miércoles, 19 de mayo de 2021

FORDLANDIA. EL SUEÑO DE HENRY FORD

Fordlandia, la utopía industrial que Henry Ford quiso construir en medio de la selva amazónica


  • BBC News Mundo. 28 octubre 2018

Henry Ford, 1863 - 1947.

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Henry Ford (1863 - 1947) revolucionó la industrial del automóvil.



En 1928, el prestigio del magnate estadounidense Henry Ford como líder industrial era universal, y no sólo por ser uno de los hombres más ricos del mundo.

Su nombre evocaba la promesa de una deslumbrante revolución tecnológica a la manera que mucho más tarde lo harían personajes como Steve Jobs.

A los 39 años había fundado la Ford Motor Company, que se convertiría en una de las compañías más grandes y rentables del mundo.

Había patrocinado el desarrollo de la técnica de producción en cadena que le ayudó a fabricar en masa el primer automóvil que la clase media podía pagar, y a transformar los carros en un medio de transporte práctico que tendría un profundo impacto en el futuro.

Propaganda de Ford

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El secreto del vehículo estrella de Ford, el Modelo T, era poder ser producido más rápido que nunca antes.


Tras todos esos logros, a los 65 años de edad, estaba listo para darle el banderazo de partida oficial a un proyecto faraónico que plasmaría su nombre y sembraría sus ideas en una tierra salvaje: la fundación de una ciudad estilo estadounidense en el estado brasileño de Pará.

En el Amazonas

En ese momento, la selva brasileña había dejado de ser lo que fue desde 1879 hasta 1912, cuando controlaba el comercio de caucho en una época en la que ese oro gomoso gobernaba el mundo.

Las industrias de América del Norte y Europa eran insaciables, y los árboles Hevea brasiliensis, originarios de la cuenca del Amazonas, crecían silvestres en la selva tropical guardando en sus troncos un látex lechoso que producía el caucho de más alta calidad del planeta.

Fordlandia desde el río

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Desde el río, tras navegar en medio de la selva, Fordlandia puede parecer como una ilusión óptica.


Pero el explorador Henry Wickham logró llevarse miles de semillas del preciado árbol, con las que eventualmente se pudo hacer lo que nunca se había logrado en la selva amazónica: tener una plantación de Hevea brasiliensis.

El comercio del caucho pasó a manos del que todavía era el Imperio británico.

Para 1928, la región del Amazonas -que en el pasado producía el 95% del caucho del mundo- satisfacía apenas el 2,3% de la demanda global.

La noticia de que Henry Ford llegaba a reactivar la maltrecha economía y presentar una nueva forma de vida no podía ser más bienvenida por los residentes del norte de Brasil.

Escultura de un hombre sacando la sabia de un árbol

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Una escultura en la plaza central muestra el impulsor del proyecto: el preciado caucho del Amazonas.




El nuevo imperio contra los antiguos

Por su parte, el magnate estadounidense había tramado su plan con la intención de producir su propia fuente de caucho, necesario para fabricar neumáticos y piezas de automóviles como válvulas, mangueras y juntas.

En la década de 1920, la Ford Motor Company controlaba prácticamente todas las materias primas que utilizaba para hacer los autos, desde el vidrio hasta la madera y el hierro.

Pero el caucho estaba controlado por los europeos que los producían en sus colonias, y a él no le caía en gracia que fueran ellos los que fijaban los precios.

Es por eso que hace 90 años, dos buques mercantiles cargados con equipamiento y mobiliario navegaron por el río Tapajós, que era la única vía de acceso para llegar a los 110.000 kilómetros cuadrados en los que, poco después de que atracaran, se fundaría Fordlandia.

Fachada de edificio que dice: Bienvenidos a Fordlandia

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"No iremos a Sudamérica para ganar dinero, sino para ayudar a desarrollar esa tierra maravillosa y fértil", declaró Ford en 1928.

La visión de Ford

Sin embargo, Ford no era sólo un hábil hombre de negocios; era también famoso por sus ideas.

Por un lado, era uno de los más destacados antisemitas de su época, y lo dejaba claro por medio de su periódico y otros escritos, así como en sus reglas respecto a los judíos que trabajaban en su dominio.

Por otro lado, se le atribuye algo conocido como el "fordismo", que es descrito como la producción en masa de bienes económicos junto con altos salarios para los trabajadores.

Efectivamente, en 1914 -por ejemplo- había proclamado que todos los trabajadores de Ford recibirían un salario diario de US$5, el equivalente de US$126 de hoy, doblando el salario mínimo de entonces.

Para él, las empresas, por su propio bien, debían asegurarse de que sus empleados pudieran pagar los productos que producían, para impulsar el consumo. Si bien el pago de salarios más altos podía reducir las ganancias temporalmente, a largo plazo ganarían más y la economía sería más sostenible.

Ford en una foto colgada de una pared en Fordlandia

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Ford -en una foto colgada de una pared en Fordlandia- estaba llevando "la magia del hombre blanco" a la jungla, para cultivar no sólo "caucho sino también a los recolectores de caucho", según reportó el The Washington Post de la época.


Ford estaba convencido de que los valores que habían hecho que su compañía fuera un éxito mejorarían el carácter de las poblaciones en cualquier otro lugar del planeta.

Plantando su ideal

El plan para Fordlandia era detallado.

Ford había crecido en una granja y, como a muchos, la nostalgia le hacía creer que no había nada mejor que los pueblos del medio oeste de Estados Unidos.

Casa en Fordlandia

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No todas las casas eran iguales pero toda la vivienda era gratuita.

Casa en Fordlandia

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Hay casas que siguen en pie y habitadas, algunas por personas que nacieron cuando Fordlandia era de Ford.


Una vez se pudo construir, con diseño de cuadrícula, fueron apareciendo caminos de concreto iluminados por lámparas, casas prefabricadas en Michigan y organizadas en un barrio llamado Villa Americana para los estadounidenses -con agua corriente-, y otro para los nativos.

Además, una piscina comunitaria, hospitales, escuelas, generadores, un aserradero, una torre de agua, así como tiendas, restaurantes, y hasta un salón de entretenimiento, en el que se presentaban películas de Hollywood y se organizaban danzas.

Y por supuesto, una fábrica de caucho.

Fábrica por fuera

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Uno de los edificios de la fábrica.

Interior de la fábrica.

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La fábrica, por dentro.

Maquinaria "Made in USA".

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La maquinaria que usaban era "Made in USA".

Forma y contenido

Pero las aspiraciones para Fordlandia abarcaban mucho más.

Desencantado con la sociedad burda que había emergido de ese capitalismo industrial que él mismo había ayudado a crear, Ford soñaba con construir un lugar acorde con sus ideales.

Si bien a los trabajadores les ofrecía un buen sueldo, además de vivienda, salud y educación gratuita, tenían que ceñirse a lo que el dueño consideraba "valores estadounidenses".

El centro de la plaza.

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El centro de la plaza.


Eso significaba desde horarios de trabajo de 9 a 5, como en Detroit, a pesar de que el calor en el Amazonas imponía otros ritmos, hasta edictos de comportamiento, que incluían una dieta estricta y la prohibición de bebidas alcohólicas.

Con los pasatiempos, se hacía énfasis en la jardinería, el golf y quien quisiera bailar, lo podía hacer, siempre y cuando fueran bailes country de cuartetos.

Ese trasplante cultural causó varios de los problemas que aquejaron a Fordlandia durante los 17 años que fue de Ford.

Iglesia

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Aunque la religión no era parte del proyecto, lo que mejor conservado está es la iglesia.

Épica aventura, épico fracaso

La batalla fue cuesta arriba en varios frentes.

Hubo frecuentes sublevaciones de los trabajadores, incluida una en diciembre de 1930 en la que el personal directivo tuvo que escapar en barco y apelar al dueño de la línea aérea Pan Am para que llevara en uno de sus aviones personal militar brasileño al área.

Los administradores estadounidenses, por su parte, tampoco resultaron ser ideales: sus pocos conocimientos de todo lo que les rodeaba -particularmente de agricultura- los llevaban a cometer graves errores.

Cruces en el cementerio

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La selva tropical le trajo la muerte a muchos.


En los primeros dos años, la ciudad tuvo numerosos gerentes. Algunos no pudieron adaptarse a las condiciones en el Amazonas y sufrieron crisis nerviosas. Hubo uno que se ahogó en el río en medio de una tormenta y otro que se fue después de que tres de sus hijos murieran de fiebres tropicales.

La selva también reclamó víctimas entre los trabajadores brasileños que llegaron a realizar el sueño del magnate estadounidense.

Y las plantaciones sufrieron el mismo destino que las que muchos otros habían intentado crear en esas tierras.

Ruinas

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La selva resultó más fuerte que el sueño americano.


El clima que hacía florecer los árboles también favorecía las plagas y enfermedades que habían evolucionado con el árbol durante milenios. La plantación en campos monocultivos los hacía más susceptibles a la infestación.

Aunque la producción fue mejor en otra plantación llamada belterra, para lo que más sirvió el territorio de Ford en Brasil fue para alojar militares estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial.

En 1945, los estadounidenses finalmente empacaron y se fueron a casa, dejando atrás a los fantasmas.

Aunque nunca puso un pie en Fordlandia, Ford invirtió casi dos décadas y una fortuna en su sueño amazónico.

Quiso domar el capitalismo industrial y el inconquistable Amazonas pero sobrestimó su fuerza.


dp 



martes, 18 de mayo de 2021

FIEBRE DEL CAUCHO




La codicia del hombre blanco en busca del caucho se llevó la vida de miles de indios y mestizos en la selva amazónica. En los laberintos del río Putumayo, en la selva colombiana, la tribu de los huitotos fue prácticamente exterminada… Los supervivientes fueron sometidos a un sistema esclavista donde la violación de los Derechos Humanos era constante e insufrible. La sangre de estas víctimas dio lugar a juicios e informes que todavía hoy escuecen en el recuerdo. Los `señores del cauchohan pasado a la historia como auténticos genocidas.


Por Juan Carlos de la Cal, miembro de GEA PHOTOWORDS


Un episodio especialmente terrible de esta fiebre fue el exterminio de los indios huitoto, en el río Putumayo (Colombia). Un censo del año 1849 estimaba la población de «racionales» -como se designaba a los funcionarios, comerciantes y colonos- de esta región en 242 personas. Los indios «civilizados», es decir aquellos en alguna forma influidos por las misiones católicas, eran 16.549. El resto del territorio estaba habitado por gentes que los censos describían de forma etnocéntrica como «salvajes», «antropófagos» e «irracionales», grupos que vagaban por el bosque y cuyo número se desconocía. Esos fueron las principales víctimas de la codicia de los “señores del caucho”.

Uno de ellos fue uno de los comerciantes más afamados de Iquitos, Julio César Arana, “el socio de Dios”, que llegó a superar en crueldad a su contemporáneo Fitzarraldo, en su afán de riqueza. En 1901, Arana entró en negocios con algunos caucheros colombianos de la Colonia Indiana (La Chorrera) para explotar el caucho. Arana había conocido años atrás el Putumayo, negociando y transportando el caucho hacia Iquitos y Manaos. En 1904 contrató a doscientos guardianes negros de las islas Barbados -entonces colonia británica- y se internó con ellos en las tierras de los huitotos para extraer el caucho utilizando a los indios como esclavos. Su milicia apoyaba militarmente a los caucheros, a quienes se les permitía ‘civilizar’ a los indios a sangre y fuego. Por medio de las «correrías», les cogían por la fuerza matando a los que huían. No les permitían sembrar sus cultivos tradicionales, confiscaron sus armas y les obligaban a hacer penosas travesías llevando grandes cargamentos de caucho hacia los centros de acopio.




El antropólogo Davis describe así su “modus operandi”: “los caucheros atacaban al alba, atrapando a sus víctimas en las malocas (cabañas) y ofreciéndoles regalos como excusa a su esclavitud. Una vez en garras de deudas que no podían comprender y a riesgo de la vida de sus familias, los huitotos trabajaban para producir una sustancia que no podían usar. Los que no cumplían con su cuota, los que veían que la aguja de la balanza no pasaba de la marca de los diez kilos, caían de bruces a la espera del castigo. Se sometían, porque si oponían resistencia sus esposas y sus hijos pagarían por ello. Para que no hubiera rebeliones ordenó que asesinaran a todos sus líderes y si algún indígena escapaba se obligaba a su propia familia a perseguirlo. En caso de no atraparlo todos los familiares del huido eran ejecutados”.

La somera descripción que Davis, y otros investigadores como Javier Reverte, hacen sobre los castigos y torturas a los que eran sometidos los indios pone los pelos de punta: «Azotes con látigo, el aprisionamiento en cepos, el encarcelamiento en celdas sin agua y luz durante días, el semiahogamiento delante de los parientes de la víctima; la violación de las mujeres ante sus maridos e hijos, la mutilación de los dedos, manos y orejas; la exposición de las víctimas en la entrada de las estaciones, colgadas de las manos y desnudas; la crucifixión, el lanzamiento a corrientes del río de indígenas atados de pies y manos; la aplicación de sal en las heridas, la incineración de gente viva con queroseno; la muerte por hambre y el aperreamiento, esto es hombres, mujeres y niños arrojados como comida para los grandes mastines de los capataces…». Se calcula que cada tonelada de caucho extraído en esa zona costó la vida a 10 indios.


JUICIO


Los laberintos del Putumayo se regaron con tanta sangre que, por fin, uno de esos héroes anónimos se jugó la vida para denunciarlo. Fue el periodista peruano Benjamín Saldaña el primero en hacerlo en 1907 en una serie de artículos que publicó en varios periódicos de Iquitos, la ciudad donde la Casa Arana se había convertido en ama y señora. En 1909, el periódico londinense Truth publicó bajo el título de “El paraíso del diablo”, el testimonio de un joven ingeniero norteamericano, W. Hardenburg que, de paso por el Putumayo, presenció el asalto a mano armada de un centro cauchero colombiano por las huestes de Arana, secundadas por el ejército peruano. La publicación de estas atrocidades desató un escándalo internacional y la apertura de una investigación sobre la situación de la Casa Arana por parte del Foreign Office británico.

El gobierno británico comisionó a Sir Roger Casement -recientemente rescatado del olvido por el escritor Mario Vargas Llosa en su libro “El sueño del celta”-, cónsul inglés en Río de Janeiro, para que investigara los hechos sobre el terreno. Casement viajó al Putumayo en 1910 y recorrió gran parte del área de La Chorrera. Entrevistó directamente a los trabajadores negros provenientes de Barbados, y constató la situación de los indígenas y el funcionamiento de la Compañía. Presentó ante su gobierno un informe pormenorizado en el cual corroboraba las afirmaciones de Hardenburg. “El régimen de trabajo -insistía Casement- es un verdadero sistema social fundado en el terror, y provocará el genocidio total de los indios, si no se tomaban las medidas correctivas adecuadas lo antes posible”.




En 1912, una comisión del Parlamento británico abrió una investigación pública para determinar el grado de responsabilidad de los directivos de la Peruvian Amazon Company. Uno a uno los grandes protagonistas del Putumayo, incluido Arana, fueron llamados a declarar. Casement se presentó al juicio con dos indios huitoto, Omarino y Ricudo, que le fueron “dados como un regalo” por los caucheros. Uno de ellos fue conseguido a cambio de una camisa y dos pantalones mientras el otro resultó de una apuesta en un juego de cartas. El periódico ‘Daily News’ hizo un gran reportaje y por la primera el mundo supo de la existencia de los crímenes del Putumayo Pero el estallido de la I Guerra Mundial desvió la atención de la opinión pública internacional hacia otras latitudes.

La “fiebre del caucho” acabó cuando un alemán llamado Fritz Hofmann, logró sintetizar la fórmula del caucho y lo fabricaron a gran escala con el petróleo entre los dos grandes conflictos bélicos. Con la llegada de la II Guerra Mundial, la demanda de caucho por parte de la industria armamentística creció de nuevo y hubo una segunda y efímera “fiebre del caucho”. En Brasil, miles de trabajadores del emprobrecido y seco nordeste fueron llevados a la selva para trabajar en las mismas condiciones precarias de sus compañeros peruanos y colombianos. Los llamaron “soldados del caucho”.

En 1943, el magnate Henry Ford hizo un postrero intento de recuperar la hegemonía perdida del caucho cerca de Santarem. Consiguió que el gobierno brasileño le cediese 4.000 hectáreas donde inició una plantación de heveas y construyó un pequeño pueblo “made in USA”. Pero el experimento fracasó causa de las enfermedades en los árboles. Al final la Ford abandonó la explotación, dejando tras sí un aire fantasmal de tristes calles entre árboles heridos. La fiebre de la borracha terminó de ser enterrada. Jamás se podría competir con Malasia, patria adoptiva del caucho amazónico.


La Casa Arana subsistió hasta finales de la década de los años treinta del siglo pasado. A pesar del número de víctimas y la crueldad de las torturas verificados con abundantes testimonios y pruebas forenses y judiciales, nunca se sancionó a la empresa ni a su propietario. El juicio se perdió y los crímenes del Putumayo quedaron impunes en la historia. El árbol del caucho dejó definitivamente de llorar sangre pero siempre estará de luto.



Fuente: https://www.geaphotowords.com/blog/100-anos-de-la-fiebre-del-caucho-y-ii





En Brasil se vivió otro boom del caucho. Este dejó un teatro consagrado para la opera, en la ciudad de Manaos, ubicada en medio del Amazonas y que por muchos años estuve sin actividad. Nadie quería ir a actuar a tan salavaje y lejano lugar, donde solo se llegaba por barco luego de semanas de trayecto,

Los barones del caucho se daban todos los lujos, sin reparar en gastos o la construcción de faraónicas obras sin sentido alguno.



dp