miércoles, 28 de enero de 2026

EL REGRESO DE LOS GRANADEROS DE SAN MARTIN




El 19 de febrero de 1826 los vecinos de la ciudad de Buenos Aires contemplaron con algo de asombro y un cierto toque de indiferencia a una caravana de carretas precedida por hombres de a caballo, que ingresaba a la ciudad de Buenos Aires. 


No era una tropa de reseros, no eran gauchos venidos desde alguna estancia, no eran comerciantes o proveedores de la pulpería. Había en ellos, a pesar de las ropas gastadas y polvorientas, a pesar de las barbas crecidas y el visible deterioro físico de algunos, una gallardía, una dignidad íntima, una cierta altivez en la mirada que provocaba inquietud y desconcierto. Pronto un rumor empezó a circular entre los vendedores ambulantes, los troperos de la plaza, algunos parroquianos de los bares de la zona, las chinas que marchaban con los atados de ropa para lavar en la costa.


Esos hombres de mirada hosca, mal entrazados, eran, nada más y nada menos, los granaderos de San Martín que regresaban a su ciudad luego de catorce años de ausencia.


En efecto, mil hombres del flamante cuerpo de granaderos marcharon en su momento a Mendoza para incorporarse al Ejército de los Andes. Desde ese momento el regimiento estuvo en todas y no faltó a ninguna. Peleó en Chile, Perú, Ecuador, Colombia y Bolivia. Ganaron y perdieron batallas, pelearon bajo los rayos del sol y en medio de tormentas y borrascas; no dieron ni pidieron cuartel. Mataron y murieron sin otra causa que la de la patria.


De sus filas salieron generales, oficiales y soldados valientes. Bolívar, Sucre y Santander ponderaron su disciplina, su coraje, ese orgullo íntimo que exhibían por ser granaderos.


San Martín, tan ajeno a los elogios fáciles, dijo de ellos: “De lo que mis granaderos son capaces de hacer, sólo yo lo sé; habrá quien los iguale, quien los supere, no”. Don José sabía de lo que hablaba.


Pero regresemos al lunes 19 de febrero de 1826. Hacía calor en Buenos Aires, y cerca del mediodía no era mucha la gente que se paseaba por la zona de la Recova y la Plaza Mayor. A los rigores de la temperatura, se sumaban los avatares de la política.


Bernardino de Rivadavia acababa de asumir la presidencia, un mandato otorgado por un Congreso que ya empezaba a ser impugnado por buenas y malas razones. Desde hacía unos meses, Brasil nos había declarado la guerra y, para escándalo de los ganaderos federales, el Congreso había iniciado el debate para capitalizar la ciudad de Buenos Aires. No, no eran buenos aires los que soplaban en el Río de la Plata en esa calurosa mañana. Los vientos de la guerra soplaban amenazantes. La guerra contra Brasil, pero también las guerras civiles.


 Ni el gobierno ni los opositores tenían ganas de recibir visitas inoportunas, visitas que recordaran tiempos viejos y al nombre de San Martín; un nombre incómodo para una ciudad que no le perdonaba no haber movilizado a las tropas en Chile para defender a Buenos Aires del ataque de las montoneras federales de López y Ramírez.


La caravana llegó hasta la Plaza Mayor, los hombres ataron los fletes en los palenques y se protegieron de los rayos del sol bajo la sombra de la Recova. Nadie salió a recibirlos; no hubo ni ceremonias oficiales ni privadas.


Nadie los esperaba y nadie parecía tener muchas ganas de hablar con ellos. Ellos tampoco se quejaron o levantaron la voz.


Estaban acostumbrados a las ingratitudes. Repuestos del viaje, el “trompa” Miguel Chepoya hace sonar su trompeta -la misma que vibró en San Lorenzo- frente a la Pirámide de Mayo. Algunos vecinos miran con desconcierto y algo de temor a estos “rotosos” que se comportan de un modo algo extravagante.


¿A quién se le ocurre hacer sonar una corneta ridícula un lunes a la siesta? Es verdad,


¿a quién se le puede ocurrir semejante cosa en el Buenos Aires de 1826?


Después, en rigurosa formación, marchan hacia el Parque de Retiro donde dejan sus arreos. Sólo algunos curiosos los acompañan. Ni formación especial ni comitivas oficiales.


Una semana después, la Gaceta Mercantil les dedica algunos renglones. Nada más. Tampoco ellos piden más.





El único orgullo que se permiten estos hombres es ser soldados de San Martín y pertenecer al regimiento que para el Libertador era, como se decía entonces, la niña de sus ojos.


La mayoría de ellos no conoce los entremeses de la política criolla. Seguramente no sabe quién es Rivadavia o Rosas; les basta con saber que conocieron a San Martín y que fueron sus soldados. Motivos tenían para estar orgullosos.


Su destino militar en los últimos años estuvo unido a las guerras de la independencia.


No faltaron a ninguna cita. Combatieron en Vilcapugio, Ayohuma, Sipe Sipe; desfilaron orgullosos por las calles de Montevideo; estuvieron en San Lorenzo, Chacabuco, Maipú y Cancha Rayada. Después se lucieron en Río Bamba. Pichincha, Junín y Ayacucho.


El balance es elocuente: ciento diez batallas en las costillas.


 Luego iniciaron el regreso a Buenos Aires. El 10 de julio de 1825 llegaron a Valparaíso bajo las órdenes del coronel Félix Bogado. Nada les resultó fácil. Ni en Valparaíso ni en Santiago los esperaban.


Les habían prometido pagarles los sueldos atrasados y no lo hicieron; les habían prometido trasladarlos con las comodidades del caso, y tampoco lo hicieron.


El coronel Bogado discutió con políticos chilenos y diplomáticos argentinos. El reclamo era más que modesto: caballos y carretas para regresar a Buenos Aires.


Recién en Mendoza, un señor llamado Toribio Barrionuevo, sacó de sus bolsillos unos pesos para financiar el regreso.


El 13 de enero de 1826 salieron de Mendoza en una caravana de veintitrés carretas. Antes de partir, Bogado ordenó un recuento de armas y pertenencias: 86 sables, 55 lanzas, 84 morriones y 102 monturas. Setenta y ocho hombres son los que llegaron a Buenos Aires.


De ellos, siete estuvieron desde el principio. Importa recordar los nombres de estos muchachos: Félix Bogado, Paulino Rojas, Francisco Olmos, Segundo Patricio Gómez, Dámaso Rosales, Francisco Vargas y Miguel Chepoya. Dos meses después, Rivadavia se acuerda de ellos y los designa escolta presidencial.


Pero las desconfianzas y recelos persisten. Finalmente se corta por lo sano y los disuelven. Veamos el destino de estos sobrevivientes: Félix Bogado, paraguayo y lanchero, se inició como soldado raso en San Lorenzo y concluyó su carrera militar con el grado de coronel.


Cada ascenso lo logró en el campo de batalla. San Martín lo hizo teniente coronel y Bolívar, coronel.


Murió en mayo de 1829 en San Nicolás. Estaba pobre y tuberculoso. Hoy un pueblo y numerosas calles lo recuerdan, pero en su momento nadie se acordó de él. El “trompa” Miguel Chepoya, iniciado en San Lorenzo, se dio el lujo de hacer sonar su trompeta en Ituzaingó.


Es la última vez que lo hizo. Murió en su ley. Peleando contra un enemigo extranjero.


José Paulino Rojas era cordobés. También estuvo en todas y en todas fue respetado por su coraje. Ninguna de esas virtudes alcanzaron para salvarle la vida. Rojas, enredado en las guerras civiles, murió fusilado en 1835.


De los otros, es decir de Vargas, Rosales, Olmos y Gómez no se disponen de datos.


Es probable que mucho no haya. Por lo general, las grandes biografías no se escriben con las peripecias de estos hombres, cuyo exclusivo patrimonio son las cicatrices ganadas en los campos de batalla.


Después, mucho después, llegarán los reconocimientos y los honores. Bartolomé Mitre dirá del Regimiento de Granaderos: “Concurrió a todas las grandes batallas de la independencia.


Dio a América diecinueve generales y más de doscientos jefes y oficiales en el transcurso de la Revolución. Y después de entregar su sangre y sembrar sus huesos desde el Plata hasta Pichincha, se paró sobre su esqueleto y los soldados regresaron a sus hogares trayendo su viejo estandarte bajo el mando de uno de sus últimos soldados ascendidos en el espacio de trece años de campaña”.


Buenas y bellas palabras, para hombres que aquel lunes de febrero de 1826 ni siquiera recibieron el saludo de los perros que entonces vagaban libres y salvajes por las calles de Buenos Aires.



Autor Rogelio Alaniz Diario “El Litoral”, 2013.- Fuente Pagina de Granaderos en Facebook. #Efemerides #Historia


(Extraído del muro de Facebook efemérides políticas, históricas, sociales y culturales)

Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 21/2/2024


https://laciudadrevista.com/el-regreso-de-los-granaderos-de-san-martin/



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lunes, 26 de enero de 2026

EL ULTIMO REY DE AMERICA


La monarquía afroboliviana busca trascender a pesar del tiempo


En la zona subtropical de los Yungas de Bolivia, la monarquía afroboliviana del rey Julio Pinedo busca pervivir para las nuevas generaciones y revalorizar la tradición de su linaje real que se remonta a 1820, cuando un príncipe de una tribu africana fue traído a estas tierras como esclavo desde Senegal para trabajar en las haciendas de los españoles durante la colonia.



Por Javier Aliaga




Según la historia, el príncipe Uchicho, de origen kikongo, fue reconocido como tal por otros esclavos que se ofrecieron a trabajar por él ante los hacendados españoles. En 1832 fue coronado formalmente por los afrodescendientes bolivianos, lo que dio inicio a una dinastía que incluyó a los reyes Bonifaz, José, Bonifacio y Julio Pinedo, hoy de 81 años.

Como era costumbre en esa época, el apellido Pinedo de los esclavos fue adoptado del nombre del hacendado, en este caso el Marqués de Pinedo, de la localidad de Mururata, en Yungas, a 110 kilómetros al noreste de La Paz.

En la Pascua reciente, Julio Pinedo cumplió 29 años como el monarca que simboliza la historia y la cultura del pueblo afrodescendiente, si bien en la práctica su vida como agricultor y dueño de una pequeña tienda de abarrotes es sencilla al no tener privilegio alguno. 

Julio Pinedo y su esposa, Angélica Larrea, de 79 años, han instalado una oficina donde exhiben la documentación con sus reconocimientos nacionales e internacionales, datos históricos, fotografías de su coronación en 1992, y su escudo real con el lema Ductus sum Marioribus, que significa “mis ancestros me guían”.



El rey de los afrobolivianos Julio Pinedo y su esposa Angélica Larrea en el pueblo de Mururata, en la zona de Yungas de La Paz, Bolivia. © Javier Aliaga / France 24


Pinedo rememora que sus ancestros fueron traídos por los españoles primero a las minas de Potosí y luego a las haciendas de la zona cocalera de Yungas. También cuenta que hace unos años visitó África con unos documentalistas y, según dijo, pudo comprobar que en efecto sus antiguos orígenes estaban en Senegal y en el Congo.

Su nieto y heredero, Rolando Pinedo, visitó la hacienda que originalmente pertenecía al Marqués Pinedo y el lugar donde está enterrado el Rey Bonifacio. Allí se llevó la ingrata sorpresa de ver destruida la tumba que se había restaurado.

“Estamos ante la tumba del rey Bonifacio Pinedo. Está, como pueden ver, un poco descuidada gracias a los vándalos de aquí del pueblo y del sector. La teníamos bien restaurada, había su cruz, estaba todo bien hecho, pero, a veces, la gente del mismo pueblo no sabe valorar la cultura, las tradiciones”, lamentó Pinedo, un joven de 26 años que pronto se graduará de abogado.

"El pueblo que no sabe su historia (...) es como una persona sin memoria"

Una de las personas comprometidas con la recuperación de la memoria es Alejandro Barra, que impulsa programas educativos para que los jóvenes afrodescendientes no sólo conozcan la historia, sino que ayuden a valorar las tradiciones del pueblo.

“El pueblo que no sabe su historia, ni su cultura, es como una persona sin memoria. Ellos tienen que saber para identificarnos. Muchos dicen que somos todos iguales, pero cada pueblo tiene su historia, su cultura, y su conocimiento”, subrayó Barra. 

Según las últimas estadísticas, actualmente hay alrededor de 35.000 afrodescendientes distribuidos en toda Bolivia, la mayoría en Mururata y en el pueblo aledaño de Tocaña, centro de un reconocido movimiento afro que tiene a la danza de la saya como un emblema cultural.


Fuente: https://www.france24.com/es/américa-latina/20210421-julio-pinedo-rey-monarquía-afrodescendientes-bolivia



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domingo, 25 de enero de 2026

GARDEL ERA FRANCES




EL PAÍS › UNA INVESTIGACIÓN CRIMINALÍSTICA DIO POR PRIMERA VEZ CON EL PRONTUARIO DE CARLOS GARDEL


El Pibe Carlitos


El prontuario lo sindica como “estafador por medio del cuento del tío”. Una comparación de huellas certifica que el documento es real. Los investigadores concluyen que los cambios de identidad y de lugar de nacimiento intentaban eludir los antecedentes policiales.

Por Raúl Kollmann



Una investigación criminalística revela por primera vez el prontuario real de Carlos Gardel, en el que aparece con el alias del “El pibe Carlitos” y con antecedentes de “estafador por medio del cuento del tío”. El facsímil al que accedió este diario (nadie sabe quién tiene el original) es del 18 de agosto de 1915 y se trata de un magnífico descubrimiento: Gardel había logrado, por orden del presidente Marcelo T. de Alvear, la destrucción de sus prontuarios, pero en la provincia de Buenos Aires alguien logró conservar dos: el que se conoce ahora y uno de 1904, cuando Gardel era chico y se fugó del hogar. Los forenses Raúl Torre y Juan José Fenoglio compararon las huellas digitales de 1904, las de 1915 y las de un posterior expediente de 1923, con la utilización de la tecnología más moderna que existe en el mundo, el AFIS. Se determinó así que se trata siempre de la misma persona. Y lo significativo es que en 1904, cuando lo busca su madre y no había razón para mentir, los datos filiatorios son Carlos Gardez, nacido en 1890 en Tolosa (Toulouse), Francia.


El cuento del tío


La modalidad del cuento del tío era una variante de estafa bastante habitual en aquella época. Consistía en que una persona, que ingresaba a un bar varias veces a lo largo de un par de semanas, exhibía documentación de que justo recibió una enorme herencia de un tío, por ejemplo, en Salta. Sin embargo, el problema era –según el cuentista– que no tenía dinero para viajar a esa provincia y pagarse el alojamiento. También se lo llamaba el cuento del chacarero, porque solían ser víctimas personas del interior, recién llegadas a Capital. Lo que se hacía era firmar una especie de acuerdo por el cual el cuentista cedía parte de su herencia y la víctima aportaba el dinero para el viaje, un hotel y, a veces, los gastos de abogado. Algo así como entre 1500 y 5000 pesos de la actualidad. En algunas ocasiones, el cuentista tenía un cómplice que fingía competir con la víctima por quedarse con el “negocio”. Como es obvio, al final de la historia el cuentista y su cómplice desaparecían. Desde el punto de vista legal, el delito era de estafa, como figura en el prontuario de Gardel.


El prontuario


Torre explica que para una figura estelar como Gardel, el prontuario de estafador era fuego puro. Más en aquella época. Tal vez por eso, la identidad del cantante es una mentira permanente.

- En 1904 es Carlos Gardez, nacido en Toulouse, hijo únicamente de Berta Gardez. Es muy probable que el policía que hizo el expediente se haya equivocado poniendo una zeta en lugar de la ese, que era el verdadero apellido de Berta.

- En 1915 es Carlos Gardel, hijo de Carlos Gardel (una persona inexistente) y Berta Gardel (también inexistente, es Gardés), nacido en La Plata, una clara mentira.

- El 8 de octubre de 1923 necesitó sacar pasaporte para su gira al exterior. El coleccionista Hamlet Peluso aportó el original, incluyendo la huella digital. Para conseguir ese pasaporte, Gardel se presentó en el consulado uruguayo y dijo que era nacido en Tacuarembó en 1887, hijo de Carlos y Berta Gardel.

- En 1933, Gardel redacta su testamento, donde dice textualmente “soy francés, nacido en Toulouse el 11 de diciembre de 1890 y soy hijo de Berthe Gardés. Hago constar expresamente que mi verdadero nombre y apellido son Carlos Romualdo Gardel”.

“Tanto cambio de identidad –dice Torre– me hace pensar en lo mucho que pesó aquel prontuario de estafador.”




Rompiendo papeles


Por lo que se sabe, Gardel cantaba de muy joven en los comités conservadores de Avellaneda, uno de los centros productivos más importantes de la Argentina. “Tenía afinidad –cuenta Torre– con Juan Ruggiero, Ruggerito, matón al servicio de los conservadores. Y quien dominaba la escena era el caudillo conservador Alberto Barceló. Se cuenta que en 1922 Barceló le pide al presidente Alvear que solucione el problema del prontuario de Gardel. Y, a pedido del presidente, se rompe el prontuario que el cantante tenía en la Policía Federal. Esta fuerza le pidió igualmente el prontuario a la Bonaerense, también para romperlo, pero se ve que quedó una copia. La poetisa de tangos e investigadora Martina Iñíguez encontró hace pocos días una copia del prontuario de 1915, constituido para que Gardel sacara la cédula de identidad. Todo rastro de ese prontuario estaba perdido y ahora apareció. La Bonaerense le preguntó a la Federal si Gardel tenía antecedentes y el 18 de agosto de ese año la Policía de Buenos Aires (así se llamaba entonces) contesta en la última página que Gardel “es conocido con el apodo del Pibe Carlitos y sindicado como estafador por medio del cuento del tío”.


¿Socio?


Un dato curioso surge de buena parte de las primeras composiciones cantadas por Gardel. Su autor era Andrés Cepeda, al que le decían “el poeta de la prisión”. Es que Cepeda pasó muchísimos años de su vida preso y terminó muriendo en una pelea de guapos en el bajo porteño. Compuso numerosas letras luego cantadas por el dúo Gardel-Razzano. En los prontuarios revisados por Torre, también Cepeda figura como estafador en la modalidad de cuento del tío. Todo hace pensar que ambos compartieron correrías.

Una hipótesis es que haya compartido cárcel o detenciones en comisarías. Torre sostiene que en aquel entonces se separaba nítidamente a los delincuentes en las prisiones. Estaban los de la “pesada”, que se refería a los que cometían delitos con armas, y se los llamaba así porque portaban calibre 45, un arma muy pesada en la época. Los de la “liviana” eran los estafadores. Eso hace pensar que Cepeda y Gardel o andaban juntos en el cuento del tío o compartieron lugares de detención.


El mismo


Torre y Fenoglio compararon las huellas dactilares de la fuga del hogar de 1904; el prontuario de 1915 y el pasaporte de 1923, en los que aparece un hombre de distinta edad, distintos padres y nacido en distintos lugares. El trabajo se hizo en la Dirección General de Policía Científica y se procesó en el AFIS, Automated Fingerprints Identification System, en castellano Sistema Automático de Identificación de Huellas Digitales. Se trata de un software que convierte la huella en una figura tridimensional y hace la comparación. Es imposible encontrar dos personas con las mismas huellas digitales. La computadora sentenció que las huellas arrojaban correspondencia absoluta.

Para asegurar aún más lo investigado, Torre y Fenoglio hicieron un proceso de cotejo manual, en el cual constataron la existencia de 18 puntos característicos en todas las huellas digitales. Jurisprudencialmente sólo hacen falta 12 coincidencias para que un resultado de identidad de persona sea incuestionable.

Redondeando toda la pesquisa, los criminalistas compararon también las firmas de los prontuarios con la del testamento de 1933 y determinaron que también existe coincidencia total.


Toulouse


Más allá de otros elementos existentes, hay detalles que surgen de la gestión de los propios documentos que dejan rastros sobre el nacimiento de Gardel.

- En 1904 es la madre quien lo identifica porque se trataba de una fuga del hogar.

- En 1915, cuando dice que nació en La Plata, el jefe de la Policía de la capital bonaerense era Cristino Benavides y es quien le sale de testigo para sacar la cédula. Pero, además, da como domicilio Calle 2 número 20-13, justito frente a la Jefatura de la Policía. Todo es obviamente falso.

- En 1923, cuando saca el pasaporte, el único elemento que le aporta al consulado oriental para decir que nació en Tacuarembó son dos testigos uruguayos.

- En 1933, en su testamento ratifica que nació en Toulouse, Francia.

Se ha dicho que la falsedad en la identificación de Gardel se origina en que, al haber nacido en Francia, era desertor, porque debió combatir en la Primera Guerra Mundial. Quienes investigaron el tema sostienen que los países europeos convocaban a incorporarse a las filas a todos sus ciudadanos, pero que no hubo persecución de quienes estaban fuera de sus países. “No tenga dudas de que los cambios de identidad de Gardel tienen que ver con sus antecedentes en el delito –insiste Torres–. Cambiaba una letra, lugar de nacimiento, para que no surgiera que era el mismo que figuraba como El Pibe Carlitos, estafador por medio del cuento del tío.”

raulkollmann@hotmail.com





Facsímil del prontuario de la Policía Bonaerense de 1915. En la carátula figura el alias de “El Pibe Carlitos”. En la última página consta el informe de la Policía Federal sobre sus antecedentes.





Arriba, las huellas del prontuario policial de 1904 y el documento expedido por la Policía Federal en 1923. Abajo, el estudio comparativo entre ellas.




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