lunes, 3 de julio de 2023

LAS MANOS DE PERON





LAS MANOS DE JUAN DOMINGO PERÓN, LA PISTA ESOTÉRICA DE UN ENIGMA SIN RESOLVER



Por Juan Bautista Tingueli


 Publicado el 03 Feb 2021  



Juan Domingo Perón, quien fuera tres veces Presidente de la Nación Argentina, desencarnaba, dejando una doctrina, un legado y un movimiento político tras su fallecimiento, que representaría un quiebre en la historia política nacional. 


A «13» años de su deceso, más precisamente en el mes de junio de 1987, los argentinos tomarían contacto con una noticia escalofriante: las manos del General Perón habían sido seccionadas con una sierra eléctrica. 


La situación fue advertida a través de una nota remitida a Saúl Ubaldini, Secretario General de la Confederación General del Trabajo (CGT), Carlos Grosso, Presidente del Partido Justicialista de la Ciudad de Buenos Aires, y Vicente Leónidas Saadi, Presidente del Partido Justicialista Nacional, firmada por «Hermes IAI y los 13», que exigía un rescate de 8 millones de dólares. El hecho fue verdaderamente sorpresivo y el contenido de la nota recibida por los dirigentes peronistas mencionados, descabellada para algunos, y determinante para otros a los fines de establecer las conexiones con los presuntos autores de semejante profanación. 


La clave estaba en la condición de iniciado de Juan Domingo Perón y en el simbolismo cifrado contenido en la comunicación enviada por quienes llevaron a cabo la macabra intervención en el Cementerio de la Chacarita de la Ciudad de Buenos Aires, en pos de concretar su espeluznante plan. 


En efecto, fue el siniestro empresario Licio Gelli quien en una entrevista reconoció que Perón era masón, y que lo había iniciado él mismo en Madrid, en Puerta de Hierro, en junio de 1973.[1] 


Recordemos que Gelli ocupó el cargo de Venerable Maestro de la Logia Propaganda Due (P2), organización que traicionó los principios masónicos tradicionales volcándose al crimen organizado, al delito transnacional y al tráfico de influencias (Nota de dp: Por eso fue expulsada de la Gran Logia de Italia).


Para entender la pista esotérica de la profanación de las manos de Perón y su conexión con la logia masónica P2, debemos remontarnos al año 1982, cuando en el mes de junio aparecería colgado en el río Támesis el banquero italiano Roberto Calvi, también miembro de la P2, cuyos intereses había indudablemente amedrentado en el marco de la crisis del Banco Ambrosiano. 


No se trataba de una muerte común, sino de una muerte ceremonial. La puesta en escena era impactante, Calvi colgado de un andamio, debajo del puente londinense Blackfriers («frailes negros»), con ladrillos en sus bolsillos, y el cuerpo cubierto por el agua hasta las axilas, la conjunción de la tierra, el agua y el aire, y la apariencia de un suicidio que no sería tal, como luego de comprobaría en la reapertura de aquella investigación. 



Perón, en su tercera y última presidencia, condecorando a Licio Gelli



Hay quienes sostienen que este habría sido un asesinato perpetrado por Licio Gelli y los frailes negros (como se autodenominaban los miembros de Propaganda Due), y los ladrillos una clara referencia al contenido masónico de la organización. Cuatro años después volveríamos a saber de la P2 en la República Argentina. 


La investigación por el robo de las manos de Perón apuntaría directamente al entramado de poder forjado por esta agrupación criminal, que le achacaría a Perón una promesa incumplida. Pero si el ex Presidente de la Nación Argentina ya estaba muerto, qué más podrían hacer estos criminales para cobrar venganza por la presunta deuda: matar su alma en términos esotéricos. 


Hermes, IAI y los 13, una clara referencia vinculada a la mitología egipcia, juntamente con la amenaza inserta en aquella nota de dejar a Juan Domingo Perón incompleto para toda la eternidad. Sin duda alguna, otro crimen ritual. 


Recordemos el mito egipcio de Osiris, quien, habiendo sido seccionado en 14 pedazos por Seth, sería reconstruido por Isis a partir de la búsqueda y posterior hallazgo de «13» de esos fragmentos de humanidad y de la implantación del falo sustituto que se había perdido para siempre a manos de un pez que lo devoraría en el río Nilo. 


De allí la consolidación de aquella creencia egipcia que sostiene que el cuerpo debe permanecer intacto y completo para que el alma transite el camino a la eternidad. Thot (Hermes en la mitología griega) es quien guía y acompaña a las almas a la otra vida, y su inclusión en la nota que dejaron los autores de la profanación sería determinante. Era evidente que, en esa ceremonia ritual, al separar las manos del cuerpo de Juan Domingo Perón, lo que se pretendió hacer es, lisa y llanamente, matar su alma, impedir que se dirija hacia la eternidad. El número 13 era una clara alusión a los pedazos recobrados del cuerpo de Osiris y a la hora de la eternidad en la mitología egipcia, mientras que el término «IAI» se correspondía con el de una deidad que en el Papiro 3024 , texto poético del antiguo Egipto, conforme surge de la notable investigación de los periodistas David Cox y Damián Nabot en su libro «La Segunda Muerte», Editorial Planeta, 1° Edición, Año 2006, decía «Más profundo que la muerte, yo destruyo el alma en su propia cáscara. De esa manera, tú nunca llegarás».[2]





Una promesa incumplida relacionada con el control de las exportaciones argentinas a Europa, según algunos, favores impagos vinculados a la recuperación del cuerpo de Eva Perón y al retorno del mismísimo Perón a la Presidencia de la Nación Argentina, según otros, habrían sido los detonantes para la venganza ritual presuntamente orquestada por Licio Gelli. 


A todo esto, vale decir que las manos de Perón jamás fueron recobradas resultando un verdadero misterio qué es lo que sucedió con ellas. 



[1] https://www.perfil.com/noticias/politica/licio-gelli-cuenta-como-inicio-a-peron-en-la-masoneria-20080831-0019.phtml 


[2] «Deeper tan Death I destroy the Soul en its husk. Thus you will never arrive». Bika Reed, Rebel in the Soul, Inner Traditions, Rochester, Vermont, 1978, pág. 41. 


Te recomendamos leer: Juan Bautista Tingueli Autor Abogado graduado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Cursó estudios de Posgrado en "La Psicología Analítica de Carl Gustav Jung" por ante la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Experto en órdenes iniciáticas de la antigüedad, mitología y simbología, el autor se propone abordar en su novela "El Gran Maestre" la conexión entre "La Divina Comedia" y la República Argentina. Un apasionado por la obra de Dante Alighieri, avanza hacia lugares insospechados, entintando la pluma para contar una historia que merece ser contada y merece ser leída. www.elgranmaestre.com


Este artículo ha sido copiado del sitio web https://codigooculto.com - Puede leer más en: https://codigooculto.com/enigmas/manos-peron-pista-esoterica-enigma-sin-resolver




dp 



Nota de dp: en este artículo Licio Gelli cuenta como inició a Perón en la Masoneríhttps://www.perfil.com/noticias/politica/licio-gelli-cuenta-como-inicio-a-peron-en-la-masoneria-20080831-0019.phtml (copiar este link y pegar en una nueva página).




Frente de la bóveda de Perón en el Cementerio de la Chacarita



domingo, 2 de julio de 2023

EGIPTO: LA OBSESION DE NAPOLEON

 



Javier Sierra publicó en 2002 su «novela de investigación» El secreto egipcio de Napoleón. En este texto él mismo nos desvela algunas de las claves documentales de su trabajo que, una vez más, abunda en un enigma histórico de gran alcance: ¿por qué Napoleón Bonaparte decidió pasar una noche entera en el interior de la Gran Pirámide? ¿Por qué siguió las huellas de Jesús hasta las puertas de la mismísima Nazaret? ¿Y por qué abandonó precipitadamente Egipto después de aquella intensa noche…?

¿Fue Napoleón iniciado en la Gran Pirámide?

Al amanecer del 13 de agosto de 1799, Napoleón Bonaparte, empapado en polvo y sudor, emergió de entre los bloques de la Gran Pirámide, cerca de El Cairo. Sus hombres debieron sentirse aliviados al verle, de nuevo, sano y salvo entre ellos.

El héroe corso –todo un mito ya para sus soldados– había decidido pasar sólo una noche en el vientre del más emblemático monumento faraónico, la única de las Siete Maravillas del mundo antiguo aún en pie, movido por un oscuro propósito. Un móvil que habría de quedar sepultado para siempre aquella mañana en la memoria de Bonaparte. Y es que, tras regresar pálido y desencajado de su aventura, el entonces aún prometedor general revolucionario jamás reveló qué fue a hacer entre aquellas piedras milenarias.

¿Qué sucedió allá dentro, durante las largas y oscuras horas que duró su encierro? «Aunque lo contara, no lo creeríais», fue lo único que respondió entonces. Y durante el resto de su vida, Bonaparte evitó volver sobre el asunto.
¿Por qué?


La aventura más extraña

Mi último libro, titulado con justicia El secreto egipcio de Napoleón , trata de resolver este enigma histórico. Durante meses, reuní toda la documentación existente sobre la poco conocida invasión napoleónica de Egipto, tratando de reconstruir un escenario plausible que explicara algunos de mis interrogantes: ¿por qué este prometedor y jovencísimo general francés –de apenas 29 años–, se embarcó en una operación militar contra Egipto? ¿Por qué una vez en el Delta del Nilo desplegó sus fuerzas y se lanzó a la conquista de Tierra Santa, como si tratara de emular a los antiguos cruzados? ¿Obedecía a alguna obsesión inconfesable su afán de dominar aquellas míticas regiones, de escaso interés estratégico en su época?

Y así, poco a poco, con la paciencia de uno de los antiguos escribas faraónicos, comencé a reunir las piezas de tan insondable misterio.

La gran epopeya de juventud de Napoleón había comenzado, en realidad, el 19 de mayo de 1798, en el puerto francés de Toulon. El Directorio posrevolucionario de París le había puesto al frente de una flota de 328 embarcaciones y más de treinta mil hombres, cuya misión fue considerada secreta hasta bien entradas las primeras semanas de navegación. Casi nadie abordo sabía cuál era el destino de aquella operación, aunque después de conquistar Malta y desposeerla de sus riquezas, los rumores se dispararon: el rumbo fijado era… ¡Egipto!

En efecto. Después de desembarcar en el Delta del Nilo el primero de julio de 1798, los acontecimientos se precipitaron. Sólo veinte días después, cerca de las célebres pirámides de Giza, los hombres de Napoleón tuvieron su primer enfrentamiento con los mamelucos que gobernaban entonces el país. Aliados de los británicos, los hombres de Murad Bey sumaban seis mil jinetes, doce mil fellahs y una multitud de tropas no regulares armadas con sables y lanzas. Sin embargo, su superioridad numérica –Napoleón había dividido ya a sus hombres en varios frentes–, se vendría abajo ante las tácticas de los franceses.

Tras su espectacular victoria, el corso puso rumbo a aquellas tres montañas de piedra que dominaban el paisaje, y ordenó a varios de sus hombres y sabios que las exploraran a fondo.

Aquella fue, que se sepa, la primera vez que un grupo tan abultado de europeos penetró en la Gran Pirámide. Curiosamente, no todos eran militares. En otra de sus decisiones sin precedentes, Bonaparte había embarcado en su flota a 167 sabios de las más variadas disciplinas, con el propósito de radiografiar Egipto de arriba abajo y arrancarle sus milenarios secretos. Pues bien: fue uno de aquellos científicos, un jovencísimo François Jomard, quien descubrió que las galerías de acceso al corazón de la Gran Pirámide eran empinadas, pequeñas y estaban prácticamente bloqueadas por excrementos de murciélago. Allá dentro apestaba, era difícil respirar y –para colmo de males– no parecía existir nada de valor. Los franceses alcanzaron la Gran Galería de la pirámide en busca de tesoros inexistentes y en su interior dispararon sus armas, sobrecogiéndose ante la resonancia del lugar.

En aquellos días de fuertes calores, los franceses despejaron también parte de la plataforma sobre la que hoy se levanta la Gran Pirámide, calcularon sus dimensiones originales y la escalaron. Jomard se quedó lívido al comprobar que los egipcios emplearon en su construcción medidas como el estadio, el codo o el pie, que eran fracciones exactas del tamaño de la Tierra . «Nos han transmitido el patrón exacto de la dimensión del globo terráqueo y la inapreciable noción de la invariabilidad del Polo» , escribió.

Pero, ¿conocían los antiguos arquitectos de aquellas moles las dimensiones de nuestro planeta? Ni que decir tiene que sus conclusiones levantaron agrias polémicas entre los sabios del grupo, sobre todo cuando Jomard planteó que la Cámara del Rey del monumento tal vez no sirvió nunca de tumba, sino de «patrón de medida» destinado a conservar algún remoto conocimiento matemático…

Napoleón, absorto por tantos descubrimientos, se entretuvo en cálculos más prácticos: con las piedras de la Gran Pirámide y de las dos grandes moles vecinas, podría construir un muro de tres metros de altura por casi uno de espesor, que rodeara toda Francia. Además, se maravilló por la precisa orientación de sus caras a los cuatro puntos cardinales. Los egipcios parecían conocerlo todo…




La experiencia mística

Desgraciadamente, apenas existen datos precisos sobre lo que hizo exactamente el general Bonaparte en aquellos remotos días en Giza. Los expertos que consulté entraban en frecuentes contradicciones y aportaban fechas equívocas para un hecho que –desde mi punto de vista– tuvo consecuencias trascendentales en la vida de Napoleón: su noche en el interior de la Gran Pirámide.

Según explica Peter Tompkins en su clásico Secretos de la Gran Pirámide, Bonaparte no entró en ese monumento hasta casi un año después de vencer a los mamelucos de Murad Bey. Fue el 12 de agosto de 1799, a su regreso de una breve campaña bélica por tierras de Siria y Palestina, cuando el general aceptó sumergirse en sus entrañas. «En un determinado momento –explica Tompkins –, Bonaparte quiso quedarse solo en la Cámara del Rey, como hiciera Alejandro Magno, según se decía, antes que él.»

Sin quererlo, Tompkins daba una clave preciosa para deshacer el enigma. En efecto, como el corso, otros grandes militares de la historia habían decidido pasar una noche entre aquellas piedras. Seducido por las leyendas locales –incomprobables, por otra parte– que sugerían que Julio César y Alejandro pasaron la prueba de pernoctar en la Gran Pirámide, Napoleón terminó con sus huesos dentro del monumento. Bob Brier, paleopatólogo y uno de los más prestigiosos egiptólogos de nuestros días, reduce el problema a que el corso «por lo visto, creía en las propiedades mágicas de la pirámide».

El propio Brier, en su ensayo Secretos del Antiguo Egipto mágico, aclara qué propiedades eran ésas. Según los Textos de las Pirámides, grabados sobre monumentos de la V Dinastía, apenas un siglo más modernos que la Gran Pirámide, esos monumentos eran una especie de «máquinas para la resurrección» de los faraones. Este proceso –dicen esos antiguos salmos religiosos– se componían de tres fases: la primera, el despertar del difunto en la pirámide; la segunda, su ascensión al más allá, atravesando los cielos, y la tercera, su ingreso en la cofradía de los dioses . ¿Buscaron, pues, César, Alejandro y Napoleón esa peculiar iniciación faraónica?

Sueños de masones

En el caso de este último, no es difícil afirmarlo. Cuando Bonaparte llegó a Egipto, había devorado ya toda clase de literatura de la época, en la que se mitificaba la sabiduría de los antiguos constructores de pirámides. Incluso había escrito algún que otro cuento de indudable tufillo oriental . El corso consultó, sin duda, la obra del abad Terrasson Sethos ou vire tirée des monuments et anecdotes de l’ancienne Egypte (1733), un bestseller de su tiempo en el que se imaginan las pruebas iniciáticas a las que el faraón Seti debió someterse en la Gran Pirámide. Lo curioso es que semejante creencia venía de muy antiguo, y aunque Terrasson la magnificó, reflejaba algo indudablemente real: que el interior de la Gran Pirámide había sido frecuentado por reyes posteriores a Keops, probablemente para participar en extraños ceremoniales.

Hoy sabemos que uno de los más famosos fue el llamado Hebsed, una fiesta en la que se creía que el faraón se rejuvenecía accediendo a los secretos de la vida eterna, y que se celebraba cada treinta años de reinado o cada vez que la salud del monarca flaqueaba. Casualmente, Napoleón, aquella noche del 12 de agosto, estaba a sólo tres días de cumplir esa edad. Mi duda es, pues, más que pertinente: ¿fue iniciado como los faraones cuando se acercaba su trigésimo cumpleaños?

Se trata de algo más que una especulación. No en vano, junto a Napoleón viajaron a Egipto un buen número de masones, algunos de los cuales eran destacados generales como Jean Baptiste Kléber o Joachin Murat. Gérard Galtier, el más concienzudo de los historiadores modernos de la francmasonería, señala que los franceses exportaron los ritos masónicos a Egipto durante la campaña napoleónica, especialmente del llamado Rito de Menfis . Él mismo cita un documento de puño y letra de uno de los Grandes Maestres de ese Rito, Solutore Zola, pariente del famoso escritor galo del mismo apellido, en el que afirma que Bonaparte y Kléber «recibieron la iniciación y la filiación del Rito de Menfis de un hombre de edad venerable, muy sabio en la doctrina y las costumbres, que se decía descendiente de los antiguos sabios de Egipto». Y añade: «La iniciación tuvo lugar en la pirámide de Keops y recibieron como única investidura un anillo».

Este documento, fechado en 1863 (seis décadas después de los hechos), no es, desde luego, probatorio. Pero aun cuando no puede afirmarse con seguridad que Napoleón fuera masón, sí es cierto que siempre estuvo rodeado de ellos. Su padre lo fue, su hermano mayor José –que llegó a ser rey de España– también, e incluso su esposa Josefina fue Gran Maestre de una logia femenina. A ese respecto, sabemos que fue iniciada en Estrasburgo en compañía de su marido de entonces, Alejandro de Beauharnais.

Visto así, no es extraño que a Napoleón se le señalara como militante de una misteriosa logia conocida como Hermes Egipcio, o que a muchos de los sabios que le acompañaron –como Monge, Norry, Saint-Hilaire y otros– se les acusara de pertenecer a la logia de los sophisiens, que anualmente se reunían en París para celebrar cierto «banquete egipcio» . Incluso en obras contemporáneas al corso, como las Mémoires historiques et secrets de l’impératrice Joséphine, publicada en 1820 por cierta señora Lenormand, se recoge una confesión de Bonaparte a su esposa: «He consumido mi vida entre movimientos continuos», dice, «que no me han dejado ni un solo minuto para cumplir mis deberes de iniciado a la secta de los egipcios» .

¿Puede caber ya alguna duda?
Ahora bien, en el caso de Napoleón, de lo que podemos estar completamente seguros es de que no sólo conocía los símbolos de la masonería egipcia, sino que se los trajo a casa, a la vuelta de su expedición. Autores como Robert Charroux o Jean-Michel Angebert describen, por ejemplo, un amuleto egipcio que Bonaparte recibió de una cofradía de sacerdotes egipcios y que le protegió de todo mal hasta que lo extravió en Rusia. Al parecer, aquel collar-pantáculo pasó de Rusia a Niza en 1947, y en 1956 acabó en manos del general israelí Moshe Dayan que, a su muerte, lo legó al Israel Museum de Jerusalén.




La nueva Tebas

Aquello no fue lo único que el corso se trajo de Egipto. Ya en tiempos de Napoleón, para muchos era evidente que la antigua París había sido una ciudad consagrada a la diosa Isis. El historiador lituano Jurgis Baltrusaitis consiguió reunir documentación que demostraba que el cambio de nombre de Lutecia a París obedecía a que la ciudad fue consagrada a esa diosa egipcia, como demuestra su designación actual: Par-Isis (el trono de Isis) .

El corso, naturalmente, conocía esa historia. Como sabía también que el escudo de armas de la urbe, una barca sobre un río, guiada por una estrella de cinco puntas, era una clara alusión a la diosa. Para los antiguos egipcios, la estrella de cinco puntas era la representación de Sirio, y ésta, a su vez, el reflejo cósmico de la mismísima Isis. Sin embargo, cuando Napoleón regresó de su campaña faraónica y dio el golpe de estado que terminaría llevándole a dominar Europa, añadió dos detalles más al escudo: en un documento de 1811, adjunto a la llamada Carta de Napoleón de esa fecha, la barca luce en la en proa una estatua de Isis, y sobre ésta y la estrella ordenó grabar tres abejas. La abeja, para quien no lo sepa, era uno de los emblemas reales más apreciados por los antiguos faraones.

Aquí no caben especulaciones: Napoleón se trajo de Egipto sus símbolos más sagrados y los añadió al blasón de su capital. ¿Un tributo a aquella iniciación piramidal del verano de 1799? Es más que probable. Sólo así se explica que el corso, convertido ya en dueño y señor de Francia, nombre ministro de Bellas Artes a Vivant Denon, uno de los más destacados sabios de su expedición egipcia, que hará de París una especie de nueva Tebas.

Veamos: hasta 1806, seis de las quince nuevas fuentes de la ciudad fueron de inspiración egipcia, e incluso sus propios grabados, extraídos del libro de Denon, Voyage dans la Basse et la Haute-Égypte, servirán para ilustrar juegos de porcelanas y relieves de lugares ilustres. Napoleón convirtió su capital en un reflejo de Egipto, quiso instaurar una religión de inspiración faraónica que fracasó, y hasta su muerte soñó una y otra vez con ese país. ¿Qué fue lo que tanto le impresionó? ¿Acaso su hoy olvidada iniciación en la Gran Pirámide?
Yo así lo creo.



Autor: Javier Sierra



Publicado en: https://www.javiersierra.com/biografia/periodismo/mis-reportajes/napoleon-en-la-gran-piramide/




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sábado, 1 de julio de 2023

RECORRIDO DEL DANTE ALIGHIERI EN BUENOS AIRES X





El día 29 de Julio de 2023, a partir de las 15 hs., recorreremos el circuito dedicado al Dante Alighieri y su Divina Comedia y relataremos, además,  parte de la riquísima historia de la ciudad de Buenos Aires.


Con el historiador y escritor Juan Bautista Tingueli visitaremos hitos relacionados con el Dante, como la iglesia de San Francisco de Asís, el Palacio Barolo y la escultura de El Pensador de August Rodin emplazada en la Plaza Mariano Moreno (parte  del complejo de la Plaza Congreso), desentrañando así los vínculos entre Dante Alighieri y la República Argentina, en una historia increíble y cargada de esoterismo, que suma como ingrediente la actuación de sociedades secretas. 


Juan Bautista Tingueli es el autor del libro “El Gran Maestre”, que plantea la hipótesis consistente en que los restos mortales del poeta florentino se encuentran en la República Argentina, poniendo a la ciudad de Buenos Aires como una de las urbes más esotéricas y ricas en historia en todo el mundo.




Punto de encuentro. Puerta principal de la Basílica de San Francisco de Asís, en las calles Alsina y Defensa. 


Se suspende por lluvia. Llevar calzado cómodo y algo para beber. Duración del recorrido de unas dos horas, aproximadamente.





Informes: historiasiniciaticas@gmail.com




EL EVENTO PUEDE SER ABONADO POR MERCADO PAGO





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