sábado, 15 de diciembre de 2007

LA QUIMERA ATOMICA DE PERON


Por Guillermo Giménez de Castro
(del Centro de Rádio Astronomia e Astrofísica Mackenzie. Universidade Presbiteriana Mackenzie, São Paulo, Brasil. Artículo publicado en revista EXACTAmente, 2004)

El lago Nahuel Huapí fue el mudo testigo de una de las historias más caricaturescas de la ciencia y política argentinas. De sus aguas esmeraldas surge la isla Huemul donde, en el mayor sigilo, un austríaco y un centenar de obreros y militares trabajaron por años para presentar al público la revelación científica más fantástica del gobierno de Juan Perón: Argentina había logrado el dominio de la energía atómica. En las próximas líneas me propongo contar la historia del mayor fraude científico producido en nuestras tierras y como éste fue origen involuntario de uno de los programas de investigación y desarrollo más importantes del país.
La mañana otoñal del sábado 24 de marzo de 1951, el presidente Juan Perón junto a Evita y un grupo de colaboradores de segundo rango, entre los que se destacaba un alemán desconocido, anunció solemnemente que la Argentina había conseguido realizar exitosamente reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica. Los rumores que ya circulaban por la prensa no le quitaron espectacularidad al anuncio. Desde un punto de vista geopolítico no podía llegar en mejor momento. Argentina entraba al selecto Club Nuclear, constituido apenas por la URSS, los EEUU y Gran Bretaña, reafirmando su independencia.

La Energía Nuclear

La combustión nuclear es la forma conocida más eficiente de generar energía. Su base teórica es la centenaria relación einsteniana: E=mc2. Existen dos tipos de reacciones que ocurren espontáneamente en el núcleo de un átomo: su división en partes menores o fisión y su unión con otros núcleos o fusión.
La diferencia entre ambas formas es más que retórica. La fisión ocurre espontáneamente a temperatura y presión ambientes cuando un núcleo es bombardeado con neutrones. Algunos núcleos atómicos tienen mayor probabilidad de fisionar que otros, por ejemplo el uranio 235 (235U). La propia fisión libera partículas que ayudan a crear nuevas fisiones. .Surge entonces el concepto de la reacción en cadena que puede mantener el proceso sostenidamente.
La fusión también es espontánea, ¡pero a temperaturas de decenas de millones de grados! Debido a este hecho es que la reacción es también llamada termonuclear. La formidable energía de las estrellas es producida en los hornos infernales alojados en su núcleo más central. La enorme ventaja de la fusión es que su materia prima es el hidrógeno, el elemento más abundante del Universo. Además, su alta tasa de conversión de materia a energía la convertiría en una fuente casi inagotable de recursos.
La utilización de la energía atómica con fines pacíficos comenzó en la década del 50. La URSS fue el primer país a tener un reactor nuclear de fisión de generación eléctrica comercial. Por el contrario la energía eléctrica a través de la fusión aún no ha salido de los laboratorios de investigación. Programas de miles de millones de dólares en los últimos 40 años no han logrado concluir nunca en un proyecto comercialmente viable. Y aún más, ni siquiera preveen cuando lo harán.


Un alemán desconocido

Ronald Richter nació en 1909 en la ciudad de Falkenau, en aquella época perteneciente a Austria y hoy en día parte de la República Checa. Estudió física en la ciudad de Praga donde se graduó en 1935. Posteriormente vagabundeó por Europa, trabajando en Alemania, Inglaterra y Francia. Estando en Londres, después de la Segunda Guerra Mundial, conoció al diseñador de aviones de caza de la Foke-Wulf, Kurt Tank. Este tuvo una actuación importante en la creación de la Fuerza Aérea Argentina y construyó el primer jet caza nacional: el IAe - Pulki. El contacto de Tank con Richter fue determinante, y así el ingeniero de aviación lo recomendó efusivamente ante Perón. Richter tenía planes de construcción de reactores nucleares de fusión. Quien poseyese esta tecnología estaría adelantado por décadas a los demás países. Perón gustó de la idea, hizo traer a Richter y después de una charla con él, sin mayores asesores que otros militares, decidió que el proyecto era viable y contaría con todo su respaldo, más un presupuesto generoso de la Nación.
Así nacía en 1948 el proyecto de construcción de un reactor a fusión en nuestro país. Su primera ubicación fue en Villa del Lago en las sierras cordobesas. Pero un incendio, que Richter atribuyó a un sabotaje, llevó a buscar un lugar más escondido. Sobrevolando el país, llegaron hasta el idílico lago entre Río Negro y Neuquén. Richter quedó alucinado con su belleza. Y allí, en el esplendor de pinos y arrayanes, buscó el lugar más escondido: una isla. Para aquel proyecto todo era aceptado, Richter era un niño mimado del presidente de la Nación que llegó a redactar una resolución (de dudosa legalidad) declarándolo mi único representante en la isla Huemul, donde ejercerá por delegación mi misma autoridad.
Richter tenía todas las características que esperamos de un genio. Sumido en largos silencios se sometía posteriormente a tempestades de actividad. Era de origen alemán lo que le daba un aura aún más científica, en Alemania había nacido A. Einstein, el paradigma de todos los científicos del siglo XX. Hablaba con convicción y hasta con claridad para el lego. A quien escuchaba su historia le explicaba pacientemente que crearía un Sol en miniatura. Utilizaba también argumentos económicos: la construcción de un reactor nuclear basado en 235U costaría varios miles de millones de dólares. Según él, su reactor a fusión sería muy barato. Y así en marzo de 1952 se hizo el pomposo anuncio que cubrió los titulares de los diarios locales. Mientras el oficialista Democracia anunciaba a cinco columnas: Sensacional Anuncio de Perón: la Argentina ha logrado el dominio de la Energía Atómica, el conservador La Nación estoicamente decía: El presidente de la Nación expuso los trabajos sobre la energía atómica.

Una fusión demasiado lejana

¿Cuál era el sustento teórico de Ronald Richter? Él creía que podría lograr la fusión a temperaturas muy inferiores a los 40 millones de grados. Pero nunca explicó el por qué de sus ideas ya que jamás publicó un trabajo científico. La realidad es que la temperatura de fusión es de 150 millones de grados, pero si conseguimos calentar un gas a 40 millones, nos aseguramos que un 1% de las partículas estarán a temperatura de fusión y así el proceso podrá autosustentarse[2].
Si bien nunca lo escribió, la técnica de calentamiento que usaba Richter (descargas eléctricas y un bombeo sónico) no conseguiría calentar un gas a más que 100.000 grados. La proporción de núcleos con energía suficiente para fusionar sería tan pequeña que jamás acontecería. Ese número, aproximadamente, sería del orden de 1/101000 . Digamos brevemente que no deben existir suficientes átomos en el Universo para que, si este estuviera a una temperatura uniforme de 100.000 grados, uno de ellos tuviera energía suficiente para quebrar la barrera repulsiva y fusionar contra otro.
Sin embargo el extravagante sabio austríaco que dilapidaba fortunas en equipos de última generación, concluyó de alguna forma que había logrado la fusión. Su evidencia eran unos contadores de partículas radiactivas Geiger que comenzaban a chillar en cuanto las descargas eléctricas eran producidas en el gas. Su segunda evidencia fue un espectro del gas ionizado. Ambas, veremos, eran falsas.

El fin de la Mentira

Aquel 24 de marzo de 1951 Perón, sin saberlo, estaba anunciando al mundo una falacia nunca confirmada, gestada en el mayor sigilo y con gran dispendio por un charlatán. La comunidad científica argentina, mientras tanto, permanecía completamente afuera de todos estos hechos. Argentina no era novata en la ciencias, baste decir que en 1947 Bernardo Houssay había recibido el Premio Nobel de Mdicina. La tradición de investigación en física tenía décadas también. Pero la Academia era mayoritariamente contrera. Por eso Perón tomó las decisiones en total aislamiento. Mientras tanto el gobierno había creado la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y en ella estaban siendo contratados científicos argentinos jóvenes, impulsivos y, principalmente, de sólida formación académica.
Los dislates de Richter comenzaron a exasperar al gobierno. Además de manías persecutorias, ordenaba destruir costosísimas construcciones por encontrar mínimos defectos. Ahora comenzaba a insinuar que el local no era adecuado y quería mudarlo al desierto. El propio Perón, que había puesto su mayor entusiasmo, tuvo que aceptar la situación y poco más de un año después del grandioso anuncio, formó una comisión asesora de 5 científicos y 20 legisladores que el 5 de septiembre de 1952 realizó la inspección a la isla. Entre otras cosas la comisión constató que los detectores Geiger estaban mal instalados y respondían a las ondas de radio generadas por los chispazos utilizados para calentar al gas. Los miembros llevaron sus propios instrumentos y estos no detectaron radiactividad alguna. Otro aspecto importante es que el mecanismo de contralor de la reacción ideado por Richter, la resonancia magnética del núcleo de Li7, no podría ocurrir a la presión ambiente en que las reacciones eran producidas según demostró en su informe[2] el Dr. Balseiro. La comisión constató por otra parte que el equipo para generar un campo magnético variable , imprescindible para lograr la resonancia , estaba desconectado.
Por otra parte, Richter, en un experimento realizado en febrero de 1951, erróneamente había interpretado que un corrimiento de las líneas espectrales era debido a un aumento de temperatura. La teoría física enseña que si la temperatura aumenta, las líneas deben ensancharse, no correrse. Un error tan trivial descalificaría hasta a un alumno de física. Aún peor, muy probablemente el corrimiento fue originado por la traba de la base que desplazaba al film fotográfico que debía registrar el espectro.
El informe lapidario de esta comisión fue respondido por Richter. Pero la comisión continuó hallando que no había elementos nuevos. Richter tuvo una chance más: una segunda comisión fue constituida, formada por otros dos científicos destacados, leyó todos los dictámenes y posteriormente se entrevistó con el genio. Su informe dio el veredicto final: Richter era un papanatas. El estado había invertido millones y había dado un apoyo político único a una quimera. A fines de noviembre de 1952, Richter era dimitido. El proyecto Huemul había concluido.



Por suerte no todo fue tirado a la basura. Los carísimos equipos de última tecnología sirvieron para equipar al Instituto de Física de Bariloche creado por el Dr. José Balseiro, y que hoy recibe su nombre. La propia existencia de la CNEA, uno de los centros de excelencia en investigación y desarrollo, se debe a este singular episodio. El programa norteamericano de fusión nuclear pacífica fue alentado también por el espectacular anuncio argentino de 1951[1].
Richter, después de tentar suerte en otros países, retornó a la Argentina. Falleció el 25 de septiembre de 1991. La singularidad del personaje motivó la creación de una ópera, Richter, de Esteban Buch y Mario Lorenzo estrenada en 2003.
Los reactores de fusión nuclear controlada son aún una promesa.

Bibliografía

[1] Mariscotti, M., 1985, El secreto Atómico de Huemul, Ed. Sudamericana-Planeta, Buenos Aires.
[2] Balseiro, J.A., 1952, Informe del Dr. José Antonio Balseiro referente a la inspección realizada en la isla Huemul en Setiembre de 1952.

dp

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Esto se llamo "La quimera fantástica".........
Joaquin Máximo Muzlera

Anónimo dijo...

Que metida de pata, y los millones gastados ademas.
María S. Molina