lunes, 20 de mayo de 2024

VISITAS A LA SEDE DE LA MASONERIA ARGENTINA Nro. XXV y XXVI

 

LOS DIAS SABADO 8 Y DOMINGO 9 DE JUNIO REALIZAREMOS VISITAS A LA SEDE DE LA MASONERIA ARGENTINA 


LA MASONERÍA ABRE SUS PUERTAS A TODO PUBLICO CON VISITAS ARANCELADAS.

TENDREMOS EL HONOR DE ENCABEZARLAS JUNTO A JUAN  BAUTISTA TINGUELI.

PARA INFORMES  Y RESERVAS DIRIGIRSE AL CORREO QUE FIGURA AL PIE DEL FLYER.

LOS ESPERAMOS.  MUCHAS GRACIAS.





Artículo de Baires Secreta (copiar y pegar en una nueva página):  https://bairessecreta.com/visitas-guiadas-masones-buenos-aires/


dp 


jueves, 16 de mayo de 2024

LINEA DE WALLACE




La línea de Wallace es una línea imaginaria que marca un límite biogeográfico a través de Insulindia y separa las regiones de Asia y Oceanía. La fauna, y en menor medida la flora, son notablemente distintas a cada lado, pese a la proximidad geográfica y la relativa similitud climática, reflejando historias evolutivas separadas. La línea pasa entre las islas de Bali y Lombok, al este de Java; continúa entre Borneo, que deja al oeste, y las Célebes y pasa al sur de Filipinas. Al noroeste de la línea la fauna es la característica del Sudeste Asiático; al sudeste es la australásica, que se extiende sobre Nueva Guinea, Australia y muchos archipiélagos del Pacífico sudoccidental.


Una observación superficial y contemporánea de la línea la hace parecer imaginaria, sin embargo se corresponde con un importante límite físico, la fosa de Wallace, extendida sima submarina producida por subducción cerca del límite entre las placas tectónicas de Australasia y la de Eurasia.

Durante las fases glaciales de la glaciación cuaternaria, regiones actualmente bajo el nivel del mar a uno y otro lado de la línea quedaron al descubierto, pero separadas por un largo estrecho sobre la fosa, que resultó así una barrera para la migración de poblaciones animales. Durante el último período glacial (generalmente conocido como würmiense), al oeste de la línea quedaba emergido el subcontinente de Sonda y al este el de Saul, separados ambos por menos de 100 km. Durante la expansión de los homínidos, tal fosa y tal línea resultaron un límite casi infranqueable hacia Australasia, superado inicialmente por formas modernas de Homo erectus (de las que derivó Homo floresiensis, descubierto en la isla de Flores, al este de la línea, en 2004) y luego por Homo sapiens — nuestra especie — al parecer unos 70.000 años antes del presente, utilizando para ello rudimentarias almadías o balsas de juncos.

El nombre honra a Alfred Russell Wallace, naturalista y geógrafo inglés que estudió el Archipiélago Malayo en torno a 1860, y fue junto a Darwin uno de los dos autores de la Teoría de la Evolución basada en selección natural.

Entre 1854 y 1862, el naturalista británico Alfred Russel Wallace viajó por los archipiélagos del Sudeste Asiático estudiando la flora y fauna del lugar. Después de años de observación, Wallace descubrió que en determinados lugares entre Borneo y las islas Célebes, los animales y plantas de las islas sufrían un cambio radical e inexplicable, pese a la proximidad y a la similitud de condiciones climáticas.

Esta línea imaginada por el naturalista, conocida hoy como la Línea de Wallace, se corresponde en realidad con un importante límite físico, una fosa submarina situada junto al límite entre las placas tectónicas de Australasia y Eurasia. Durante miles de años, la fosa supuso un muro infranqueable para los animales y plantas de ambos lados, lo que provocó que evolucionaran de manera separada y dieran lugar a las curiosas variaciones que observó Wallace.




La línea de Wallace

El nombre de Alfred Russell Wallace no suena tanto como el del Charles Darwin, y sin embargo es reconocido como uno de los coautores de la teoría de la evolución. Sus investigaciones en el archipiélago malayo, donde pasó 8 años estudiando flora y fauna, le llevaron a concluir casi exactamente lo mismo que concluyó Darwin. En el campo de la ecología evolutiva o biogeografía, hay una línea que lleva su nombre: la línea de Wallace.

Esta línea imaginaria, marca un límite biogeográfico real que cruza Insulindia y separa las regiones de Asia y Oceanía. Wallace se dió cuenta de que en cierto lugar la fauna (sobre todo) y la flora mostraban un brusco cambio, a pesar de la cercanía geográfica y la simillitud climática. ¿Cómo podía ser esto? Wallace intuyó que había algo “por detrás” de lo que vemos: una historia, una historia evolutiva.

La línea de Wallace no es un trazo rojo en un mapa. Se corresponde con una formación física real: la fosa de Wallace. Esta fosa está formada por subducción entre las places de Autralasia y Eurasia. Durante las fases de glaciación cuaternarias, en las que el nivel del mar bajó, a un lado y otro de la fosa quedaron tierras emergidas, mas la propia fosa resultó ser un estrecho profundo e infranqueable para fauna y flora. Es decir: las islas y tierras continentales a cada lado de la fosa intercambiaron poblaciones y recursos genéticos, mostrando una simillitud en flora y fauna que no existe entre un lado y el otro de la fosa.


Ese efectivo aislamiento hace que las especies sean muy diferentes a un lado y al otro, pese a vivir en condiciones similares. Y esas diferencias solo se pudieron comprender a la luz de la teoría de la evolución de Wallace.


Autor: Ricardo Paula Javier, 2008


Referencias

Wallace, Alfred Russel 1869 The Malay Archipelago: the land of the orang-utan, and the bird of paradise: a narrative of travel with studies of man and nature, London, Macmillan.


Obtenido de


Fuente

https://lasteologias.wordpress.com/2008/06/01/linea-de-wallace/



dp




domingo, 12 de mayo de 2024

REVOLUCION DE 1880. CUANDO BUENOS AIRES INVADIO BUENOS AIRES

Combate en lo que es hoy Parque Patricios


Cuando uno camina por las calles de Buenos Aires cuesta imaginar sus empedrados levantados para hacer lugar a trincheras. Cuesta visualizar hombres armados marchando con cañones listos para defender la ciudad. Es casi imposible construir una imagen de Parque Patricios cubierto de muertos y heridos por una gran batalla.

A diferencia de las ciudades de Europa, escenarios de grandes guerras, estamos acostumbrados a una Buenos Aires pacífica.

Sin embargo, hace poco más de 130 años, la ciudad fue testigo de todas esas imágenes. En 1880 se dio aquí el último acto de las guerras civiles de Argentina. ¿La causa? La misma que azotó a nuestro país desde el inicio de su historia: el control sobre el puerto, la ciudad de Buenos Aires y las autonomías provinciales.


El último acto de un largo conflicto


El 2 de junio de 1880, un solitario barco se lanzaba a toda velocidad por las aguas del Riachuelo perseguido por otras dos embarcaciones. Su cargamento: fusiles. El destinatario: la Provincia de Buenos Aires.

El Gobierno Nacional había embargado un cargamento similar en la aduana y, esta vez, la provincia había decidido burlar el cerco y asegurarse las armas a como diera lugar.

Carlos Tejedor, gobernador de la provincia, sabía perfectamente que este incidente podía prender la mecha que haría saltar todo por los aires: las tensiones se venían acumulando desde hacía años.

En 1874, Nicolás Avellaneda triunfaba en las elecciones presidenciales. Era sabido que él estaba en contra de las demandas de autonomía de la provincia de Buenos Aires.

Bartolomé Mitre, el candidato derrotado, intentó torcer el curso de la historia alzándose en armas, en lo que fue conocido como la Revolución de 1874.


Avellaneda logró derrotar a los sublevados y aseguró su presidencia, pero el asunto de la autonomía quedó sin resolver, a la espera del próximo chispazo.

Durante los siguientes seis años la tensión continuó creciendo silenciosamente.

En 1879, comenzó el último acto de este duelo. El general Julio Argentino Roca presentó su candidatura a presidente. Para oponérsele, los autonomistas de la provincia proclamaron como candidato al gobernador Carlos Tejedor.

El 11 de abril de 1880, las elecciones dieron como ganador a Roca. Ahora solo quedaba que el Colegio Electoral ratificara los resultados el 12 de junio, fecha en la que los autonomistas perderían toda chance.

Se desata la revolución


La noche del primero de junio de 1880, los habitantes de Buenos Aires vieron desfilar por las calles regimientos nacionales y provinciales rumbo a Barracas. Todos sabían que algo estaba pasando y que en cualquier momento podrían sonar los primeros disparos.

En las inmediaciones del Riachuelo, las tropas de cada uno de los gobiernos esperaban silenciosamente. Se había corrido el rumor de que el gobierno de Tejedor planeaba introducir a la ciudad un cargamento de fusiles. Era la respuesta al embargo del Gobierno Nacional que había frenado en la aduana las compras anteriores.

La noche pasó sin sobresaltos, el carguero no apareció, y durante las primeras horas del día, los regimientos nacionales se retiraron. Sin embargo, media hora más tarde el cargamento llegó perseguido por un par de barcos que intentaban detenerlo. El Coronel Arias, al mando de las tropas provinciales, amenazó con abrir fuego si intentaban detener la descarga. Sus órdenes eran defender el cargamento a cualquier costo.

Tejedor venía denunciando al Gobierno Nacional, acusándolo de buscar desarmar y debilitar a Buenos Aires mientras permitía la compra de armas a sus aliados.

Detrás de toda esta retórica se ocultaba una reedición de la revolución del 74. Todo indicaba que la victoria de Roca sería total (era apoyado por el gobierno de Avellaneda, el ejército y la mayoría de las provincias) y solo la revolución armada podía obligarlo a renunciar a su candidatura.

A partir de ese momento, los eventos se aceleraron. El día 2, Tejedor se dirigió a la Legislatura Provincial para explicar la situación y declarar que su provincia sólo estaba resistiendo las agresiones del gobierno de Avellaneda.

Estaba claro que con cada hora crecía el riesgo de que estallara un conflicto. En Buenos Aires, la Guardia Provincial, policía, bomberos y reclutas voluntarios se acuartelaron. Pasaron la noche en vilo: sabían que estaban haciendo historia.  


Combate en el actual Puente Pueyrredón, antes Barracas.

El Gobierno Nacional reacciona


Mientras Tejedor dirigía su mensaje a la legislatura Provincial, el gobierno de Nicolás Avellaneda tomaba acción, decidido a no perder la iniciativa. Esa misma noche las tropas del ejército abandonaron Buenos Aires rumbo a la Chacarita, mientras que miembros del gobierno salían hacía el pueblo de Belgrano, que fue declarado capital unos días más tarde.

Avellaneda dirigió un mensaje al pueblo denunciando que las acciones de Tejedor (contrabando de armas, acuartelamiento de tropas militares y civiles, y atrincherarse en Buenos Aires) lo ponían en estado de rebelión. Aunque ambos bandos continuaban abogando por una solución pacífica, las palabras del Presidente solo auguraban dos posibles desenlaces: rendición incondicional o conquista por las armas.

Hola 

Desde entonces, ambas partes se lanzaron a una contienda verbal mientras sus fuerzas se preparaban. En Buenos Aires comenzaron los trabajos de fortificación: se acuarteló permanentemente a las tropas, se ocupó el Parque de Artillería (donde hoy está Tribunales), se alistaron fusiles y cañones y se llamó a los habitantes del interior de la provincia para que marcharan hacia la ciudad.

El Gobierno Nacional, sabiendo que cada día sumaba fuerzas a su favor, adoptó una posición de espera, mientras los trenes traían tropas de las provincias aliadas. Su base militar estaba en Chacarita, la política en Belgrano. La flota, leal al Gobierno Nacional, alistó un bloqueo cortando el acceso marítimo a la ciudad.

Los combates


Siguieron días de tensión. Los diarios justificaban cada uno al bando al que respondían, mientras que atacaban al otro con andanadas verbales. Mientras tanto, Roca aparecía como la figura clave. Los insurrectos pedían que renunciara a su candidatura para terminar con la contienda. Este, observando los hechos desde Rosario, amagó un par de veces con ceder a las demandas, pero todo hace pensar que estaba ganando tiempo, la ventaja de su posición era demasiado grande para ceder.

El 12 de junio se reunió el Colegio Electoral para ratificar la victoria de Roca. El cuerpo lo eligió Presidente de la República en todas las provincias, excepto en Buenos Aires, a donde se declaró ganador a Tejedor.

Sin la renuncia de Roca, ya no había vuelta atrás. Los rebeldes no habían sido reconocidos por ninguna potencia extranjera y habían perdido el apoyo de sus simpatizantes en las provincias. Buenos Aires estaba aislada.

A partir del 12 empezaron a registrarse pequeñas escaramuzas en las afueras de la ciudad. Cuesta imaginarlo, pero alguna vez los tranquilos barrios de Flores, Caballito y Almagro se llenaron del sonido de fusiles, gritos de heridos y cargas de caballería.

El 16 de junio se registró el primer enfrentamiento de grandes proporciones en el interior. Ese día chocaron, en las cercanías de Luján, las tropas nacionales con las del coronel José Inocencio Arias, que venían marchando desde los pueblos bonaerenses.

El coronel Eduardo Racedo intentó detener el avance y, aunque logró dispersar y capturar a algunos rebeldes, no logró evitar que la mayoría entrara en Buenos Aires.

Finalmente, el 20 de junio comenzó la ofensiva sobre la ciudad. El coronel Nicolás Levalle avanzó hacia Barracas desde el sur. Sus fuerzas capturaron el puente Barracas (hoy Pueyrredón) y el paso ferroviario, usando un tren del Ferrocarril del Sud para cruzar el Riachuelo.

El avance nacional fue exitoso, pero los defensores recibieron refuerzos y algunos cañones. Con esta nueva ventaja lograron hacer retroceder a Levalle y lo persiguieron hasta la estación Lanús, donde fueron detenidos y obligados a volver sobre sus pasos.

El frente quedó tranquilo el resto del día, pero estallaría nuevamente el día 21.

El general Racedo, al tomar nota del fracaso del ataque frontal de Levalle, intentó usar la sorpresa. Su objetivo estaba unos kilómetros río arriba: el Puente Alsina. A las 4 de la mañana, en plena noche y en silencio, las tropas nacionales comenzaron su avance paralelo al Riachuelo.

Cuando llegaron los primeros rayos del sol fueron descubiertos por las tropas provinciales que, aunque defendieron tenazmente el puente, se vieron obligados a retroceder hacia los “Corrales Viejos”, que es como se conocía, por ese entonces, el actual Parque Patricios.

Los soldados de Racedo avanzaban en persecución sin saber que las fuerzas provinciales lo esperaban. Los terrenos donde estaban los corrales tenía una cierta elevación que los convertían en un perfecto mirador. Allí, el coronel Hilario Nicandro Lagos, aguardaba con varios cañones alemanes Krupp. Al aparecer las tropas nacionales, Lagos abrió fuego y causó enormes bajas en los atacantes.

Tres veces intentaron derribar la posición y tres veces fueron repelidos.

Solo cuando Levalle llegó al campo con su propia artillería los nacionales lograron avanzar, empujando a los defensores hasta unos galpones que estaban en la esquina de la Avenida Caseros y La Rioja.

El combate había sido agotador, y cuando Lagos recibió la orden de retirarse hacia la Plaza Miserere, logró hacerlo sin que nadie lo persiguiera.

La victoria nacional no había sido total, pero había logrado cercar la ciudad y empujar a los defensores hacia las zonas habitadas. Se calcula que, en total, los tres combates dejaron un saldo de tres mil muertos, muchos de los cuales fueron enterrados en el Cementerio del Sur, hoy Parque Florentino Ameghino.

La revolución está perdida


Para el final del día 21 quedaba claro que la causa autonomista estaba perdida. Unos días más tarde el Gobierno Nacional declaró que Buenos Aires se encontraba sitiada y Tejedor nombró a Bartolomé Mitre como jefe de la defensa de la ciudad. Una vez nombrado, Mitre comenzó las tratativas para terminar con el levantamiento.

El día 30, el gobernador Carlos Tejedor presentó su renuncia. Avellaneda intervino la provincia y disolvió a todas las milicias provinciales de Buenos Aires.

El 21 de septiembre de ese año se declaró a Buenos Aires como capital de la Nación y pocas semanas más tarde el general Julio Argentino Roca asumió la presidencia del país. Así terminaba el último capítulo de la Argentina sumergida en la guerra civil. Comenzaba la construcción del proyecto, que la historia llamaría, la Generación del 80.


Fuente: https://www.lanacion.com.ar/revista-lugares/revolucion-de-1880-cuando-buenos-aires-invadio-buenos-aires-nid24052021/


Lic. Bruno Ivan Correia



Nota de dp: este enfrentamiento enmarcó el mayor derramamiento de sangre en el actual territorio argentino: 3000 muertos, una carnicería.




dp



Desfile de las tropas nacionales triunfantes


viernes, 10 de mayo de 2024

SUÁREZ Y OLAVARRÍA, UNA AMISTAD ETERNA


La muerte los unió para siempre, su amistad se hizo eterna en el sepulcro. Sus cansadas glorias construyeron la épica nacional de los granaderos invencibles que pasearon sus espadas por América.


Por Omar López Mato






La muerte los unió para siempre, su amistad se hizo eterna en el sepulcro. Sus cansadas glorias construyeron la épica nacional de los granaderos invencibles que pasearon sus espadas por América, alimentaron los poemas de Jorge Luis Borges homenajeando a los héroes de Junín y la oratoria del presidente Avellaneda, aquel que sabía que la patria se construye sobre tumbas gloriosas.

Así lo hizo repatriando los restos de San Martín que esperó por veinticinco años el retorno al país que lo había ungido como su Padre. Avellaneda también trajo de nuevo a su tierra a estos oficiales que había servido a las órdenes del Libertador cuando solo eran adolescentes que abrazaban la causa libertaria.

Suarez y Olavarría se conocieron en Mendoza y desde entonces solo las contingencias de la guerra los separó.

Conocieron las mieles de las victorias en Chacabuco y Maipú y la amargura de Cancha Rayada. Como orgullosos granaderos llegaron al Perú y sufrieron distintas suertes hasta que Junín los llenó de gloria, especialmente a coronel Isidoro Suárez quien al frente de sus granaderos rescató a sus amigos Mariano Necochea y José Valentín de Olavarría, presos de los realistas. Su decidida carga definió la batalla y fue alabado su coraje por el mismo Bolívar, quien poco después lo acusó de conspirar en su contra … así son las suertes de los hombres, del enaltecimiento al oprobio hay un paso …. Fue entonces cuando Suárez renunció a sus haberes porque “quería llevar solo las cicatrices de las heridas que había recibido para lograr la independencia”.

Olavarría y Suárez volvieron a Buenos Aires para poner sus espadas al servicio de la patria que enfrentaba al Imperio del Brasil.

Concluida la contienda ambos adhirieron a la revolución decembrista de Juan Lavalle y ante el fracaso, optaron por el destierro oriental. Ambos se establecieron en Mercedes, Uruguay, donde se dedicaron a las tareas rurales. Hasta allí los siguieron las guerras fratricidas ya que no compartían la ideología imperante en las Provincias Unidas. Así fue como ambos se convirtieron en soldados de Fructuoso Rivera para enfrentar al rosismo.

La muerte, esa que habían visto tantas veces de frente en las batallas y entreveros que los habían arrastrado por América, le llegó a Olavarría el 23 de octubre de 1845 cuando aún no había cumplido 45 años. Suárez falleció poco después, el 13 de febrero de 1846, fecha del onomásticos de su amigo. Su último deseo fue ser enterrado junto a Olavarría en el Cementerio Central de Montevideo, como a “Niso y Euríalo”, los héroes que inmortalizaron su amistad póstuma gracias a los versos de Virgilio.




Nicolás Avellaneda repatrió sus restos por decreto de septiembre del 79. Al cumplirse esta disposición se encontró que los ataúdes de ambos héroes se habían desintegrado, confundiendo los restos mortales de los amigos inmortalizados por sus hazañas. Entonces, sus cenizas de gloria, fueron cobijadas en una urna donde sus nombres se entrecruzan como sus destinos. Así se los puede ver en la bóveda Lafinur de la Recoleta, donde el presidente Avellaneda los despidió con sentidas palabras.

“Sombras de Suárez y Olavarría, podéis ocupar vuestro puesto entre las filas de sus compañeros de armas. Las lides homéricas pasaron… pero el soldado argentino no arrastra su espada en vano … (y) la consagra al sostenimiento del orden para que el pueblo viva en paz…”.


A estos guerreros les estaba reservado un posterior homenaje porque  esta bóveda –que hubiese sido el reposo recoleto de Jorge Luis Borges, nieto del coronel Suárez– alberga un poema dedicado a su bravura, dilatada sobre los Andes y la audacia como costumbre de su espada.

“Murió cercado de un destino implacable

Hoy es orilla de tanta gloria, el destierro”

Ingrato destierro como el que embargó a tantos argentinos.


Fuente: https://historiahoy.com.ar/127862-suarez-y-olavarria-una-amistad-eterna/


Nota de dp: No es casual que en varias ciudades de Argentina los nombres de Suárez y Olavarría sean colocados en calles que tienen sentido paralelo en su transcurso urbano, en reflejo de la eterna ciudad. Así pasa en la ciudad de Buenos Aires (típicas calles del Barrio de la Boca) y en mi ciudad de Avellaneda (en el Barrio de Crucecita).


Ciudad de Buenos Aires

Ciudad de Avellaneda


dp