porque la noche del saqueo, en lugar de teñirse el pelo se lo había embadurnado con una crema colorante.

La devolución del sable, agrega Cacho Agosto, se consumó días después merced a la gestión del capitán Adolfo César Phillipeaux, militar en situación de retiro y, a la vez, empleado de la Compañía de Seguros Previsión del Hogar, que presidía el custodio de la espada, Aníbal Demarco, de quien el oficial era superior jerárquico en el Movimiento Nacional Justicialista por mandato de Perón.

Al enterarse del robo, Phillipeaux se presentó inmediatamente en el Regimiento de Caballería Blindado Húsares de Junín y restituyó el arma al Ejército Nacional que dispuso, a su vez, que el sable fuera entregado al Cuerpo de Granaderos a Caballo General San Martín para su preservación y posterior traslado al Museo Histórico Nacional.

En 1965 el sable de San Martín fue robado por segunda vez del mismo museo y rescatado por el Ejército Argentino. El destinó del sable fue esta vez el Regimiento de Granaderos a Caballo.

El sable se encuentra hoy depositado, dentro de un templete blindado donado por el Banco Municipal de la Ciudad de Buenos Aires en 1967, en custodia en el regimiento de Granaderos a Caballo, cuerpo que fundara San Martín en 1812 y responsable de la custodia presidencial hasta nuestros días.

Fuente: Felipe Yofre - www.lanacion.com.ar

Propuesta

Dado el simbolismo histórico y nacional que representa el sable de nuestro Libertador, considero que el mismo debe ser nuevamente depositado en las instalaciones del Museo Histórico Nacional, o en su defecto, en el Museo de los Presidentes de la Casa Rosada (sede del gobierno argentino), al alcance de la vista del pueblo y fuera del encierro forzoso que se ve sometido, desde hace más de cuarenta años, entre las paredes de un cuartel militar.

Los símbolos deben ser venerados y estar en libre disposición de serlo, amén de las lógicas medidas de seguridad, tal cual acostumbran hacerlo muchos países, como ejemplo valen los Estados Unidos e Inglaterra, para así hacer comprender a los ciudadanos el poder de estos símbolos y su nobleza unificadora de la nacionalidad.

Por ello propongo que el sable vuelva a ser exibido masivamente y reverenciado como tributo a un hombre que jamás lo empuño para combatir a sus compatriotas, solo contra aquellos que amenazaron la Patria y que, incluso, fue legado en testamento al Gral. Rosas, aún a pesar que San Martín recidía en unos de los países (Francia) que en la década del 40 del Siglo XIX agredió salvajemente a nuestra Argentina.

dp

1 comentario:

CapoCosmico dijo...

Que buena nota, disfrute mucho leyendola! estuve buscando esta informacion acerca del legendario sable curvo de San Martin un buen rato... Muchisimas gracias
y un fuerte saludo