miércoles, 31 de diciembre de 2008

CARTA DESDE PALESTINA


DE UN CIUDADANO ITALIANO RESIDENTE EN GAZA:

Mi apartamento en Gaza está frente al mar, tiene una vista panorámica que siempre me ha subido la moral, a pesar de que también muestra la miseria de la vida sometida al bloqueo. Esto era así hasta esta mañana, cuando todos los demonios llamaron a la ventana. Esta mañana, en Gaza, nos despertamos con el sonido de las bombas que caían. Muchas de ellas impactaron a unos pocos cientos de metros de mi casa.

Algunos de mis amigos recibieron el impacto de esas bombas. En estos momentos el balance de muertos es de 210, pero el número sube dramáticamente. Es una carnicería sin precedentes. Han arrasado hasta los cimientos el puerto que está frente a mi casa y han pulverizado las comisarías. Me cuentan que los medios occidentales han asimilado y rebotan las notas de prensa del Ejército israelí, que señalan que los objetivos son sólo los terroristas de Hamas y que están actuando con precisión quirúrgica.

En estos momentos, visitando el principal hospital de la ciudad, al-Shifa, vemos un caótico amontonamiento de cuerpos en el patio, observamos que la mayoría de quienes esperan atención médica son civiles, tendidos junto a otros que esperan ya a ser enterrados.

¿Puedes imaginarte Gaza? Cada casa está al lado de la otra, cada edificio junto al siguiente. Gaza es lugar con la mayor densidad de población en el mundo, lo que significa que cuando se lanza una bomba desde una altura de 10.000 metros, inevitablemente se comete una carnicería de civiles. Te han avisado de ello, eres culpable, no es un error, no son daños colaterales.

Al bombardear la comisaría central de Policía en al-Abbas, en el centro de la ciudad, la escuela elemental de las cercanías fue seriamente dañada por la explosión. Era el final de la jornada escolar y los alumnos estaban ya en la calle. El cielo que hasta entonces era azul se tiñó de sangre. Cuando bombardearon la academia de Policía de Dair al-Balah, algunos muertos y heridos correspondían también al mercado colindante, el mercado central de Gaza.

Hemos visto cuerpos de animales y de personas con la sangre mezclada en arroyos que descienden por las calles de asfalto. Es (el cuadro de) Guernica convertido en realidad. He visto muchos cadáveres de uniforme en los varios hospitales que he visitado, la mayoría de ellos jóvenes. Les saludaba cada día cuando me los encontraba en la calle camino al puerto o cuando me dirigía al café por la tarde. Conocía el nombre de varios de ellos.

Un nombre, una historia, una familia mutilada. La mayoría eran jóvenes, de entre 18 y 20 años, sin vinculaciones políticas, ni con Hamas ni con al-Fatah, que se habían enrolado en la Policía cuando acabaron los estudios sólo para tener un trabajo seguro en Gaza, donde el bloqueo criminal de Israel ha provocado que la tasa de para sea del 60%. No me interesa la propaganda y dejo que hablen mis ojos, que mis oídos escuchen el sonido que de las sirenas y de las explosiones.

No he visto a ningún terrorista entre las víctimas de hoy, sólo civiles y policías. Exactamente igual que los policías de nuestras ciudades, los agentes palestinos que han sido masacrados por las bombas israelíes podían hallarse cada día del año caminando en la misma plaza de la ciudad, vigilando el mismo cruce o la misma carreteras.

Justo la noche anterior estuve tomándoles el pelo porque tenían que soportar el frío frente a mi casa. Quiero que la verdad redima algunas de estas muertes. Nunca dispararon un tiro contra Israel, no hubieran tenido que hacerlo, ya que no era parte de su trabajo. Actuaban dirigiendo el tráfico, se ocupaban únicamente de la seguridad interna.

En cualquier caso, el puerto está a bastante distancia de la frontera israelí. Tengo una cámara de vídeo, pero hoy he descubierto qué malo soy grabando. No soy capaz de filmar cuerpos mutilados o caras cubiertas de lágrimas. Yo también me echo a llorar. Fui con otros voluntarios de ISM (International Solidarity Movement) a donar sangre al hospital al-Shifa.

Allí mismo recibimos la llamada de que Sara, una amiga nuestra, había muerto por el impacto de una pieza de metralla cerca de su casa, en el campo de refugiados de Jabaliyah. Era una persona dulce, un alma luminosa, que había salido a buscar pan para su familia. Deja trece hijos.

Hace un momento recibí una llamada de Tofiq, desde Chipre. Tofiq es uno de los estudiantes palestinos que ha tenido la suerte de dejar el interminable campo de prisioneros de Gaza en uno de los buques del movimiento Free Gaza (Gaza Libre). Me preguntó si había visitado a su tío para saludarle de su parte, tal y como prometí. Lamentablemente, tuve que disculparme porque no había tenido tiempo. Demasiado tarde.

Fue sepultado entre los escombros del puerto, como muchos otros. Desde Israel recibimos la terrible amenaza de que sólo es el primer día de una campaña de bombardeos que puede durar dos semanas. Quieren lograr un desierto y llamarlo paz. El silencio del «mundo civilizado» es más ensordecedor que las explosiones que cubren la ciudad como una mortaja de muerte y terror.

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"Barak Obama, cómplice del crimen"

José Saramago sobre el genocidio israelí

"No es el mejor augurio que el futuro presidente de Estados Unidos repita una y otra vez, sin que le tiemble la voz, que mantendrá con Israel la 'relación especial' que une a los dos países, en particular el apoyo incondicional que la Casa Blanca dispensa a la política represiva (represiva es decir poco) con que los gobernantes (¿y porqué no también los gobernados?) israelíes han venido martirizando por todos los modos y medios al pueblo palestino. Si a Barack Obama no le repugna tomar su té con verdugos y criminales de guerra, buen provecho le haga, pero que no cuente con la aprobación de la gente honesta. Otros presidentes colegas suyos lo hicieron antes sin necesitar otra justificación que la tal 'relación especial' con la que se da cobertura a cuantas ignominias fueron tramadas por los dos países contra los derechos nacionales de los palestinos.

A lo largo de la campaña electoral Barack Obama, ya fuera por vivencia personal o por estrategia política, supo dar de sí mismo la imagen de un padre dedicado. Eso me permite sugerirle que le cuente esta noche una historia a sus hijas antes de que se duerman, la historia de un barco que transportaba cuatro toneladas de medicamentos para socorrer a la población de Gaza en la terrible situación sanitaria en que se encuentra, y que ese barco, Dignidad era su nombre, ha sido destruido por un ataque de fuerzas navales israelíes con el pretexto de que no tenía autorización para atracar en sus costas (creía yo, ignorante redomado, que las costas de Gaza eran palestinas...) Y que no se sorprenda si una de las hijas, o las dos a coro, le dicen: "No te canses, papá, ya sabemos qué es una relación especial, se llama complicidad en el crimen".

José Saramago. Portugués. Premio Nobel de Literatura (1998)

dp

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